(N/A) Sailor Moon y cia le pertenece a Naoko Takeuchi. La historia es MIA y sólo será publicada en FanFiction. Queda PROHIBIDA cualquier tipo de reproducción.
Prologo
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Aeropuerto Internacional de Auckland, Nueva Zelanda. 07 de Enero 2016
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Tomo su rostro y beso a su prometido con cariño. Estaba a punto de partir su avión que la llevaría a Sídney para pasar unas agradables vacaciones con su mejor amiga Luna, quien daría a luz en dos meses. Se alejó de Diamante y observó a su padre, quien le sonreía con una expresión que delataba el amor que sentía por su pequeña. Se abrigo en sus protectores brazos, en un prolongado saludo.
-Disfruta de este viaje- le dijo acariciando su cabellera rubia- Te lo mereces. No has tomando unas vacaciones desde que terminaste tu carrera.
- Estoy ansiosa por ver a Luna de nuevo…- le regaló una gran sonrisa.
La voz del alto parlante anunciando su vuelo interrumpió su discurso. Se despidieron deprisa, para que el avión no se retrasara mucho y abordó.
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Escuchó el anuncio de su vuelo y miró a su novia. Rei, a toda prisa, tomó su rostro y depositó un beso que reflejaba que cuanto lo iba a extrañar. Se separó suavemente de ella y levanto del suelo a Armando, quien lo miraba expectante.
-No tardaré mucho en volver- le prometió mientras lo abrazaba fuerte- Sólo será una semana.
El pequeño asintió con una sonrisa de entusiasmo. Rei extendió los brazos para recibir al niño y vio cómo se alejaba veloz ya que había anunciado el último llamado para abordar.
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Avión
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Hacía ya una hora desde que había salido del aeropuerto. Aprecio por la ventanilla como la luna se había ocultado veloz entre un cúmulo muy basto de nubes. Volvió su vista al libro que leía tranquilamente, hasta que comenzaron unas leves turbulencias.
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Esperaba ansiosa a que la azafata de la clase ejecutiva le trajera el agua mineral que le había solicitado. Se quitó los auriculares de su ipod y dejó la revista que leía de lado, cuando una turbulencia sacudió el avión. Inmediatamente pensó que era algo de rutina, hasta que el movimiento fue cada vez más brusco. Nerviosa, detuvo a la azafata que pasaba por el pasillo para preguntarle qué ocurría. La joven, también estaba notablemente nerviosa y le entregó una bolsa mientras le indicaba que se pusiera el cinturón de seguridad. Obedeció, aún más intranquila y leyó las letras sobre la bolsa que había recibido. Equipo de supervivencia.
Después, todo empeoró de repente.
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Capítulo I
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Isla. Pacifico Sur. Día uno
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Cómo llegaron allí, era irrelevante. El problema principal radicaba en que eran dos náufragos, solos en los confines de una solitaria isla en algún lado del océano, pensó Darién.
Ella era una completa desconocida para él, una mujer de la alta sociedad. Por lo que sabía, logró salvarse sólo ella de tripulación de clase alta que viajaba en aquel avión porque la aterrorizada azafata pudo entregarle el equipo de supervivencia únicamente. Él, en cambio, se salvó gracias a que el avión se partió en el agua, dándome un lugar de escape. Las otras personas, aparentemente no fueron tan afortunada como ellos.
Serena ayudó a subir al bote inflable a Darién cuando lo descubrió luchando contra las olas por no ahogarme, aferrado a los desperdicios del destruido avión. Más que de frío, por la terrible tormenta, ella temblaba abrazándose a sí misma por el miedo que sentía ante tal tragedia.
En la mañana, divisaron una isla y remando con sus brazos, llegaron a tierra firme con la esperanza de encontrar ayuda. De esa manera comenzaría la odisea en aquella idílica pero aprisionarte isla, vacía y solitaria.
Darién fue el primero en abandonar las esperanzas de que llegaran a rescatarlos, ya que era bastante extraña la existencia y completa ignorancia de aquella isla en lo que suponía era el mar de Tanzania, y se dedicó a investigar el lugar en busca de refugio mientras Serena aguardaba sentada en la arena decidida a no moverse esperando ayuda. Cuando anocheció, Darién fue a buscarla sólo porque su conciencia no lo dejaba tranquilo. La encontró llorando angustiada abrazándose a sus piernas.
-¿Estas bien?- consultó a un metro de distancia. Toda aquella situación era extraña. La rubia, quien era una completa desconocida, sería por lo pronto su única compañía. Debían empezar a ser un equipo.
Serena detuvo su llanto de inmediato ya que no le gustaba que los demás la vieran en un momento de completa debilidad. Permaneció en silencio.
-Ven conmigo- le solicitó suspirando, con voz amable- No es agradable estar solo en medio de la oscuridad.
Notoriamente vencida, aceptó sin decir nada ni dirigirle una mirada pero a él no le importo en absoluto. Caminaron hacia el precario refugio que había logrado construir con hojas de palmera, donde se agazaparon cada uno en su lado e intentar dormir la primera noche en el lugar.
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Isla. Día dos
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Despertó primero, confundido. Cual duro fue darse cuenta que no se trataba de un mal sueño y se encontraba verdaderamente en aquel lugar aislado de toda civilización. Miró hacia su derecha para ver a la rubia durmiendo a su lado. Se encontraba contorsionada en posición fetal, nuevamente abrazando sus piernas.
Sin perder tiempo, decidió inspeccionar el lugar en búsqueda de comida ya que su estómago rugía en protesta. Al ponerse de pie sacudió un poco la molesta arena en sus piernas y comenzó su misión de investigar los alrededores, para saber aunque sea un poco a qué se enfrentaban. La isla era un verdadero paraíso tropical, donde se podía escuchar el canto de los coloridos pájaros que planeaban por la selva. No tardó en encontrar algunas frutas comestibles, como bananas y mangos, que les servirían para sobrevivir por lo pronto.
Cuando regresó, encontró a su compañera caminando por la playa, perdida en sus pensamientos. Decidió no molestarla, ya que se notaba que se encontraba aún en shock profundo. Desde lejos parecía una hermosa muñeca de porcelana, sin relación con el paisaje que la rodeaba.
Sentándose a la sombra de una palmera, probó la primera fruta. No tenía mal sabor, así que continuó comiendo sin prestarle mucha atención. Su mente pensaba en qué estaría sucediendo con su familia, si sabrían ya del accidente y principalmente en Armando. Su hijo tenía seis años y aunque no se había casado con su madre por las exigencias de su carrera profesional, aunque ya vivían juntos ¿Pensarían que estaban muertos cuando descubrieran que faltaban ellos, o los buscarían?
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Serena decidió regresar al precario refugio, ya harta de pensar en cuánto tardarían en encontrarlos. Su padre y Diamante seguramente moverían cielo y tierra para encontrarla, pero no estaba tan segura que fuese en un tiempo breve ya que debían preparar todo lo necesario para la búsqueda.
Observó a su compañero a lo lejos. Acortó la distancia que los separaba y se sentó a su lado. Era un hombre ciertamente callado y por sobre todo muy guapo, destilaba un aire de independencia y autosuficiencia. A diferencia de ella, quien se sentía desprotegida en ese lugar, se mostraba tranquilo y seguro de sí mismo.
-Dime Darién- dijo mientras cortaba una banana del racimo- ¿Tú ibas a Sídney o te esperaba alguna escala?
-Solo a Sídney- le respondió encogiéndose de hombros- Viaje de negocios.
Decepcionada, advirtió que el pelinegro no tenía intenciones de mantener una charla amena, por lo que decidió desistir de continuar con la conversación. Centró nuevamente la vista en la playa, regresando a sus profundos pensamientos.
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Isla. Día seis
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Tenían ya un lugar donde estar protegidos de la naturaleza. Darién encontró una cueva, entre la playa y la selva, en tanto Serena hacía inútiles esfuerzos por aprender a prender fuego. Se encontraba sumamente frustrada, ya que se sentía más un peso que una ayuda en mantenerse vivos.
Con violencia digna de su impaciencia, tiró a lo lejos las varillas de madera con las que había estado tratando de lograr su objetivo y se fue a caminar por la playa. Se sentía casi desconsolada. Ya habían pasado algunos días y nadie aparecía a rescatarlos.
Distraída en el vaivén del agua turquesa, suspiro. La paciencia nunca había sido su don y comenzaba a desesperarse. Nunca había sufrido ninguna necesidad gracias a su padre y siempre había apreciado el cómodo nivel de vida que había poseído. Jamás había logrado nada trascendental por sí misma, y aunque había terminado su carrera universitaria, no ejercía su profesión de abogada por necesidad económica sino como una mera distracción. Para ser sincera, solo lo había hecho para que su progenitor fuera feliz.
Miró hacía los límites que marcaba el arrecife cuando algo llamó su atención: había un objeto negro entre unas piedras, que oscilaba con ayuda de las olas. Corrió presurosa para que la marea no se lo arrebatará, cayendo de rodillas frente a su destino ¡Cuál fue su sorpresa al descubrir que era su bolso negro Hermes Birkin, que había perdido en el accidente! Lo tomó con premura y revisó el contenido, eufórica. La mayor parte de sus cosas estaban absolutamente estropeadas por el agua de mar pero sonrió satisfecha al encontrar lo que buscaba: una cajilla de plata que resguardaba sus cigarrillos y un encendedor. Unas lágrimas cayeron por su mejilla ante la felicidad de su descubrimiento, no tanto por los cigarrillos, sino por el elemento con que los encendía. Lo más irónico del caso era que su padre siempre se había quejado de aquel mal hábito, augurando que la llevaría a la tumba. Agradeció mentalmente a Sharon O'Connor por aquella fiesta sin padres a los quince años donde había adquirido aquel mal hábito y corrió al campamento sin poder ocultar su inmensa alegría.
Darién, quien había ido nuevamente a las cercanías de la selva en busca de comida, entró distraído a la cueva esperando encontrar a la rubia pero se sorprendió al descubrir el lugar vacío. Dejó la fruta en un costado y salió del lugar en su búsqueda. Aquella hermosa rubia era demasiado impulsiva a veces y aunque nunca lo confesaría, no quería estar sólo ya que sentía que su cordura y serenidad dependía de ello.
Se sintió aliviado cuando la vio corriendo descalza por la arena, en un andar bastante torpe, se dijo mentalmente mientras reía un poco. Nunca podía ir más lejos que la playa, ya que había llevado zapatos de taco alto en el momento del accidente, los cuales terminó perdiendo durante la tormenta. Él, en cambio, tenía aún sus cómodas zapatillas deportivas que le permitían llegar más lejos en el sinuoso terreno.
Se percató que llevaba algo en sus manos pero fue súbitamente distraído cuando su compañera impulsivamente saltó sobre él en un gran abrazo, sorprendiéndolo. De no ser por su fuerza, habrían caído seguramente sobre la arena. La sostuvo desde su estrecha cintura mientras ella rodeaba su cuello con fuerza.
-Darién- exclamó eufórica y agitada contra la unión de su hombro y cuello.
Darién sonrió aún más. Debía admitir que había logrado dar un buen salto, ya que le sacaba fácilmente quince centímetros de altura.
Serena se separó un poco para mirarlo con una sonrisa pero inmediatamente se percató de su impulsividad y se soltó del cuello del pelinegro, intimidada por su hermosa mirada zafiro y el vibrante calor de su cuerpo. Sin mencionar que llevaba el pecho descubierto, exhibiendo sus trabajados músculos.
-Mira lo que encontré- dijo apresuradamente entregándole el encendedor, con las mejillas sonrojadas- Ahora podremos hacer fuego, más rápido y seguro. Podré encargarme de eso y no ser una completa inútil.
-Serena- le sonrió cansado mirando el objeto- No eres una inútil, pequeña. Yo estoy acostumbrado a los trabajos pesados, por ello las cosas me resultan un poco más sencillas ¿Eso es una cartera?
-Si…- miro extrañada su mano- Es mi Birkin. La extravié durante el accidente, pero la encontré entre…
-¿Me la prestas?- consultó con prisa.
-Si- respondió confundía.
Lo observó atentamente mientras sacar una navaja suiza de su bolsillo, con la que se habían facilitado muchas veces, y contempló horrorizada cómo comenzó a cortarla. Serena soltó una exclamación, horrorizada, pero no lo detuvo.
-Con esto, podremos juntar agua de lluvia aún mejor que con aquellas hojas- le sonrió mientras ella lo observaba con molestia- ¿Qué?
-Era una cartera de edición limitada que vale 120.000 dólares.
-No la necesitarás aquí- le aseguró soltando una risa, observando lo que quedaba de aquel suntuoso objeto- ¿Tienes hambre?
Ella asintió con un suspiro y caminaron juntos hacia la cueva. Una vez en ella, se dispusieron a comer nuevamente fruta. Darién le aseguró que gracias a su descubrimiento del encendedor, ahora podría intentar cazar algunos peces y cocinarlos, ya que no podían solamente sobrevivir con una alimentación tan limitada.
-¿Cómo sabes tanto de supervivencia?- consultó Serena, mientras el pelinegro comenzaba a tallar una larga vara de madera.
-Mi padre amaba acampar e ir de pesca- le explicó con una sonrisa nostálgica- Quiero enseñarle todo a Armando cuando sea mayor.
-¿Quién es Armando?- interrogó curiosa, acomodándose mejor en su lugar.
Hasta ese momento, ninguno había hablado de sus vidas antes del accidente. Mucho de eso se debía a que habían estado concentrados en sobrevivir y hablar de esos temas era un tanto doloroso.
-Mi hijo- explicó sacando de su pantalón su billetera.
Serena tomó la billetera de cuero que él le ofrecía para ver una hermosa foto de una pelinegra junto a un hermoso niño de no más de seis años. Sin duda alguna, había heredado gran parte de sus facciones.
-Es precioso- sonrió ligeramente mientras se lo devolvía.
-¿Tienes hijos?- consultó mientras continuaba dándole forma con la navaja al extremo de una vara.
-No, aún no- suspiró mirando el sol que entraba levemente por el comienzo de la cueva.
-Pero veo que estás prometida.
Serena observó la costosa sortija que adornaba su dedo anular. Diamante odiaba las cosas sencillas y aquel lujoso anillo era la evidencia de sus gustos. Cómo hijo del socio de su padre, pertenecía al mismo círculo que el de Serena y se conocían desde niños.
-Sí, hace poco- admitió con la vista aún en la sortija.
Un nuevo silencio se instaló entre ambos. Eran dos completos extraños que no sabían cómo mantener una conversación por más de cinco minutos, pensó nuevamente frustrada Serena.
-¿Por qué viajaste?- consultó. Si quería permanecer lúcida en aquella travesía, necesitaba que mínimamente se conocieran un poco.
-Viaje de negocios- explicó dejando aquella vara, para a continuación tomar una nueva- Jugué durante muchos años profesionalmente al rugby ¿Conoces algo del tema?
-Para ser sincera, nada en absoluto- suspiro resignada al no encontrar puntos en común- Pero mi padre es un fanático.
-El año pasado me retiré definitivamente, quería más tiempo con mi hijo- admitió aún sin desconcentrarse de su tarea- Iba a Sídney para escuchar una propuesta para entrenar a un equipo de competencia internacional.
-Me parece muy lindo de tu parte que hagas eso por tu hijo- le sonrió sinceramente.
-Sí, muchos no lo comprendieron. Estaba en mí mejor momento- río un poco al pensar en ello y la miró por primera vez- ¿Y tú?
-Mi mejor amiga se fue a Sídney cuando nos graduamos y está próxima a dar a luz. Quería pasar una temporada con ella y su marido.
-Es muy bueno de tu parte querer ir a ayudarle.
-No creo ser de mucha ayuda, a decir verdad- admitió soltando una pequeña risa de resignación- Me ha hecho mucha falta en este tiempo.
Darién estudió su rostro por unos momentos. Era evidente que Serena tenía grande problemas de autoestima en cuanto a sus capacidades, posiblemente debido a que era consciente que nunca había pasado necesidades.
-Creo que debemos comenzar a planificar cómo afrontaremos esta situación- decretó con convicción- Esta cueva es buena por ahora, pero necesitamos construir un sitio donde estar más cómodos hasta que nos encuentren.
-Me parece una buena idea, aunque no veo como podré ayudarte en eso- admitió.
-Me ayudarás recolectando hojas de las palmeras más cercanas. Las trenzaremos para así tener como sostener la madera que buscaré en la selva. También será importante averiguar si contamos con alguna fuente de agua dulce.
-Creo que puedo hacer eso- sonrió Serena, agradecida de que Darién encontrar una manera de que ella también ayudara.
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Isla. Día treinta
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El sol caía sobre la playa cuando Serena decidió regresar a la choza para comenzar a preparar el fuego. Luego de días trabajando codo a codo, habían logrado levantar un hogar que asemejaba la forma de un bungalow lo suficientemente resistente para soportar las lluvias tropicales que azotaban la isla cada tanto.
Darién aún no había regresado de su exploración de días atrás, intentado saber que más había dentro de aquella isla. Habían encontrado por fortuna un curso de agua dulce que provenía del Interior de la selva que desembocaba en el mar a medio kilómetro de distancia, pero el pelinegro no se conformaba con aquel descubrimiento. Quería saber además si en aquella olvidada isla existían pobladores salvajes de los cuales debían tener precaución.
Ante su ausencia y aquella soledad, se sentía agradecida de no tener que estar encerrada en aquel lugar completamente sola. Con el pasar de los días, Darién le había enseñado muchos de sus trucos para poder mantenerse en buenas condiciones, antes de su partida exploratoria. Además, habían logrado recuperar algunos objetos del mar, como la balsa que los había traído, la cual les permitió hacer más resistente el techo de la choza, hasta incluso algún bolso extraviado por la tripulación.
Una vez listo el fuego, Serena tomó el único pez que había conseguido pescar aquel día. No era realmente buena en aquel arte pero no le sorprendía. En lo que si era buena era en recolectar agua y frutas, una vez que sus delicados pies se habían acostumbrado a caminar por el sinuoso terreno de la selva y había recordado momentos de su infancia trepando árboles. Nunca se alejaba demasiado y era muy cuidadosa de mantenerse alejada de los insectos de apariencia venenosa o alguna serpiente ocasional.
Deshizo la trenza que sostenía su largo cabello rubio para liberar la ligera tensión y suspiro, perdida en el vaivén de las llamas. Aquella noche caía calurosa pero no podía darse el lujo de permanecer en la oscuridad que tanto miedo le daba. Decidió quitarse la camisa de seda, ya arruinada por todo el uso que le había dado, y los vestigios de la pollera negra, para estar en ropa interior. No contaba con más prendas ya que su valija se había perdido irremediable en el accidente ¡Cómo desearía tener uno de sus veraniegos vestidos de seda ligera!
Camino a la entrada de la choza, buscando alivio a su calor pero no corría nada de viento. El agua cristalina de la playa se mostraba quieta, reflejando la luna casi llena. Vencida por su malestar, decidió desobedecer a Darién y bañarse de noche para tratar de sentirse un poco mejor.
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La isla no era para nada lo que había imaginado. Era más grande, aunque no tanto como para ser notada. No había encontrado nada nuevo y confirmó que el lugar donde estaban era el que contaba con más recursos, por lo que no sería conveniente moverse. Y por fortuna no compartían la isla con alguna comunidad indígena. En cuanto a si los encontrarían, seguía siendo un gran misterio. Aunque logró llegar a la zona más elevada, no se veían otras islas, por lo que estaban totalmente aislados.
Cuando logró retornar al refugio, dejó distraídamente en la arena lo que había recolectado y entró a la construcción pero la encontró vacía. Una pequeña fogata resplandecía encendida pero no había rastros de Serena, lo que lo sorprendió ya que no solía alejarse una vez caída la noche. Preocupado, corrió a la playa ¿estaría en peligro? Aquel pensamiento lo llenó de pánico. Durante los días lejos de ella, había confirmado el abrumador sentimiento de soledad, que en aquellas circunstancias era realmente insoportable. La rubia era su cable a tierra, protegerla era la manera de mantenerse cuerdo y esperanzado en que podrían salir con vida de aquella situación de película, aun cuando cada día era más difícil.
Suspiro con alivio cuando la descubrió bañándose en el mar. Permanecía quieta, mirando el cielo estrellado, con su largo cabello rubio pegado a su espalda. Su piel descubierta resplandecía bajo el reflejo de la luna, siguiendo el contorno de su curvilíneo y generoso cuerpo.
-Serena- la llamó suavemente para no asustarla.
La rubia se giró sobre sí misma y le devolvió una sonrisa resplandeciente que revelaba que ella también había sufrido con su ausencia. Rápidamente salió del mar corriendo para recibirlo. Fue entonces cuando fue consciente que ella sólo llevaba ropa interior. Después de un mes de rigurosa abstinencia, no pudo desviar su mirada de sus abundantes senos cubiertos con aquel desgastado sostén y su movimiento al avanzar.
-¡Darién!- exclamó feliz abrazándolo como bienvenida.
La abrazó fuertemente en respuesta a su recibimiento, aun cuando el roce y el contraste de temperatura de sus pieles lo hicieran estremecer. Aquella mujer parecía no darse cuenta de lo atractiva que era y lo que generaba en él. Muchas veces cuando habían dormido en la cueva, ella terminaba pegándose a su cuerpo en búsqueda de compañía, entrelazando sus piernas sensualmente. Por esa razón, le había construido una cama para que durmiera sola.
-¿No te dije que no nadaras de noche? Es peligroso y estabas sola- dijo tratando de ocultar su turbación tras el enojo.
-Lo siento- se disculpó aún sonriente, sin perturbarse- La noche es muy calurosa y necesitaba refrescarme un poco ¿Cómo te fue en la excursión? ¿Encontraste algo nuevo?
-No, estamos en el mejor lugar- le aseguró aún sin soltarla. Por mucho que sabía que debía mantener distancia, le costaba terriblemente cuando se encontraba entre sus brazos.
-No te preocupes. Lo más importante es que volviste- sentenció alegre- ¿Tienes hambre?
Darién trago costosamente ante la pregunta. De ti, admitió su mente mientras su ahora endurecido miembro palpitaba en consecuencia. Serena, quien estaba completamente pegada a él, se sorprendió al sentirlo contra su vientre y lo miró fijamente. El pelinegro la soltó de un rápido movimiento, sin devolverle la mirada.
-Creo que iré primero al mar. Tienes razón, el calor es insoportable.
-De acuerdo- susurro mientras él se alejaba para sumergirse en las cristalinas aguas.
Confundida por lo que se le revelaba, Serena observó a su compañero. Darién siempre le había parecido un hombre sorprendente atractivo pero pensó que ella no causaba el mismo efecto ya que nunca lo había evidenciado. Era un caballero que siempre la había tratado con la delicadeza de una rosa, por lo que pensó que solo generaba en él una tierna familiaridad.
No obstante, ella si lo había apreciado cada vez que tenía la oportunidad de apreciar su cuerpo expuesto. Aun cuando se había sentido mal por el recuerdo de su prometido, no había podido evitar admirar con deseo cuando Darién pescaba con torso descubierto mientras usaba su camiseta para proteger su cabeza del ardiente sol. Su cuerpo reflejaba que había sido un deportista de elite, digno modelo de alguna estatua renacentista. Lo único que le había impedido buscarlo en sus momentos de mayor debilidad había sido el recuerdo de aquella hermosísima mujer de cabellera negra sosteniendo a su hijo. Nunca había sentido atracción por un hombre con familia y aquel sentimiento la llenaba ciertamente de culpa.
Lo vio salir del mar, como si de una visión se tratara y no pudo evitar que sus pechos se endurecieran de la excitación, por lo que cruzó sus brazos para que él no lo notara.
-¿Vamos?- consultó cuando estuvo frente a ella, prácticamente sin mirarla.
Serena asintió y comenzó a caminar rápidamente, dejándolo atrás. Darién maldijo casi inaudible, hechizado por el vaivén sus caderas y sus redondos glúteos. Lo que el agua de mar había calmado por unos momentos, ella había anulado en unos segundos.
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No podía dormir y aquella vez no era culpa del calor. El recuerdo de aquel encuentro en la playa aún perturbaba los pensamientos de Serena. Aquella noche lo había contemplado mientras dormía, hipnotizada por el vaivén de su esculpido torso y las líneas de su cadera hacia donde terminaba su abdomen. Cansada de pelear con su mente, estudió nuevamente a su compañero, quien ahora se encontraba dándole la espalda.
Intentando no hacer ruido y guiada por la agonizante fogata, decidió ir a la playa. El amanecer estaba próximo, lo sabía ya que había logrado aprender a entender el cielo y su comportamiento. Una vez sola, se sentó en la arena húmeda mientras el mar acariciaba sus pies en un rítmico vaivén. No muy lejos estaba el cartel de rocas en señal de auxilio que había improvisado los primeros días. Suspiro sintiendo que cada vez era más difícil que los estuvieran buscando.
-¿Qué haces aquí sola?- escuchó a su espalda.
-No podía dormir- admitió abrazando sus piernas.
Darién tomó asiento a su lado mirando también el horizonte que comenzaba a tornarse de hermosos tonos rosados, anunciando la próxima salida del sol.
-No te preocupes, nos encontrarán- le aseguró, pero su tono de voz no era muy convincente.
-Debemos dejar de hacernos esperanzas- propuso la rubia riendo con incredulidad y decepción- Es más doloroso.
-No tengo opciones. Necesito ver a mi hijo- suspiro cansado, peinando su cabello ya más crecido hacía atrás.
El silencio se formó entre ambos, levantando una barrera invisible entre ellos. Serena no se encontraba fuerte como para consolar a Darién en aquel momento.
-Iré a buscar que comer- sentenció la rubia poniéndose de pie, para dejarlo sólo en aquel lugar.
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Isla. Día cuarenta y cinco
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Después de aquella conversación en la playa, ambos se habían distanciado. Hablaban lo justo y necesario, sumidos ambos en sus pensamientos la mayor parte del tiempo. Los roles se habían invertido considerablemente: Serena se limitaba a sobrevivir y Darién guardaba esperanzas en que pronto los sacarían de allí.
Trepada en un árbol, la rubia observaba a Darién cazar en el mar. Si algo debía agradecer a estar en aquella isla era haber fortalecido su confianza en sí misma. Ya no lloraba por la frustración y había decidido aprender nuevas cosas para ser lo más independiente posible.
Suspiro mirando a su compañero extender la red que habían fabricado con algunas lianas y algas, articulando su impresionante musculatura. La frustración sexual era cada día más grande, aun cuando ellos habían fabricado aquella barrera invisible para evitar caer en la tentación. Quizás parte de la culpa de aquella tensión radicaba en que ya ninguno de los dos intentaba ocultar demasiado sus cuerpos. Con la arruinada ropa que tenían habían intentado crear prendas más cómodas, pero como resultado tapaban prácticamente lo justo y necesario para no estar desnudos.
Cansada de esconderse, Serena descendió del árbol con lo recolectado y se dirigió hacia la choza. La tarde comenzaba a morir y debía preparar la fogata. Una vez que Darién regresó con la pesca del día, decidió ir a bañarse un poco. Se quitó la ropa a la orilla del mar, para así evitar que el agua salada la siguiera royendo y entró sin demoras.
Nado para tratar de descansar su dolorido cuerpo hasta el área donde comenzaban a romper las olas y de regreso. El mar aquel día estaba más agitado que de costumbre por la fuerte lluvia de la noche anterior pero los años de competencia de natación en el instituto le habían servido, pensó con burla.
-Serena.
Escuchó el llamado de Darién que anunciaba que la cena estaba lista pero lo que le sorprendió fue que el pelinegro no la esperaba en la orilla como de costumbre, sino que estaba a sólo un metro de donde nadaba.
-Estaba por salir- le informó, aún con el agua protegiendo su desnudez.
-Creí que ya habíamos acordado que no te alejaría mucho nadando- la censuró molesto. La tensión en su cuerpo era evidente.
-No seas tan exagerado, Darién. Sólo me aleje un poco- respondió irritada por su tono autoritario- No es para tanto.
-El mar está más agitado de lo común- objetó aún más molesto por su respuesta, acercándose.
-Lo sé, no soy una estúpida- contraatacó, esquivándolo para dirigirse a la playa, ya sin importarle que la viera desnuda.
Darién la siguió velozmente y sin permitir que se escapara, la tomó del brazo evitando que lo dejara nuevamente hablando solo.
-¿Qué te ocurre, Serena?- interrogó seriamente.
-¡Estoy harta que me controles!- exclamó soltándose de su agarre y haciéndole frente- Ya se cuidarme sola. Deja de preocuparte por mí.
-¿Te das cuenta lo estúpido que suena lo que dices? ¿Que no me preocupe?
Sin previo aviso, Darién la tomó entre sus brazos y la beso de una manera urgente y feroz, sin pedir permiso. Serena tardó unos segundos en salir de su sorpresa para corresponder con desesperada demanda a aquel beso, envolviendo su cuello con sus brazos. Pegó sus torsos logrando una agradable sensación al percibir su miembro duro y listo contra su cuerpo, descubriendo que estaba tan desnudo como ella. Envolvió sus largas piernas en su cintura mientras Darién acariciaba con fuerza su espalda y su trasero, pegándola aún más contra él.
Serena fue consciente del cambio de gravedad cuando él los retiró del agua y la agradable sensación de la tibia arena recibiéndolos. El peso de su duro cuerpo era exquisito y ninguno de los dos pensaba con coherencia lo que hacían. El deseo acumulado y la necesidad animal era la que gobernaba ahora sus acciones.
La rubia jadeó deseosa al sentir como él separaba sus cuerpos para tallar su miembro contra su centro ya húmedo y soltó un grito de agitación cuando sintió como comenzaba a invadirla por completo. Enredó sus piernas entre las suyas y aferrándose a su espalda lo apremió a que la tomara con fuerza al compás de sus escandalosos gemidos.
Darién gruñía mientras besaba su cuello y sus pechos, siendo guiado por su más básica necesidad de devorarla y cumplir de una buena vez lo que su cuerpo le suplicaba hacía días. La penetró con fuerza, volviendo a su boca como un sediento. Serena disfrutaba de aquel asalto con una fuerza desconocida hasta entonces. Darién se acoplaba a su cuerpo con una perfección que jamás había vivido, llenándola de una inmensa satisfacción que era imposible de describir, embistiéndola con firmeza. Aquel encuentro no tenía nada que ver con la ternura, sino con la fogosidad de dos personas desesperadas por sentirse.
Serena fue consciente cuando su cuerpo comenzó a convulsionar, haciéndola soltar un grito agónico mientras enredaba sus manos en su cabello medianoche para sostenerse. Darién, por su parte, continuó embistiendo con contundencia hasta lograr el ansiado orgasmo, liberándose plenamente dentro de ella.
Sus respiraciones revolucionadas evidenciaban la intensidad del acto mientras sus miradas estudiaban al otro en búsqueda de respuestas. Ninguno podía negar que habían disfrutado del encuentro sin arrepentimientos, que habían aceptado el llamado animal sin tapujos.
-¿Te encuentras bien?- decidió romper el silencio, con una voz tan ronca que estremeció nuevamente a la rubia.
Ella sólo pudo atinar a asentir con su rostro, aún anclada en esos profundos ojos zafiro que la estudiaban.
Sabiendo que no podía alargar aún más el momento, Darién abandonó su interior para recostarse sobre la arena a su lado. Podía sentir como la tensión acumulada por tantos días había sido por fin expulsada de su cuerpo pero su mente no dejaba de maquinar sobre su arrebato. Serena no se había negado, no obstante aún no podía determinar cómo aquel acto había afectado a su relación, ni siquiera cómo se sentía él al respecto.
La rubia, quien miraba las estrellas con atención, decidió que de los dos era Darién el que más perdía con aquel accionar. Sin embargo, estaba completamente segura que no sentía remordimiento alguno. Incorporándose con delicadeza y sin mirarlo aún, regreso al mar para limpiar su cuerpo.
Darién, apoyándose en sus brazos, la observó bañar su cuerpo con tranquilidad y fue consciente de su descaro al salir, exhibiendo su desnudez con impunidad para regresar a la choza. Volvió a recostarse sobre la arena, meditó nuevamente en búsqueda de arrepentimientos e imito su accionar.
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Isla. Día cincuenta
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Darién apretó los dientes, tenso. Desde su encuentro en la playa, Serena continuaba ignorándolo. No obstante, se mostraba aún más descarada con respecto a sus acciones transgresoras y a su desnudez. El pelinegro estaba absolutamente convencido de que todo ello era a propósito. Lo que no sabía distinguir era si su comportamiento se debía a un castigo o a una incitación.
Debía admitir que su carácter se había fortalecido ante la adversidad y que su cuerpo se había perfeccionado ante el esfuerzo físico. Su estilizado cuerpo se veía ahora aún más sensual con aquel tono dorado que había adquirido su piel.
No habían tocado el tema, pero era difícil si tenía en cuenta que prácticamente no se hablaban, a menos que fuera para discutir. Ella permanecía siempre haciendo algo, lejos de su alcance.
Aquella noche lluviosa, sentada en su improvisada cama, Serena peinaba su largo cabello dándole la espalda. Sentado a una saludable distancia, Darién se encontraba tallando un trozo de madera con su navaja, sin quitar la vista de ella. Se encontraba dividido entre solucionar las cosas y volver a tomarla.
Por su parte, Serena podía sentir la penetrante mirada azul del pelinegro sobre su cuerpo y la tangible tensión del ambiente que se reflejaba en su contraído pero hermoso rostro. Lo deseaba tan dolorosamente, aunque sabía que todo lo que sentía no era meramente sexual. Deseaba que dejarán de lado todo con respecto al mundo exterior y vivieran el momento, ya que no sabían si saldrían con vida de aquella odisea. Suspiro dolida, ya que sabía que Darién jamás podría hacer ello sabiendo que su hijo lo esperaba. Y con ese pensamiento, se sintió el peor ser de la faz de la tierra.
-Serena…- escuchó su voz grave detrás de ella.
No se había percatado en qué momento había acordado la distancia, para quedar sentado a escasos centímetros de su cuerpo. Permaneció inmóvil hasta que sintió como era apresada entre sus fuertes brazos, siendo obligada a pegarse contra su pecho, ahora sentada en su regazo.
Darién apoyo su quijada sobre su hombro desnudo e inspiró profundamente para llenarse de fuerzas antes de retomar la palabra, agradecido de que Serena no se estaba resistiendo a su agarre.
-Necesito estar bien contigo, pequeña- le aseguró con pesadez- Dime que necesitas y lo haré.
Transcurrió un tenso silencio, tan largo que Darién pensó que no obtendría una respuesta. Su cuerpo se sentía rígido contra el suyo, hasta que tomo aire pesadamente y escuchó su voz quebrada.
-Necesito una razón para no enloquecer, algo que me mantenga con vida- sentenció mientras su cuerpo se encogía con derrota, comprendiendo que de nada servía mentir- Y no puedo pedirte eso Darién… tú si tienes un motivo para prevalecer. Tienes una familia a la cual volver.
Darién aguardo pacientemente a que continuara, pero comprendió pronto que la rubia había dicho en pocas palabras todo lo que necesitaba expresar. Percibió la soledad que la azotaba y su elección de vivir cada día como si fuera el último.
-Lo que tú no comprendes, es que no lo lograré sin ti- le explicó suavemente, acariciando la piel de su plano abdomen- Te necesito tan egoístamente como tú me lo pides. He sobrevivido todo este tiempo solamente porque estabas tú mi lado.
Cerrando los ojos, Serena recostó su cabeza sobre su hombro y abrazo sus fuertes brazos, en una suave súplica de que no la soltara.
-Dime que necesitas- susurró contra la piel de su hombro.
-Que seas mío mientras estemos aquí- solicitó, comprendiendo que aquella petición sería, de alguna manera extraña, su salvación y perdición.
Sin perder tiempo, el pelinegro recorrió con sus manos su suave cuerpo haciéndola soltar sofocados jadeos. Besó su cuello con lentitud mientras sus manos se anclaban en sus redondas caderas. Impaciente, la hizo girar para encontrar sus labios, que lo recibieron con ansias.
Serena tiró de su cuello para sentir aún más su cuerpo, necesitando apreciar el roce de sus pieles con desesperación. Se enredó con movimientos torpes alrededor de su figura, sintiendo como su dura erección presionaba contra su ya húmedo centro.
Con prisa, Darién removió sus precarias vestiduras sorteando el corto camino que lo separaba de su divina desnudez mientras ella tomaba su palpitante miembro entre sus manos para guiarlo rápidamente a su feminidad. Cuando por fin estuvieron completamente unidos, soltaron un gemido de plenitud. A diferencia del abrazador sexo en la playa, aquel encuentro se volvió lento y decadente, como si el tiempo les perteneciera y nada podía ser más importante que ello. Así, medio vestidos y sin prisas, Darién guio con sus fuertes manos a Serena para que tomara lo que tanto habían querido los dos.
La rubia comenzó a acelerar el ritmo, necesitada de volver aún más intenso aquel asalto. Sentir las manos del pelinegro en sus glúteos, subiendo y bajando le permitían recibirlo aún mejor dentro de sí. Nunca había sido una mujer extremadamente sexual, pero aquel hermoso y atento hombre lograba llevarla hasta sus propios límites. Lo necesitaba y él a ella.
Darién gruñía mientras besaba sus senos con hambre. Su aterciopelado centro lo apretaba tan estrechamente, que lo hacía sentirse primitivo y pleno. Miro su rostro sonrosado, sus lagunas turquesas, sus labios hinchados y jadeantes. La necesitaba con locura y no había vuelta atrás: Ella sería suya mientras estuvieran allí.
Empujó aún más por sus caderas haciéndola llegar aún más profundo, si es que eso era posible. En pocas embestidas, Serena se entregó al torrente que la llevó a la gloria, notablemente agitada. Darién la admiró aún más excitado mientras tomaba sus caderas para continuar moviéndola para alcanzar su propia liberación. Serena se dejó apoyar sobre su torso, jadeando junto a su oído en consecuencia del movimiento. Aquella simple acción lo llevó hasta el límite, vaciando su simiente dentro de ella con placer.
Cuando sintió que todo había acabado, los acomodó a ambos sobre aquel lecho, sosteniéndola en un posesivo abrazo. Acarició sus cabellos dorados, quitando los mechones rebeldes de su perfecto rostro mientras ella acariciaba con parsimonia su torso, en un toque tan delicado como el de una rosa. Fue consciente en el momento en que ella se entregó al mundo de los sueños, mientras él apreciaba su aroma y la acompañaba a los pocos minutos al mismo lugar.
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Isla. Día cincuenta y uno
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Sentada fuera de la choza y mientras tejía hojas de palmera para reforzar el techo después de la tormenta, Serena observaba como Darién cazaba en el mar. Aunque sabía que no estaba bien su comportamiento, se sentía por primera vez en paz consigo misma desde que habían llegado. Había despertado plena entre los brazos del pelinegro y ambos se habían regalado una sonrisa relajada cuando sus ojos se encontraron.
Decidió que era momento de encender una fogata para así tener todo listo para cuando Darién terminara con su tarea. Sin ayuda del encendedor que había usado en el pasado, prendió el fuego sin dificultades. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios al recordar cómo le había costado en el pasado aquella tarea.
-¿Y esa sonrisa?- consultó el pelinegro a su lado, dejando los peces sobre unas hojas, sonriéndole.
-Pensaba en lo mucho que he aprendido en este tiempo- se encogió de hombros, observando cómo su compañero colocaba la caza para que el fuego comenzará a asarlos.
Una vez que todo estuvo dispuesto para la cocción, Darién se colocó detrás de Serena para atraerla a sus brazos. La rubia no se resistió, sonriéndole aún más mientras acomodaba detrás de su rostro con dulzura su ahora más largo y rebelde cabello. Se miraron en silencio, buscando sólo el contacto de sus cuerpos.
-Más tarde iré a buscar más agua del río- le informó Serena dirigiendo su mirada a las olas más allá del arrecife.
Sintió las manos de Darién sobre las suyas. Bajo la mirada para ver que movía con sutileza el anillo de compromiso que aún llevaba en su dedo anular. Con lentitud, el pelinegro lo quitó de su lugar para sostenerlo a la altura de su vista.
-¿Por qué aún lo usas?- consultó en tono neutro.
-¿Debería dejar de hacerlo?- miró sus hermosos zafiros, tratando de leer su pensamiento.
Devolviéndole la mirada, descendió a sus labios para besarlos con suavidad. Aunque el toque era lento y sutil, Serena sintió como un estremecimiento la recorrió por completo, encendiendo la llama de la excitación entre sus piernas.
-No me importa en absoluto- le aseguró Serena con los ojos cerrados, rozando sus labios a cada palabra- Haz con él lo que tú quieras.
-¿Y contigo?- consultó acariciando su mejilla con su mano libre.
-También- sentenció sonriendo levemente.
Darién tiro sin siquiera mirar el anillo lejos de ellos para poder estrechar a la rubia y devorar sus labios con pasión. Serena correspondió ansiosa, sin comprender porque su cuerpo se mostraba tan insaciable hacía su toque. Se desvistieron con celeridad para amarse una vez más, acunados por la sombra de las palmeras.
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Isla. Día ochenta y cinco
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Cada día que pasaba, la rutina se establecía en ellos como la normalidad. Poco recordaban ya del ajetreado mundo del que venían y trataban siempre de hacer juntos las cosas. Serena sonrió mientras observaba a Darién, quien tallaba un pedazo de madera en una esquina de la choza en tanto ella peinaba su largo cabello. Entre ambos ahora reinaba una amistad cómplice que solo se veía opacada por la pasión desbordada que experimentaban cada vez que estaban juntos.
No paso mucho tiempo hasta que el pelinegro descubrió su mirada atenta.
-¿Qué tanto miras?- la cuestionó sonriendo, mientras dejaba de lado lo que había estado haciendo.
-Te ha crecido mucho el cabello- apunto dándole una expresión seria, para luego sonreír- Creo que te queda bien.
-No te olvides de mí barba- señalo pasando su mano por su oscurecida quijada.
-También me gusta. Te hace ver más primitivo- dicho esto, comenzó gatear hacia él, suprimiendo la distancia que hacia entre ambos- Aunque podría ser más tupida si no te la afeitaras con la navaja cada tanto.
Antes de que terminara de suprimir el especio que los separaba, Darién la sorprendió con un movimiento rápido, tomándola de los brazos y depositándola sobre él. Sin perder tiempo, devoró sus labios con hambre apasionada dejándola pronto sin aliento.
-Puede ser que tengas razón, me siento más primitivo- sentenció depositando ardientes besos por su cuello hasta el principio de sus senos.
-Siempre tengo la razón- rio Serena mientras sus manos descendían por su cuerpo, sin perder tiempo.
Darién despertaba en ella una sexualidad que jamás había vivido. Diamante no había sido su primer amante, pero ninguno en su lista lograba ni rozarle los talones. Su cuerpo reaccionaba como un volcán contenido por mil años. Nunca había sido así de descarada y atrevida, pero entre sus brazos, aquello parecía lo más natural del mundo.
-Hazme sentir salvaje- le ordenó mientras dejaba caer su cuerpo, quedando ella completamente sobre él.
Sin necesidad de mayores prólogos, la rubia se quitó la poca ropa que llevaba dejando sin vergüenza su cuerpo al denudo. Inmediatamente, Darién atendió sus senos con maestría mientras Serena ahora se dedicaba a quitar las ropas de él. No tardaron demasiado en consumar la unión, ansiosos como siempre de fundir sus cuerpos en uno solo.
Serena jadeaba marcando el ritmo de aquel abrazante acto mientras el pelinegro sonreía complacido por el vaivén celestial de su cuerpo sobre el suyo. Sus grandes manos marcaban el compás sin dificultades, disfrutando enormemente de cada espasmo del cuerpo de la rubia. No obstante, no paso mucho tiempo para que Darién quisiera marcar el ritmo de aquel asalto por lo que los hizo rodar para quedarse completamente con el control de la situación.
Serena no renegó de aquello, extremadamente excitada por la fiereza de su mirada y los gruñidos guturales que nacían de lo más profundo de su garganta. Anclando sus manos en su espalda, curvo su cuerpo en una invitación abierta a que aumentara aún más sus estocadas.
Tan súbitamente como había empezado aquel encuentro, ambos culminaron al unísono ante los desenfrenados movimientos que ambos impulsaban. Cansados y zaceados, se acariciaron con ternura mientras sus labios se encontraban en suaves besos que contrastaban notoriamente con su arrebato. Sin duda alguna, a la rubia le encantaba sentir ese contrastaste entre rudeza y ternura.
Absolutamente relajada lo admiro con intensidad, sintiéndose plena contra su duro cuerpo. Acarició su anatomía como si de terciopelo se tratara y fue consciente cuando nuevamente su miembro comenzaba a despertar. Le sonrió con descarada seguridad, besándolo con pasión, invitándolo a que la tomara por segunda vez… o cuantas fuera necesario.
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Isla. Día ochenta y seis
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Abrió los ojos ante un nuevo día, suspirando relajado gracias a la buena noche de descanso. Sintió que estaba solo en la cama, por lo que buscó a Serena rápidamente con la mirada pero no encontró rastro alguno de la rubia. Perezosamente, estiró sus aun adormecidos músculos y apreció el sol del amanecer que invadía la choza. Afuera se podía oír el suave oleaje de una mañana normal después de una noche tranquila.
Una vez en la puerta, busco nuevamente con la mirada. No muy a lo lejos, Serena observaba algo detenidamente. Suprimió tranquilamente la distancia que los separaba y la abrazo por la espalda, para depositar algunos besos en su cuello. En ese momento, fue consiente de la extraña rigidez que gobernaba su cuerpo. Alzo la vista hacia el océano y fue entonces cuando lo vio. Un barco navegaba a poca distancia.
