Las cigarras y el sol son dos cosas inseparables. Están tan unidas la una a la otra, que son imposibles de imaginar, siquiera comprender de manera individual. El ruido es como la música de fondo de los días calurosos, largas jornadas de caminatas y juegos, tardes enteras acostado bajo el sol que arde sobre su rostro.

Hoy no es ninguna diferencia, Iwaizumi se detiene un par de veces buscando el insecto que emite el sonido a cada paso, se detiene bajo un árbol y lo observa.

Supongo que el verano ha empezado.

Como agobiada por su presencia, la cigarra vuela lejos de allí, Iwaizumi la ve posarse bajo otro árbol y sigue caminando. No tiene mucho afán, la hora pactada para reunirse con sus compañeros aún está muy lejos y él simplemente quiere llegar temprano. Esa es la intención que había comunicado a sus padres antes de salir y que ellos seguramente no habían creído, pero que no hicieron esfuerzo por aclarar.

Otra cigarra. Iwaizumi vuelve a detenerse y la mira, esta vez sin acercarse demasiado, el sonido constante, similar a un zumbido, se extiende por un largo minuto y luego, otro se le une. El ruido es caótico en un principio, pero después de unos minutos, Iwaizumi le encuentra cierta armonía.

—Iwa-chan —escucha muy lejos, tal vez en otro universo. Un segundo después, exclama—: ¡Iwa-chan!

Iwaizumi no se voltea, se concentra más bien en las cigarras, su incansable escándalo que quizá tenga algún sentido y, cuando ya no las escucha más, cierra los ojos. Los pasos en el asfalto y luego en la grava, una vez se acerca a Iwaizumi, quien sin darse cuenta mete las manos en los bolsillos.

—Iwa-chan —. Su nombre, apodo, lo que sea que usa, suena extraño a sus propios oídos. No es la primera vez que esto sucede, pero si es la primera que quiere hacérselo saber. Oikawa, sin embargo, no parece captar que Iwaizumi quiere decirle algo y se acerca aún más. Sin abrir los ojos, Iwaizumi sabe que está a una corta distancia, mucho menos de un metro y su silencio indica que está pensando en algo.

—¿Estás bien? —le pregunta al fin. Iwaizumi abre los ojos de golpe; Oikawa parece serio, en verdad preocupado.
—Nada —le responde, después de un largo suspiro— ¿Qué haces acá?

Oikawa echa a andar antes de contestar:
—Este es el camino que siempre uso cuando voy a estudiar. Ah, quise decir usamos —. Hace un énfasis particular en la última palabra, sin quitarle los ojos de encima a Iwaizumi. Suena como si se estuviera quejando. De repente, Iwaizumi se siente fastidiado; para acentuar el sentimiento, otra cigarra chilla a todo volumen e Iwaizumi vuelve a salirse del camino, haciéndole una señal a Oikawa para que se calle. Su compañero sigue caminando, mientras Iwaizumi se acerca al insecto a pasos cortos, suaves y sigilosos. Una vez se hace el silencio, toma al animal en sus manos cerradas.

Oikawa silba una melodía alegremente, una canción vieja escuchando por estos días. Es una melodía lo suficientemente pegajosa como para recordarla todo el día sin dificultad. Desde donde está, Iwaizumi reconoce la canción, pero no logra recordar el título. Alarga los pasos para alcanzar a Oikawa y, con la cigarra escondida en una mano, sigue caminando.

—No me esperaste esta mañana —. Más que una acusación, es una observación. Un comentario del clima, la rutina diaria. Oikawa no lo mira.
—Una cosa llevó a la otra —responde Iwaizumi.
—¿Qué quieres decir?

Iwaizumi se encoge de hombros. No tenía respuesta, quizá se cansó de esperar, quizá el sol estaba causándole alguna clase de locura, quizá quería estar solo, quizá…

En el silencio que sigue al resto de su camino, Oikawa sigue sin mirarlo, ni siquiera cuando Iwaizumi deja que se adelante para medio amarrar los cordones de su zapato y tampoco le presta atención cuando escucha el timbre de su celular. A veces, como para hacer notar su presencia, levanta la voz y se despide de quien sea con quien Iwaizumi esté hablando, esta vez no lo hace. Al terminar la llamada, Iwaizumi quiere preguntarle, pero Oikawa está concentrado en su propio celular.

Es entonces cuando cierra la distancia con su compañero, con las manos firmemente cerradas al frente. Un leve cosquilleo le indica que la cigarra quiere salir, Iwaizumi espera que lo perdone por tenerla allí más tiempo de lo que parece justo para un pequeño animal.

—Acércate —le dice a Oikawa. Es una vieja broma que Oikawa conoce, pero que siempre funciona. Oikawa está a una cierta distancia de sus manos e Iwaizumi las abre intempestivamente. La cigarra sale volando haciendo eses en el aire y se aleja del par a toda velocidad. Oikawa, que había erguido la espalda sin hacer ruido alguno, está pálido y entorna los ojos en dirección de Iwaizumi.

—Iwa-chan… —empieza. Lo interrumpe una conversación a toda voz y, como si no hubiera pasado nada, Oikawa cierra la boca y avanza a paso rápido. No muy lejos, Matsukawa y Hanamaki están hablando de cualquier cosa y Oikawa se integra a la conversación sin problema. Iwaizumi prefiere ignorar la mirada cargada de alguna clase de significado desconocido que Hanamaki le lanza.

. . . .

La peor parte del verano, quizá, sea estar en un club de deportes. No es que Iwaizumi odie el club de vóley, es simplemente que la llegada de la estación más calurosa del año para un grupo como el de ellos significa dos cosas: más sudor y un campamento de verano.

Había sido culpa de Oikawa, que sugirió aquello como una idea al azar y el entrenador le había seguido la corriente porque al parecer la iniciativa para nuevas ideas de Oikawa era admirable. Era la tercera vez que sugería lo mismo.

Sería un maravilloso par de semanas compartiendo con el resto del equipo… No había nada malo en ello, no era la primera vez. Eso es lo que se había repetido durante esa semana, como un mantra, una oración que invocaba un milagro.

No había problema, de todas maneras, ya conocía todas las costumbres de sus compañeros y estaba seguro de que nada lo sorprendería y aunque sabía que Hanamaki se iba a esforzar por hacerlo cambiar de opinión, Iwaizumi seguía repitiendo lo mismo. Una y otra vez.

Un campamento como todos, como el del año pasado y el año anterior a ese. Todo es completamente igual. Nada ha cambiado.
Sólo yo.
Todo va a estar bien.
Ya quiero que se acabe.

—Iwaizumi, has estado muy callado —. Hanamaki se sienta a su lado, en la banca junto a la cancha. Los estudiantes de primer año están practicando en ese momento; el resto descansa o realiza alguna práctica individual. Iwaizumi ha decidido ahorrar energía para cuando sea su turno.
—No sé —le responde a Hanamaki encogiéndose de hombros.
—Ya sé que no sabes. Últimamente no sabes nada.
—No sé de qué hablas.
—¿Ves?

"Últimamente no sabes nada", en realidad Iwaizumi había sido incapaz de contestar a preguntas sencillas durante esos últimos días. Lo había atribuido a la entrante estación calurosa y, aunque Hanamaki aseguraba que entendía por lo que estaba pensando, en realidad parecía que aquello no era del todo cierto y poco a poco estaba intentando sacarle la razón de su actitud, a fuerza de preguntas e invitaciones a salidas nocturnas.

Iwaizumi no decía mucho, salía cuando se lo pedía, no lo regañaba cuando hacía algo tonto, y con eso, al menos le daba la razón a Hanamaki en una de sus suposiciones: algo pasaba. Y cuando Hanamaki intentaba corroborar su sospecha, la única respuesta era "no sé".

—Es el calor. ¿No te ha pasado que cuando hace mucho sol te pones lento? —dice al fin.
—No.
—Pues es eso. Punto.

Hanamaki apoya las palmas de las manos tras él y estira los pies. Antes que pueda decir algo, Iwaizumi se pone pie y llama a Kindaichi que acaba de terminar su práctica con el resto de sus compañeros.

. . . .

Matsukawa es demasiado alto, y como es tan alto, está más cerca del sol. Ésa es la lógica que Oikawa le ha hecho saber a Matsukawa no una, ni dos, sino más de cinco veces. Matsukawa le sigue el juego. Dice que el sol está empezando a freírle el cerebro, que su cabello huele a chamuscado y luego, acercándose a Iwaizumi, sin muestra alguna de temor ni recelo, dice algo más.

—La gente pequeña está más cerca del infierno.

Un silencio pulsante, uno o dos segundos en los que sólo se escuchan personas tomando aliento. Iwaizumi asiente.

—Es cierto —le dice. Matsukawa sonríe. Oikawa asegura que si hubiese sido él quien dijese aquello, Iwaizumi le hubiera lanzado la banca completa encima.
—No lo creo —observa Matsukawa, le da un leve codazo a Iwaizumi.
—Dos bancas —responde éste. Hanamaki se ahoga con su sorbo de agua y a Oikawa no le queda más remedio que alejarse diciendo algo entre dientes.

Iwaizumi resopla ruidosamente, tratando de comprender una pregunta que ni siquiera ha podido formular. Oikawa se detiene y habla con sus compañeros de equipo, los menores y los de su misma edad, ríe y hace bromas; cuando dice algo serio y explica con amplios gestos alguna idea. No sabe si está usando alguna metáfora o comparación incomprensible, pero si alcanza a ver y comprende su entusiasmo, la forma en que sus ojos se iluminan al hablar, su leve sonrisa cuando hace una demostración, la arruga entre sus cejas que deja ver su concentración.

Entiende sin problemas la pasión de Oikawa. Él mismo es así de vez en cuando, un ímpetu que lo empuja, lo mueve y lo motiva. Una pared para derrumbar, un obstáculo que saltar.

Sin embargo, no entiende cómo Oikawa es capaz de fijarse tan intensamente en algo que es incluso capaz de olvidarse a sí mismo.

Quiere decirle algo, recriminarle su irresponsabilidad. Ser egoísta de vez en cuando, es bueno; tal vez Oikawa se lo tomase demasiado a pecho y quizá es por eso que no dice nada.

Lo que hace es ponerse de pie y acercarse a él al ritmo de un leve trote, ignorando a Matsukawa, la forma en que parece saber y no saber al mismo tiempo. Pone las manos en los hombros de Oikawa y lo obliga a sentarse; tan pronto éste obedece, le entrega una botella de agua. Oikawa la mira como si fuese un milagro, pero no bebe enseguida.

—Andas en las nubes —le dice Oikawa a alguien detrás de Iwaizumi, éste se voltea para ver a Matsukawa detrás suyo. No se había dado cuenta de su presencia.
—No tienes otro lugar donde estar, con aquello que pareces un rascacielos —. Hanamaki se acerca, sonriendo. A Iwaizumi le recuerda vagamente a un zorro.
—Ustedes no son tan pequeños, sólo les gusta quejarse —comenta Matsukawa.
—Entendido —responde Oikawa—. Ya lo vamos a superar —. Su expresión dice que no, no lo va a superar, pero nadie hace comentario alguno.

La conversación que sigue es agradable y despreocupada, puntuada por los rebotes de los balones en las canchas. Iwaizumi no participa, pero sonríe de vez en cuando y escucha lo que sea que sus compañeros tengan que decir.

Cuando Hanamaki le quita la botella de las manos a Oikawa para beber un sorbo de agua, Iwaizumi reacciona sin tardarse un segundo. Hanamaki se queda quieto, la boca abierta y su mano sosteniendo una botella que acaba de desaparecer. Sin mediar palabra, Iwaizumi tira la botella en dirección de Oikawa y se aleja sin fijarse si su compañero logró atraparla o no.

. . . .

Recuerda con claridad que la mamá de Oikawa dice que no hay comida hasta que no estén limpios. Puede incluso ver la expresión en su mente sin esforzarse: sus brazos cruzados, una mezcla de diversión y seriedad en su rostro, como si le estuviese costando todo su esfuerzo no explotar en carcajadas.

Y Oikawa. Oikawa, con sus manos negras con tierra y suciedad insiste que no es necesario, que él está "súper limpio" y luego agrega con orgullo que también estaba "implacable". Iwaizumi lo corregía: "impecable, no implacable" y era usualmente eso lo que llevaba al pequeño Oikawa a lavarse las manos. Nunca supo porqué, pero al menos agradecía que no se sentara a la mesa con las manos llenas de quién sabe cuánta porquería.

Después de algunos años, el hábito se había afianzado y ya no necesitaba de regaños para lavarse. El problema es que ahora, cuando está demasiado concentrado en algo, simplemente olvida hacerlo y es ahí cuando Iwaizumi tiene que interrumpir, porque no se pueden dar el lujo de perder a su armador por su falta de concentración y alguna clase de enfermedad estomacal.

—Espera —le dice, antes que Oikawa entre a la fila para recoger el almuerzo del día.
—¿Qué?
—Tienes que lavarte las manos.

Ante esto, Oikawa alza una ceja, se mira las manos y se encoge de hombros, volteándose para volver a la fila. Un par de segundos después, Iwaizumi reacciona y lo coge de un brazo; a pesar de su poco esfuerzo por soltarse del agarre de su compañero, Oikawa no deja de refunfuñar y protestar todo el camino.

—¿Cuántos años tienes? ¿Cinco? —le dice Iwaizumi cuando llegan al lavamanos. Oikawa vuelve a mirarse las manos, sin contestar.
—Iwa-chan… —empieza, pero deja de hablar enseguida, aparentemente sin una idea clara de qué va a decir después—. Están bien, déjalo así.
—"Implacable", eso decías antes cuando tu mamá te decía que te lavaras las manos.
—Y tú siempre me corregías —le dice Oikawa—: "es impecable, implacable es otra cosa"—agrega, imitando la voz de Iwaizumi.
—Parece como si fueras un niño otra vez. Se te olvidan las cosas más básicas cuando te concentras en algo. Eso no está bien.
—Lo sé —contesta Oikawa y sin más, empieza a caminar de vuelta al comedor.

Iwaizumi suelta un suspiro exasperado, lo deja avanzar unos pasos antes de agarrarlo de nuevo y hacerlo regresar al lavamanos. Oikawa no protesta, no habla, solo hace un pobre intento por soltarse, pero al final, lo deja seguir. Con una expresión impasible, ve a Iwaizumi abrir la llave y meter sus manos debajo del chorro de agua fría. Entrecierra los ojos cuando unas gotas salpican su rostro y luego, mira a Iwaizumi, pues éste lo ha soltado y se ha cruzado de brazos, esperando.

—No esperes que lo haga yo —le dice, y para acentuar su malgenio, hace un ruidito con el pie contra el suelo. Por un momento, el único ruido en el pasillo es el agua y el pie de Iwaizumi; Oikawa se concentra en sus manos, en quitar cada grano de polvo, hasta el más pequeño, pierde la cuenta de cuántas veces ha usado el jabón y sus manos empiezan a entumecerse bajo el agua helada, aún así, no se detiene.

El recorrido del agua sobre su piel es relajante, como si no solo se estuviese llevando el mugre, sino también todo lo malo que lleva dentro, conduciéndolo a la fuerza por el desagüe, hasta algún lugar donde Oikawa puede dejar de pensar en él y descansar. Ha sido un año interesante, que ha traído nuevas emociones, algunas alegrías, un par de discusiones y miedos. Esos miedos que creía enterrados, perdidos en el desagüe de su memoria, preparados para desaparecer, renacieron con intensidad en cuestión de minutos. Encontrar su camino es difícil, pero no imposible, es consciente de ello, sin embargo…

Bueno, quizá necesite otro golpe de Iwaizumi. Un par de veces ha estado a punto de pedírselo seriamente. Solo lo detiene saber que decírselo hará que se preocupe más.

—No pensarás quedarte ahí todo el día —le dice Iwaizumi, guardando su celular en el bolsillo—. Hanamaki y Matsukawa nos guardaron un plato. Llevas un montón de tiempo.
—Ah, Makki y Mattsun, tan confiables como siempre. Deberías aprender un poco más de ellos, Iwa-chan. Ya sabes, el arte de la paciencia y esas cosas.
—No puedo creer que le estés diciendo eso a la persona que ha contigo durante los cuarenta y cinco minutos que has estado lavándote las manos.
—Gracias, Iwa-chan. Pero… ¿qué son cuarenta y cinco minutos comparados con tres años?
—¿En serio? —Iwaizumi parece ofendido, y por alguna razón a Oikawa le causa más gracia que preocupación—. Yo te conozco desde que eras un bebé. Te vi gatear, caerte, aprender a montar en bicicleta. ¡Te vi babear tus juguetes!
—Ni siquiera lo recuerdas. A lo mejor el que los babeaba eras tú.
—Te vi babear tus juguetes —repite Iwaizumi, acercándose y apuntándole con el índice—. Te vi aprender a nadar, gritar con el chihuahua que te daba miedo, ver películas de terror a medianoche.
—Incluso cuando me decías que te daba miedo.
—Incluso cuando te decía que me daba miedo. Te vi crecer y te aguanté, y le das mas crédito a Matsukawa y Hanamaki —. Cuando termina de hablar, cierra los ojos por unos segundos, conteniendo la respiración, a Oikawa le cuesta no darle unas palmadas en el hombro.

Está a una corta distancia suya y Oikawa hasta ahora nota, así que se decide a darle una palmada en el hombro, quizá hará alguna broma como excusa si Iwaizumi le dice algo. Antes de que pueda moverse, Iwaizumi se cruza de brazos y suelta el suspiro que ha estado conteniendo, mascullando algo entre dientes. Oikawa se siente mejor, más liviano. Quizá es por eso que a veces le guste molestar a Iwaizumi, sabe que ninguno de los dos se lo toma muy a pecho, y que probablemente su compañero le esté llevando la corriente.

—Una vez metiste lombrices en mi bolsillo, Iwa-chan.
—¡Fue solo una vez!

Oikawa suelta una risita, y vuelve a abrir la llave. Escucha un ruido de exasperación a su lado, pero Iwaizumi no lo detiene, mete las manos en los bolsillos y se aleja unos pasos, mirando por la ventana. Oikawa lo mira unos segundos, el perfil de su rostro contra la intensa luz solar que entra por la ventana, la media sonrisa en su rostro, que demuestra que también se estaba divirtiendo con su pequeña discusión.

—Ah —dice de pronto-Mira, Iwa-chan —. Oikawa se examina la mano, muy serio y es quizá eso lo que llama la atención de Iwaizumi, que se acerca. Sin avisar, Oikawa tira el agua que ha acumulado en sus manos cerradas en la cara de Iwaizumi. Para cuando su amigo reacciona, Oikawa ya se ha alejado unos pasos.
—Eso es por lo de la cigarra, ¿o pensabas que lo iba a…—. Antes de que pueda terminar su frase, un chorro de agua salpica su camiseta. Iwaizumi está cerca a él, con una mano bajo la llave de agua abierta, dirigiéndola hacia Oikawa. Se detiene cuando el mismo Oikawa lo empuja y le vuelve a tirar una manotada de agua. Ambos ríen, aunque todas sus prendas estén empapadas y las gruesas gotas de agua resbalen por su cabello, aun cuando el juego se vuelve un poco mas fuerte y eventualmente no pueden detenerse. No parece importante que el agua este fría, de todas maneras, es verano y un buen baño helado no le cae mal a nadie, solo importa que no pueden parar de reír y eso era algo que Oikawa extrañaba. Cae en la cuenta de ello al escuchar a Iwaizumi mencionar su nombre, maldecir y reírse. Oikawa no se detiene, porque es agradable escucharlo reír, ver que disfruta los días soleados y se divierte con las cosas que hace. Le agrada saber que él está ahí, que no necesita hablarle para que reconozca que algo sucede. Y aunque sepa, quién sabe como, que Oikawa solía babear sus juguetes de la niñez, le agrada saber que ha pasado más tiempo con él del que recuerda.

Es un sentimiento efímero, que se desvanecerá tan pronto abra los ojos, quizá. En el gran esquema de las cosas, cualquiera que éste sea, es algo que carece de importancia

En medio de su forcejeo, pisan un charco y caen al suelo, uno al lado del otro. Se miran por unos segundos, despeinados, con la ropa desordenada y el agua escurriendo por todas partes. Es Oikawa el primero en empezar a reír, lo siguen las ruidosas carcajadas de Iwaizumi unos segundos después, ninguno puede parar, hasta que escuchan una nueva voz en el pasillo.

—Si hubiera sabido que estaban en esto, ni siquiera me molesto en guardarles comida —. Es Hanamaki, mirándolos con aparente desdén.
—Vamos —le dice Matsukawa, Oikawa levanta la cabeza y ve el plato que cada uno lleva en la mano. El olor y la consecuente reacción de su estómago, le recuerda que aún no ha almorzado.
—Más para los dos —escucha decir a Hanamaki y ambos vuelven por donde han llegado.
—Iwa-chan, Iwa-chan…
—Ya sé. Yo voy por ellos, tú limpia esto.

Iwaizumi sale corriendo, dejando huellas húmedas a cada paso. Eventualmente, Oikawa lo escucha gritar el nombre de sus otros compañeros y enseguida, ambos ríen; sin querer, Oikawa vuelve a reír también.

. . . .

El incidente del agua les deja una lección importantísima: Nunca dejar a Hanamaki ni a Matsukawa encargados de sus comidas.

En medio del caos que se había armado mientras Iwaizumi trataba de atraparlos, se habían enredado el uno en el otro. La siguiente vez que Oikawa los vio, sus impecables camisetas blancas tenían manchas de colores de salsa y granos de arroz que salían despedidos de cualquier lugar cada vez que sacudían sus prendas.

Y aún así, los únicos castigados habían sido Oikawa e Iwaizumi. Mientras ambos corrían de un lado a otro bajo el abrasador calor, los otros dos se habían sentado en la puerta del gimnasio, mirándolos correr y tomando fotos de vez en cuando. Iwaizumi se había encargado de ser protagonista de los gestos más obscenos que podía imaginar y aunque Oikawa estaba seguro de que tan pronto acabaran rompería los celulares de los otros dos sin dudar, lo primero que hizo Iwaizumi fue refugiarse bajo la sombra más cercana, apartado de los otros dos.

—Si tengo a ese par a menos de dos centímetros juro que no respondo —le dice a Oikawa cuando este se acerca a hacerle compañía bajo la sombra.
—Míralo desde este punto…
—¿Qué punto?
—Tuviste el honor de correr con Oikawa-san — responde su compañero, recostándose contra la pared, secándose el sudor del rostro distraídamente—.
—No es algo de lo que pueda presumir, lamentablemente.
—Dame cinco años. Cinco años y te demostraré lo increíblemente genial que fue correr con Oikawa-san
—Debí haber conservado esa camiseta que llenaste de mocos cuando te dieron ese premio.

Oikawa solo atina a hacer un ruido expresando su ofensa. Iwaizumi resopla, y pasea la mirada por el techo y luego las vigas, no parece tener algo particular para decir, y Oikawa no lo presiona, aprovecha el momento de silencio y sigue la mirada de Iwaizumi, nunca quieta en un solo lugar, guardando cada detalle en su mente, imprimiéndolo con la fuerza del calor del verano y los constantes entrenamientos.

Quizá en muchos años, cuando su espalda ya no pueda mantenerse recta y los cabellos blancos sea lo único que se ve en su cabeza, recordarán esos días, lo que hicieron, lo que dejaron de hacer. Sus arrepentimientos y aquello de lo que están orgullosos. Quizá para aquel momento cada uno tenga su propia vida, muy lejos el uno del otro: una familia, un trabajo o una pensión, una vivienda en algún lugar alejado de la civilización, quizá cerca al mar, porque a Iwaizumi le gusta el ruido de las olas por la noche. Por su parte, Oikawa prefiere un lugar con vegetación, tal vez el bosque, el ruido de los pájaros al amanecer, el olor del césped húmedo, tomar una taza de café en el pórtico de su casa y cerrar los ojos, sintiendo la brisa acariciarle el rostro.

En otro escenario, Iwaizumi ni siquiera recuerda su nombre y cuando mira a Oikawa solo puede formar una pregunta en sus labios, porque el rostro que conoce de memoria desde su juventud ha desaparecido en un soplo, porque la edad es cruel y barre con todo lo que ha querido a su paso, deja solo cenizas, algo gris y deforme, la mirada vacía de un Iwaizumi anciano que no recuerda siquiera cómo se llama.

—¿En qué estás pensando? —le pregunta Iwaizumi. Su tono es suave, delicado; abriéndose paso por un terreno peligroso con cuidado. Es eso lo que hace notar a Oikawa la humedad en sus ojos, de la que se deshace con un parpadeo. Aprieta los labios, sin saber muy bien a qué atribuir su repentina tristeza. No sabe que tan bien se lo tomaría Iwaizumi si le dijese que se había imaginado toda clase de futuros apocalípticos y terribles en lo que ninguno de los dos estaba en la vida del otro.

O quizá no se lo tome a mal.

Oikawa prueba a contárselo y abre la boca, dispuesto a dejar que las locuras de su imaginación vuelen sin miramiento alguno. Lo único que sale es un suspiro que casi suena desesperado.

—Prométeme que no te olvidarás de mí —le dice.
—Imposible —le responde Iwaizumi, sin asomo de enojo ni broma en la voz. Oikawa lo mira de reojo, los ojos de Iwaizumi están clavados en una cigarra en la viga cercana a ellos y Oikawa cree que se lo imagina cuando vuelve a decir en un susurro prácticamente inaudible:
—No puedo.


Notas: Hola! Esto tomó... creo que cinco meses en salir? Le hice un montón de revisiones, hasta que casi me aprendí algunas partes de memoria... EN fin, aquí está la primera parte del producto final, más tarde publicaré la segunda, ya que todo está terminado.