Ok, pues yo sé que tengo otras historias pendientes (los drabbles que mencioné antes, para empezar) pero entré a un reto en un foro y mientras escribía el fic de dicho reto, se me ocurrió esta historia, so… he aquí.
Habrá personas que captarán un detalle bastante relevante en el aire y a todos ustedes de ante mano les digo: lo estoy haciendo por una razón. Si algo tienen mis escritos es que todo pasa por una razón.
La estructura de esta historia debía ser así o si no carecería de racionalidad - a mi parecer-.
So. sí. Ya sé que parece que me justifico y la gente no sabe ni de lo que estoy hablando. Por eso mejor los dejo con el prólogo y después discutimos las dudas y recibo los tomatazos, ¿les parece?
Sin más, disfruten.
"Confidencial"
Categoría: HTTYD
Género: Romance, AU.
Clasificación: K+
Paring: Hiccstrid
Multi-chapter
Prólogo
Astrid corría con todo lo que tenía. Los pulmones le ardían y sus pies descalzos sangraban de las diferentes cortadas que se había hecho con las ramas sueltas y pequeñas rocas que pisaba dejando a su paso. Aun así no se detuvo, siguió corriendo a través de la espesura de los árboles que parecía no tener fin.
Corrió por muchos minutos, como una autómata. Tenía que salvar toda la distancia que pudiera antes de que la extenuación mental y física la derrumbaran. No había comido en tres días y la desesperación tampoco la había dejado dormir en ese pequeño, oscuro y aterrador cuarto.
En sus trece años de vida, no era la primera vez que intentaban secuestrarla, al ser la hija de la gobernadora. Sin embargo, sí era la primera vez que lograban retenerla durante varios días sin que ella pudiera escapar. Estaba aterrada y tenía la cara empapada de sudor frío y lágrimas que no sabía que estaba derramando.
No sabía si era la paranoia o de verdad tenía a sus secuestradores pisándole los talones, pero no se detuvo a averiguarlo. Finalmente, al no estar prestando atención a donde ponía los pies, se tropezó con una raíz salida de un árbol y se cayó de bruces. Su tobillo hizo un feo "crack" y un dolor agudo le atravesó toda la pierna derecha. Asustada, se arrastró hasta unos arbustos, y se escondió entre el follaje, una roca y un tronco caído. Se abrazó las rodillas y enterró el rostro en el hueco que se formó.
Sabía que tenía que calmarse y buscar ayuda, encontrar la carretera y hacerle señas a un carro, pero estaba en shock y no podía dejar de temblar. Se dio cuenta que los jadeos que escuchaba no eran de sus perseguidores, sino de ella misma. Eso la tranquilizó un poco pero de todos modos no pudo moverse por más que lo intentó.
No sabía con exactitud cuánto tiempo había estado encerrada, pero calculaba que más o menos habían sido tres días. En un principio había estado furiosa y había desgastado todo su tiempo en encontrar una vía de escape, pero había sido en vano. El lugar donde la habían aprisionado era un pequeño cuarto en el que no había ni una rendija de luz. Sólo tenía una pesada puerta imposible de tirar y ninguna ventana. Después de estar tantas horas confinada ahí había comenzado a desesperarse de una manera casi psicótica.
Al parecer los secuestradores se habían olvidado de ella desde el momento en que la aventaron dentro hasta que uno de ellos fue a llevarle alimento. No desaprovechó la oportunidad cuando ésta se presentó.
Había actuado más por instinto que por otra cosa. De un salto, y con una fuerza que sólo podía ser resultado de la adrenalina, había derribado al sujeto de dos golpes y una patada que le sacaron el aire. Sin detenerse a comprobar el estado de su captor, había salido corriendo por el pasillo que se abrió ante ella. La luz le lastimó la vista, pero siguió corriendo a ciegas hasta que pudo vislumbrar una puerta de madera de aspecto casi hogareño. No se detuvo y la embistió.
El bosque la recibió con su oscuridad y el canto de los grillos mientras escuchaba gritos y gente movilizándose tras ella. Había tenido suerte y lo sabía. En sus anteriores intentos de secuestro se había burlado y presumido ante sus amigas diciendo "Nadie puede mantener a un Hofferson bajo llave y candado", pero la verdad es que nunca habían llegado a encerrarla. La primera vez había peleado con todo lo que tenía y gritado con toda su voz hasta que alguien la escuchó y no pudieron meterla en la camioneta. La segunda vez habían intentado abducirla mientras iba al centro comercial. Llamar la atención había sido fácil.
Pero la tercera vez había sido la vencida, al parecer. La habían sacado de su propia casa, mientras dormía inocentemente en su cama en medio de la noche. Le pusieron un paño con cloroformo en la nariz y la boca antes de que pudiera comenzar a patalear y cuando había despertado ya estaba en ese horrible cuarto. No sabía si alguna vez podría volver a dormir tranquila.
El cielo comenzó a clarear sin que Astrid se diera cuenta. Tenía la piel fría al estar vestida sólo con su pijama, adecuada para una noche calurosa en la ciudad, pero insuficiente para la helada madrugada de las faldas de la montaña. A pesar de eso, pudo sentir algo frío y húmedo restregarse con un audible "sniff, sniff" a su brazo.
Jadeó sorprendida y levantó la cabeza tan rápido que bien pudo haberse roto el cuello. Frente a ella había un perro terranova negro, con ojos enormes y expresivamente verdes.
– ¿Qué…? – el perro comenzó a lamerle la cara y a ladrar. El sonido era grave y fuerte.
Astrid estaba confundida, pero el perro se sentó a su lado y comenzó a acariciarla con el hocico.
– ¿Toothless? –preguntó una voz desconocida. Astrid se alarmó y trató de esconderse más, pero el perro siguió ladrando y Astrid no pudo callarlo. – ¿Encontraste algo, amigo?
Se dio cuenta que su tobillo estaba hinchado y rojo. Probablemente esguinzado. No podría huir. Después de unos angustiosos momentos, un hombre los encontró. Era joven, no podía tener más de veinticinco años. Cuando notó a Astrid se acercó inmediatamente.
– ¿Astrid? – preguntó hincándose frente a ella – ¿Eres Astrid Hofferson, verdad? – sacó un librito negro de su chaqueta de cuero y le enseñó su contenido: una placa de policía. – Soy el detective Haddock. Soy parte del equipo que tu mamá contrató para buscarte.
Astrid miró la placa por unos momentos, luego al perro. Se dio cuenta de que traía un arnés de perro policía. Sintió como la tensión la dejaba de golpe y el alivio la invadía. Sufrió un bajón de adrenalina y comenzó a llorar otra vez. Primero en silencio, luego con incontenidos sollozos.
A pesar de no ser del tipo histérico o tender a compadecerse de sí misma, no pudo evitar más que desear que la consolaran. Le dio vergüenza que su rescatador la viera llorar, por lo que se cubrió a cara con las manos y siguió llorando.
– Está bien, Astrid. Ya estás a salvo.
Sintió como el detective le ponía su chaqueta de cuero en los hombros y la atraía hacía sí mismo en un gesto protector. Astrid lo dejó hacer y se aferró a él como si su vida dependiera de ello mientras escondía el rostro en su pecho.
– Ya estás a salvo – repitió – Te encontré.
Bueno, pues hasta aquí el prólogo.
¿Lo vieron? ¿Vieron de lo que estaba hablando? God, ¿qué pensará la gente de mí ahora?
