FriendlyMushroom aquí, bueno, esta es mi primera vez escribiendo una historia de Saint Seiya y he terminado por escribir algo que espero les sea de interés. Pues verán, últimamente me he enamorado de las leyendas nórdicas, y recordando la saga de Asgard pensé en la misión de los dioses guerreros si Poseidón no hubiera metido sus narices en el asunto y se creyera "Un dios más poderoso que tu señor Odín", muchos dicen: "El hubiera no existe", pues para mi si existe y existe en esta historia de la cual estoy orgulloso, aunque no espero mucho pues claro, Saint Seiya ya es un anime muy viejo e incluso si no lo fuera a muchos no les gustó la saga de Asgard, que en lo personal yo creó tenía mucho sentimiento. En fin, recuerden que esta es una historia del hubiera, así que la batalla entre los santos de Athena e Hilda de Polaris nunca se celebró, pueden llamarlo un universo alternativo si así lo desean.

Saint Seiya no me pertenece, pero los personajes que verán son de mi propia imaginación siguiendo lo más fielmente posible los relatos poéticos citados en las runas nórdicas, danesas, y demás culturas paganas o vikingas que adoptaron esta tendencia religiosa, desfrútenlo.


Prologo:


En el principio de todos los tiempos, no existía más que caos, oscuridad y confusión dentro de la gran nada que era el universo. No había vida ni inteligencia, solo el cosmos. Entonces la gran grieta, un abismo en el centro de todo, rompió la gran oscuridad y dio inicio a la creación. Dicen los que nacieron de esta grieta, que la temperatura era tan baja que de haber existido vida en ese entonces, quien hubiere entrado habría sido inmediatamente congelado comenzando por su sangre. Este gran abismo creador recibió el nombre de Ginnungagap.

Ginnungagap vio nacer a los gigantes y a los Aesir, mejor conocidos como los dioses guerreros, quienes al odiarse mutuamente entraron en guerra eterna, una guerra en la cual el mundo en que vivimos fue creado. Los dioses más grandes nacieron de esta guerra, y de entre ellos, el más poderoso y sabio de todos fue el gran dios Odín, el padre de los dioses nórdicos.

A medida que los dioses y los gigantes continuaban con su terrible guerra, nueve mundos nacieron, todos formando parte de un todo. Yggdrasil, el árbol de la vida. De este árbol ya no se sabe más, lo único que se sabe es que aún existe, pues si este árbol que sostiene los nueve mundos llegara a morir, la vida se acabaría y todo regresaría a la nada.

Preocupado por el gran árbol sagrado, Odín, quien todo lo sabe, creó nueve armaduras sagradas para proteger cada uno de los mundos que el árbol Yggdrasil abraza entre sus ramas. Pues Odín sabe, que al llegar el Ragnarok, él no vivirá más en Yggdrasil, y la tierra quedará en las manos de los dioses guerreros elegidos en Asgard. Esta, es la historia que sentó las bases de nuestro pueblo, el Asgard, tierra de los dioses. Esta es la historia de la leyenda de Odín, y de sus dioses guerreros.


Saint Seiya: Guerras Vikingas.

Saga de los Dioses Gigantes.

Capítulo 1: El Renacer de la Guerra Santa.


Altar de Polaris. Enero de 1986.

Asgard existe en este mundo. Es una gran ciudad situada en el extremo norte del mundo, donde la constelación de la Osa Mayor y la estrella de Polares brillan con mayor intensidad. Es en estas tierras congeladas donde alguna vez caminaron los dioses de las leyendas nórdicas, y el lugar donde los guerreros que pelearían junto a Odín en el Ragnarok eran elegidos.

Esas leyendas, por mucho tiempo fueron ocultadas por la duda de la humanidad hasta que desaparecieron, y el mundo dejó de serle fiel a Odín. Solo unos cuantos siguieron alabándolo, entre ellos estaba Hilda, nacida bajo la bendición de la estrella de Polaris, y como tal, la representante de Odín en la tierra.

—Odín, Señor de Asgard. Somos el pueblo que vive en el Asgard, en el extremo norte del mundo. Nunca hemos visto la luz del sol, ni los verdes campos, ni el azul del cielo. Esta penalidad nos fue dada por la salvación de otro pueblo. Es voluntad del gran maestro y nuestro destino, por lo tanto estamos complacidos de aceptar esta pena y el resistirla también. Por el bien y la salvación de la paz sobre la tierra —la gran sacerdotisa oró a su gran dios mientras el cosmos del poderoso ser la rodeaba. Para ella era esta una sensación cálida y de aceptación que su dios le brindaba. Diariamente, Hilda oraba para que los hielos del extremo norte y sur del mundo se mantuvieran congelados y no inundaran la tierra. El otro pueblo que Hilda mencionaba en sus oraciones, era el mundo del hombre, que en la antigüedad fue conocido como Midgard, tierra media, la tierra entre los polos.

Observándola desde lo alto de la escalinata que conectaba el supuesto altar donde Hilda oraba con Asgard, estaba Alberich, elegido desde la infancia por su linaje familiar como el dios guerrero de Megrez de la estrella de Delta. Alberich, si más bien no era el más leal de los guerreros de Hilda, era considerado el más listo de entre los guerreros que habían sido elegidos para algún día vestir la sagrada armadura del dios guerrero de Megrez Delta.

—Una vez más, Hilda ha demostrado que me hace perder mi valioso tiempo. Los demás elegidos como dioses guerreros podrán decir lo que les plazca, pero no existe en Hilda nada que pueda hacerme pensar que ella es más que solo una sacerdotisa elegida para seleccionar a los dioses guerreros. Ni siquiera ha recibido la armadura de la Valkiria de la Osa Menor. Tal parece que mi generación también será innecesaria y me forzará a ser nada más que un maldito sirviente —se quejó Alberich. Aunque sus elocuentes quejas no pasaron desapercibidas de Hilda, que terminó su oración y posó su atención en él.

—¿Y acaso es que eso no es algo por lo que debiéramos estar agradecidos, Alberich? —le mencionó Hilda. Poniéndose de pie con su oración finalizada, aunque su cosmos casi divino aún la rodeaba. Un cosmos tan poderoso que incluso Alberich, sin sentir respeto alguno por la soberana de Asgard, se negaba a desobedecer—. Alberich, si bien es cierto que los dioses guerreros de Asgard han existido desde tiempos muy remotos, tiempos en los que Odín aun caminaba sobre esta tierra, también es cierto que mientras las sagradas armaduras de los dioses guerreros no despierten de su sueño eterno habrá paz en este mundo. Y con sus palabras finalizadas, Hilda caminó en dirección a Alberich, quien se arrodillo frente a ella y le permitió pasar.

—Señorita Hilda. Por varias generaciones los nacidos bajo la estrella de Delta han muerto de vejez. Y según las enseñanzas del gran señor Odín, esta es la forma más deshonrosa de morir —intentó explicarle Alberich. Los vikingos, el pueblo de Asgard, eran guerreros de corazón. Sus creencias se basaban en encontrar una gloriosa muerte en batalla que los llevara a la vida eterna. La vida en paz, era una deshonra para los habitantes de Asgard—. Desearía al menos por una vez tener la oportunidad de luchar como un guerrero sin temor a la muerte. Así al morir lo haría de la forma más honorable, ganando mi sitio junto al todopoderoso padre de los dioses —Informó Alberich, lo que forzó a que una gentil y cálida sonrisa adornara los labios de Hilda.

—Extrañas palabras que vienen de un supuesto dios guerrero de Asgard que posee un corazón tan sucio —se escuchó el resonar de palabras ajenas a la conversación, y al escuchar aquellas palabras, Alberich e Hilda miraron a la cima de la escalinata en la que se encontraban. Parado a medio camino estaba un guerrero vistiendo una armadura sagrada de color rojo como la sangre y con la forma de un lobo. En su pecho estaba incrustada una Esmeralda, muy similar a los Zafiros de Odín que se decía adornaban las armaduras de los dioses guerreros, por lo que Alberich supo que se trataba de un guerrero del mismo nivel. Pero el extraño no era uno de los dioses guerreros, incluso su cara era desconocida para Alberich, quien siempre estaba enterado de todo y conocía a todos en Asgard. Además, la piel de esta persona era más oscura y su cabello era rojo como la escarlata y adornado en una coleta de caballo, no acostumbrada a usarse en Asgard—. Hilda de Polaris, representante de Odín en la tierra, he venido por tu cabeza —e Hilda, sorprendida por las palabras del extraño, retrocedió asustada. Alberich, por su parte, estaba complacido.

—¿Una armadura de Draconis? Jamás había estado tan feliz de estar equivocado —sonrió el arrogante—. Si una armadura de Draconis ha sido liberada, eso significa que ya ha llegado el tiempo de que las armaduras de los dioses guerreros, pertenecientes a la Osa Mayor, sean resucitadas también. Pero hasta que ese día llegue, es mi deber como dios guerrero el proteger a Hilda de Polaris. Dime extraño, ¿con qué nombre he de adornar tu tumba? —preguntó Alberich, y el guerrero de tierras distantes caminó en dirección al guerrero. Más este jamás se movió de su lugar, desafiante y orgulloso. Alberich, aun sin armadura, era un dios guerrero. El enfrentarse a él era un suicidio.

—Mi nombre es Anger de Altais. Y visto la armadura del lobo de fuego, Skoll —se presentó el guerrero con modales inusuales, mismos que no engañaron a Alberich—. Y soy uno de los 14 gigantes guerreros de Jotunheim en el extremo sur de este mundo. He venido a darle muerte a tu señora, Hilda de Polaris —y al terminar su presentación, el cosmos del guerrero creció, y su estrella guardiana, la estrella de Skoll, el lobo gigante mitológico que perseguía al sol por los cielos, apareció detrás de él—. Los gigantes de la constelación de Draconis le declaran la guerra a los dioses guerreros de la Osa Mayor. Es el deseo de nuestra diosa, Angrdoba, el que la guerra entre los dioses guerreros de Asgard y los gigantes vuelva a comenzar. Yo soy el primero de muchos que vendrán a estas tierras congeladas. Hilda de Polaris, amablemente te pido que mueras en nombre de Angrboda —sentenció el guerrero, y tanto Alberich como Hilda miraron al cielo oscurecerse, y una constelación brillar intensamente en el cielo.

—¿Angrboda? ¿La madre de los gigantes ha despertado? —mencionó Hilda un tanto sorprendida de que un guerrero de los gigantes estuviera presente en las tierras de Asgard. Pero Alberich estaba feliz de por fin tener una oportunidad de demostrar el poder de su cosmos—. ¿Pero cómo puede ser? Las sagradas armaduras no se han despertado, aún falta encontrar a un dios guerrero de la Osa Mayor, además de que Odín no me han informado de semejante suceso —preguntó Hilda, confundida por lo que estaba ocurriendo.

—Pero no tardará en hacerlo —agregó Anger—. Nuestra madre simplemente se ha adelantado a los hechos. Es por eso, Hilda, que no he de hacerme esperar más —y con un rápido movimiento de su mano, Anger de Altais cortó la escalinata por la mitad. Esto debió haber asesinado a Hilda, pero para su sorpresa, Alberich, quien no la respetaba, en un acto que no se esperaba de él, la tomó en sus brazos y saltó lejos del ataque—. Sorprendente, aun sin siquiera poseer una armadura has esquivado mi Garra Escarlata —le aplaudió Anger al dios guerrero—. De verdad que tienes el cosmos de un dios guerrero. Pero aun así no te considero una amenaza. Sin una armadura que proteja tu cuerpo, un golpe mío sin importar que tan débil sea terminará con tu vida. ¿Pretendes seguir arriesgando tu suerte? —preguntó Anger.

—Con armadura o sin ella, tuviste la mala suerte de toparte con el guerrero más inteligente de entre los siete dioses guerreros —y al terminar de decir esto último, Alberich dejó a Hilda en el suelo—. Hilda, regresa al castillo tomando el camino del bosque. Si hay más gigantes es mejor que te encuentres con Tholl para tu protección —y tomando una pose de batalla, Alberich desafió al gigante guerrero—. Yo, Alberich de Megrez Delta, seré tu oponente. Defiéndete entonces, pues yo siempre gano mis batallas. Serás la primera estatua congelada del palacio del Valhala que haya sido donada por mí —el cosmos de Alberich se encendió, y el santo gigante, un tanto sorprendido por la malicia de su cosmos, encendió el suyo de igual forma, aunque no sentía miedo alguno ante el cosmos del dios guerrero de Megrez.

—Ten cuidado, Alberich —comenzó Hilda—. Si un gigante de la constelación de Draconis ha entrado en Asgard, esto significa que la guerra santa entre los dioses guerreros y los gigantes ha vuelto a comenzar. No mueras por favor Alberich —y corriendo lejos del gigante y en dirección al pueblo de Asgard, Hilda permitió que Alberich luchara.

—Me siento alagado —se burló Alberich—. Hilda jamás ha confiado en mí a pesar de que yo siempre estoy cerca de ella. Pero igual eso no me interesa. Lo único que importa es que al pelear contigo de seguro despertaré a la armadura de Megrez que me vestirá y así me convertiré en el más poderoso de los dioses guerreros —por suerte para Alberich, Hilda no estaba cerca para escuchar las palabras de su supuesto guerrero—. Acabaré contigo entonces.

—Eres una vergüenza para los dioses guerreros —comenzó a decir Anger—. Aun nosotros los gigantes sentimos un gran respeto por nuestra madre. En mayor medida yo por supuesto, pues mi armadura es la del lobo Skoll, hijo directo de Angrboda, y soy el lobo gigante que persigue eternamente al sol —enunció Anger la leyenda de su armadura, y dibujado en su cosmos, Alberich fue capaz de ver al lobo de fuego persiguiendo al sol intentando devorarlo—. Cuando Skoll logre alcanzar al sol, empezará el Ragnarok —y el cosmos de Angerl se encendió como el fuego, mientras que el cosmos de Alberich, frio como el aire congelado de Asgard, iluminó las escalinatas de igual manera—. Déjame enseñarte entonces, que los gigantes no deben ser menospreciados. Mucho menos por un enano como tú —agregó Anger, que no se refería a la altura de Alberich, sino a la armadura que le correspondía, ya que la armadura mítica de Megrez de Delta es la armadura de un enano herrero maligno— ¡Garra Escarlata! —gritó el gigante. Pero Alberich saltó y escapó de la ráfaga cortante que volvió a despedazar la escalinata—. Eres veloz, pero tu cosmos es débil. Será muy sencillo acabar con tu vida —terminó Anger.

—Hablas mucho, gigante —respondió Alberich—. Pero seré yo quien tendrá un nuevo trofeo que de significado a mi victoria —y corriendo en dirección al gigante, la batalla de los dioses guerreros y los gigantes dio inicio. Los cosmos de ambos chocaron y explotaron, fundiéndose en una combinación de luces blancas y anaranjadas.

Mercados de Svalbard.

La gran explosión se vio fácilmente incluso desde los mercados de la provincia de Svalbard, capital de Asgard. Hilda ya corría entre los mercados, que se habían sumido en un silencio sepulcral al atestiguar la explosión proveniente del Altar de Polaris. Hilda sin embargo, continuó corriendo ignorando a los anonadados ciudadanos, siempre en busca de los bosques pues en estos se encontraba Tholl en una misión muy importante. Más en lugar de encontrarse con aquel dios guerrero, encontró a otro. Hagen, dios guerrero de Merak de Beta, quien paseaba por la ciudad de Asgard y por los mercados del pueblo junto con Flare, la hermana de Hilda de Polaris.

—¡Hermana! ¿Qué ha sido esa gran conmoción? —preguntó Flare, que abrazó a su hermana con temor, y Hagen, el eterno guardián de la joven, se paró frente a ambas en espera de lo que pudiera suceder, pues desde que Hilda apareció frente de ellos, Hagen pudo sentir un cosmos agresivo cercano a la sacerdotisa.

—No hay tiempo, Flare. Debemos de correr al Palacio Valhala. Los gigantes han llegado a Asgard, hay que defendernos —y otra tremenda explosión de cosmos se dejó sentir proveniente del Altar de Polaris—. En estos momentos, Alberich está peleando contra uno de los gigantes de la constelación de Draconis. Más sin la protección de las armaduras sagradas, es muy probable que no sobreviva —sin dudarlo, Flare asintió y corrió mientras tomaba a Hilda de la mano y se dirigían en dirección al Palacio Valhala, Hagen las siguió de cerca.

—Mi señora Hilda —comenzó Hagen con una sonrisa—. No debe menospreciar los poderes de los dioses guerreros de Asgard. El cosmos de Alberich puede no ser tan fuerte, pero su astucia e inteligencia lo convierten en un rival de temor. Despreocúpese mi señora —tranquilizó Hagen a sus soberanas, y Flare sonrió para el joven, quien un tanto sorprendido por la sonrisa de la chica, desvió la mirada. No era secreto que ambos tenían sentimientos encontrados el uno por el otro. Más este no era el momento para ponerse a pensar en eso.

—Tú debes ser Hagen, el del cosmos más alto —se escuchó una voz que resonó a lo largo del mercado, ganando la atención de los ciudadanos del Asgard—. Pero claro, hay un guerrero que es más fuerte que tú. Y no me refiero a Siegfried de Dubhe Alpha, sino a mí —el gigante guerrero entonces apareció frente de Hagen y golpeó su pecho con fuerza, mandándolo lejos y estrellándolo con un puesto de manzanas del mercado. Al ver como uno de los dioses guerreros había sido derribado de un golpe, los ciudadanos en el mercado corrieron lejos mientras que el gigante guerrero miraba a las doncellas con una sonrisa malévola—. Señoritas, Oda de Tyl posa sus respetos frente a ustedes. Mi armadura representa al lobo Hati, el lobo de hielo que persigue a la luna. Es un placer y una tristeza que debamos separarnos tan pronto, pues al igual que mi hermano, Anger de Altais, he venido a asesinarlas —Oda de Tyl vestía una armadura idéntica a la de su hermano, Anger de Altais, siendo única diferencia el color de sus armaduras, pues la de Oda representaba al lobo de hielo Hati, por lo que era de un color cobalto. Igual que los colores de las armaduras eran la única diferencia, ambos hermanos eran facialmente idénticos, con la diferencia del color de sus cabellos, siendo los de Oda azules—. Los gigantes hemos venido a matarlas. No es nada personal, es tan solo el destino que me ha forzado a nacer como hijo de una giganta.

—Oda de Tyl, hermano de Anger de Altais —comenzó Hilda—. Representan a los dos lobos, Skoll el lobo de fuego y Hati el lobo de hielo. Los dos lobos que persiguen al sol y a la luna. Entonces es cierto, ha llegado el momento de que se desaté la guerra santa entre los dioses guerreros y los gigantes —y Flare abrazó a Hilda mientras esta última se mostraba orgullosa y fuerte ante el atacante y lo desafiaba con el poder de su cosmos—. La primera vez que los dioses y los gigantes estuvieron en guerra, los dioses salieron victoriosos —mencionó la sacerdotisa.

—Aquella vez, Odín luchó a su lado —respondió Oda—. Pero el tiempo de Odín en la tierra terminó hace mucho, y ahora los gigantes demostrarán que sin Odín que los guíe y sin su bendición, es imposible que los dioses guerreros obtengan la victoria —Oda de Tyl entonces dio un brinco esquivando el aire congelado que Hagen, después de ponerse de pie, le había lanzado —Una molestia son los dioses guerreros de Asgard. Aun sin armadura se atreven a levantarse en guerra contra los gigantes. Deberían aceptar la muerte. Sin Odín, ustedes no pueden ganar —insistió Oda.

—Eso es lo que tú crees —respondió Hagen mientras se limpiaba un hilo de sangre—. Pero los dioses guerreros de Asgard como yo, que se han entrenado desde niños solo para ser merecedores del cosmos de un dios guerrero y llegar a vestir una de sus armaduras, somos tan fuertes con o sin la protección de la armadura sagrada —y elevando su cosmos, Hagen demostró su punto—. Señoritas Hilda y Flare, les pido amablemente que busquen protección en el Valhala. Dentro, Siegfried seguro las protegerá de cualquier peligro. Yo me encargaré de esta amenaza.

—Ten cuidado por favor, Hagen. Te suplico que no vayas a encontrar una muerte orgullosa por protegernos —le dejó saber Flare mientras estuvo a punto de soltarse en llanto, más no lo hizo al sentir la mano de su hermana que la jalaba.

—Dejaré todo en tus manos entonces, Hagen —respondió Hilda—. Que Odín pose su ojo sobre ti y que te de su bendición para que en esta batalla salgas victorioso —entonces ambas corrieron lejos de la ahora vacía ciudad y en busca del Valhala tomando el camino de los bosques. Oda de Tyl lanzó un ataque cortante idéntico al de su hermano intentando asesinar a las hermanas, solo que este estaba rodeado de un aire congelado. Hagen, protegiendo a ambas soberanas de Asgard, elevó su cosmos, y lo transformó en fuego para disipar el ataque congelado.

—¿Pero cómo ha sido posible? —se sorprendió Oda—. Tu primer ataque fue un puño congelante, pero ahora de tu cuerpo irradia un calor que te evapora el aliento. ¿Qué clase de dios guerrero eres? Se supone que tu estrella guardiana representa a la armadura de Sleipnir, el caballo de ocho patas que montaba Odín. No se supone que seas una amenaza, solo un animal de montura —le gritó el guerrero furioso al ver el cosmos que irradiaba Hagen.

—¿Y eso lo dice un lobo que a lo largo de toda su vida lo único que hizo fue perseguir a la Luna? —respondió Hagen a los insultos de Oda—. Sleipnir vio muchas batallas a lo largo de su vida mientras Odín lo montaba. Al estar siempre con su amo es solo natural que su cosmos y el de Odín se hayan combinado en cierto punto —explicó Hagen, y el caballo de ocho patas se dibujó en su cosmos—. No estoy diciendo que mi poder sea el de Odín. Pero sí puedo decirte que de entre los dioses guerreros, yo soy quien tiene el cosmos más alto, pues mi cosmos fue alimentado por Odín —y demostró esto último al sorprender a Oda de Tyl con el aire congelante de su cosmos—. ¡Fuerza Congelante! —gritó al dar nombre a su ataque, que se desprendió de su mano en la forma de cristales de hielo, mismos que Oda bloqueó con uno de sus propios ataques.

—¡El Escudo de la Luna! —gritó Oda, y la luna fue dibujada detrás de él por su cosmos, y colocando su mano frente al ataque de Hagen pudo detenerlo, sorprendiendo al dios guerrero—. Igual que tú recibiste una porción de la fuerza de Odín, de igual manera la luz de la luna a quien Hati perseguía en los tiempos mitológicos, bañó a esta armadura con su poder. Esta será una batalla de lo más interesante.

—Estoy listo —y el cosmos de Hagen violentamente se transformó en fuego—. Acabaré contigo en el nombre de mi señora Flare y de la gran sacerdotisa, Hilda de Polaris. ¡Recibe mi puño llameante! —y de igual manera que pasó con Alberich y Anger, los cosmos del dios guerrero y del gigante chocaron, creando una gran explosión.

Bosques de los Lobos.

—Phecda Hércules Titánico —con el abatir de su mano convertida en un poderoso puño, Tholl de Phecda Gama arrasó con una gran parte del bosque inundado por lobos que trataban de matarlo. Al caer estos árboles, Tholl los rodeó con su cosmos para que estos cayeran al lado de una jauría de lobos que en esos momentos lo atacaban, evitando así que los árboles pudieran matar a los lobos, pero de igual manera, cortándoles el camino—. Fenril, valoró la vida ante todas las cosas, incluso la vida más insignificante es preciosa para mí. Por esto te pido, desiste de esta feroz batalla que hemos sostenido. Cada árbol que derrumbo salva a uno de tus lobos, pero igual termina acabando con la vida del bello árbol. Es un pequeño precio que los arboles me han permitido pagar por detener esta batalla —Tholl entonces colocó su brazo en defensa contra un lobo de piel azul cristalina que se abalanzó para intentar morderle el cuello. Pero un silbido proveniente de lo profundo del bosque ordenó al lobo que soltara el brazo ahora ensangrentado de Tholl—. ¡Fenril! —habló Tholl nuevamente, intentando reaccionar con el joven a quien Hilda le mandó reclutar.

—Es suficiente, Jing —y al escuchar esto, el lobo aulló y la gran manada de lobos corrió lejos de Tholl, y por fin el poderoso guerrero que cargaba una gran hacha en su mano, tuvo un respiro—. Dos semanas, me has perseguido por dos semanas recién cumplidas, y aun así te niegas a dejar de perseguirme —Fenril por fin salió de su escondite y encaró a Tholl, quien lo recibió con una sonrisa—. Te lo he dicho antes. Para mi tus palabras no tienen ninguna importancia. ¿Qué importa si nací bajo la estrella de Aliotho Epsilon? Yo no deseo convertirme en un dios guerrero ni alabar a tu soberana, Hilda de Polaris. Yo desconfió de todos los humanos, no tengo razón alguna siquiera para creer en tu dios que abandona a un niño cuando este más lo necesitaba —terminó de decir Fenril con molestia.

—Entiendo tu ira, Fenril —intentó explicar Tholl—. Perdiste a tus padres a temprana edad y supuestos amigos de tu familia les dieron la espalda y los dejaron morir en las garras de un oso salvaje. Esto no es desconocido a los oídos de Hilda. Debes saber que por tu familia ya se ha hecho justicia —intentó razonar Tholl, pero sus palabras solo herían a Fenril y lo hacían enfurecer—. Hilda personalmente les arrebató su título y sus riquezas a quienes abandonaron a los Fenril, pues como Odín dice, es mejor morir en batalla que vivir en la deshonra —pero las palabras de Tholl no alcanzaban a Fenril—. ¡Escúchame Fenril! —insistió Tholl.

—¡No! ¡Tú me vas a escuchar a mí! —gritó Fenril de regreso—. Sin importar lo que haga tu soberana para intentar remediar el daño, mis padres no volverán de la tumba. Si quieres que crea en tu dios y que me convierta en uno de sus guerreros entonces déjate de rodeos y has que me devuelva a mis padres. Esa es la única forma en que yo creeré en tus palabras —Tholl, con tristeza, movió su cabeza en negación. Y Fenril, consumido por la ira, desvió la mirada violentamente—. Nada me devolverá a mis padres —se molestó Fenril.

—Lamento tu perdida en mi corazón, Fenril —escucharon la femenina voz de Hilda el par, y entonces posaron sus miradas en dirección a la voz que se escuchaba cerca de ellos. Entonces ambos encontraron a Hilda de Polaris y a Flare. Estaban agotadas por tanto correr, y al ver esto último, Tholl corrió en dirección de sus amas y se arrodillo ante ellas—. Despreocúpate, Tholl. La misión que te encomendé fue muy dura. Estaba muy preocupada por ti. ¿Quién hubiera pensado que por cumplir una encomienda mía abandonarías a tu familia por dos semanas para cumplir mis caprichos? —y colocando su mano sobre la cabeza de Tholl, el gigante entre los hombres sonrió y miró a Hilda con amabilidad dibujada en su rostro—. No tenemos mucho tiempo. Los gigantes de la constelación de Draconis han invadido estas tierras sagradas. Es de vital importancia que los siete guerreros de la Osa Mayor estén unidos. De lo contrario las armaduras de los dioses guerreros no despertarán de su sueño eterno —explicó Hilda.

—¿Gigantes han invadido estas tierras? —Tholl preguntó con preocupación evidente en el tono de su voz. Pero entonces se puso de pie y colocó su mano sobre su pecho—. Hilda, juro solemnemente que yo, Tholl, descendiente del poderoso dios del trueno e hijo de Odín, Thor, el asesino de gigantes, protegeré a Asgard aun si esto me cuesta la vida —juró el poderoso gigante entre los hombres.

—Entonces esa es la razón —interrumpió Fenril—. Eres el descendiente de un dios. Es por eso que no sufrías hambre ni sed durante estas dos semanas —y con ira en el tono de su voz, Fenril se puso a la defensiva—. Malditos dioses. ¿Creen que pueden caminar en el mundo como si los demás seres vivos fuéramos sus peones en un juego de ajedrez? Yo me encargaré personalmente de matarlos a todos ustedes, sucios dioses —se quejó Fenril, y aquellas palabras sobresaltaron a Hilda.

—Espera Fenril —interrumpió Hilda—. El que Tholl sea el descendiente de un dios no lo convierte en un dios. Igual que tú al ser descendiente de un gigante, no eres uno de ellos—. Aquellas palabras sobresaltaron a Fenril. A pesar de vivir en los bosques por tanto tiempo, Fenril fue criado en una familia acomodada, por lo que conocía en parte la leyenda de Odín de los pueblos nórdicos, y la guerra entre los gigantes y los dioses guerreros—. Fenril de Aliotho Epsilon. Igual que el nombre de Tholl, el tuyo es similar al de la armadura que portarás, la armadura de Fenrir, el lobo asesino de dioses. Aquel quien según las runas sagradas, asesinará al mismísimo dios Odín en el día del Ragnarok —explicó Hilda, y Fenril la observó curioso—. Sin embargo, Odín sabía que Fenrir debía permanecer cerca de los dioses. Existen tres constelaciones en el cielo que los vikingos han venerado desde tiempos inmemoriales. Representan a los tres grandes dioses de nuestro reino, y a las bestias que eligieron para pelear en su nombre —explicó Hilda, y su cosmos dibujó tres constelaciones—. La Osa Menor, la constelación del poderoso Thor —y el poderoso dios del trueno apareció frente a su constelación. La Osa Mayor, perteneciente a Odín —y Odín en toda su gloria respaldó esta constelación—. Y Draconis, la constelación que pertenece al dios Loki —terminó de decir Hilda, y el dios maligno apareció frente a esta constelación—. Odín en toda su sabiduría, unió a gigantes y dioses guerreros bajo su misma constelación. Entre ellas se encuentra Fenril, quien el todo poderoso sabe se convertirá en su asesino. Ya que Odín sabe, que es el destino de los dioses, y que Fenril deberá permanecer cerca de los dioses para que este pueda cumplirse —más Fenril se negaba a creer en las palabras de Hilda, pero la soberana de Asgard, con una sonrisa hermosa, logró cautivar la atención de Fenril—. Estas herido. No solo superficialmente, sino que tu corazón llora —decidió cambiar el tema Hilda, sabiendo que era muy complicado en esos momentos el explicar la razón de que Fenril perteneciera a los caballeros de la Osa Mayor de Odín—. Si te ayudo a librarte de este dolor, ¿me ayudarías a proteger a Asgard al lado de tus hermanos, los otros dioses guerreros? —Hilda ofreció su mano a Fenril, y el joven de apariencia sucia y descuidada observó su mano que se rodeaba por su cosmos cálido y hermoso. De pronto Fenril era incapaz de sentir odio, su cuerpo se alimentaba del cosmos de Hilda y se fortalecía. Sus ojos se llenaban de lágrimas ante su sola presencia. Entonces Fenril estiró su mano para tomar la de Hilda, pero una presencia, un cosmos maligno, golpeó el pecho de Fenril y este no tuvo más opción que retroceder.

—No debes escuchar lo que Hilda de Polaris te dice, Fenril —de detrás de un árbol a espaldas de Fenril, un gigante salió vistiendo una armadura que a pesar de estar hecha de un metal extraño, daba la impresión de haber sido creada de una enorme roca, pues en su totalidad era gris y de apariencia fuerte—. Tu lugar, Fenril, no es al lado de los dioses. Es al lado de la giganta Angrboda y de todos sus hijos —comenzó el gigante, de cabellera negra y salvaje, y barbilla pronunciada—. Fenril, tú eres un hermano de los gigantes, te lo dice Eldax de Aldhibain. Mi armadura pertenece a Hrungnir, un gigante de roca —terminó el guerrero gigante cuya estatura rivalizaba a la de Tholl.

—¿Gigante Hrungnir dices? —reaccionó Tholl, aparentemente molesto—. Yo conozco la leyenda de Thor a la perfección. El gigante Hrungnir fue invitado por Odín a que viviera en Asgard. Pero el gigante no hizo más que burlarse de los dioses guerreros cuando llegó al Valhala, y habló mal de los dioses, diciendo que él personalmente abría de matar a todos los dioses guerreros y que incluso mataría a Odín quien amablemente lo invitó al Asgard. Eso enfureció a Thor, y al parecer la ira que ahora enciende mi cosmos, crece con igual intensidad que la de Thor cuando se negó a seguir escuchando las palabras del gigante —prosiguió Tholl mientras preparaba su hacha.

—Dices que conoces la leyenda de Thor a la perfección —recriminó Eldax—. Pero entonces sabes de igual manera que tú no eres Thor. Tu estrella, Phecda Gama, es la armadura de Jormungand, la serpiente de Midgard, la eterna enemiga y rival de Thor. Como un descendiente del poderoso dios del trueno, deberías estar avergonzado de tu armadura —furioso por las acusaciones del gigante, Tholl blandió su hacha para intentar cortar la cabeza del gigante Eldax de Aldhibain. Pero con una tremenda velocidad, el gigante evadió el filo del hacha que quedó atorada en el árbol detrás del cual escondía su brazo derecho, y al salir este, rebeló un martillo cubierto de espinas de metal, el arma del gigante de roca—. Espera, Tholl. Como sabrás, igual que Fenrir de Aliotho Epsilon, Jormungand de Phecda Gama es también hijo de gigantes. Tú no eres mi enemigo, somos aliados en esta guerra santa —intentó convencer Eldax.

—Es probable que sea verdad, pero mi corazón y mi cosmos pertenecen a Hilda de Polaris. Recibe entonces mi: ¡Phecda Hércules Titánico! —entonces Fenril vio con sorpresa en sus ojos como Tholl desprendía un poderoso cosmos aún más devastador que el que utilizó en contra de los lobos mientras perseguía a Fenril durante las últimas dos semanas. Tholl había estado ocultando su verdadero poder. Eldax bloqueó a duras penas el poderoso cosmos de Tholl al usar su gran mazo como protección. Ambos gigantes entre los hombres y de fuerza titánica entonces hicieron explotar sus cosmos—. Eres fuerte, tal vez incluso más fuerte que yo. Pero por el bien de mi señora, Hilda de Polaris, sacrificaré mi vida de ser necesaria si eso significa que mi diosa vivirá —insistió Tholl, y la serpiente de Jormungand brilló en el cosmos de Tholl, lo cual era inusual pues Jomundgand y Thor, de quien descendía Tholl, eran enemigos acérrimos.

—¿Cómo puede existir semejante devoción hacia una supuesta representante de Odín? —habló Fenrir furioso—. ¿Aun después de estar persiguiéndome por dos largas semanas la alabas y luchas por ella? —y Fenril se mordió los labios, y entonces colocó sus dedos en posición y dio un silbido, y los lobos vinieron en su ayuda, sorprendiendo a ambos, Tholl y Eldax—. Jing, que nuestros hermanos busquen la ruta más segura al Palacio Valhala. Escoltaremos a Hilda y a su acompañante al castillo —y Tholl sonrió mientras que con el mango de su hacha empujaba al mango del mazo de Eldax —Escucha Tholl, el que te ayude en esta ocasión no significa que esté aceptando el manto de Fenrir ni mi posición como dios guerrero de Asgard. Tan solo te brindo mi ayuda en esta ocasión por tu devoción a tus creencias. Más las mías no han cambiado en nada —y Tholl asintió—. ¡Ahora muévete, mujer! ¡Si es que quieres vivir! —le gritó a Hilda, que se mostró sorprendida por su poca gentileza.

—Después hablaremos de tu falta de respeto a nuestra soberana, Fenril—se quejó Tholl—. Pero por ahora dejaré a Hilda en tus manos, protégela bien —y así, Fenril, tomando a ambas soberanas de las manos, las jaló con poca delicadeza alrededor del bosque y en dirección a las montañas, de donde se escuchaba la hermosa melodía de un arpa resonando alrededor de los valles congelados.

Ruinas del Templo de los Bardos.

—La constelación de Draconis ilumina el cielo con gran intensidad —habló Mime desde la cima de una columna en las ruinas que él frecuentaba. Más mientras hablaba, nunca dejó de tocar las melodías en su arpa de madera—. Aun así, hay un cosmos entre los invasores que es bello y tranquilo. Un cosmos que no representa ninguna forma de agresión —prosiguió Mime, mientras sus ojos se posaban en una estrella tranquila en la constelación de Draconis—. Si lo que creo es correcto y los gigantes por fin han invadido esta tierra, entonces, ¿cómo puede ser que un gigante no represente odio ni agresión? —Mime entonces saltó de la columna en la que descansaba e interrumpió el tocar de su arpa para ver al gigante que no se escondía de él y que simplemente se quedaba observando a Mime con una sonrisa dibujada en sus labios femeninos—. Así que una giganta ha venido a intentar acabar con la vida de Mime de Benethnash Etha —se presentó el guerrero.

—Es muy triste —lloró la giganta, de cabellera blanca y piel pálida—. La melodía que tocas es muy triste… pero igualmente es hermosa. Las lágrimas escapan de mis ojos tan solo por escucharla —y así las lágrimas se derramaron de su rostro y golpearon su armadura plateada y brillosa como el cristal. Su cabello largo y blanco le cubría una gran parte de su rostro, y su armadura que parecía hecha de cristales de hielo, rodeaba su cuerpo casi en su totalidad. Descubría únicamente sus hombros, lo cual sería una locura para cualquiera, más no para una giganta que atesoraba el frio. Entonces Mime supuso que la armadura había sido diseñada especialmente para que una mujer la vistiera—. Mi nombre es Bea de Edasich. Mi armadura representa a la diosa giganta Skadi, la gigante del viento de tormenta y el invierno —se presentó la mujer, e hizo una reverencia, misma que Mime regresó—. Mime de Benethnash Etha. Tocas el arpa de una forma tan hermosa que es casi celestial. Era de esperarse que tu estrella guardiana fuera la de Bragi, el poeta que tocaba su arpa de oro y hacía brotar vegetación incluso en tierras congeladas —y sus lágrimas continuaron cayendo, y Mime, ignorando la belleza de la joven que tenía delante de él, dejó su arpa en el suelo e hizo arder su cosmos—. He venido por la cabeza de Hilda de Polaris. Pero Mime, yo desprecio el arte de la batalla, soy diferente de mis hermanos gigantes. Te pido Mime un intercambio. Puedes mantenerme ocupada permitiéndome simplemente quedarme aquí escuchando la hermosa melodía de tu arpa en lugar de tener una batalla contigo. Así dejaré que mis hermanos gigantes se dediquen a la cacería de Hilda —habló la giganta, y el tono de su voz era casi el de una súplica.

—Bea de Edasich. En la mitología, la giganta de los hielos y el invierno, Skadi, era una gigante temida y malvada, pero fácil de contentar —comenzó Mimi, haciendo mención a la leyenda de la armadura que portaba Bea—. Mientras se mantuviera contenta, ella sería dócil y amable, incluso de un corazón bondadoso. Pero Bea, me temo que no podré cumplir tu deseo, pues a pesar de que deseo no tener batallas, fui elegido como un dios guerrero. Lo que significa que he de proteger a Hilda de Polaris de cualquiera que intente lastimarla. Si no eres tú, entonces serán tus hermanos. Es por eso, que niego tu petición —más lagrimas salieron de los ojos rosados de Bea, quien no solo odiaba pelear, sino que también deseaba seguir escuchando aquella melodía—. Bea, ¿sabes que esto significa, que uno de los dos a de morir? —preguntó Mime.

—Eres cruel, Mime —lloró Bea—. Pero tú eres un dios guerrero, y yo una giganta que alguna vez estuvo al servicio de los dioses pero que hoy, al volver a la vida, ha decidido unirse a los gigantes —y el joven del arpa asintió—. Mime, te pido me perdones, pero tengo que matarte —un cosmos muy agresivo entonces se desprendió del cuerpo de Bea. Mime estaba sin habla, el cosmos tranquilo que no le deseaba el mal a nadie había cambiado, incluso los ojos rosados de Bea se tornaron rojos y endemoniados, y sus dientes dejaron verse como unos colmillos muy afilados—. Morirás entonces, Mime. De la forma más violenta jamás imaginada. Recibe mi viento congelado. ¡La Avalancha de Skadi! —con bellos movimientos, Bea concentró la energía de su cosmos en sus manos y golpeó una contra la otra en la forma de un aplauso sobre su cabeza que entonces blandió con fuerza hacia delante y soltó nieve en la forma de una avalancha. Mime, usando su mano cerrada en un puño y envuelta por cosmos, golpeó la avalancha y la partió a la mitad, quedando él en medio de esta y sin ser enterrado por la nieve—. No te resistas a morir, ustedes los dioses guerreros encuentran gloria en morir en la batalla, muere y se glorificado —insistió Bea, lanzando su cosmos contra Mime, que lo evadía como en una danza.

—Ciertamente, morir en la batalla es el orgullo de un dios guerrero. Pero lo es también jamás ser derrotado en batalla —Mime caminó desafiante en dirección a la giganta, quien furiosa forzó al cosmos a que se concentrara en sus manos—. Yo voy a matarte. Deja que tu muerte sea pacífica. El seguir peleando solo te causará un gran dolor en tu corazón. Por favor desiste, y te prometo que no sentirás penuria alguna mientras te despides de este mundo con el melodioso sonido de mi arpa —terminó Mime, con su arpa lista para el combate.

—No, Mime. Tú serás quien morirá. ¡Y lo harás al recibir mi siguiente golpe! ¡Muere por la gracia del Polvo de Cristal! —Bea entonces lanzó un puñetazo de hielo que golpeó el cuerpo de Mime y lo congeló en su caminar, inmediatamente después. el hielo se quebró, destruyendo el cuerpo de Mime por completo—. Un dios guerrero ha muerto, y eso me hace sentir muy triste —Lloró Bea al sufrir por la muerte de Mime. Sin embargo, Mime no había muerto, aquello que Bea congeló fue tan solo una ilusión—. ¿Su cosmos sigue ardiendo? ¿Aún no ha desaparecido? —se sorprendió la giganta.

—Y no se extinguirá bajo tu puño —Mime habló desde detrás de Bea—. Mi velocidad es tan grande que tu aire congelado congeló tan solo el lugar en el que estuve por última vez. ¿Comprendes ahora, Bea? —le preguntó mientras le susurraba al oído tras aparecer detrás de ella—. Que no hay forma en que tú, una giganta que usa el aire congelado como principal arma, pueda asesinarme —explicó Mime, sobresaltando a Bea con su poder.

—Eres tan hermoso. Incluso tus palabras hacen que mi ser vibre con una emoción que ni en mis más hermosos sueños hubiera imaginado —y Bea se volteó a ver a Mime a los ojos—. Desearía besarte… desearía inundar tu cuerpo con mis caricias… pero el destino es cruel. Nací una giganta, y por esto debo de acabar con tu vida. Te suplico me perdones por esto, Mime lloró la giganta, que preparó su cosmos cerca del pecho de Mime.

—No hay nada que perdonar —comenzó Mime bastante tranquilo—. Eso será un acto que jamás llegarás a cumplir. Seré yo quien te mate. Pero con gusto te enterraré aquí, donde tú tumba escuche la melodía de mi arpa y tu espíritu pueda descansar en paz eterna —y ambos hicieron su cosmos estallar, pero a diferencia de las demás explosiones, esta era cálida, amable, y hermosa. Ambos que estaban destinados a luchar a muerte, habían quedado cautivados el uno por el otro.

Palacio Valhala.

—Incluso el cosmos de Mime se abate en combate —habló Syd de Mizhar Zeta, uno de los dioses guerreros de Asgard, quien como era costumbre era acompañado por Siegfried de Dubhe Alpha, el dios guerrero más poderoso de todos pues se decía que a pesar de no tener el cosmos más alto, que pertenecía a Hagen de Merak Beta, era inmortal—. Siegfried, me temo que ya es demasiado tarde para evitar que los gigantes nos invadan. Las batallas han comenzado, pero no será hasta que Fenril de Aliotho Epsilon acepte ser un dios guerrero, que las armaduras se nos serán otorgadas —explicó Syd—. ¿Deberíamos ir en el auxilio de Hilda? —preguntó finalmente.

—Te lo dije antes y te lo repito —comenzó Siegfried, al parecer vigilante—. Hasta que aquellos que irrumpieron en el Palacio Valhala se muestren y escojan a sus oponentes, es nuestro deber el quedarnos y proteger el fuego sagrado que seguro es lo que los gigantes están buscando —le respondió Siegfried, quien no dejaba de mirar a Asgard desde el balcón del Palacio Valhala—. No debemos de permitir que el fuego sagrado caiga en sus manos. Ve tú a ayudar a Hilda si así lo quieres, pero quédate cerca del lugar donde tu estrella brilla con mayor intensidad. Cuando Fenril acepte su posición de dios guerrero, las armaduras aparecerán y deberás vestir la que por derecho te pertenece —ordenó Siegfired.

—Si los gigantes son inteligentes, entonces uno de ellos intentará asesinarme mientras no poseo mi armadura —agregó Syd—. Siegfried, dejaré el fuego sagrado a tu cuidado. Yo traeré conmigo a Hilda de Polaris, eso te lo prometo —y Siegfried asintió y permitió que Syd saltara del balcón que se encontraba a una altura que ningún humano sobreviviría, pero que Syd resistió con gran facilidad y corrió dentro del bosque—. ¡Ten cuidado Siegfried! ¡Puedo sentir que gigantes muy poderosos intentarán asesinarnos a ti y a mí! —le comunicó a su compañero por medio de su cosmos, e inmediatamente fue atacado por una ráfaga esmeralda que por poco le vuela la cabeza en pedazos–. Así que por fin te has dignado a mostrar tu rostro ante mí, ¿quién eres? —preguntó Syd mientras subía su defensa.

—No existen razones por las que yo quiera darte mi nombre, repugnante dios guerrero —le respondió un gigante desde el interior de los bosques—. Pero solo para alimenta tu miedo, te dejaré saber quién soy —el gigante entonces cayó pesadamente sobre la nieve, agrietando el suelo y lanzando guijarros alrededor de todo el bosque, mismos que quedaron incrustados en los troncos de los árboles, e incluso algunos tuvieron que ser evadidos por Syd—. Mi nombre es Garl de Jidraconis. Y mi armadura pertenece al gigante Bergelmir, uno de los dos gigantes que sobrevivió a la primera gran guerra de los gigantes. El mismo Bergelmir que educó a todos y cada uno de los gigantes nacidos a sentir un odio enorme en contra de los dioses —terminó de presentarse el gigante. Su cabello era de un color verde y estaba salvajemente peinado. No era muy largo, pero si muy sucio. Su armadura era de color esmeralda, y cargaba un gran garrote de metal del mismo color—. No tienes idea de cuánto había estado esperando este momento. Pero mi compañero insistió en que esperara hasta que descubriera la debilidad del supuesto ser inmortal, Siegfried de Dubhe Alpha. Mi ira a los dioses guerreros fue reprimida por una largo rato, pero por fin puedo liberarla —terminó el gigante.

—Créeme gigante, yo tampoco siento compasión alguna por los de tu clase —se burló Syd, bastante seguro de sí mismo—. Mientras Hilda de Polaris respire, mi naturaleza normalmente compasiva será tan agresiva como la del tigre Bygul que representa mi estrella guardiana —prosiguió Syd, y el poderoso tigre brilló en su cosmos—. Prepárate entonces, Garl, para recibir mi poder —el cosmos de Syd se encendió, y sin darse a esperar corrió en dirección al gigante y golpeó su estómago. Más el gigante de un tamaño similar al de Tholl no se movió incluso cuando fue el tremendo poder del cosmos de Syd, el segundo guerrero más hábil de los siete dioses guerreros, el que lo golpeó—. ¿No pude atravesarlo? Pero si mi cosmos es más grande que el de este gigante —aseguró Syd.

—Puede que así sea. Pero yo me alimento del odio —respondió el gigante, y su cosmos se incineró de un color similar al del fuego—. Y mientras más odio siento, más poderoso soy. Tú representas lo que más odio en este mundo, un dios guerrero, un asesino de gigantes. Por esto es que tú morirás en mi lugar —y alzando su mazo con ambas manos y blandiéndolo a una tremenda velocidad, intentó golpear a Syd quien con una mano detuvo el mazo— ¿Qué haces? —se molestó el gigante al ver que detenían su garrote.

—Al parecer esta batalla durará mucho —aseguró Syd—. Escucha Garl. Tal vez tu odio alimente tu cosmos e impida que el mío penetre tu armadura. Pero mi cosmos es más grande que el tuyo —y Syd pateó con fuerza el estómago de Garl, obligándolo a retroceder—. Aun sin mi armadura, tus ataques son un desperdicio. No puedes lastimarme mientras mi cosmos sea más grande. Ya encontraré yo la forma de romper el tuyo. Hasta entonces, estamos parejos —explicó Syd. Sin embargo, Garl se rehusó a escucharlo.

—¡Tonterías! —prosiguió Garl, blandió su garrote, y fue evadido por Syd—. ¡En batalla el que odia a su enemigo con mayor intensidad es quien gana las guerras! —razonó el gigante, y continuó blandiendo su garrote intentando golpear a Syd quien se movía velozmente evitando sus golpes—. ¡Deja de moverte! —se quejó el poderoso ser.

—No hasta encontrar una apertura en tu defensa —insistió Syd, que evadía e impactaba, intentando romper la defensa de Garl—. Sin importar que tan fuerte sea mi oponente, yo jamás me rendiré hasta hacer pedazos su cuerpo si esa es la voluntad de Hilda de Polaris —y la batalla pareja continuó sin que ninguno pudiera lastimar al otro.


Desde el balcón, Siegfried observó la batalla entre Syd y Garl. Pero al sentir movimiento dentro del palacio, regresó dentro de este y caminó en dirección a la sala del trono de Hilda, donde el fuego sagrado que Siegfried protegía se encontraba.

Sin embargo, pronto sintió el agresivo y aplastante cosmos de otro de los gigantes que había invadido la sala del trono con el único objetivo de apoderarse de este fuego. Siegfried lo buscó con la mirada, pero su cosmos era muy alto, por lo que parecía rodear toda la sala del trono, obligando a Siegfried a buscarlo con la mirada.

—Así que aquel a quien he de asesinar por fin se ha mostrado ante mí —comenzó Siegfried—. Tu cosmos es muy grande, incluso más grande que el de Hagen. Más ni tú ni nadie jamás podrá derrotarme —aseguró Siegfried, colocando su mano en el pomo de la espada que llevaba atada a la cintura.

—La supuesta inmortalidad de Siegfried de Dubhe Alpha. He escuchado hablar de ella —resonó la voz del invasor. Entonces el gigante, oponente de Siegfried en esta guerra entre los dioses guerreros y los gigantes salió de detrás del trono de Hilda. Era rubio y hermoso, de ojos azules y rostro modesto y tranquilo. Pero existía una gran ira en su cosmos, igual que la que rodeaba a todos los gigantes que tenían feroces batallas con los dioses guerreros—. Dejémonos de juegos entonces, ni tú ni yo tenemos la paciencia necesaria para quedarnos de brazos cruzados —contestó el gigante, y Siegfried desenfundó su espada—. Mi nombre es Veral de Arrakis —comenzó el gigante, y usando su cosmos derribó la espada de Siegfried, que quedó clavada sobe el escudo de Hilda de Polaris que descansaba sobre el trono de la soberana de Asgard—. Y mi armadura, pertenece al gigante Ymir —y Siegfried se sobresaltó de lo que acababa de escuchar—. Si conoces la historia de tú pueblo, sabrás entonces que mi armadura dorada es la del primer gigante. El más odiado de todos los gigantes de la escarcha. Mismo gigante que solo pudo ser asesinado por Odín y sus hermanos, Vili y Ve. Ni siquiera tú, la rencarnación del héroe más grande de los nórdicos, puede siquiera imaginarse matando a Ymir —la armadura de Veral era dorada en su totalidad, y rodeaba su espalda una capa blanca y larga. Ymir era la armadura más poderosa de todas—. ¿Puedes sentirlo, Siegfried? A pesar de ser un inmortal sabes muy bien que tu poder no se puede comparar con el mío —explicó Veral.

—Sin mi armadura puede que eso sea cierto. Pero no olvides que yo soy inmortal pues soy la rencarnación del héroe más grande con quien comparto el nombre —lo desafió Siegfried—. No seré un dios, pero incluso los dioses temían a mi inmortalidad. Siento que tú también temes a mi alma, pues sabes que a pesar de ser todo poderoso, no podrías matarme —el gigante guerrero sonrió y encendió su cosmos, un cosmos tan poderoso que forzó a Seigfried a ser lanzado contra la pared. Pero rápidamente el dios guerrero se repuso, y forzando su cosmos a arder lo lanzó contra el gigante que sin moverse recibió el golpe de la ráfaga sin recibir daño alguno—. No importa que tan fuerte me golpes. No vas a vencerme —insistió Siegfried.

—Solo los dioses son verdaderamente inmortales, Siegfried —comenzó Veral, acercándose al dios guerrero—. Más incluso su inmortalidad tendrá fin. Se requirió del cosmos combinado de los tres grandes dioses para matar al gigante Ymir. Tú ni siquiera puedes alcanzar a entender que tan poderoso soy. Incluso tu supuesta inmortalidad tiene sus límites —y Veral atacó, Siegfried intentó evadir, pero el puño de Veral le dio de lleno en el pecho, forzando a Siegfried a caer sobre sus rodillas—. Yo soy más poderoso que tu dios, Odín —y Siegfried sonrió en señal de burla, y comenzó a ponerse de pie—. ¿Acaso ya te has vuelto loco? Era de esperarse que no pudieras quedarte cuerdo en presencia de un cosmos tan grande —se burló Veral.

—Tienes un gran sentido del humor, Veral —respondió Siegfried—. Puede que lleves su armadura, pero debes recordar que el que lleves la armadura no te hace igual de poderoso que el verdadero Ymir —y Veral observó a Siegfried con desprecio—. Tú cosmos será fuerte, pero no puede rivalizar al del original. Igual que cómo tú lo has dicho, yo no soy enteramente inmortal —Siegfried entonces caminó en dirección de Veral, desafiando su cosmos con el suyo. El de Veral, de mayor tamaño, lo presionó y trató de evitar que Siegfried siguiera caminando, más Siegfried se negó a ceder y luchó contra la presión del cosmos del gigante.

—Obstinado. ¿Sabes que no puedes vencer y aun así me desafías? —se molestó Veral—. Ni siquiera la madre de los gigantes, Angrboda, tiene un cosmos tan grande como el mío. Ella simplemente goza de la combinación del cosmos de un gigante y el cosmos de un dios. Es por eso que ella es intocable tanto por gigantes como dioses —explicó Veral a Siegfried, y siguió atacándolo con su cosmos hasta que Siegfried volvió a ser lanzado al otro lado de la habitación y fue golpeado violentamente contra la pared—. Esto es muy divertido. ¿Realmente piensas que puedes derrotar a un gigante dorado? Soy el más poderoso entre los gigantes de Jotunheim —presumió su superioridad Veral, y lanzó a Siegfried en contra de una pared con violencia.

—¿Por qué? Dime la razón por la cual ustedes los gigantes han destruido la paz entre nuestros reinos y han venido a invadir Asgard, la tierra de los dioses —comenzó Siegfried, que comenzó a escupir sangre—. ¿Es acaso que desean liberar el Ragnarok? —y el gigante movió su cabeza en negación—. ¿Entonces qué rayos quieren en Asgard? —se molestó Siegfried.

—Dos cosas por supuesto —comenzó Veral—. La cabeza de Hilda de Polaris con el fin de que sus armaduras no sean liberadas, y el fuego del gigante de fuego, Surtur, el gigante original quien fue el primero y será el último de los gigantes —terminó Veral. Seigfried intentó liberarse del aplastante cosmos de Veral sin lograrlo. El gigante solo caminó en dirección al fuego sagrado—. Ustedes los dioses guerreros no tienen derecho a poseer este fuego. Siegfried, tú sabes que el Ragnarok es inevitable, y ambos sabemos que este es imposible de predecir cuándo sucederá. Puede darse en nuestra generación o en otra más lejana en el futuro, pero el Ragnarok llegará, es inevitable —continuó Veral, azotó a Siegfried con su cosmos, y lo dejó tendido en contra del suelo—. Hasta entonces, el control del mundo se disputa en los nueve mundos. Odín ya ha protegido este mundo por mucho tiempo. La madre de los gigantes, Angrboda, sabe que ya es su turno de gobernar. Es por esto que quiere resucitar a Surtur, para que con sus llamas aniquile la vida en este mundo y el control de todo Yggdrasil vuelva a estar en manos de los gigantes como lo era en los inicios del tiempo cuando los dioses no existían —confesó Veral.

—Estás enfermo. Borrar la vida en el mundo para asegurar el control de los gigantes es una locura que ni el mismo Surtur pensó siquiera fuese posible —habló Siegfried mientras volvía a incorporarse—. Tú sabes que hacer esto no solo traerá guerra entre Asgard y Jotunheim, sino que los otros siete mundos no se quedarán con los brazos cruzados. Solo lograrás adelantar una versión diferente del Ragnarok, habrá guerra en todo el mundo y la vida no será posible hasta que los dioses se decidan a volverla a crearla —Veral se soltó a carcajadas. Siegfried se mordió los labios molesto pues aun no podía escapar del horrible y aplastante cosmos del gigante para intentar luchar contra él.

—Con un cosmos tan poderoso como el mío, enfrentarme a los guerreros de los otros mundos será muy sencillo —presumió Veral—. Además, al matar a Hilda, tomará mucho tiempo, cuando menos cien años para que una nueva sacerdotisa nazca con la bendición de la estrella de Polaris —y Siegfried comenzó a molestarse—. Con Hilda muerta, las armaduras no serán liberadas, y la mayor amenaza de los gigantes será aniquilada. Surtur, agradecido por ser resucitado, de seguro se unirá a nuestra causa. Y tanto Nifelheim como Helheim, los infiernos vikingos, al ser propiedad del dios Loki, esposo de Angrboda, estarán igualmente a nuestros servicios —explicó Veral—. No existe falla alguna en nuestro plan. Sin dioses que se interpongan, los otros reinos apenas y son amenazantes —el confiado gigante volvió a burlarse de Siegfriend, quien lleno de ira una vez más intentó romper el cosmos de Veral—. Es inútil. Sin tu armadura, tu cosmos no será suficiente. Siegfried, tú sabes que tu armadura pertenece a la de un gigante dragón que tú mismo mataste en la era del mito. Un dragón sería bienvenido al lado de los gigantes. Abandona el amor que sientes por Hilda de Polaris y únete a nuestra causa. Sabes de antemano que tu amor no puede ser correspondido. ¡No seas ciego! ¡Obedece, Siegfried! ¡No me obligues a matarte! —intentó reclutarlo el gigante.

—Mi vida pertenece a Hilda de Polaris —respondió Siegfried a sus intentos—. Eso ni tú, ni nadie… incluso me atrevería a decir que ni el mismísimo Odín… me obligaría a cambiar de parecer —y mordiéndose los labios con furia, Veral atacó a Siegfried con un leve movimiento de su mano. Una gran porción de su aplastante cosmos se desprendió y el cuerpo de Siegfried fue azotado contra la pared del palacio que se rompió y lo hizo caer a las afueras del castillo. Sin su armadura, Siegfried no tenía posibilidad alguna.

—Qué tontos son los dioses guerreros —se burló Veral, que entonces se aproximó al fuego verde frente al trono de Hilda—. Aun sabiendo que están derrotados y vulnerables sin sus armaduras, ellos siguen peleando. Y mientras Fenril se niegue a aceptar su armadura, nosotros los gigantes no corremos ningún peligro —y entonces Veral colocó su mano dentro del fuego, extrayendo el mismo de la pira en el Palacio Valhala.

Bosque de los Lobos.

—¿Qué demonios están esperando? Nunca llegaremos al Valhala si se detienen a descansar cada cinco minutos —se quejó Fenril. Flare ya sudaba por el esfuerzo a pesar de estar en tierras congeladas. Hilda por otra parte, que poseía una mayor resistencia gracias a su cosmos divino, no estaba ni siquiera cansada por correr a través del bosque. La mayor parte del tiempo solo descansaban por la debilidad de Flare —. Esta mujer es tan solo una carga, deberíamos dejarla —recriminó Fenril, y Flare se sobresaltó por aquellas palabras—. Como sea, tú eres la importante —le gritó Fenril a Hilda, y Flare, ya con lágrimas en los ojos, se tapó los oídos por los insultos de Fenril.

—Fenril —comenzó Hilda con tranquilidad y empatía—. Tu corazón lleno de ira jamás dejará que otros entren y te otorguen la calidez de su cariño si no haces un esfuerzo por ser más tolerante —y Fenril ignoró aquellos comentarios—. En muchos aspectos te pareces a Alberich. Pero tú eres diferente. Al igual que Mime, otro de los dioses guerreros, te mueres por volver a sentir amor en tu corazón —molesto por las palabras de Hilda, Fenril se cruzó de brazos e ignoró a la soberana quien con tristeza en su mirada se atrevió a derramar una lágrima por Fenril. Y cuando esta tocó el suelo, el corazón de Fenril se vio invadido por una calidez muy hermosa, un sentimiento que no se podía describir con facilidad—. Ahora, Fenril —dijo Hilda secándose las lágrimas y ofreciéndole a Fenril su mano que una vez más fue iluminada por un hermoso cosmos—. ¿Dejarás que yo sane la herida de tu corazón? Esto solo podré hacerlo si tú me lo permites —insistió Hilda, y Fenril lo pensó.

—¿Sanar la herida de mi corazón? —con una sonrisa llena de dulzura, Hilda asintió—. ¿Qué es esta luz que te rodea? ¿De verdad eres un ser divino? ¿Una diosa? —Fenril extendió su mano, el cosmos de Hilda lo invitaba a que tomara la de Hilda. Finalmente, sus manos se tocaron, y el cosmos de Hilda envolvió el cuerpo de Fenril—. ¿Qué es este sentimiento? Es cálido y hermoso —se sorprendió Fenril.

—No soy una diosa —aceptó Hilda con humildad—. Soy una Valkiria. Reencarnación de la Valkiria Hlin para ser más precisos, la Valkiria de la paz que cuida de los hombres —continuó Hildam y entonces abrazó a Fenril, rodeándolo con su gentil cosmos, sobresaltando al dios guerrero—. Este es mi cosmos —Fenril desconocía el significado de estas palabras, pero el abrazo de Hilda era tan cálido, que se negó inclusive a hacer preguntas—. El cosmos, es la fuerza de la vida. Está en todas partes y nos alimenta con su energía. Fenril, en tú corazón, tú tienes el poder de controlar a la bestia que es el poderoso lobo de las leyendas de nuestro mundo. Tú corazón es igual de fuerte que el de Tyr, el dios de la justicia que fue el único suficientemente valiente para enfrentarse al Fenrir —las leyendas eran desconocidas para Fenril, pero prestó una gran atención a cada una de las palabras que salían de los labios de Hilda—. Fenril, Odín te ha bendecido al permitirte nacer bajo su estrella. Pero debes entender que Odín no tiene el poder de devolverte a tus padres, ni siquiera su poder pudo convencer a Hel, la diosa de los infiernos, de que le devolviera el alma de uno de sus hijos cuando este fue asesinado por su propio hermano. Pero aun así, Odín, su cosmos, vive en ti y te alimenta con su energía —y Fenril asintió, anonadado por el cosmos y el cariño de Hilda—. ¿Negarás a Odín, Fenril? Necesito saber cuál será tú respuesta. No puedo obligarte a aceptar, solo tú puedes decidir —insistió Hilda, y en ese momento sintió un agresivo cosmos. Fenril pareció sentirlo también, abrazó a Hilda con más fuerza, y saltó fuera del camino de una ráfaga escarlata que por poco asesina a la sacerdotisa, ahora descansando sobre los brazos de Fenril que la había cargado en su intento de protegerla, antes de dejarla en el suelo suavemente junto a Flare.

—¡Niégate Fenril! —resonó una poderosa voz por el bosque—. Tú eres un gigante, uno de los más poderosos. No te dejes engañar por Hilda de Polaris —del cielo cayó otro gigante, Fenril lo vio y empujó a Hilda y a Flare lejos de él antes de que el gigante pudiera golpear a ambas—. No la ayudes, Fenril. Tú eres un gigante, igual que yo, Gimli de Bedraconis, de armadura perteneciente al gigante Thrudgelmir —se presentó el gigante de cabello largo y de un color café cremoso y que vestía una armadura muy peculiar, pues a pesar de cubrirle casi en su totalidad el cuerpo, también parecía estar adornada por varios rostros horribles como su fuesen de ogros. Uno de los rostros parecía el de un ogro con la boca abierta, de la cual se asomaba la cara de Gimli. Detrás de su casco, estaba otra cara, las hombreras de su armadura también tenían ambas el rosto de ogros, uno en cada sección inferior, la más cercana al cuello. Una quinta cara estaba en el pecho de la armadura, el resto era la forma del cuerpo del gigante—. Por favor Fenril, no obligues a que Thrudgelmir, el gigante de las seis cabezas, se convierta en tu asesino —dijo el gigante guerrero con calma, aunque existía algo en el tono de su voz que disgustaba a Fenril—. Somos hermanos. Debemos pelear por la misma causa. No te dejes engañar por esta bruja y ven conmigo a tierra de gigantes, donde se te será otorgada una armadura verdadera —insistió Gimli.

—Yo no me aliaré con ningún bando, ya sea con los gigantes o con los dioses guerreros —insistió Fenril, aunque observaba a Hilda con deseos de protegerla—. No es de mi interés. Solo me importa cumplir mi palabra a con Tholl. Llevaré a Hilda y a su acompañante al Valhala. Lo que pase después de eso no es de mi incumbencia, así que ahórrate tus mentiras, Gimli —enfurecido, el gigante demostró su verdadera naturaleza, lanzando su cosmos en contra de Hilda, y Fenril, abrazando a Hilda, recibió el impacto del gigante y rodó por la nieve con Hilda en sus brazos. Fenril entonces se puso de pie, soltando a Hilda, y lanzándose en contra de Gimli, que elevó su cosmos y atacó nuevamente. Fenril era muy lento para el gigante, por lo que lo impactó de lleno. Su piel y su larga cabellera ser estiraron hacia atrás como si estuviera frente a un poderoso viento. Entonces Hilda se apartó, y Fenril fue lanzado en dirección al bosque, golpeando su cuerpo contra un árbol que se partió a la mitad.

—Debiste aceptar mi oferta, Fenril —se molestó Gimli—. Ahora tienes al gigante Thrundgelmir en tú contra en lugar de haberte unido a nosotros y dominado esta tierra en lugar de Odín —Gimli entonces apuntó su mano en dirección a Hilda, pero muchos lobos salieron entonces del bosque y se posaron frente de ella, protegiéndola aun si esta no era una orden de Fenril—. ¡Sucios lobos! ¿Cómo se atreven a interponerse? —se quejó Gimli y los azotó con su cosmos—. ¡No importa! ¡Los vaporizaré a todos con mis relámpagos! —insistió Gimli.

—Jing —comenzó Fenril al ponerse de pie débilmente—. ¿Tú también deseas proteger a Hilda? Arriesgas tu vida como lo hiciste al salvarme de aquel oso —los recuerdos de lo sucedido entonces invadieron la mente de Fenril. Vio a sus padres morir al ser atacados por un oso hambriento y salvaje, y a dos de los amigos de sus padres huir y abandonar al joven Fenril a su suerte. Solo Jing y sus lobos se apiadaron de Fenril, y algunos murieron salvándole la vida. Entonces un cosmos cálido comenzó a rodearlo, este no era el cosmos de Hilda, pero si el de Fenril que había sido despertado por el de Hilda que había abrazado su cuerpo con el suyo—. Jing, hazte a un lado, yo me enfrentaré a este gigante —y el lobo de piel verdosa asintió, se hizo a un lado, y el resto de los lobos hizo lo mismo permitiendo a Fenril el paso—. Se lo prometí a Tholl. No, incluso yo me niego a que este sucio ser ponga sus manos sobre Hilda. No lo entiendo, solo me rehúso a verlo —Hilda miró a Fenril, y le sonrió con dulzura. Gimli solo se burló con malicia—. ¿De qué te ríes, imbécil? —desafió Fenril.

—Tu cosmos es insignificante. Es obvio que jamás lo has utilizado —se burló el gigante—. De estar vestido con la armadura de Fenrir seguro que sabrías como debes de manipularlo. Pero sin esta armadura, solo eres un aspirante a dios guerrero y sin entrenamiento. ¿Qué puedes tú hacer para detenerme? —y una sonrisa se dibujó en los labios de Fenril, una sonrisa mal intencionada—. Te devolveré la pregunta que acabas de hacerme. ¿De qué te ríes, imbécil? —se molestó Gimli.

—No debiste haberme dicho eso —se burló Fenril—. Ahora tengo un plan diferente. Usaré la armadura de Fenrir para aprender a usar el cosmos de mi bestia guerrera, jurando lealtad a mi nueva diosa. ¡Hilda de Polaris! —gritó Fenrir, y entonces su cosmos se encendió y voló al cielo—. ¿Qué está pasando? —se sobresaltó Fenril, y la constelación de la Osa Mayor comenzó a brillar con la misma intensidad de la de Draco que desde la llegada de los gigantes adornaba el cielo.

—Las sagradas armaduras de los dioses guerreros se han despertado al fin. Los dioses guerreros de la Osa Mayor ahora podrán combatir a los gigantes —Gimli, sorprendido por las palabras de Hilda, se mordió la lengua mientras alrededor de todo Asgard, el cosmos de los dioses guerreros subía al cielo.

Bosque Amatista.

Alrededor de los bosques cercanos al Palacio Valhala, Alberich, que a duras penas podía seguir peleando con su oponente, Anger de Altais, trataba de usar lo que le quedaba de fuerza para convocar la ayuda del bosque. Más al tardar mucho en llegar al bosque, y al ser atacado repetidas veces por Anger de Altais, se encontraba muy débil como para despertar a los espíritus.

—Ya me cansé de perseguirte —habló Anger, y su cosmos brilló con la fuerza del lobo de fuego Skoll—. Estoy listo para darte el golpe final. Fuiste muy astuto al eludirme por tanto tiempo, pero fue inútil el pensar que podías derrotarme sin tu armadura —un trueno entonces cayó del cielo, y de dentro de uno de los árboles del bosque, una armadura guerrera, la del enano amatista de las leyendas de Asgard, fue liberada—. ¿Una armadura de dioses? Pero no se suponía que las tuvieran. ¿Acaso Fenrir nos ha traicionado? —recriminó Anger.

—No puedes ser traicionado por uno que nunca perteneció a su bando —agregó Alberich, que comenzó a correr en dirección a su armadura—. Aunque debo admitir que el pensar que Fenrir por ser hijo de una gigante les ayudaría fue una gran idea. Incluso yo, el más listo de los dioses guerreros, he de admitirlo —y Alberich observó su armadura, impaciente—. Pero en estos momentos, es más importante el darte una lección por el gran dolor que me has causado. ¡Prepárate para tu castigo! —la armadura del enano estalló y se unió al cuerpo del dios guerrero, envolviéndolo con el cosmos del malicioso ser—. Ahora mi poder está completo, y solo podrá seguir creciendo. Veras, Anger, los enanos eran muy vengativos. Algunos cuyo espíritu de venganza era muy alto solían elevar sus cosmos hasta destruir montañas de un solo martillazo. El enano en honor al cual se fabricó esta armadura, el enano Alfrigg, tenía esa naturaleza. Y su cosmos llegó a ser respetado por los dioses. Incluso forjó una espada de fuego, salida de la amatista misma, y que al ser forjada ardió con las llamas del infierno de Muspelheim. Misma que utilizaré para destruirte —y el fuego sagrado de la tierra de los gigantes de fuego ardió rodeando la espada de cristal que cargaba la armadura de Alberich.

—Aun con armadura tu cosmos es diminuto —se burló Anger—. Igual que el de un asqueroso enano. ¡Ven entonces y pelea! —y así lo hicieron, y la gran batalla entre dioses guerreros y gigantes continuó.

Cavernas de Magma.

De igual manera, Hagen, que había logrado conducir a Oda al interior de una cueva donde el magma ardía con gran intensidad, había conseguido tener una gran ventaja sobre su oponente aun y cuando el intenso calor también lo estaba debilitando.

—Maldito dios guerrero —se quejó Oda de Tyl, debilitado pues su bestia guardiana era un lobo de hielo—. El ponerme esta trampa es un acto de lo más miserable. Pero aun así, a diferencia tuya y aunque me es muy difícil respirar, yo estoy usando una armadura que me protege. Tú te mueres del calor, será simplemente cuestión de tiempo antes de que el intenso calor te venza —sonrió Oda.

—No me vencerás —respiró Hagen pesadamente. Su garganta se sentía sumamente caliente—. Siempre que Flare y la señorita Hilda me estén esperando, yo regresaré a su lado y las protegeré —el cosmos de Hagen, al igual que hizo el de Alberich, entonces se encendió aun y cuando en su cuerpo no quedaban energías. Del magma hirviendo entonces se levantó la armadura de Sleipnir, y rompiéndose en sus componentes, se unió al cuerpo de Hagen y lo envolvió—. ¿Mi armadura? Eso significa que los dioses guerreros por fin se han reunido. Ahora el magma de este lugar no me lastima en lo absoluto. Oda, por fin serás aniquilado, recibe mi cosmos —gritó Hagen, controlando el magma de la cueva.

—¡No! ¡Esto no puede ser! ¿Cómo puede ser posible que las armaduras hayan sido reunidas? Esto no es justo —gritó muy molesto Oda. Pero igual en lugar de ser intimidado, se lanzó al dios guerrero y lo enfrentó—. ¡Este lugar será tu tumba!

Bosque de los Lobos.

Dentro del bosque, ya más cerca de la ciudad, Tholl y Eldax continuaban con su combate muy parejo. A Eldax le costaba mucho pensar que su oponente, aun sin usar una armadura, lo estuviera venciendo

—Eres valiente como el verdadero Thor. Pero jamás olvides, tú no eres Thor, hijo de Odín. Eres la maldita serpiente que según las runas antiguas será quien acecine a Thor el día del Ragnarok —comentó el gigante ya furioso por no poder derrotar al dios guerrero sin armadura.

—Di todo lo que quieras de mí. Llámame serpiente si así lo deseas, pero estate seguro de que esta serpiente terminará con tu miserable vida de gigante —refutó Tholl mientras empujaba a Eldax—. ¡Cumpliré mi destino como el asesino de gigantes! —la armadura de la serpiente Jormungand entonces se levantó de la tierra cerca de donde los dos guerreros peleaban—. Mira eso. Es una cruel ironía del destino, pero la serpiente Jormungand ha venido en mi auxilio —y pateando a Eldax lejos de él y elevando su cosmos, Tholl recibió el manto sagrado de la serpiente, y una vez hecho esto, tomó su hacha y la dividió en dos—. ¡Voy a rebanarte! —gritó Tholl y se lanzó en contra de Eldax.

—¡No me derrotarás por segunda vez! ¡Tú no eres Thor! ¡Eres la serpiente Jormungand! ¡La serpiente no puede derrotar al gigante de piedra! ¡Aplastaré tu cráneo como prueba de est! —y Tholl lanzó sus hachas y como torbellinos trataron de cortar el cuerpo de Eldax, que esquivando las hachas con una velocidad increíble a pesar de ser tan grande, golpeó el cuerpo de Tholl con el mazo. Pero Tholl lo atrapó con su mano desnuda—. ¡Suelta mi mazo! —y pateando a Tholl, lo obligó a hacerlo.

Ruinas del Templo de los Bardos.

Mime y la giganta Bea permanecían estáticos mientras lanzaban sus cosmos el uno contra el otro. Era una pelea muy pareja pues el cosmos de Mime era más grande que el de la giganta, pero de igual manera la giganta estaba conteniéndose por los sentimientos que ella tenía por Mime.

—Mime, te lo pediré una última vez. Hermoso dios guerrero. Desiste, abandona tus sentimientos por Hilda y entrégamelos a mí. Yo gustosa los aceptaré —más Mime era incapaz de aceptar la oferta que la giganta hacía.

—Bea, te repito, mi deber es a con Hilda —insistió Mime—. Sin importar quien sea mi oponente, yo acabaré con él o ella. Mi cosmos arde al máximo pues sin mi armadura no puedo ser más fuerte. Pero si te niegas a matarme, quien terminará con la cabeza rebanada y con un cuerpo sin vida serás tú —el cosmos de Mime creció aún más, y de una cueva de cristal cercana, una bella luz de cosmos se unió a la luz del de Mime, y la armadura en forma de arpa que le pertenecía a Mime salió de esta—. ¿El arpa de Bragi? —se sorprendió Mime, y esta se rompió en sus partes, y las cuerdas del arpa se cortaron a la mitad, una mitad creó un arpa de menor tamaño, y la otra mitad se transformó en cosmos y entró al cuerpo de Mime a través de sus uñas—. Bea, ahora puedo cumplir tu deseo. Escucharás mi melodía y al hacerlo morirás —aseguró Mime.

—Si esto sucede será una hermosa forma de morir mi querido Mime —aceptó Bea—. Más sin embargo, ahora que tienes tu armadura, no existe razón alguna por la que deba permitir que sigas con vida. ¡Muere Mime! ¡Muere y consérvate hermoso en uno de mis ataúdes de hielo! —sus ojos volvieron a tornarse rojos, y sus colmillos lo amenazaron, desprendiendo todo el poder de su cosmos. Y Mime, usando su arpa para cautivar a Bea, resumió su batalla una vez más. Solo que esta vez fue de una forma agresiva y sin cuartel.

Bosque de los Lobos.

—¿Puedes sentirlo, Garl? ¿El cómo el cosmos de mis hermanos dioses guerreros crece cada vez más? Esto solo puede significar una cosa, significa que las armaduras sagradas se han despertado, y que sin duda he de recibir mi armadura más pronto de lo que te imaginas —informó Syd mientras se movía a gran velocidad y golpeaba el cuerpo del gigante con fuerza aun sin poder derribar la barrera del odio que el gigante había formado a su alrededor. La armadura de Syd entonces salió del agua cerca de donde él y el gigante aun luchaban.

—¡Adelante! ¡Colócate tu armadura! ¡Eso solo avivará mi odio! —de un brincó, Syd llegó a su armadura, que aceptándolo como su portador se separó e integró a su cuerpo, dando nacimiento al dios guerrero de Zeta—. ¡Mi odio crece! —aseguró Garl.

—Igual lo hace mi cosmos y mi poder al ser alimentado por el tigre Bygul —aseguró Syd, y el poderoso tigre rugió—. Siente ahora lo que es el verdadero poder de un dios guerrero. Te rebanaré en pedazos usando mi técnica especial. ¡Impulso Azul! —del zafiro en el cinturón de Syd se desprendió el ataque en forma de átomo Azul. El gigante no intentó esquivarlo y lo recibió, más este átomo atravesó su barrera del odio y golpeó al gigante.

—¿Cómo? Has logrado lastimarme aun y cuando mi barrera de odio era más fuerte. ¡Maldito! —el gigante estaba herido, pero era una herida muy leve pues el golpe había pasado a duras penas a través de la barrera del odio.

—Usando el Zafiro de Odín claro está —aseguró Syd—. Puedes ignorar la fuerza de Bygul todo lo que quieras. Pero al usar la fuerza del Zafiro de Odín podemos pedir prestado momentáneamente el poder de Odín. Suficiente para destruir tu barrera —y Syd preparó sus garras—. Ahora con tu barrera del odio caída, no eres rival para mis garras. ¡Pepárate Garl! Ahora sentirás mis golpes como no los habías podido sentir antes. ¡Garra del Tigre Vikingo! —y Syd impactó el cuerpo de Gael con fuerza.

Palacio Valhala.

—El cosmos de los dioses guerreros está creciendo —dijo Veral mientras sostenía una antorcha con el fuego sagrado que se había robado del Palacio del Valhala—. Las armaduras se han despertado. Es la única explicación para este fenómeno.

—Así es, Fenril por fin se ha unido a nuestra noble causa —se escuchó el resonar de la voz de Sigfried—. Veral de Arrakis. Representante de Ymir el gigante primordial. Tú que te burlaste de mí y me opacaste con tu fuerza ahora has encontrado a tu igual —habló Siegfried mientras entraba flotando por la fuerza de su cosmos al interior del Valhala junto con su armadura del dragón Fafnir. Esta inmediatamente se unió a él, ayudando a que su cosmos creciera— ¡Regrésame el fuego sagrado! —gritó Seigfried, impactando su puño con fuerza en contra del de Veral que devolvió la afrenta de inmediato.

—No bromees dios guerrero. Con armadura o no, tu cosmos es diminuto comparándose al mío —empujó Veral y ambos cosmos estallaron, lanzando el uno al otro en direcciones opuestas—. Seigfried, ni inmortal o con la armadura del dragón Fafnir podrás derrotarme —le dejó saber Veral con una sonrisa endemoniada en sus labios.

—Si es necesario, y con el fin de salvar a mi señorita Hilda, haré arder mi cosmos hasta que este rivalice al de los dioses —respondió Siegfried, y el dragón rugió en su cosmos—. Tienes mi palabra, Veral. No importa el cómo ni cuándo, lo único que importa es que será Siegfried quien atraviese tu corazón —los dos grandes cosmos entonces hicieron temblar el Palacio del Valhala.

Bosque de los Lobos.

—Maldito lobo —se quejó Gimli—. No haces más que causar problemas. Te mataré antes de que recibas tú armadura. ¡La mirada del Demonio! —los ojos de Gimli brillaron de color escarlata y lanzó su poderoso rayo para fulminar a Fenril. Pero la armadura de Fenrir, el gran lobo, voló desde lejos para encontrarse con Fenril quien la admiró mientras esta recibía el poder del cosmos de Gimli— ¡Maldita sea! —se quejó el gigante.

—La armadura de Fenrir el gran lobo —la admiró Fenril—. Es hermosa y a la vez aterradora —la armadura entonces se rompió en sus partes y vistió a Fenril de azul. Un poder inmenso rodeó a esta armadura y alimentó a Fenril, quien sorprendido, no hizo más que admirar a la bella pieza de arte nórdico—. ¡Oh, esto es grandioso! ¿Jing, cómo me veo? —le preguntó a su siempre fiel compañero, pero claro que el lobo no le respondió—. Gigante, te agradezco. Gracias a tu lengua floja me has vestido con esta armadura, y ahora podré cumplir con la promesa que le hice a Tholl —su casco se cerró, lo que en un principio sorprendió a Fenril, pero se repuso de la sorpresa rápidamente y se preparó para el combate.

—¡Maldito infeliz! ¡Acabaré con tu vida! —gritó Gimli y corrió en dirección a Fenril, y la armadura que ya había llenado la mente de Fenril con el conocimiento de su poder, hizo arder el cosmos de Fenril, quien corrió con sus garras preparadas y con una gran velocidad esquivó a Gimli e intentó atacarlo por la espalda, solo para toparse con la última de las caras del gigante de seis cabezas que se escondía tras la larga cabellera de Gimli, y le lanzó un relámpago rojizo que a duras penas Fenril fue capaz de evadir al poner sus manos en el camino y en forma de defensa.

—Descubriste de la forma más habitual a mi última cabeza. Entenderás que no soy un oponente fácil de derrotar —presumió Gimli y se dio la media vuelta—. Permite que te destruya entonces, maldito traidor —agregó Gimli iracundo, y su cosmos enrojecido creció con la furia del gigante de las seis cabezas.

—Jamás permitiré que un cosmos tan hermoso como el de mi señora Hilda sea corrompido por ustedes los gigantes —y corriendo el uno en dirección al otro, ambos golpearon la cara de su adversario y fueron lanzados en direcciones opuestas pues el ardor de sus cosmos era muy similar—. ¡Maldito! —gritó Fenril mientras enterraba sus garras en la nieve para detener su andar producido por el choque de los combatientes—. ¡Poder de Lobo Mortal! —gritó fenril gracias al conocimiento que le brindó la armadura.

—¡Impacto de Furia del Titán! —golpeó entonces Gimli el suelo, partiéndolo por la mitad. Era un poder increíble, y Fenril, a mitad de su ataque, perdió el equilibrio y su ráfaga en forma de sombras de lobo se desvió y terminó impactando una montaña que se despedazó y deslavó en una gran sección—. Cuanto poder, hubieras sido una gran adición a nuestros ejércitos una vez que te acostumbraras a tu armadura. Es una verdadera lástima que en lugar de eso tuviéramos que ser enemigos. Fenril, voy a tener que matarte —aseguró Gimli.

—No lastimarás a mi dios guerrero —habló Hilda, posándose orgullosa frente a Fenril—. Las armaduras de la constelación de la Osa Mayor son los grandes guerreros de Odín. Guardianes de su inmenso poder —aseguró Hilda, que entonces elevó su mano en dirección al cielo—. Pero igual que la Osa Mayor y Draconis, hay otra constelación que resguarda poderes de la era del mito. La constelación de la Osa Menor, y Polaris mi estrella también posee una armadura. ¡La armadura de la Valkiria Hlin de la estrella de Polaris! —un relámpago calló frente a Hilda, y una armadura simple pero poderosa apareció frente de ella. Era la armadura de la Valkiria Hlin que constaba únicamente de dos piezas reales y una muy especial, una era su corona de Valkiria, la otra el protector de su cuerpo, pero la tercera pieza, rodeada de un cosmos divino, era una lanza, una lanza legendaria que perteneció a Odín, lanza que se decía jamás erraba su blanco—. Si te atreves a atacar a mi dios guerrero, con todo el dolor de mi alma me veré obligada a utilizar la lanza de Gungnir en tu contra —lo amenazó Hilda.

—¿Qué dices? ¿Odín colocó su lanza legendaria en la armadura de la Valkiria Hlin? ¿Cómo es posible que Odín confíe su lanza a una simple sacerdotisa? —y Hilda apuntó su lanza en dirección a Gimli. Los seis dioses guerreros restantes, guiados por la luz de la armadura de Valkiria, llegaron del bosque y de las montañas, ignorando a sus rivales y uniéndose a Hilda y Fenril. De igual manera, los gigantes corrieron al lado de Gimli, incluyendo a Veral que aun cargaba la antorcha con el fuego de Surtur.

—Este escenario es muy similar al inicio de los tiempos o a un Ragnarok adelantado. Es una lástima que esta guerra sagrada deba terminar ahora —habló una voz femenina y de un cosmos morado y enorme. Era una octava gigante que vestía una armadura entera de color violeta que no dejaba ver más que su larga y negra cabellera, que se movía con la fuerza de su cosmos, y su rostro pálido y hermoso—. Hilda cariño, tu dios, Odín, ha demostrado ser un cobarde por no encararme él mismo —respondió la giganta, que cargaba en cada mano hachas de un tamaño descomunal y de doble filo—. El cobarde de Odín, ha seleccionado a una simple valkiria para que luche en su nombre en esta guerra santa entre los gigantes y los dioses guerreros. Una guerra que hoy no se dará a no ser que quieras ver a tu bella Asgard destruida por el cosmos combinado de tus dioses guerreros y mis gigantes —agregó la giganta.

—Tú debes de ser Angrboda, la madre de los gigantes —habló Hilda. Y la poderosa giganta asintió a las palabras de la Valkiria, quien mantenía su lanza siempre lista ante cualquier amenaza de la giganta—. Escucha Angrboda, es innecesaria una batalla entre los dioses guerreros y los gigantes. Cuando llegue el Ragnarok y la guerra sea inevitable, entonces permitiré que la batalla se celebre —desafió Hilda, y entonces clavó su lanza al suelo—. Pero mientras esté en mi poder evitarla, te pido desistas de tus intenciones —rogó Hilda, preocupada porque se cumpliera el eterno destino de los dioses.

—Mis gigantes no desistirán, Hilda querida —agregó Angrboda—. Este mundo ha estado bajo el control de los dioses guerreros ya por mucho tiempo. Pero con la flama de Surtur de nuestro lado y al invocar el ritual de su resurrección, el mundo pasará a ser propiedad de los gigantes. Te reto a que intentes detenerme, Hilda, pues deseo con ansias librar a este mundo de la influencia de los dioses —y uniendo ambas hachas por el mango, y blandiéndola con ambas manos, una luz resplandeciente cegó a Hilda y sus guerreros, y los gigantes desaparecieron, dando por hecho que la guerra entre los dioses guerreros y los gigantes había comenzado y ya no podía ser evitada. No si querían evitar que el gigante Surtur despertara de su sueño milenario.


Espero haya sido de su agrado, si es que alguien lo leyó claro está, pues dudo mucho que mucha gente esté todavía interesada en Saint Seiya, menos en Asgard, pero bueno, se intenta, y si a alguien le gusta pues mi trabajo habrá valido la pena. Ahora a jugar Age of Mythology, a que no saben que civilización uso, jajajajaja.