NdA: Este fic debería haber llegado a tiempo para el cumpleaños de Kalrathia, pero se me alargó (bastante) y, bueno, he tenido que obligarla a esperar una eternidad. Espero igualmente que le guste. ¡Y a los que lo leáis también, claro!

¡Aviso de largas notas a pie de página históricas y del uso de dos OC! Uno de ellos es Galicia, y el otro Castilla, original de Tanis Barca.

CAPÍTULO I

UN IMPERIO DEMASIADO GRANDE


17 de agosto de 1585, Amberes, Holanda

El paso marcado de los Tercios hacía retumbar el suelo, causando una gratificante sensación de unidad y eficiencia. Las armaduras rechinaban y claveteaban, las lanzas se alzaban orgullosas sobre las cabezas de los hombres y los pendones de España y el Tercio de Flandes se agitaban con el golpe del fresco y húmedo viento mientras las tropas del Imperio Español penetraban, al fin, en Amberes.

España estaba exhausto, pero a la vez lo embargaba la satisfacción de un trabajo bien hecho. No podía imaginar nada peor que, después de todo el esfuerzo invertido para tomar una de las capitales económicas de las Diecisiete Provincias, hubieran fracasado. No se habría atrevido a mirar a sus hombres, que llevaban luchando tres años seguidos sin paga, muriendo uno tras otro por enfermedades de la insoportable ciénaga que eran las Provincias o por los «mecheros del infierno», como los llamaban los españoles. Recordar los barcos explosivos le provocó un violento escalofrío. Un solo velero había acabado con ochocientas vidas…

Apretó las mandíbulas. ¡Malditos fueran los holandeses por utilizar trucos tan viles!

Pero ahora mismo eso no importaba. Porque todos los sacrificios, todo aquel mar de sangre y lágrimas, habían merecido la pena. Habían triunfado una vez más en la guerra contra los rebeldes.

Y eso era lo que al final contaba.

Miró a su alrededor. Seguramente era el único personaje de aspecto tan joven en medio de hombres rudos y fríos, fortalecidos tras treinta años de servicio. España hinchó el pecho, repleto de admiración por ellos.

Se giró para buscar al artífice de la victoria. Alejandro de Farnesio (1) cabalgaba dignamente al frente del Ejército de Flandes, serio y tranquilo a pesar de que la situación invitaba más a la alegría.

Hemos luchado contra los rebeldes: Orange está muerto, el duque de Anjou también; Francia está en guerra y hemos bloqueado comercialmente a todas las provincias rebeldes, pensó España, rememorando las increíbles obras de ingeniería que había puesto en marcha Alejandro. En el caso de Amberes, a unos cincuenta kilómetros de distancia, incluso habían cerrado el Escalda para impedir que la ciudad tuviera acceso al mar (2). ¡Y todo sin poder pagar a las tropas! Aquel hombre era realmente un genio, como lo fue en su momento el Duque de Alba. A España se le empañó un poco la mirada al recordar al viejo gran militar. Siempre dolía cuando a uno lo dejaban atrás.

No creía que volviera a conocer a nadie como él.

—¡España!

El joven imperio alzó la cabeza y vio que Alejandro le sonreía a través de la barba. Clavó espuelas y se puso a su altura.

—¿Por qué esa cara tan triste, amigo mío?

—Estaba recordando al duque de Alba —reconoció España.

—Ah, mi predecesor. —Alejandro tiró suavemente de las riendas de su caballo para no alejarse de su escolta: en medio de una ciudad destrozada por el asedio, lo mejor era no relajarse bajo ningún concepto. Podían ver miradas cansadas, cargadas de odio, asustadas y curiosas por todas partes. La gente, cubierta con harapos, se agolpaba en las calles para ver pasar a sus triunfantes enemigos—. Ojalá hubiera vivido para ver esto.

—Ojalá. Que descanse en paz —corroboró España, que respiró hondo. Ansiaba, por encima de todo, darse un baño y quitarse la mugre y la humedad de los cenagosos territorios de Amberes. Como todo su ejército, estaba más que harto del norte, de la guerra interminable, del dolor, de la muerte y de los malditos luteranos (3)—. Por fin, Alejandro. Por fin.

—Un paso más. —Alejandro observó los edificios de Amberes con cierta admiración, pero en seguida su semblante se oscureció—. Pero no el último, por desgracia.

España suspiró con irritación. Hasta él, que se consideraba bastante paciente después de todas las guerras que había vivido, comenzaba a desear cerrar las manos en torno al cuello de Holanda y las demás provincias y sacudirles hasta hacerles entrar en razón.

En varias ocasiones había visto cómo la voluntad de los rebeldes se venía abajo; a medida que Alejandro rendía ciudades, tras la pérdida del traidor de Orange, tras el embargo comercial…

Pero Alejandro le había confesado que tenía miedo de que la resistencia continuara.

—Voy a escribir a su Majestad el Rey —informó entonces.

—¿Qué le vais a decir?

—Lo lógico sería continuar hacia Holanda y Zelanda —dijo el duque, acariciándose la barba. España se mordió el labio inferior—. Sin embargo, aunque hayamos triunfado, cada victoria ha pendido de un hilo. No podemos depender siempre del Señor para que nos conceda ese golpe de suerte que nos permita ganar.

—¿Entonces…?

Alejandro le miró fijamente.

—Lo más lógico sería acabar con los que ayudan desde fuera a los rebeldes.

Francia... e Inglaterra. Mordió sus nombres con amargura. En especial el de Inglaterra. De Francia se lo esperaba, cómo no. Eran claros enemigos.

Pero Inglaterra… Ya cuando, en abril de ese mismo año, su reina decidió cortar los lazos comerciales con Flandes y la zona española, convirtió la irritación y enervación de Felipe hacia los ingleses en algo más amenazante. En algo a considerar más que seriamente.

Y eso no podía ser bueno. España ya tenía más guerras entre manos de las que podía soportar.

Y todas hacían demasiado daño.

El resto de la marcha triunfal por el interior de Amberes la hizo sumido en un profundo silencio.


20 de agosto, palacio de Nonsuch, Surrey, Inglaterra

Inglaterra y Holanda se estudiaban sumidos en un silencio incómodo. El segundo, aunque vestía sus mejores galas, tenía un aspecto deprimente. Parecía que no hubiera dormido desde hacía años por las profundas ojeras; el pelo le caía lacio y sin vida a ambos lados de la cara y su boca, que siempre había estado cerrada en un gesto firme, formaba ahora un rictus hosco y desagradable. Pero lo peor eran sus ojos. Ardientes, que se consumían por momentos en una fiebre de hambre y cansancio, pero que ni parecían considerar la posibilidad de rendirse.

El joven, que hacía menos de un año había perdido a la endeble esperanza que había sido el duque de Anjou (4) para conseguir una independencia como tal, no le quitaba la vista de encima mientras encendía una pipa. Cuando terminó dio una larga calada y suspiró con cierta satisfacción.

Ahora empezaremos a hablar, supuso Inglaterra.

No estaba seguro de querer estar allí, porque sabía que esa misma tarde ambos firmarían un tratado. Y no estaba de acuerdo con la reina de que una declaración formal de guerra a España fuera lo que más les conviniera.

—Siento vuestra pérdida —dijo al final para romper el silencio, refiriéndose, evidentemente, a Amberes.

Holanda gruñó como respuesta.

—Vayamos al grano —dijo, apartando la pipa de su boca—. Tus hombres han dicho a los míos que estás dispuesto a enviarme tropas.

Yo no estoy dispuesto, pero la reina y su Consejo Privado sí, pensó para sus adentros, pero no dejó relucir sus sentimientos y se limitó a alzar las comisuras de sus labios.

—Pero no a cambio de nada.

Holanda le dedicó una mirada asesina. Inglaterra no se arredró. Si en algo estaba de acuerdo con Isabel era en que no iba a meterse en la guerra de España a menos que saliera beneficiado. Y Holanda no iba a encontrar muchos más aliados aparte de él. España era demasiado grande, tanto en mar como en tierra, y otras naciones no se atreverían a oponerse a él. En cuanto a Francia… Desde el año pasado sus problemas con los hugonotes se habían vuelto a profundizar y no se encontraba en disposición de prestar atención al exterior, no cuando casi no podía ayudarse a sí mismo.

—Tres puertos es demasiado.

—¿Tú crees? —Inglaterra se encogió de hombros—. Os enviaremos dinero y hombres, además de que nos alinearemos en vuestro bando aunque tenéis todas las de perder.

Esta vez fue Holanda quien esbozó un asomo de sonrisa.

—Qué caritativo por vuestra parte. No es como si no nos necesitarais, ¿verdad? Como si Felipe no se hubiera mostrado ya hostil a vosotros… —Dio una calada—. Particularmente a la reina. Ya sabes, Felipe tiene esa tendencia de financiar asesinos a sueldo (5).

Inglaterra crispó los labios e intentó controlar su enfado. Holanda estaba en lo cierto.

Y lo más triste era que, si Felipe no hubiera intentado asesinar a Isabel, ella nunca se habría atrevido a dar un salto tan grande como aliarse con los holandeses y demás rebeldes.

Hasta entonces, su Consejo había estado dividido, sin ningún tipo de unanimidad, e Isabel, para asegurarse de que ninguno de sus miembros obtenía verdadera ascendencia sobre ella, se negaba a acudir a las reuniones. En su lugar prefería que cada miembro le enviara individualmente sus posturas, recabándolas, meditando todas y después filtrándolas para hacerlas saber al resto del Consejo (6). Hasta hacía un año, se había resistido a ir a la guerra, igual que Inglaterra.

Pero las imparables victorias de España, ya no sólo en Flandes, sino en Portugal, habían asustado a Europa y, en particular, a Isabel. Los nobles aseguraban que, una vez Felipe hubiera retomado el control del norte de Europa, los ingleses serían los siguientes. Y todos sabían que no estaban en condiciones de defenderse.

Por eso nadie quería tantear demasiado a España.

Hasta que Isabel se enteró de lo del intento de asesinato.

Para colmo, Francia, que hasta entonces había estado en contra de España, se había vuelto su enemigo al ponerse del lado de la Liga Católica con su nuevo rey Enrique III (7). Es decir, era un maldito instrumento de Felipe. El cerco no hacía más que cerrarse y constreñirse.

Así que, sí. No era como si Inglaterra tuviera muchas más opciones. Pero seguía queriendo evitar por todos los medios que estallara la guerra entre él y España.

Apretó los puños.

Holanda le había observado todo aquel rato en silencio y terminó por suspirar.

—Tampoco quieres luchar contra él.

Inglaterra, sorprendido, levantó la mirada y frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—Se te lee en la cara, idiota —respondió él con impaciencia—. Yo tampoco quiero esto. Y él me ha suplicado que pare con «esta tontería». —Sonrió de medio lado y a Inglaterra casi le dolió adivinar el sufrimiento que había tras ese gesto—. Porque no quiere hacerme daño. Y yo le creo. Tampoco quiero hacérselo yo. Pero es la vida. Sabes que no vas a poder hacer nada que no desee tu reina así que, al menos, vuélcate en ello.

»Tres puertos decías, ¿no? Podemos discutirlo. Pero quiero que me envíes una buena cantidad de hombres…

Holanda continuó hablando e Inglaterra asintió mecánicamente. Pero sus pensamientos estaban centrados en otra cosa; en contener la rabia y la impotencia que sentía.

Porque sabía perfectamente que Holanda tenía razón. Otra vez.


9 de septiembre de 1585, puerto de Plymouth, Inglaterra

La escuadra que acompañaba al aspirante al trono portugués, el prior de Cato dom Antonio, había arribado el siete de ese mismo mes a Inglaterra y se alojaba desde entonces en casa de uno de los hombres hacia los que Inglaterra experimentaba más sentimientos encontrados del mundo.

Francis Drake, caballero y «reputado» corsario de su majestad.

Inglaterra no podía negar que había disfrutado de las anécdotas de su vuelta al mundo y que se había deleitado con todos los demás nobles cuando expuso el botín español que había logrado en sus viajes. Pero, como a muchos otros, no le gustaba su independencia y la cercanía que tenía con la reina.

Y ahora, además, se estaba ganando la amistad de Dom Antonio. ¡Fantástico! A ver si podía llevárselo cuanto antes a Londres y separarlo del corsario.

Contempló con ironía el escudo que coronaba la entrada del palacete de Drake; la reina se lo había otorgado después de convertirlo en noble y el corsario se aseguraba de lucirlo con una insistencia que arrancaba risillas de los auténticos aristócratas. Sólo un plebeyo se esforzaría tanto porque el mundo reconociera su condición de noble.

Y, sin embargo, ese escudo empezaba a calar en la imaginación de muchas personas. Sabía bien que los comerciantes españoles habían levantado sus voces contra aquel hombre y que estaba ganando mucho ascendiente entre los demás piratas (8) de la región, sin olvidar la cantidad de barcos que podía tener a su disposición.

El mayordomo le recibió con aplomo, señalando que lo habían estado esperando, y le guió hasta el salón donde se encontraban Dom Antonio y Francis Drake.

Cuando llegó, comprobó que interrumpía una animada reunión acompañada de té y alguna que otra pasta. Drake le lanzó una mirada aguda pero se irguió rápidamente para saludarle.

—Bienvenido a mi hogar, Inglaterra. Os estábamos esperando.

Inglaterra asintió y después hizo una reverencia hacia Dom Antonio; su reina le reconocía como candidato al trono, de modo que aparte de posicionarse contra el legítimo rey Felipe —legítimo según se mirara, pero bueno. El actual rey—, significaba que se le tenía que tratar con el debido respeto pues podía llegar a ser un poderoso aliado.

—Espero que Sir Drake os haya tratado con hospitalidad, milord —dijo Inglaterra.

Dom Antonio sonrió.

—¡Desde luego! Y ya he sido informado sobre la incursión.

Inglaterra notó la penetrante mirada de Drake y se aseguró de no mover ni un músculo del rostro. Pero, por dentro, las entrañas se le contrajeron de golpe.

—¿Y qué opináis sobre ello, milord?

—Que me gustaría sumarme a la operación.

No realizó ningún esfuerzo por ocultar su sorpresa y, cuando miró a Drake, percibió de inmediato la incomodidad del corsario. Dom Antonio continuaba sonriendo e hizo como si no se hubiera percatado de la reacción de los dos hombres.

—Pero, milord, acabáis de llegar y Sir Drake partirá en poco tiempo. La reina os está esperando en Londres…

—¡Pero esto es una oportunidad única!

Se reprimió para no pasarse una mano por el rostro. Si Dom Antonio tenía carácter de rey, no lo sabía. Lo que estaba claro era que al menos compartía la característica de la imprevisibilidad y los caprichos con la monarquía, eso estaba claro.

—Milord, es muy peligroso realizar este tipo de incursiones. Y los españoles…

No pudo terminar la frase.

¿Qué pensará España si no sólo le envío a Drake, sino al rival de su rey por el trono de Portugal?

Trató de no imaginar la reacción de España, de apartar de su cabeza al chico y pensar con frialdad en Felipe. ¿Les declararía la guerra? Debían andarse con pies de plomo. No se conocía a Felipe como el Rey Prudente por nada. Si no le irritaban una y otra vez con sus ataques, entonces podían ganar tiempo. Pero si llegaba a sus oídos que no sólo daban cobijo a Dom Antonio, sino que lo invitaban a participar en incursiones contra España…

¿Y por qué no?, pensó una parte de él con frialdad. Que se entere. Que la reina siga actuando desmedidamente. Que estalle la guerra. Y que los españoles acaben con esta locura.

Era tentador. Muy tentador. Y, a la vez, una idea horrible. Porque sabía que eso implicaba invasión. Se estremeció de pies a cabeza.

Se dio cuenta de que tanto Dom Antonio como Drake se habían quedado mirándole y carraspeó.

—Me temo que no me parece prudente acompañar a Sir Drake. Deberíais cartearos con la reina y comprobar su opinión. No pretendemos limitar vuestra libertad en ningún caso, milord, sin embargo… Debéis comprender nuestra delicada situación.

—Tenéis razón —respondió Dom Antonio tras una meditación, aunque aceptó a regañadientes—. Mandaré un mensaje esta misma noche.

—Os lo agradezco, milord.

Inglaterra respiró hondo y aceptó el asiento que le ofrecía Drake. Trató de prestar atención a la conversación entre ambos hombres, de vigilar las palabras del corsario y de controlarse a sí mismo. Porque estaba horrorizado con su comportamiento. Cada día, cada minuto, se encontraba odiando y amando a un mismo tiempo a Isabel, al régimen, a la religión. Sus sentimientos se entremezclaban en un terrible juego de contradicciones cuando pensaba en España y en el Vaticano.

No sabía qué quería. O, más bien, quería dos cosas muy distintas. Las mismas que deseaba su población. Si negara que los fracasados intentos de asesinatos de la reina no le habían decepcionado, estaría mintiendo. Como también mentiría si dijera que no se había arrepentido de sus sentimientos inmediatamente después. Era, sin embargo, algo incontrolable.

Había sido durante toda su vida un católico. Ahora, su mundo había cambiado. Estaba enfrentado a la Santa Madre Iglesia por el capricho de un rey. Se sentía inseguro, al borde del abismo.

Pecado.

Herejía.

Y a la vez… ¿No era un buen cambio? ¿No tenían razón al decir que la Iglesia era una extorsionadora?

Pero era demasiado mayor como para que lo pudieran engañar. Al final, los reyes no eran mejores que los Papas.

¿O sí?

El mundo estaba loco y él no sabía si todavía mantenía la cordura.

—¡Por la victoria! —brindaron Drake y Dom Antonio.

Drake sonrió maliciosamente en dirección a Inglaterra, que se puso tenso, como si el corsario hubiera seguido el hilo de sus pensamientos. Se apresuró a tomar su copa y, con una sonrisa seca, dijo:

—Por la victoria.

El vino no le supo a nada y tragó con dificultad.

Ojalá no estés cerca de Galicia, Antonio. Y ojalá… tardes en enterarte.


7 de octubre, Baiona, Galicia, reino de Castilla

Francis Drake aspiró el aroma del mar, entremezclado con la fetidez típica de los puertos, el pescado, el salitre y cierto regustillo a comida y fuego de los hogares que le llegaba desde Baiona. El viento se había levantado desde el oeste e inflaba las velas de sus barcos como si les estuviera impulsando a cumplir la misión de la reina. Eso quería decir que les costaría mucho dejar el lugar; al menos, mientras el viento se negara a alejarlos de Galicia.

—Como una indicación de Dios —dijo con un tono burlón.

Se colocó bien la casaca sobre los hombros y se ajustó el sombrero. El sol comenzaba a perfilarse detrás de las casas de la costa, tiñendo el mundo de una hermosa catarata de colores azulados, violetas y naranjas. La gente empezaba a despertarse.

Era hora de darles los buenos días.

10 de octubre de 1585, alcázar de Madrid, reino de Castilla

—Es maravilloso estar en casa… —suspiró España, cubriéndose los ojos con el antebrazo, hundido en la mullida colcha. La luz entraba, resplandeciente, por la ventana abierta, acompañada del canto de los pajarillos, y su desayuno humeaba, caliente, en una bandeja.

Se estiró, dejando escapar un gemido de satisfacción, y se incorporó con los ojos todavía un poco legañosos. Después de aclararse el rostro con el agua de la jofaina, atacó con voracidad el desayuno, consistente en gran medida en carne y pollo (9), aderezado todo además con rodajas de tomate. Madrid había dejado claro al cocinero real que, en los menús de España, a menudo tenía que haber tomate porque hacía la boca agua al reino. Poder saborear el fruto rojo le puso todavía de mejor humor.

Era como estar en un sueño. Por fin alejado del frente, de las pantanosas tierras de Holanda, bien asentado en una habitación de verdad, limpia y cálida a pesar de azote del viento helado del exterior, tan típico de la meseta.

Cuando terminó con el desayuno, llamó a su paje, que le ayudó a ponerse la ropa y se llevó trotando la bandeja —de modo que los platos rebotaban peligrosamente—.

Descendió a la planta baja del gran alcázar donde residía toda la corte real y, saludando aquí, besando una mano allá y sorteando a los embajadores, llegó a los aposentos de Castilla.

El reino estaba escuchando las noticias que le departía un soldado acerca de ciertas aldeas que solicitaban ayuda para definir fronteras con sus vecinos, elegantemente vestida a la moda seca y recta que había instaurado Felipe en la corte. Un par de doncellas entradas en años tejían a su espalda, cuchicheando entre ellas, en absoluto interesadas en el soldado.

Cuando Castilla vio entrar a España alzó una mano y el soldado calló.

—Lamento tener que interrumpiros, pero os atenderé en seguida. Entre tanto, mis doncellas os acompañarán a la cocina, donde se os servirá vino y comida abundante.

Las mujeres refunfuñaron entre sí, ya que no querían dejar a solas a Castilla, pero acompañaron al soldado, que se marchó a paso marcial. En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Castilla y España se sonrieron mutuamente y se dieron un fuerte abrazo.

—¿Has descansado bien, hijo? Qué alto estás. Y qué paliducho. ¿Quieres comer?

—Ya he desayunado, madre —la aplacó España, risueño—. ¡Y mejor que en mucho tiempo!

—Bueno, pero a una copa de vino no dirás que no —sentenció la mujer.

Los dos se acomodaron en una mesa cerca de la ventana que daba a los grandes capiteles de pizarra del norte, esos que Felipe había mandado incorporar al antiguo alcázar. España se quedó hipnotizado viendo el plomizo cielo y pensó en las historias que le había contado su madre sobre aquel lugar, que tanto había cambiado desde que fuera construido en el siglo XI. Castilla escanció el vino para ambos y charlaron durante un rato de temas triviales, como la comida, la nueva moda, rumores sobre los hijos de la princesa de Éboli, que languidecía en su prisión…

Pero, como bien sabían los dos, tarde o temprano tenía que salir el tema principal. Fue Castilla quien al final dijo con toda la delicadeza que fue capaz:

—¿Y la situación en el norte?

La expresión de España se oscureció y se quedó mirando durante largo rato su reflejo en la oscura bebida, ordenando sus pensamientos.

—Podría ser peor. Mantenemos el control sobre las ciudades conquistadas, pero los rebeldes todavía no quieren capitular.

Castilla asintió.

—He leído las misivas del duque de Parma. Me parecen muy acertadas. Por suerte, los rebeldes ya no pueden contar con la ayuda de Francia (10) —dijo con la voz tomada. España le apretó una mano: sabía que a su madre todavía le dolía, en ocasiones, considerarse enemiga de su antiguo aliado. Ella lo calmó con unas palmaditas—. Y en cuanto a Inglaterra…

España emitió un bufido de irritación.

—¡Inglaterra! ¡No deja de enviar tropas! (11) ¡Esto es ridículo! Parma ya no puede más, está convencido de que al final tendremos que declarar la guerra a Inglaterra, si es que no nos la declara él antes.

Se cruzó de brazos y apretó los labios intentando contener su rabia e impotencia, sin demasiado éxito. Estaba exhausto, harto de desplazarse al norte, de que cada paso que daba fuera contrarrestado por los rebeldes y por el apoyo de Inglaterra y Francia. Crispó los dedos. Si sólo hubieran hecho como había querido el Emperador Carlos y hubieran conseguido unir a Inglaterra con Flandes para asegurar que esta quedaba protegida, ya no tendrían que volver a preocuparse por esa zona. Pero Felipe estaba convencido de que el territorio rebelde era necesario para el imperio español. ¡Incluso cuando tenían territorios en Asia mucho más productivos!

—Madre, ¿tú qué crees que va a suceder?

Castilla entrelazó los dedos y bajó los ojos, pensativa.

—Esa hereje, aparte de ambiciosa y temeraria, sabe jugar. Nunca nos ha hecho un daño directo. Jamás ha enviado un ejército claramente contra nosotros. Nos tiene miedo y con razón. Sólo se atreve a atacar zonas más desprotegidas. Así que… creo que si Felipe no la ataca, podríamos llegar a un acuerdo. —España la miró con esperanza. Sin embargo, la expresión de Castilla era sombría—: Pero a su Majestad se le está acabando la paciencia. Cuando sepa lo de la ayuda a Holanda…

Meneó la cabeza.

España no dijo nada. Quería creer que Felipe no entraría en guerra con dos reinos al mismo tiempo. Sería más de lo que podría soportar.

—En fin, no hablemos más de esto. —Castilla le rellenó la copa—. ¿Qué te parece si vamos a buscar a tu padre y pasamos un tiempo en el Escorial? ¿O preferirías ir a Valencia? Te mereces un descanso, estoy convencida de que Felipe lo entenderá y…

—¡Castilla, Castilla!

Madrid irrumpió bruscamente en la habitación, sin molestarse en llamar. España fue a saludarle con un gesto pero se fijó en la expresión desencajada de Madrid y se incorporó, preocupado, al mismo tiempo que Castilla.

—¿Qué ocurre?

—¡Es ese pirata, Drake! —Un escalofrío descendió por la espalda de España—. Hemos recibido un mensaje de Galicia… Ha saqueado la costa de Baiona, aunque los hombres han resistido y les han obligado a retirarse. Pero ahora se dirige hacia Vigo.

Castilla se puso pálida.

—Dios mío, ¿cómo se han atrevido…? ¿Saben esto los embajadores?

—No, de momento, pero en seguida se extenderá la noticia.

—¡Tenemos que enviar ayuda de inmediato!

—¡Iré yo! —exclamó España.

—Pero, cariño, acabas de regresar.

España miró con fiereza a su madre y repitió:

—Iré yo.


17 de octubre, Vigo, Galicia, reino de Castilla

Contó veinticuatro navíos diferentes. Según Galicia, el pirata había traído consigo más de mil quinientos hombres. España, estupefacto, le preguntó si en algún momento habían pretendido conquistar la zona. Galicia había negado con la cabeza. Al parecer, de acuerdo a sus informadores, Drake pretendía dar la vuelta al globo; de ahí que llevara consigo prácticamente una armada.

—Y ha decidido hacerme una visita, ya que estaba —añadió Galicia, terminando de cargar el arcabuz. Era un hombre alto, con la espalda ancha, piernas largas y brazos macizos, la nariz algo aguileña, el cabello castaño cortado a la moda de la época y una barba bien cuidada de candado. Tenía una mirada clara y alegre y su boca siempre solía curvarse en una sonrisa risueña. Excepto en ese momento. Pocas veces le había visto tan serio—. Pero se lo hemos puesto difícil. No ha conseguido nada en Baiona. No permitiremos que lo haga aquí. —Escupió a un lado—. Putos ingleses. —Y miró fijamente a España—. ¿Cuándo pretende el rey declararles la guerra? Porque no pienso soportar esto mucho más tiempo.

España abrió y cerró la boca. No pudo responder. Galicia se pasó una mano por el pelo castaño, sucio de pólvora, se encasquetó el casco y le dejó a solas para dirigirse con sus hombres hacia una de las barricadas embarradas por culpa de la misma tormenta que había obligado a Drake a esconderse en la ría.

Las naves de Drake estaban repartidas por la ría de Vigo, pero Galicia y sus hombres habían reaccionado rápido después de Baiona y cuando España llegó, molido por montar sin parar durante tres días seguidos a caballo, junto con un destacamento de treinta hombres, ya habían evacuado parte de los pueblos circundantes y habían organizado una cierta defensa. Vigo era una ciudad bastante grande, no tanto como Baiona, pero igualmente buen centro de pesca y en los últimos años había duplicado el número de sus habitantes. Y no era la primera vez que recibía una visita de Drake (12); Galicia en particular sentía un inmenso desprecio por aquel piratilla, al que consideraba un cobarde y, por supuesto, un hereje. Así que todos los hombres habían reaccionado con rabia ante el ataque del corsario, que tanto afectaría a su creciente comercio.

—¡Tiene la manía de quemar mis iglesias! —rabiaba Galicia, avanzando como si nada por el camino encharcado en el que se hundían las botas casi hasta la rodilla. España, endurecido tras su estancia en Holanda, pudo seguirle el ritmo y le alcanzó rápidamente. Galicia hablaba tan rápido que su acento se volvía cada vez más cerrado y le costaba entenderle entre la torrencial lluvia y el chapoteo de sus propios pasos—. ¡Siempre quema alguna, pedazo de hereje! ¡Ojalá arda en el infierno bien pronto! ¡Como lo coja sabrá lo que es el dolor! Cobarde malnacido, hijo de una mula, con lo bien que se portó en Canarias y ahora se le ha subido el gallito porque lo nombraron caballero. ¡Ja! Un puerco como él no es ni noble ni nada, sólo un villano sin historia que tiene que robar a los demás para poder llevarse algo a la boca. ¡Después preguntan que por qué la Corona es tan cerrada con el comercio de las Indias Occidentales!

España no se atrevió a interrumpir el torrente de palabras que escupía Galicia, limitándose a mirarle con sorpresa. Siempre había sido un hombre calmado, amable, irónico y al que no le gustaba mojarse demasiado en nada —Castilla a veces le acusaba de cobarde, pero siempre con cariño—. Pocas veces le había visto así y no sabía bien cómo reaccionar.

Cuando Galicia se quedó sin aliento, España se apresuró a preguntarle acerca de la posición de los piratas. Apartándose el pelo castaño que le caía sobre la frente, Galicia frunció el ceño y le explicó, con una sonrisa cruel, que no podían desplazarse por culpa de la tormenta.

—No han traído ninguna galera, son todos barcos de bajo fondo y dependen de las velas.

—¿Eso significa que están a nuestra merced?

—Eh… No. Ya me gustaría a mí, pero no. Van bien armados y no podemos acercarnos sin que nos acribillen. Habrá que esperar a que la tormenta amaine y podamos usar nuestros propios barcos.

Se detuvieron frente al muelle, sacudido por culpa de las violentas aguas. La gente que quedaba en la ciudad se esforzaba por amarrar las embarcaciones que amenazaban con soltarse. Los nubarrones oscuros se habían detenido pesadamente sobre la ría y parecía que el cielo se les fuera a caer de un momento a otro encima; hubo un par de relámpagos y el viento arreció con más fuerza. España plató bien los pies en el suelo y aceptó el catalejo que le tendía Galicia. Enfocó hacia el norte y divisó, a duras penas, los barcos en la otra orilla.

Apretó los dedos en torno al catalejo hasta que crujió peligrosamente y se obligó a bajarlo.

—Me has dicho que lo nombraron caballero —dijo lentamente, sin mirar a Galicia.

—Eso es.

—Lo cual significa que actúa bajo las órdenes de la reina. Ya no va por libre.

—¡Lo vas cogiendo!

España cerró el catalejo y se lo devolvió con brusquedad a su dueño.

—Entiendo. Ahora vuelvo. Tengo que escribir una carta al rey.

Mientras se marchaba, Galicia exclamó:

—¡Y recuerda decirle lo de las iglesias! ¡A ver si nos ganamos al Papa de una vez para esta guerra!

España levantó una mano para darle a entender que había escuchado, pero no contestó.

Entró a la posada donde había dejado a sus destrozados hombres descansando y, si no hubiera sido porque se dio cuenta de que estaba embarrando todo el piso, habría marchado directo a su dormitorio, el más elegante de la posada. En cambio, se detuvo para evitar que las sirvientas tuviera que ir limpiando todas sus huellas y se descalzó, poniéndose las botas bajo el brazo. Pidió que le subiera luego un poco de vino, lo necesitaba para entrar en calor.

Una vez a solas en su dormitorio encendió varias velas para iluminar la estancia, en la que a veces se perfilaban las sombras de la cama y el escritorio por las explosiones de luz de los relámpagos. Se sentó, mojó la pluma y la dejó sobre un pedazo de papel mal estirado y algo humedecido. Pero su mano se negó a escribir y de la punta cayó una gota negra que manchó la parte superior de la hoja. Apenas sí se fijó en ella; tenía los ojos perdidos en el tormentoso cielo de verano. No le extrañaría si incluso granizaba un poco.

Así se les rompan las velas, pensó con mordacidad.

Cuando quiso darse cuenta, se había puesto a escribir. Pero no a Felipe, ni tampoco a su madre.

Sino a Arthur.

Quiero creer que lo que está sucediendo no es algo que hayas apoyado tú. Lo quiero creer con todas mis fuerzas. Pero sé lo que estás haciendo; Inglaterra está ayudando a mis enemigos. Inglaterra está atacando mis costas una y otra vez. Y sé que no todo lo hacemos nosotros, que sólo podemos hacer lo que nos mandan nuestros reyes. Pero…

Arthur… No sé qué pensar. Sé que las cosas entre nosotros no han salido bien. Que tú estás sufriendo mucho más que yo. Y no quiero hacerte más daño. Pero si Inglaterra insiste en hacérmelo a mí, a España…

Levantó la pluma. Miró la nota fijamente y se pasó una mano por la frente. Después arrugó el papel entre los dedos y lo acercó a una de las velas.

A veces deseaba haber nacido como un ser humano.


—Por fin escampa —musitó Francis Drake.

Protegido bajo su capa, que todavía goteaba por las últimas gotas de lluvia, estaba agachado junto a un buen grupo de sus hombres entre la floresta y acariciaba con suavidad el gatillo de su pistola, a buen recaudo de la humedad del lugar.

La parada en la ría había sido inesperada; no había contado con que les acometería una tormenta de esas dimensiones. Eso había dado tiempo a los españoles para reorganizarse y que le estaban esperando. Tendrían que marcharse cuanto antes; Drake sabía bien cuándo no había nada que hacer. Su familia le había enseñado a ganarse la vida con una combinación de comercio y saqueo y, aunque fuera atrevido, no era imbécil: no podía darles todavía más ventaja a los españoles.

Por eso había preparado la partida para dentro de una hora. Pero, antes, tenía que asegurarse una distracción.

La ermita se levantaba a poco menos de cincuenta metros de distancia; sus ventanas estaban iluminadas por el suave resplandor de las velas. Parecía que los religiosos del lugar creían lo suficiente en Dios como para no abandonarla. Drake sonrió. Habría de probar suerte, entonces.

Hizo un gesto a sus hombres para que no hicieran ruido y avanzaron despacio, aprovechando las sombras de las nubes, que apenas sí dejaban traspasar los débiles rayos de la luz de la luna. La zona estaba despejada y no tuvieron problema en rodear la ermita. Drake entró, con el resto de sus hombres, derribando la puerta y fue el primero en atravesar a uno de los frailes.

Mientras sus hombres se encargaban del resto, bajó a donde suponía que estaría la despensa y asintió, satisfecho, al comprobar que los religiosos tenían unas buenas reservas de lo que le sacaban a la población. Mandó que recogieran todo lo que pudieran y examinó rápidamente algún que otro candelabro, además de las estatuas y medallones, descartando de un parpadeo aquello que no tenía valor y sonriendo ante el oro y la plata puros. Era lo bueno de las iglesias. Siempre tenían dinero. En especial las católicas.

En menos de diez minutos se habían hecho dueños de todo lo que necesitaban y dejaban a su paso tres cadáveres, entre ellos el de un novicio muy joven.

—Quemadla —ordenó Drake, sin mirar atrás—. Y daos prisa. ¡En cuanto regresemos levamos anclas!

Costó un poco porque la madera estaba húmeda por las lluvias, pero Drake casi había recorrido la mitad del camino de vuelta a la ría cuando la ermita comenzó a arder a sus espaldas. Se permitió esbozar una pequeña sonrisa. No había sido la incursión que él hubiera querido, desde luego, pero al menos no se iría con las manos vacías.

Fue entonces cuando escuchó el característico sonido de una mecha encendida y todos sus músculos se pusieron en tensión. El disparo resonó en medio de la noche y, en un acto reflejo, echó cuerpo a tierra. Uno de los hombres que caminaba cerca de él lanzó un gemido y se desplomó con una herida en el pecho.

Shit!

—¡Rodeadlos! —gritó una voz.

Vio a los malditos españoles surgiendo del bosque, vestidos sólo con parte de sus armaduras para no hacer ruido y armados con los temidos arcabuces que los habían hecho famosos en toda Europa.

Maldijo con todas sus fuerzas y, sin levantarse mucho del suelo, avanzó como pudo, intentando localizar a sus enemigos. Por suerte para él, las crecientes llamas de la ermita le agilizaron la tarea. Unos veinte. Suficientes para cortarles la retirada. Habían reaccionado más rápido de lo que esperaba.

No tenía sentido enfrentarse a ellos, no con tan pocos hombres. Y menos cuando le habían reconocido: al fin y al cabo, un soldado había intentado matarle precisamente a él. No iba a permitir que le capturaran o mataran. No señor. Unos jodidos españoles no.

Hubo una descarga de fuego y varios de sus tripulantes se desplomaron, sin vida, en plena carrera, desperdigándose por la hierba en posturas ridículas.

Los más experimentados o espabilados se levantaron en ese momento, conscientes de que los arcabuces tardaban en ser recargados, y se lanzaron a la carrera hacia los barcos. Pero los españoles también abandonaron sus posiciones, desenvainaron sus espadas, y salieron en su persecución: no iban a dejarles escapar sin más.

Dos figuras, destacadas por el brillo de sus armaduras a la luz del fuego, se adelantaron a las demás. Y una en particular soltó un grito y derrapó hacia él. Drake apuntó con su pistola y disparó. La figura se apartó instantes antes y evitó la bala. El corsario se contuvo para no maldecir y se guardó la pistola, ahora inútil, para desenvainar su espada.

—¡Drake! —rugió el hombre.

Interpuso su arma, pero el choque contra la espada del español fue tan brutal que el impacto le rebotó en todo el brazo y se lo dejó totalmente adormecido. La embestida, además, casi lo derribó y trastabilló varios pasos hacia atrás, salvándose por un milímetro de que el español le cortara el cuello.

Las llamas de la ermita se incrementaron y, bajo el casco, Drake vio unos ojos verdes muy intensos, una boca crispada en un rictus de odio, unos rasgos aniñados y…

¡Es España!

Una patada se le hundió en el estómago y lo mandó a volar un par de metros antes de estamparse de espaldas. Tosiendo, sin aliento, trató de incorporarse. Pero España ya estaba sobre él y le miraba con una furia incontrolable. Le arrancó la espada de la mano con un violento golpe, casi sobrehumano, y le hundió la contera del zapato en el pecho para evitar que se levantara. Drake sintió la fría punta del metal contra una mejilla.

—Tú, maldito perro de la reina —dijo, rechinando los dientes—. ¿Tanto disfrutas quemando nuestras iglesias?

El corazón de Drake se le subió a la garganta y pudo saborear la sangre en la boca. El pulso le latía, desbocado. Aun así, se permitió mirarle con todo el desprecio que sentía por los españoles y esbozó una sonrisa que supo que sacaría de quicio al reino:

—Oh, sí. Es uno de mis pasatiempos favoritos.

En realidad le daba igual. Simplemente lo hacía porque sabía que era un símbolo español y, por tanto, hería el orgullo de los mismos cuando un «hereje» era capaz de destruir las casas de Dios sin más. Pero eso España no tenía por qué saberlo.

Tal y como había esperado, un destello de odio iluminó los rasgos del joven reino, que aumentó la presión sobre su pecho, arrancándole un resoplido. Nunca había luchado contra una representación, pero ahora entendía por qué se les temía tanto en combate. ¡Era como si su pie pesara toneladas!

—¿Inglaterra ordenó esto? —Le pareció escuchar, entre los gritos y los disparos.

—¿Qué…?

—¡Responde! ¡¿Inglaterra ordenó esta masacre?!

Drake trató de pensar, arañando la bota de España en un intento de quitársela de encima, pero las ideas se le escapaban junto con el aire. España, en medio del resplandor de las llamas, parecía desprender luz. Y vio —lo que le convenció de que estaba a punto de desmayarse— que el chico no parecía ya furioso. Sino inconmensurablemente triste, casi desesperado.

—¡Contesta!

Drake abrió la boca, intentando respirar, sin fuerzas.

Entonces un disparo resonó dolorosamente cerca. España lanzó un alarido y desapareció de su campo de visión. Unas sombras se acercaron a él y lo levantaron por los brazos.

Drake tosió e intentó recuperar la respiración, algo difícil teniendo en cuenta que lo llevaban medio a rastras, medio en volandas. Pero consiguió ver cómo alguien se agachaba al lado de España y lo ayudaba a incorporarse. No supo si estaba herido o no porque llegaron al barco. Se deshizo del agarre de sus hombres con un grito y subió por su propia cuenta por la tabla.

Dio órdenes, con la voz todavía estrangulada, para que los navíos se pusieran en marcha.

Luego, desde la borda, lanzó una mirada asesina en dirección a España.

Drake no era una persona que soportara con facilidad la humillación. Ya sufrió una a manos de los españoles.

No estaba dispuesto a pasar por otra de nuevo. Furibundo, se dijo que más le valía a nadie ir contando cuentos sobre su encontronazo con España.

De todas formas, se ocuparía de que eso no quedara así.

Drake no era una persona que olvidara con facilidad. Y se consoló diciéndose que todavía le quedaban por delante muchas colonias españolas por saquear.


—¿Estás entero? —preguntó Galicia, pasándole un grueso brazo por los hombros y alzándolo sin demasiado esfuerzo a pesar de la armadura.

España emitió un gemido ronco y bajó la mirada: tenía un agujero en la armadura a la altura del estómago. Asintió.

—No ha sido en un punto vital.

—Bien. —Galicia le revolvió el pelo—. Aguanta aquí, voy a perseguir a esos malnacidos.

Con un gesto, le indicó que estaría bien. Galicia se incorporó y miró con tristeza a la ermita.

—Te dije que no se resistiría a destruir un par más antes de irse. Maldito bastardo…—Y se marchó, ladrando órdenes.

España resopló y se apoyó una mano sobre la herida. Escupió a un lado y maldijo. Si no se hubiera despistado, ¡si no se hubiera dejado llevar, podría haber matado a ese capullo!

Pero había querido, tan desesperadamente, confirmar que Inglaterra no estaba de acuerdo con las acciones del pirata que…

Contempló como los barcos ingleses se ponían en marcha con un negro sentimiento en el pecho.


24 de octubre, alcázar de Madrid, reino de Castilla

Castilla contenía a duras penas su angustia mientras el rey leía la misiva que acababan de recibir de España. Corroída por la preocupación, sólo el respeto que sentía por Felipe y las normas conseguían que se mantuviera pegada al asiento, conteniendo la respiración. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños, y otro tanto se podía decir de sus labios.

Por favor, que se esté recuperando bien de sus heridas. Por favor…

Cuando supo que España había sido herido, no consiguió pegar ojo. Parecía que los piratas habían escapado con el rabo entre las piernas, algo que satisfizo a algunos ministros, pero no al rey. Y mucho menos a Castilla, pues imaginaba que ahora se debían estar dirigiendo hacia las Indias Occidentales.

Tenemos que poner punto y final a esta barbaridad de una maldita vez, pensó. No podían permitir que los ingleses jugaran con el imperio de esa manera. No podían permitir que se perdieran más mercancías, ni tampoco más vidas.

Suficiente habían esperado ya.

Felipe bajó por fin la carta y dijo, acariciándose la barba plagada de canas:

—No te preocupes, querida. España se está recobrando.

Castilla exhaló un largo suspiro de alivio.

—Gracias al Señor… Pero… ¿Cómo está todo en Galicia?

—Mal. Están reconstruyendo Vigo, aunque no ha sufrido tantos desperfectos como cabía esperar. Pero Galicia está indignado. —Y con razón, consideró Castilla—. Y lo mismo puedo decir del resto de gobernadores. —Felipe se reclinó contra el costado de la silla y entrelazó los dedos, pensativo. El reino se guardó de interrumpirle, más tranquila ahora que sabía que su niño estaba bien. Pero no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción cuando escuchó las siguientes palabras—: Castilla, mi señora. ¿Puedes hacer el favor de llamar al embajador de su Santidad? Voy a escribirle unas cuantas cartas.

—Sí, su Majestad. —Castilla se incorporó con elegancia y, desde lo alto, miró a Felipe—. ¿He de decirle algo en particular al embajador?

—Sí —respondió él, arrastrando las palabras—. Dile que acepto su invitación para emprender la conquista de Inglaterra.

Castilla sonrió y ejerció una reverencia.

—Así lo haré, Majestad.


¡Cualquier crítica, comentario o pregunta será bien recibido!


(1) Alejandro de Farnesio, duque de Parma, gran militar de su época —aunque queda un poco a la sombra del Duque de Alba— fue hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos V, hermanastra por tanto de Felipe II, y gobernadora, entre otros territorios imperiales, de los Países Bajos. Alejandro pasó mucho tiempo con ella en los Países Bajos, lo que le permitió, cuando llegó la hora de guerrear contra ellos, adaptarse mejor al terreno. Estuvo luchando en la guerra contra Holanda a cargo del ejército de Flandes desde 1578 —con treinta y dos años— y su riqueza como dueño de uno de los principales ducados italianos le permitió colaborar con dinero propio. Hizo caer numerosas ciudades rebeldes entre 1580-85, como Brujas y Gante, con una mezcla de habilidad política, sobornos y diligencia bélica.

(2) Esta gran obra, empezada en 1584 y terminada en febrero de 1585, constaba de un puente de madera de 728 metros de longitud, con una sección central sobre pontones defendidos por emplazamientos con hasta 200 cañones y barreras flotantes. El duque de Parma afirmó que este gran puente sería «su tumba o su camino hacia Amberes».

(3) Los españoles denominaban luteranos a todo tipo de protestantes. Para ellos no había distinción.

(4) Francisco de Anjou, duque de Anjou, supuesto heredero de la corona francesa, se convirtió en príncipe de Holanda en 1580 gracias a la invitación de Guillermo de Orange, que aspiraba a tener una figura representativa que les volviera oficialmente independientes de Felipe II y a la vez les ganara el apoyo de Francia e Inglaterra en la guerra contra España —otra cosa es que lo consiguiera. Al ser Francisco católico, muchos protestantes se volvieron contra él—. Murió en 1584.

(5) Felipe II perpetró el asesinato de Guillermo de Orange en 1584 y ya había intentado lo mismo con Isabel —o, al menos, la participación española fue considerable— aliado con los católicos ingleses para suplantarla por María Estuardo en la conspiración de Throckmorton de 1583.

(6) Una técnica basada en la desconfianza y que llevaba a Isabel a aislarse de su Consejo. Curiosamente, es exactamente el mismo método que utilizaba Felipe II, que había aprendido de los consejos de su padre, Carlos V, que no debía fiarse de ninguno de sus consejeros aristócratas.

(7) Enrique III, inicialmente protestante, se convirtió al catolicismo. En 1584 se firmaría el Tratado de Joinville con Felipe II, por el cual se unían fuerzas para erradicar el calvinismo de Francia y luchar contra la herejía.

(8) Muchas familias de Inglaterra combinaban sus trabajos con la piratería —evidentemente contra barcos enemigos— y, aunque no se consideraba un oficio honorable, estaba bastante aceptado y extendido. Drake, por ejemplo, que se crió con la familia Hawkins, aprendió el oficio del padre de su primo. Los Hawkins además eran comerciantes y poseían buenos contactos en Países Bajos y las Canarias, donde contaban con muchos amigos católicos.

(9) Los reyes y nobles del Siglo de Oro no comían ningún tipo de verdura. En especial los reyes, a los cuales los médicos les recomendaban que comieran ante todo carne. Por eso era tan habitual que sufrieran de gota. El pueblo llano, por el contrario, tenía que comer por fuerza legumbres y similares, por lo que, aunque menos consistente, su dieta era más saludable y vivían más. Como curiosidad, el rey Felipe II era tan aficionado a la carne que obtuvo permiso para comerla incluso en la Cuaresma. Sólo queda imaginar los problemas de estreñimiento.

(10) La segunda mitad del siglo XVI estuvo repleta de guerras civiles en Francia, lo que causó grandes altibajos en la política del país que, claro, normalmente apoyaba a los enemigos de España. Con la muerte de Anjou y la pérdida de un heredero, el reino no tenía otro remedio que limitar sus intervenciones exteriores a pesar de que amenazasen de nuevo con el aislamiento político si España lograba victorias.

(11) El 30 de septiembre de 1885 Parma aseguró al rey que «Todos los días llegan tropas inglesas a Flesinga y ya alcanzan cinco o seis mil hombres. Parecería que la reina de Inglaterra pretende apoyar abiertamente su causa, pues a tenor de la carta que ha enviado a los rebeldes, puede apreciarse claramente hasta qué punto se encuentra dispuesta para apoyarlos y alentarlos».

(12) En el siglo XVI sufrió cuatro visitas de Drake: en 1568, en 1585 y dos veces en 1589, siendo la ultima la más destructiva de todas. El objetivo era recalar en las Islas Cíes de Vigo, que evidentemente pertenecían a España, pero eran una zona que los ingleses y holandeses utilizaban a menudo como zona de recalada, pues era una base de apoyo para todos los navíos que navegaban por el Atlántico.