Moste potente potions es el titulo de un libro de Pociones Mágicas, y es también el titulo de mi nuevo proyecto. Este fic no es sólo un one shoot, será un conjunto de shoots, de viñetas, de drabbles...lo que me salga acerca de diversas parejas. Pueden ser cannon o no cannon, y pueden tener relación con cosas que ya he escrito o no. El hilo conductor del fic es el amor, eso que lo mueve y cambia todo. Hay amores autodestructivos, conflictivos, egoístas, generosos, pasionales, reñidos, juveniles, inocentes...Hay muchos tipos de amor, tantos como parejas, y de eso va este proyecto. Escogí ese titulo porque el amor es la poción más potente.
Sin más, os dejo con el primer tipo de amor. Amor obsesivo. Merope&Tom Riddle.
Nota: Este shoot puede tomarse como segunda parte de "Merope es nombre de Princesa", pero también puede leerse como un fic independiente.
"Uno no se enamoró nunca, y ése fue su infierno. Otro, sí, y ésa fue su condena."
Robert Burton (1577 - 1640)
La Princesa Maldita
Merope se veía diferente cuando se miraba al espejo, de hecho ni siquiera recordaba cuando se había mirado en uno antes de eso. Ya no despreciaba su propio reflejo porque Tom le ha enseñado que ella también era hermosa. Su pelo ya no estaba sucio y desgreñado, sino que caía lacio y brillante sobre los hombros y a Tom le gustaba enredar la mano en él. Su piel había perdido ese tono grisáceo, insano, y era pálida, blanca en contraste con la de él, más morena. Los ojos le brillaban, oscuros, hundidos, y ni siquiera le quedaban ojeras porque ya podía dormir. Las manos han dejado de estar magulladas, llenas de arañazos y cortes, y las uñas romas y sucias. Merope acariciaba su vientre levemente abultado con ellas, como si lo quisiera proteger.
Por primera vez en su vida sentía la ilusión de verse bien, saludable, agradable. Se arreglaba para Tom, se cuidaba las uñas y cepillaba su pelo. Ya apenas tenía pesadillas en las que Sorvolo y Morfin le chillaban hasta mientras dormía y el camastro diminuto, chirriante y desvencijado había sido sustituido por unos brazos fuertes que la envolvían contra el corazón que latía en su pecho. Nadie le gritaba ni le daba órdenes y las manos que se posaban su hombro eran delicadas, nunca hirientes.
Merope se sentía mujer por fin, en lugar de un simple despojo. Porque Tom le separaba los labios con la lengua y la besaba de un modo que Merope sospechaba que debía de estar prohibido. Le quitaba la ropa y le tocaba todo el cuerpo, haciendo que se sintiera hermosa. Y después le hacía el amor en noches sin fin, susurrando su nombre en la oscuridad de forma apremiante, como si aún no estuviera suficientemente cerca de ella.
Merope, Merope, ¡Merope!
Ella nunca había oído a nadie pronunciar su nombre de esa manera. Como si fuera frágil, bella y muy preciada en lugar de un estorbo despreciable, y el corazón le temblaba de emoción cada vez que Tom la llamaba. Lloraba de dicha y angustia cada vez que él se dormía, cuando iba hasta la cocina y preparaba más poción de amor.
Hasta hacía unos meses, Merope había pensando que las cosas eran blancas o negras. Su vida anterior, sin Tom, era negra, su vida futura, con él, debía de ser blanca. Pero Merope seguía atascada en un caprichoso matiz de gris.
Aunque Tom la adoraba, a veces Merope se despreciaba así misma. Porque sabía que el brillo en los ojos negros de Tom, los besos con la boca abierta, cada susurro en su oído, no eran de él, sino de la amortentia.
Ella sólo había deseado una cosa en su vida: que Tom la quisiera. Lo había conseguido y al principio Merope había sido desmesuradamente feliz. Podía mirar a Tom sin temor, escuchar su voz e incluso tocarle. Él la buscaba cada día, apareciendo en su semental al final del camino. Se bajaba del caballo, la sujetaba por los hombros y la besaba sin ningún pudor. En las cuatro paredes de la choza de los Gaunt, Merope había conocido la pasión por las manos firmes de su gallardo amor. Le había confesado a Tom que era bruja y en lugar de sus asustarse, él le había mostrado una absoluta fascinación. Le decía que era perfecta y que quería estar siempre con ella, por eso cuando Merope le propuso que se fueran lejos de Pequeño Hangleton, Tom no dudó en decirle que sí.
Juntos, con poco más que lo puesto y los libros de magia de Merope, los dos jóvenes enamorados se marcharon sin decir adiós. Encontraron una pequeña casita de piedra en un alejado pueblo costero y todo fue dicha y amor para los dos.
Pero poco a poco, la rancia sangre que corría por las venas de Merope empezó a hablarle en sueños, a decirle que se estaba engañando y engañando a Tom. Que era la amortentia lo que había hecho que se fuera con ella, no su propio corazón. Derribaba cruelmente sus frágiles esperanzas de convencerse de que no había magia en el mundo que pudiera hacer que él la tocara de ese modo, que le hablara con tanto amor. Se reía de su confianza en que, con el tiempo suficiente a su lado, conociéndola de verdad, Tom pudiera enamorarse realmente de ella, sin magia de por medio.
La voz cruel sonaba áspera en su oído y espinosa en su corazón riéndose de sus anhelos y sentimientos. ¿Qué podía ofrecerle ella al apuesto y rico Tom Riddle? No era agraciada, lo sabía bien. Era torpe y no tenía demasiada inteligencia. Ni siquiera era una buena bruja, como su padre y su hermano siempre le habían dicho. Su sangre era la más pura, su linaje el más poderoso, pero Merope a duras penas era capaz de multiplicar la comida para que Tom y ella pudieran alimentarse. Era prácticamente una squib, sólo hábil preparando pociones y haciendo guisados.
No servía como muggle ni como bruja, tenía lo peor de ambas partes.
Pero la voz amarga callaba cuando Tom se removía en sueños y la estrechaba contra sí, cuando despertaba con flores en la almohada que él había ido a recoger o cuando la sentaba en sus rodillas y le leía poemas de grandes autores muggles. Entonces a Merope le temblaba el corazón y dejaba de sentirse insegura para sentirse amada y dichosa. Después volvía la voz cruel y otra sensación mucho más dolorosa: la culpabilidad.
En el fondo de su alma gris, Merope sabía que Tom no estaba hecho para ella, como Morfin le había dicho más de una vez. Él debería haberse quedado en Pequeño Hangleton, casarse con Cecilia y llevarla a pasear cada tarde en su carromato. Merope debería haberse resignado a observarlos pasar a través de su ventana y eso debería haber sido su único vínculo exterior. Su deber hubiera sido cuidar de su padre y su hermano durante toda su vida, porque su sangre era lo más importante que tenían. Hubiera muerto joven y desdichada, dando a luz a más Gaunt, como su madre, en el supuesto de que Sorvolo hubiera logrado disuadir a un primo lejano para que la tomara como esposa. Nunca hubiera sido feliz, pero Merope había aprendido que había personas que no habían nacido para eso. Que habían nacido para sufrir y cumplir con su deber nada más.
No obstante, Merope no se había llevado a Tom y roto las normas sólo por ella. También lo había hecho para protegerle a él porque tenía miedo de lo que podría sucederle una vez que Sorvolo y Morfin salieran de Azkaban. Lo estaba ocultando, manteniéndole a salvo y cuidándole como ni Cecilia ni ninguna otra mujer podría haberlo hecho.
Merope había vivido entre amortentia, mentiras y culpabilidad muchos meses pero ese día había llegado a un punto de no retorno. Había descubierto, que como sospechaba, estaba embarazada.
Su madre había muerto al darle a luz, así que Merope desconocía prácticamente todo lo referente a la mujer y el embarazo. Había notado que llevaba tres meses de faltas en su período, la maldición mensual que padecía por no estar a la altura de la sangre que portaba, por eso la perdía. Pero no le había dado más importancia hasta que comenzó a tener náuseas y entonces recordó que Morfin le decía que su madre no paraba de vomitar cuando estaba embarazada de ella porque no soportaba la idea de llevarla en su vientre. Observándose con atención, Merope empezó a percibir ligeros cambios en su cuerpo como la barriga abultándose y los senos más sensibles, hasta que ya no tuvo más dudas. Estaba embarazada de Tom.
Suponía que era algo que debía de llenarla de felicidad pero Merope se sintió más miserable que nunca. Porque ahora ya no había marcha atrás. Hasta ese momento siempre había pensando que no había hecho nada tan grave al hechizar a Tom, que todo podría ser reversible si era necesario. Que si dejaba de darle la amortentia, él se daría cuenta de que la amaba y se quedaría a su lado. Y sólo entonces se casarían y tendrían hijos fruto de un amor real, no creado.
Pero las cosas se le habían ido de las manos. Ese pequeño ser que creía en su vientre había sido engendrado gracias a una poción de belladona, afrodisíacos, polvos de doxy y siete vueltas en dirección hacia las agujas del reloj las noches de luna llena. No era una obra de amor, sino de obsesión. De mentiras, de engaños y sordidez.
Ese bebé no se merecía eso, ni Tom tampoco.
Merope le daría la oportunidad de decidir por sí mismo si quería quedarse con ella y con su hijo. No más pociones, no más líquido perlado deslizándose subrepticiamente en el agua. No más mentiras.
Nunca había sido valiente y lo sabía, por eso dejóque todo suceda durante la noche, para que cuando Tom despertara, libre de los efectos de la Amortentia, pudiera dejarla sin decir nada si así lo deseara. Merope tardó horas en dormirse después de que Tom le hiciera el amor, rezando en silencio para que no fuera la última vez, para que al amanecer comprendiera que la ama. Tembló durante toda la noche entre los brazos de Tom, encogida sobre si misma, con los pies fríos y el corazón caliente. Y sólo cerrando los ojos con fuerza y deseando con toda su alma que Tom la ame, se durmió poco antes de que el sol despunte.
La despertó una voz fría y cruel, muy parecida a la que le hablaba en su mente. Merope abrió los ojos y descubrió que la cama estaba helada y que Tom no estaba con ella.
-¿Dónde estoy? –insistió la voz despiadada.
Entonces Merope lo vio, todavía en pijama, junto a la mesa volcada donde ella le servía esos guisados que Tom tanto alababa.
-¡Respóndeme, maldita sea! –le gritó él y tiró una silla de madera de una patada mientras las manos se crispaban sobre su pelo, tironeando con fuerza. Estaba pálido, tenía los ojos muy abiertos y temblaba frenéticamente como si estuviera en estado de shock.
Merope notó la humedad en sus ojos sabiendo que ya no habría más susurros de voz aterciopelada, más miradas tiernas y brillantes, no más amabilidad incondicional.
-En Scraned End, Lilcolnshire –murmuró ella.
Percibió exactamente cómo Tom procesaba la noticia, notando que estaban muy lejos de Pequeño Hangleton, demasiado.
-¿Cuánto tiempo llevam…llevo aquí? –cuestionó con tono acerado.
-Casi once meses…
Tom se arrancó un mechón de pelo de un tirón y lanzó un gruñido violento, pateando la mesa y derribando hasta la última de las sillas del comedor. A Merope se le desgarró el corazón, como si alguien hubiera roto un lienzo a tirones, con las manos. Tom la odiaba, estaba furioso con ella.
Todo el amor que le había dado ahora era desprecio.
-Tom –gimió ella, llorando ahogadamente.
Él se detuvo pero se negó a mirarla, el bello rostro deformado por la rabia y la ira hasta volverlo irreconocible. Merope sabía que sentía asco y repulsión por ella, que le gustaría golpearla e insultarla como Sorvolo o Morfín hacía cuando se enfadaban. Pero había algo aún peor que todo eso que era lo que le impedía dar rienda suelta a sus sentimientos: el miedo.
Tom la temía.
-¿Qué me has hecho, maldita? –le preguntó con furia y pavor entremezclados -¡Me has hecho algo! ¡Me has embrujado!
-Tom –repitió ella, y trató de salir de la cama, pero los pies se le enredaron con el largo camisón y cayó de rodillas al suelo de piedra. Se lastimó pero no hizo ningún gesto de dolor, porque sabía que se lo merecía. Se merecía eso y mucho más –Yo…te quiero… -suplicó.
-¡Cállate! –gritó él cubriéndose los oídos como si le repugnara el mero sonido de su voz -¡Cállate, BRUJA!
Era curioso como Merope había deseado siempre que reconocieran que era una bruja, que tal vez no era la más poderosa ni la más hábil, pero no era un squib, que tenía poder, que podía hacer cosas, pero ahora, el reconocimiento que siempre había querido alcanzar, era un insulto. Era un puñal clavándose en su corazón y girando, primero en un sentido, luego en otro, hasta desangrarlo y trocearlo por completo.
Porque ese 'bruja' ocultaba un 'monstruo', 'aberración', 'horror'. Y ella era todo eso para él y mucho más, en un tono que evocaba escarnio público, latigazos y hogueras con olor a carne quemada.
Aunque la vida le hubiera dependido de ello, Merope no hubiera podido moverse mientras a través de las lágrimas y las arcadas vio a Tom meterse dentro de unos pantalones y una chaqueta. Como en un brumoso sueño le contempló calzarse sus gastadas botas de cuerpo y ponerse torpemente el cinturón con hebilla de metal, preparándose para irse.
Sabía que no podía detenerle y que tampoco tenía derecho, pero Merope quería llegar hasta el final. No podía dejar que se fuera sin conocer toda la verdad, tal vez porque aún con todo, en una parte de ella donde no llegaban las rodillas lastimadas, las mejillas húmedas y el corazón destrozado, aún guardaba esperanza. La esperanza de que al saber que llevaba un hijo suyo en el vientre, Tom se quedaría con ella. Al menos por un tiempo, el suficiente para perdonarla.
-Tom –lloró, las uñas cortas aferrándose a la piedra del suelo para no desfallecer –yo… estoy… estoy embarazada –logró balbucear.
Tom se detuvo bajo el quicio de la puerta y por un momento pareció olvidar el miedo que tenía a esa mujer que había hecho brujería con él. Dio un paso dentro de la casa y la miró, la miró directamente a la cara, a los ojos arrasados de lágrimas.
-¡Ese monstruo no es mío! ¡No es mío! –gritó hasta desgarrarse la voz -¡Yo jamás te tocaría! ¡Me das asco, maldita! ¡Te odio, bruja, y no quiero verte más!
Y la puerta se selló con violencia, haciendo temblar toda la estructura de la pequeña casa de Scraned End. Merope quedó dentro, desecha, Tom Riddle fuera, alejándose para no regresar más.
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Del mismo modo en que el cuerpo de los presos de Azkaban seguía funcionando después de recibir el beso del dementor, Merope sobrevivió a la marcha de Tom. Pero su alma desapareció con él, el sentido de su vida, toda su esperanza.
No se movió del suelo, allí donde cayó al salir de la cama, durante días. Simplemente se encogió sobre sí misma y lloró y lloró, sin comer, sin dormir, sin sentir. El pelo brillante fue mancillado por la suciedad, el camisón inmaculado se manchó, la piel se volvió gris y las uñas se rompieron. Y Merope volvió a ser la misma que había sido por fuera una vez, descuidada, andrajosa, sucia.
Toda la comida de la casa se pudrió antes de que tuviera la fuerza suficiente para levantarse del suelo, de modo que fue imposible multiplicarla más. Tampoco hubiera podido hacerlo, porque la magia se apagó junto con su alma. Merope perdió su poder o simplemente lo rechazó de un modo tan profundo que dejó de manifestarse.
Tuvo la tentación de dejarse morir allí, en la casita de Scraned End donde tan feliz fue un tiempo, cada vez que rememoraba las palabras de Tom en su mente, pero el bebé que crecía en su vientre le recordó que aún no podía abandonarse así. Él no tenía la culpa de que su padre lo considerara un monstruo y su madre fuera una desgraciada, de que estuviera maldita.
De algún modo condenada a repetir el destino de su madre, Merope decidió sobrevivir hasta que el bebé naciera. Y sería idéntico a Tom y viviría feliz como un muggle, sin saber nada de la magia ni de la dañina familia de la que provenía. La maldición de los Gaunt moriría con ella y él podría ser feliz y aceptado, no un miserable monstruo como su madre.
Gracias a es determinación, Merope abandonó Scraned End y caminó durante semanas hacia Londres. Durmió en prados y graneros y se alimentó de frutas silvestres y de la caridad de las personas que se encontró en su camino hasta llegar a la capital. No tenía nada de valor excepto el guardapelo de Slytherin y en cuanto llegó al Callejón Knockturn lo vendió. Gracias a los escasos galeones que le dieron, Merope se las apañó para subsistir mientras su embarazo avanzaba y su pequeño se desarrollaba en su interior. Merope gastó sus últimos meses de vida como una mendiga, durmiendo en portales, comiendo sobras y vagando por las calles de Londres buscando un orfanato
Y finalmente, la última noche del año 1926, en medio de una terrible tormenta, Merope Gaunt se arrastró hasta un orfanato muggle londinense en medio de terribles contracciones. La directora y las mujeres que allí trabajaban la asistieron en el parto y su pequeño nació sano y sin problemas, llevándose todo lo que le quedaba de vida a su mamá.
Con su último aliento, Merope puso los ojos en su hermoso bebé envuelto en mantas y suspiró feliz porque su deseo se había cumplido: era idéntico a Tom, no se parecía en absoluto a ella.
-Se llama Tom –dijo débilmente las mujeres –Tom Sorvolo Riddle.
Después su voz se apagó para siempre, habiendo sido sus últimas palabras el nombre del fruto del amor que le robó a ese muggle en el que nunca debió fijarse.
Así murió la princesa Merope. Sin castillo, sin príncipe, sin esperanzas.
Así murió la princesa maldita.
He leído unos tres Merope/Tom Riddle y una vez me aventuré a escribir sobre ellos. Me gustó tanto la experiencia que desde entonces he tenido ganas de repetir, de contar esa segunda parte que Rowling dejó tan borrosa. Me gusta pensar que Merope llegó a ser feliz un tiempo y creo que es un personaje tan desdichado que a pesar de lo inmoral de lo que hizo, es digno de compasión. También he intentado darle una explicación a eso que nunca comprendió Voldemort: por qué su madre se dejó morir, por qué vivió en la pobreza siendo bruja. Creo que después de ver lo que había hecho con la magia, se despreció tanto que se negó a usar sus poderes o tal vez quedó tan deprimida por la marcha de Tom que simplemente desaparecieron (ya hemos visto que a los magos con fuertes problemas emocionales les pueden fallar). También me he preguntando por qué dejó a Voldemort en un orfanato muggle, cuando supongo que también existirían orfanatos mágicos. Pienso que es posible que por el ya nombrado rechazo a la magia que sintió, quiso que su hijo fuera un muggle que viviera lejos de todo lo que ella había conocido, lejos de todo eso que la hizo tan infeliz. Como véis, ese deseo de Merope no se cumplió y las palabras de Tom Riddle Senior fueron en cierto modo proféticas porque ese niño se convirtió en un monstruo.
En fin, todo tipo de opiniones serán bienvenida :)
Muchisimas gracias por todo!
Con cariño, Dry.
