Todo le pertenece a George R. R. Martin.
Este fic pertenece al reto #66 "Tercer Aniversario", del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Nota: Esto es básicamente un AU en el Ned no acepta ser Mano y Stannis lo es y por ende, Shireen tiene una vida diferente a la de los libros. Decidí dejar de lado el drama de los Lannister, porque Shireen se merece mejor y yo no quería meterme en ese problema en este fic. Todos los capítulos van en el mismo mundo, cronológicamente.
Mis condiciones para este capítulo eran: What if: ¿Y si Ned no hubiese aceptado el cargo de mano? Frase: "alguien debe morir". Palabra: Arreciar (verbo).
Feliz cumpleaños, foro querido.
Cuando el mar se calma
Rocadragón estaba más frío que nunca, Shireen notó con desgano. Normalmente era húmedo por la piedra y la brisa del mar llegaba a las habitaciones, el olor a sal intenso cuando la marea estaba alta y cuando una tormenta se avecinaba, pero nunca tan frío como en los meses en los que su familia pasó en confinamiento. A sus padres rara vez los veía juntos en la mesa, o una o el otro acompañaba a Shireen, pero era la compañía de sus relaciones Florent quienes comían con ella asiduamente. Algunos eran incluso amigables, pero todos, de una u otra manera, terminaban dándole miradas de desagrado o burla.
En la capital no era mejor, sin embargo, allí tenía la compañía de Myrcella y Tommen (cuando la Reina Cersei no les prestaba atención y podían jugando con ella sin el miedo de un castigo), y solo eran pocas las veces que su madre insistía que pasara tardes enteras bordando y cosiendo camisas, sábanas, cobertores y pañuelos que su padre nunca usaría, juzgándolos como una pérdida de tiempo. Secretamente, Shireen también lo creía, pero no había nada ni nadie que sacara algo de la cabeza de Lady Selyse con facilidad.
A Shireen no se le era permitido salir fuera del castillo, ni pasear en el mercado del pequeño pueblo entre la costa rocosa y el castillo, ni siquiera con escolta. El aire libre para ella se conformaba por los tantos jardines que daban al este y las rarísimas veces que Ser Davos lograba convencer a su padre de que la dejase visitar la armada con él y Devan. No era que se sentía sola, si no que tanta calma inevitablemente daba paso al aburrimiento, y solo había pocos libros que se podían releer antes de cansarse.
Al menos si Edric o Devan estuviesen más seguido allí jugarían entre los dragones de piedra y su primo le contaría todo sobre su vida en Bastión de las Tormentas, sus lecciones con el maestre, prácticas con Ser Courtnay y todas las cosas que a Shireen no se le era permitido por su salud o sexo. Ellos no la trataban diferente y en cambio, ella hacía lo mismo. Caramanchada era un pobre sustituto que repetía incesantemente las mismas frases una y otra vez y hasta ella misma terminaba hartándose de él.
—Robert regresó del Norte —la voz de su padre reverberó en la sala, seca y sin ninguna inflexión que denotara sus sentimientos. No era apropiado que Shireen estuviese espiando y menos escuchando a escondidas de su propio padre, pero la curiosidad de Shireen a veces iba más allá de los libros—. Sin Stark.
—¿Y eso es bueno? —la facilidad con la que Ser Davos le hablaba a su padre era maravillosa, según Shireen. Nadie le hablaba con aquella franqueza, ni con la misma deferencia propia del Caballero de la Cebolla, un equilibrio necesitado en aquellas partes.
—Depende. Si Eddard Stark rechazó la proposición de mi hermano entonces hay posibilidad, sin embargo —pausó un momento. Las piernas de Shireen se cansaban de la posición que adoptó para poder escuchar entre la rendija de la puerta. Rezó a los Dioses que su padre no decidiera abrir la puerta. O que Caramanchada se apareciera por allí y creara un escándalo—, el humor de Robert estará más negro que nunca ahora que no tendrá a su mejor amigo con él.
—La reina seguro querrá a Lord Tywin como reemplazo de Jon Arryn —razonó Davos. La única vez que ella estuvo en presencia del padre de la reina, éste le miró el lado izquierdo con tanta intensidad y disgusto que las lágrimas casi se le salen, para vergüenza de Lady Selyse. La Reina Cersei la miraba igual.
—Con Tywin Lannister en el poder, la capital se convertirá en otra Roca Casterly. Robert seguirá siendo Robert, pero con aún más oro y Joffrey heredará un reino en bancarrota.
Shireen hizo una mueca al escuchar el nombre de su primo.
—La reina insistirá como lo hizo en el pasado, el Rey Robert solo la ignorará y buscará a alguien más. Alguien que la moleste especialmente —el susurro de sus faldas exteriores al acomodarse mejor, se escuchó terriblemente ruidoso a sus oídos, adentro, los dos hombres seguían—. ¿Hay alguna posibilidad de que Renly esté en la lista?
Las pesadas pisadas de su padre se acercaron más hacia la puerta, Shireen se encogió aún más, pero él solo abrió el armario y sacó algo. Papel, por el sonido. ¿Qué tenía que ver su tío Renly con aquello? Si hablaban de quién debía ser la nueva Mano, en opinión de Shireen, su padre sería el mejor candidato. ¿Pero ya no lo habría anunciado el Rey antes de irse al Norte o antes de que se retiraran a Rocadragón?
—Por supuesto que está en la lista, al igual que yo. Los dos somos hermanos de Robert y merecemos la consideración —más sonido de papel—. Esta es una carta que mandó cuando fue a recibir a la familia real en el camino. Aquí dice: "Robert sigue llorando la pérdida de su querido Ned, no me quiere ver a mí ni a Cersei y dice que lo dejemos en paz hasta que lleguemos a Desembarco —las palabras de Renly en boca de su padre sonaban tan graciosas que se tapó la boca por si él la veía sonriendo—. Sé que te mueres por saber si aceptaré cuando me lo pida y mi respuesta es no. Soy feliz siendo el Maestro de Leyes más apuesto y divertido de Poniente; las Manos tienen una terrible característica de morir antes de tiempo."
—Eso fue… muy Renly —fue lo único que aventuró a decir Davos cuando su padre empezó a rechinar los dientes.
Davos fue interrumpido por su padre. Shireen ya se sabía aquel monólogo de memoria, lo había escuchado desde que tenía edad para entender que su padre tenía asuntos que resolver con sus hermanos. Mientras se alejaba de la habitación con pasos silenciosos, enumeró todos los puntos y temas que tocaría su padre en los próximos minutos. Bastión de las Tormentas. Los Tyrell. La actitud de Renly. Los vicios del Rey. Rocadragón.
Caramanchada cantaba algo para las damas en el solar de Lady Selyse. Habría podido ser La Esposa del Dorniense por la música, pero la letra calzaba otra que Shireen no conocía. Mezclar las canciones era típico del bufón y aquello era cuando estaba de buenas, cuando era un día malo solo cantaba las pequeñas rimas sobre peces y sombras, una y otra vez. Su madre nunca tenía tiempo para las rimas inútiles así que cuando quería música (pocas veces) le preguntaba a Shireen si Caramanchada estaba de buen humor (aún más raro).
Aquel era un día bueno (solo para él y su madre, aparentemente) no para el clima o ella misma; una tormenta arreciaba en el este y cada vez se acercaba más hacia Rocadragón, haciendo que una llovizna fría y dura chocara incesantemente contra la piedra. No habían tenido una tormenta así desde la última vez que estuvieron en la isla, mucho antes que Lord Arryn cayese enfermo y muriera, y aquella vez no había ningún motivo para estar encerrados como ahora.
El diseño de su pañuelo parecía más la cabeza de un perro que la de un venado, solo las astas le daban alguna semejanza al emblema de su casa. Generalmente, era buena para para el bordado, no especialmente buena, pero sí lo suficientemente decente para que su madre le siguiera requiriendo hacer más. La puntada de una de las astas se le estaba haciendo complicado, así que dejó la aguja antes de volver a pincharse un dedo y miró por la ventana, cuando volvió a voltear su madre la estaba mirando.
—¿Stannis te ha dicho algo, ha hablado contigo acerca de nuestro regreso a la capital? —su voz era despreocupada.
—No. Hemos hablado de mis lecciones con el Maestre Cressen y de lo que he aprendido —aquello sólo irritaría más a su madre, así que agregó:—. Pero lo he escuchado hablar con Ser Davos en su estudio.
—Con todo el tiempo que se la pasan juntos, uno pensaría que están planeando una guerra o un matrimonio —Shireen se reservó su comentario y siguió con el bordado, ignorando las risitas de las demás damas.
—Lady Selyse, ¿qué sabe de aquella mujer roja de Essos? —preguntó una de sus primas Florent, a su voz, las otras damas levantaron la cabeza de su bordado y cuchichearon entre ellas. Shireen no las podía culpar, si ella tuviera a alguien con quien hablar de aquella manera, también lo estaría haciendo de la sacerdotisa de Asshai, llegada hace pocos días durante la tormenta, aparentemente sin ningún rasguño.
—No sabía que estabas interesada en los dioses del este, Alys —comentó su madre con una sonrisita, la pequeña Florent bajó la cabeza avergonzada y las demás se callaron—. Se llama Melisandre y es una sacerdotisa de R'hllor, uno de esos dioses raros de Essos —aquí dejó una pausa, dejando que todas absorbieran la información—. Tiene el aspecto de lo más extraño: la túnica y el cabello rojos como sangre, sus ojos eran del mismo color que el rubí en su cuello, como si estuvieran iluminados por el fuego. Es una mujer alta así que cuando la conocí, tenía el rubí enfrente de mí todo el tiempo, no dejaba de brillar por el fuego y me dio escalofríos.
—Yo la vi ayer en la playa, estaba cantando y bailando alrededor de una hoguera —dijo otra prima—. Espero que Lord Stannis no la deje quedarse.
—No lo hará. Mi señor esposo solo adora a los Siete y no tiene paciencia para dioses de salvajes —Shireen asintió, aunque creía que la paciencia que tenía su padre para los Siete era igual de mínima. Solo pocas veces bajaba con ellas hasta el septo de Rocadragón para rezar.
—Le dará provisiones y la mandará a otro puerto —agregó ella, segura. Selyse fue la que asintió y Manchas empezó una de sus rimas «Bajo el mar, el humo sube en burbujas».
—Por los Siete así será.
Shireen no volvió a escuchar o ver a la mujer roja, aunque las hogueras siguieron prendiéndose en la noche y llenando el cielo de su luz. Solo una vez escuchó a su padre decirle a Ser Davos lo terca que era la mujer en irse, pero al final con la tormenta yéndose a otro lado, Melisandre de Asshai se fue de Rocadragón y más nadie volvió a escuchar de ella.
La ceremonia fue más rápida de lo que se imaginó. El Rey Robert bajó de su trono y apuntó su padre con el broche de oro, diciendo las palabras formales de su nuevo puesto. Nadie en sus alrededores lucía emocionado, sino que la familia real y los nobles invitados tenían una expresión sombría. Su madre, a su lado, parecía la única complacida de que el evento estuviese tomando lugar.
Y Shireen… bueno, Shireen, no sabía qué sentir.
Los meses en Rocadragón no fueron tan insoportables como su madre se lo hacía saber cuando la quería convencer que vivir en la fortaleza Roja permanentemente era mucho mejor, Shireen razonaba que sí, era mucho mejor en términos de ambiente y humor ya que a la capital iban más bardos y bufones para divertirse, pero ahora sentía como si su mundo se había ensanchado dolorosamente. La solicitud de Rocadragón era algo que apreciaba cuando podía estar con Devan, no el ruido y la multitud de la capital.
El corto viaje en barco se la pasó verde por unas nauseas que no tenían nada que ver con el movimiento del mar, mientras que Lady Selyse comandaba a sus primas Florent a que le reparaban los vestidos que ya se estaban haciendo muy pequeños para una niña de su edad. Su padre creía que la vanidad no era algo en lo que se debía gastar dragones de oro, ¿qué necesidad había de vestidos y capas bordadas con joyas cuando los cofres de oro bajaban cada vez más y solo estaban los Florent para lucirlos? «Esta vez —le había dicho su madre con un tono que nunca usaba con ella. De uno de sus baúles de viaje sacó el vestido más precioso que Shireen había visto en su corta vida— no le diremos a Stannis de donde salió esto».
Más tarde supo que el vestido que llevaba puesto fue sacado del oro de los Florent y comprado por Ser Davos con cuidadosas instrucciones en medida y diseño por su madre. La siguiente vez que vio a su madre quiso lanzarse a sus brazos y llorar en su hombro, pero no lo hizo, era hija de su padre después de todo.
Sin embargo, ni la promesa que Manchas estaría bien en Rocadragón lograban calmarla.
La reina, al otro lado del Trono de Hierro, le hablaba en voz baja a su gemelo y Myrcella y Tommen lucían tan serios como podían. Su familia y Ser Davos ocupaban el puesto de honor al lado de la nueva Mano y cuando todo terminó, los nobles aplaudieron cortésmente y se fueron tan silenciosamente como habían estado.
—Seguro tío Stannis estará feliz con su nuevo puesto, ¿no? —le comentó Myrcella al oído cuando la cena estuvo en la mesa. Un bardo cantaba una canción que no conocía y aunque con lo alto que cantaba, no lograba ahogar las conversaciones de los nobles. Cuando Shireen miró con extrañeza a su prima, ésta se defendió—. Quiero decir, eso fue lo que le dijo madre al tío Jaime.
—Hum —dijo inteligentemente, mirando a donde su padre comía con más rigidez con la que lo hacía en Rocadragón. Si fuera por él o por su madre, Shireen pensaba, no se haría aquella celebración, uno por lo innecesario y la otra para protegerla—Supongo que sí.
Lo último le salió como una pregunta, que, graciosamente, Myrcella dejó pasar.
—Es una lástima que el Caballero de la Cebolla no sea de la nobleza, sus hijos menores serían buenos acompañantes para Tommen —mencionó su prima, señalando con la barbilla a su hermano que charlaba animadamente con Stannis y Steffon Seaworth, de diez y siete años respectivamente. Solo los hijos menores de Davos habían asistido, los demás, según la nueva Mano, estaban cuidando de su madre, Marya.
—Stanny y Steff son buenos niños, a veces toman lecciones del Maestre Cressen cuando Ser Davos se queda en el castillo por largo tiempo —concordó Shireen con emoción. Bajando la voz, hizo que Myrcella se acercará a ella para no ser escuchados por los demás—. No le digas a nadie, pero padre está pensando en dar algunas tierras o una de las islas alrededor de Rocadragón a Ser Davos para hacerlo lord.
—¡Oh! —con practicada expresión, Myrcella se llevó la mano a la boca en signo de sorpresa. Shireen nunca podría hacer algo tan bonito con su cara.
—Alguien debe morir, tú eres el enemigo —dijo una voz de niño, y luego— ¡Estás haciendo trampa, Myrcella!
Shireen se asomó por la ventanilla del corredor y espió a sus primos a mitad de un juego. Dos cabezas rubias corrían una detrás de la otra y otras dos cabezas de cabello oscuro y otra rubia miraban desde un banquillo. Entre los arbustos, vio a un caballero de la Guardia Real, pero no pudo identificarlo desde aquella distancia. Shireen torció la boca y trató de decirse a sí misma que no importaba que ellos jugaran sin ella, sus primos eran libres de elegir compañeros de juegos y si esos eran Rosamund, Stanny y Steff Seaworth, entonces ella no tenía que sentirse mal por ello.
Además, Shireen era mayor y no necesitaba pasar tiempo jugando con sus primos menores. Shireen era ya casi una mujer con catorce años y su padre le había preparado lecciones especiales con el Gran Maestre Pycelle para que le enseñara las cosas que normalmente solo se le enseñaban a los hombres. A veces tomaba las clases con Joffrey, que eran sus menos favoritas porque él nunca prestaba atención sino que le hacía comentarios hirientes acerca de su piel u orejas. El maestre Pycelle no parecía notar nada diferente así que Shireen, canalizando lo que haría su padre en aquellas situaciones, tensaba la mandíbula y hacía oídos sordos a las burlas.
Aquella funcionaba espléndidamente con Joffrey, a quien le gustaba las reacciones de sus víctimas, sin embargo, solo le tomó unas cuantas semanas en las que tuvieron solo una o dos lecciones juntos para que empezara a lanzarle cosas o pincharle la mejilla con la cicatriz. Ella no sentía no sentía dolor físico, al menos.
Se despegó de la ventana, decidiendo que si ellos quería su compañía ya la habrían pedido. Myrcella no era tímida y Rosamund siempre era la opción más divertida entre sus acompañantes. Shireen no quería parecer que siempre necesitaba compañía o palabras amables, su madre no la crío de aquella manera, sin embargo, a veces extrañaba a Devan. Devan quien solo quiso estar un par de años atado a un lugar (repartidos en la capital y Rocadragón, con ella) antes de pedir su propia nave y navegar por Poniente. Con quince años, sería el capitán más joven de la flota de Rocadragón.
Recordó la carta a medio escribir en su escritorio. A Devan no se le daban muy bien las letras, pero por ella hacía un esfuerzo para narrarle todas sus aventuras que consistían, como él bromeaba, en ser contrabandista legal. Transportaba alimentos y a veces personas de puerto en puerto y Shireen siempre se encargaba de revisar muy bien los mapas para mandar el cuervo al siguiente puerto que él tocaría. Sus padres no estaban de acuerdo con sus prácticas, una le decía que parecía una esposa de marinero y el otro que por qué simplemente no esperaba a que Devan llegase al Aguasnegras para hablar.
Las risas de sus primos le acompañaron todo el camino hasta el estudio de su padre, quien se encontraba sumido en el contenido de los papeles en su escritorio.
—Padre —saludó ella cuando él levantó la cabeza.
—Shireen. ¿Encontraste algún inconveniente en el camino? —preguntó como de costumbre. Ella negó ligeramente y Stannis apartó los papeles y le hizo un gesto para que se sentara—. Tu madre no quería que te lo dijera sin ella, pero me pareció que así era mejor. Ya no eres una niña. Estás en edad de contraer matrimonio y así será.
¿Matrimonio? ¿Ella? Sí, por supuesto que se lo había imaginado hace mucho tiempo: una ceremonia en el septo de Rocadragón o en el Gran Septo, una capa con los colores de su casa y el misterioso hombre sin cara que sería el hazmerreír de Poniente por casarse con Shireen Baratheon. Lady Selyse hablaba de aquello también, pero lo hacía con un tono distante que no le daban más dudas de que eran solo sueños de una madre. Nadie nunca esperaba de verdad a que ella se casara y Shireen no le había dado más que uno o dos pensamientos desde que arribaron a Desembarco del Rey.
—Pero yo soy… yo…
—Eres la hija de la Mano del Rey Robert, heredera de Rocadragón —pausó con una mirada dura hacia ella—. Y también de Bastión de las Tormentas si Renly deja la estúpida noción de legitimar a Edric Tormenta. Cualquiera se casaría contigo.
Tuvo que secarse los ojos discretamente contra la manga de su vestido para que las lágrimas no salieran. Aquello era casi un cumplido. Stannis no comentó más nada, pero tampoco reanudó su trabajo. Los dos se miraban las manos sin saber cómo continuar.
—¿Ya está decidido? —pronunció, pensando en un beso infantil hace muchos años.
—No. Los Florent y otras casas han mandado ofertas desde que soy Mano, pero prefiero que tú misma eligieras con quien casarte, dentro de los límites —Shireen levantó una ceja, más sorprendida que nada—. Eres mayor, pero no seguirás siendo joven para siempre. Dentro de algunos años espero verte casada, te guste o no.
—Entiendo. Gracias, padre.
Antes de poder arrepentirse, rodeó el escritorio con paso rápido y le dio un abrazo a su padre que duró menos que un suspiro. Stannis no se movió a rodearla con los brazos, pero aquello estaba bien.
—Shireen —con la cara roja y a medio camino de la puerta, se paró al llamado de su padre. Él le estaba señalando las cartas de los supuestos pretendientes. Ella las agarró con velocidad y salió del estudio sin mirar atrás, con una media sonrisa en el rostro. Tendría mucho que escribir y pensar aquella noche.
