El agua lo rodeaba completamente. Sintió cómo golpeaba su cuerpo y lo bamboleaba, como si de una muñeca de trapo se tratara. Estaba intentando aplastar al intruso, expulsarlo, reducirlo a la nada entre la espuma. Trató de luchar contra el mar, pero el oleaje lo arrastró hacia abajo, la presión creciendo en su pecho. Su cabeza dolía. Sentía sus oídos a punto de estallar. Su pecho quemando, llorando, pidiendo el aire que tanto necesitaba. De repente, el peso sobre él fue demasiado. Sus pulmones se rindieron y abrió la boca, desesperado por respirar. El agua salada invadió su cuerpo, pero no apagó el fuego del interior de su pecho, sino que le hizo crecer, extendiéndose a sus extremidades agotadas y sin fuerza, a su mente ofuscada. Fuego y agua, tratando de hacerse con el control en su interior, de poseerlo y aniquilarlo, hasta no dejar nada.
Tenía tanto sueño... Sólo deseaba escapar del dolor. Abrió los ojos. A su alrededor todo era oscuridad, un gran vacío aterrador. Sobre él, una ligera claridad turbulenta. Debía llegar hasta la luz. Era la única forma de que parara. Pero tenía tanto sueño... Quizá dormir detendría su agonía. Sus párpados eran infinitamente pesados... Sintió cómo su mente se deslizaba hacia la oscuridad... Entre sus pestañas apareció un destello azul, una nueva luz... La luz del cielo estaba demasiado lejos, pero quizá podría llegar hasta la luz azul, aunque tendría que dejar a su cuerpo atrás... Tal vez en la luz encontraba a sus padres... Ahora que lo pensaba, ¿dónde estaban? No podía recordar adónde habían ido... Pensar era doloroso. Cerró los ojos, rendido.
De repente, sintió unas manos en sus mejillas, más frías que el fuego desatado bajo su piel, pero aun así mucho más cálidas que la gélida oscuridad líquida que lo rodeaba. ¿No había muerto todavía? Unos labios rozaron los suyos, más fríos que los suyos, pero más cálidos que el agua que había entrado a través de ellos. Parecían querer decirle que todavía estaba allí, que no había desaparecido, que todavía podía llegar a la luz del cielo. Entonces los labios se volvieron cálidos, y bajó sus párpados se coló un destello azul. Su pecho de repente dejó de sentirse pesado, y notó cómo su cuerpo expulsaba el agua del interior y el oxígeno volvía a sus extremidades y su cabeza. Abrió los ojos y vio a un chico de su edad, sin camiseta, sonriendo débilmente. Trató de preguntarle quién era, pero no pudo. Algo no era normal. Podía respirar, pero el aire no entraba por su nariz. Sintió un ligero picor a ambos lados de su cuello y alzó una mano para tocarlo. Descubrió unas aberturas que antes no estaban allí. Miró al chico otra vez. Él también tenía, así que debía de estar bien. Quizá todo aquello sólo era un sueño.
La sonrisa del chico se hizo aún más grande, extendiéndose a sus ojos azules, y le dio la mano, tirando de él hacia la superficie. En ese momento, se dio cuenta de que su salvador no era humano. El lugar donde sus caderas deberían convertirse en piernas estaba cubierto de escamas azules, que llegaban hasta donde deberían haber estado sus pies y más allá, en una larga cola de pez del color del topacio azul. Miró sus propias piernas, asustado ante la posibilidad de haberse convertido en un pez, pero seguían allí. Suspiró con alivio, liberando unas burbujas, y volvió a mirar hacia el chico. La luz parecía mucho más próxima. Entonces el habitante del mar giró. Miró hacia él, aún sonriendo, y señaló hacia donde debía de estar la costa, tirando de su mano como para decirle que se diera prisa. Ahora, cerca de la superficie, pudo ver que el pelo de su nuevo amigo era negro, su piel morena y cubierta de pequeñas pecas azules, que brillaban en la oscuridad y se extendían por su espalda, hombros, mejillas y nariz. La mano que agarraba la suya le dio un apretón y tiró de él otra vez. El chico comenzó a bucear, cansado de quedarse atrás, ignorando el ligero dolor de cabeza que aún persistía, y con la extraña sensación de que olvidaba algo. El niño pez soltó su mano, y ambos nadaron juntos durante unos minutos.
De repente, su compañero se paró, señalando hacia delante. La playa se encontraba bastante cerca, y no parecía querer aproximarse más. Ondeó la mano a modo de despedida, con una sonrisa triste. El muchacho también se despidió de él con la mano, pero paró y señaló hacia la superficie del agua. El otro asintió, y ambos subieron a la superficie.
Sintió cómo sus pulmones buscaban aire automáticamente, y tosió, su garganta todavía en llamas. Consiguió hablar a duras penas.
—¿Cómo... —Respiraba con dificultad— te llamas?
El chico esbozó una media sonrisa antes de responder.
—John. ¿Y tú?
Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para hacer que su irritada y reseca garganta se dignara a emitir algún sonido.
—Karkat. Karkat Vantas.
Su voz se quebró, sus cuerdas vocales negándose a hacer otro esfuerzo. Sintió cómo el picor se volvía insoportable, y su pecho se sacudió en un ataque de tos. Cerró los ojos y comenzó a respirar lentamente, tratando de calmar su laringe. Notó que el agua se agitaba de repente, y miró a su alrededor frenéticamente. Nada. John había desaparecido, dejándolo a unos metros de la playa. Karkat hizo un último esfuerzo y nadó hasta la orilla, donde se dejó caer resollando. Se tumbó boca arriba en la arena, respirando fatigosamente. Tocó su cuello. Las aberturas de su cuello habían desaparecido, pero seguía sintiendo rugosas esas franjas de piel. Los párpados parecían de hierro, y apenas podía mantenerlos abiertos. Se preguntó cómo había llegado hasta allí. ¿Dónde estaba papá? ¿Y Kankri? Un dolor sordo palpitaba en su sien. Sabía que tenía que recordar algo, pero la sola idea de recordar le resultaba agotadora. Y así, acunado por el susurro de las olas, se dejó caer en los brazos del sueño.
El equipo de rescate lo encontró en ese mismo lugar tres horas después.
