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En las angostas calles que circundaban la ciudad se respiraba la desolación. En el frío del material sólido y viejo de las paredes, podían verse los lamentos permanentes, inertes allí para siempre, incluso a través del tiempo. Levi observaba con letárgica paz, sabiéndose más que un cobarde, rememorando aquello que ofreció por los demás; incluso aunque al final del día no valiera nada, porque, de todos modos, todo se perdió.
En el gris espectral de la escena, vislumbró un rojo llameante, como si fuera el fuego ardiente del Tártaro. Así como se había colado por sus ojos, aquel color vivo desapareció entre las esquinas de los edificios, como si todo repentinamente se hubiese vuelto un laberinto.
Saliendo del trance y decidiendo olvidar, sacó su billetera: tenía lo suficiente para obtener un buen café caliente. Y, pese a creerse más firme en sus convicciones, terminó por seguir el fantasma escarlata que se perdió en las calles.
Caminó hasta llegar a una cafetería vieja que llevaba de nombre su apellido, si esto lo sorprendió no se supo, por sus todavía duras facciones. Y es que la casualidad del apellido era algo por lo que, hasta alguien como él, debía de dar crédito. Se acomodó cerca de un ventanal que daba al lado de la calle más concurrido, y ordenó en cuanto una joven se aproximó a él. O lo intentó, al menos.
La chica, superándolo en altura, le inquirió con solemnidad lo que ordenaría. Levi sí se sorprendió esta vez.
"¿Mikasa?", balbuceó. Ella le miró incrédula, y ablandó el gesto luego. "Sí, señor", respondió, con tanta firmeza como un soldado experimentado.
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|NOTA|
Puede que esto sea un indicio de una historia más larga... o no.
