SHERLOCK de BBC es una serie que pertenece a sus respectivos autores, yo solo lo usé como inspiración para este fic.

Esta mitad está dedicada al usuario de Facebook Lily Black Watson, por su cumpleaños, porque le prometí MYSTRADE y lo prometido es deuda.

Primera Carta

El pueblo en el que nací no era más importante que muchas de las pequeñas localidades tradicionalistas de Inglaterra.
Para una persona como yo, el tiempo camina más despacio que un anciano con muletas, las cosas importantes son muy pocas y la diversión, si es que existe, suele durar poco estar fabricada por mi propio sarcasmo e indiferencia ante las necesidades absurdas de los que me rodean.
El mundo es una pecera donde todos nadan vacía, estúpida y lentamente. No es un crimen ser inteligente, pero parece que alguien se empeña en hacerme padecerlo cual si fuera el pecado original. Las personas me parecen tan torpes como botargas, ciegas aún más que el hombre que carece de ojos y tan distraídas que no podrían detectar un meteorito cayendo sobre su cabeza si sus cuellos fueran ligeramente más cortos.
En ese mundo de tonos grises viví durante 13 años… más de una década de "comportarme", tal como madre advierte todo el tiempo, más de una década de soportar la incompetencia de los otros… trece años de esperar porque las cosas cambien, aun si cuando sabía que eso no iba a suceder.

No…

No lo sabía. Solo lo creía.

— ¡Junto a ti, la pelota!, ¿no me escuchaste?

Como el resto de las tardes, yo leía a la sombra de un haya que crecía entre el verde horizonte pintado siglos atrás en el jardín de nuestra casa. Los Holmes habíamos existido en aquel lugar desde hacía 200 años, 206 para ser exactos, así que todos los que conocían la mansión Holmes, sabían que aquella era nuestra propiedad y que no nos gustaba demasiado la intromisión del resto.
La voz que escuché fue la de un joven del cual me tomó segundos aprender toda su historia. El poder de deducción con el que nací fue, desde pequeño, el dolor de cabeza de mis padres, la fuente de admiración de los adultos de aquel pueblo y el odio irracional de mis compañeros de estudios.

— No lo hice… ¿Qué haces aquí?

— Estoy lejos del pueblo, ¿cierto?... perdona, soy nuevo por aquí, salí a buscar un sitio para jugar soccer y terminé en medio de todos estos robles.

Bueno, ciertamente era un ignorante. Miré el balón, o mejor dicho, lo analicé, después me puse de pie con él entre mis manos y lo arrojé hacia sus pies, con muy mala puntería. El balón terminó golpeando salvajemente su frente y todo su cuerpo cayó de golpe sobre una superficie de tierra y hierbas verdes.
No voy a decir que soy poco atlético, que siempre lo he sido y que mejorar este aspecto de mi persona no podía importarme menos… pero esa es la verdad. Justo por aquel entonces, era al menos 2 veces más gordo de lo que soy ahora, al menos así me sentía, motivo por el cual todos los idiotas que no podían competir con mi intelecto me hacían bromas y acosaban respecto a ello. Aprendí a ensordecer mis oídos a sus venenosas palabras, pero en momentos como aquel, junto al chico de cabellera grisácea, ojos cafés claros y piel ligeramente quemada, esos detalles se volvían en aspectos vergonzosos que muy difícilmente podía ocultar.
Como correspondía, naturalmente, me asusté hasta casi orinar mis pantalones. El joven en cuestión no se movía y aunque me sabía perfectamente capaz de ocultar un asesinato con éxito, en realidad esperaba con todo el corazón no tener que hacerlo a los 13 años.

— ¡Despierta!, por favor… ah, muévete o algo… — No me gusta el contacto físico y jamás me ha gustado, pero en aquel momento casi me trepo en aquel joven y lo sacudí con fuerza que no sabía tener.

— Yo, ah… — Su voz me hizo volver parte de la sangre a la cabeza y recuperar un poco el color. — Tranquilo, no pasó nada… — He hizo lo impensable.

Comenzó a reír de una forma tan simplona que me hizo escapar una carcajada también. Esa clase de situaciones fueron las que él trajo a mi vida, que yo no sabía, necesitaba, y que se volverían vitales hasta el último momento de mi existencia. Su sonrisa era honesta, sus carcajadas sonaban muy alto y cuando lo hacía, nada parecía ser lento, estúpido o vacío.

Y aquella fue la primera ocasión solamente…

— Oh, sí, me llamo Greg… ¿y tú?

— …Es… — Jamás me ha gustado el nombre que eligieron para mí. Madre… en fin… más aun odio que me llamen Mike. — Mycroft… Holmes. Mycroft Holmes.

— Que nombre tan curioso… ¿te gusta mucho leer, Mycroft? — Perfecto, no dijo Mike.

— Si, digo… es mejor que no hacer nada.

— No hay mucho que hacer por aquí, ¿verdad? — Me miró con una sonrisa casi compadecida y se giró de nuevo en dirección del pueblo.

Responder a aquello habría sido mentir. Si no se trataba de la escuela, yo nunca salía de la casa, no tenía amigos que visitar y, como ya dije antes, mis compañeros de escuela no podrían ser más despreciables ante mis ojos. Además tenía que cuidar a mi hermano menor y eso me quitaba el poco tiempo libre que no usaba para estudiar.

— Bueno, Mycroft, yo soy nuevo en el pueblo y tú me diste con mi propio balón en la cabeza, así que estas moralmente obligado a llevarme a un lugar divertido. ¡Anda!

Y a pesar que era yo quien debía llevarlo, el me jaló del brazo y casi me arrastró camino hacia el pueblo.

Había escuchado hablar de una cafetería a la que todos mis compañeros iban cuando terminaba el horario escolar, pero como no me gusta el ruido estruendoso y la compañía no es de mi interés, jamás había ido a ella. Pues Greg me llevó por todas partes, sin soltarme ni por error, hasta que juntos dimos con el lugar.

— Vamos a sentarnos allá. — Eligió una mesa lejana a la ventana, la más próxima a la barra de servicio, se sentó e inspeccionó el menú sin demasiado escrutinio. Miraba el lugar con cierta diversión, mientras yo lo miraba a él y sentía el repentino miedo de no traer dinero en los bolsillos. Habíamos dejado el terreno de mis padres tan improvisadamente que no pensé en ello hasta ese momento. — ¿Tu que vas a pedir?

— No traigo dinero… vinimos demasiado…

— ¡Por eso no te preocupes!, yo traigo lo… ¡señorita! — Llamó a la mesera.

— No, espera… eso no…

— ¿Qué van a pedir, muchachos? — La mujer tomó su libretilla de apuntes y miró a Greg, después a mí y finalmente centró su atención en lo que escribiría. Con tan solo verla supe que acaba de encontrar un novio, el fumaba y eso no le gustaba demasiado, pero creía que era con el que iba a casarse, aun cuando sus padres no estaban de acuerdo. Agaché la cabeza después de deducir todo eso en segundos. Aquello no me llevaría demasiado lejos.

— Un vaso de agua… — Contesté con una voz demasiado baja. Ella alzó las cejas y frunció el ceño, confundida, se giró para ver a Greg y al alzar mi mirada, él estaba mirándome casi con burla. Yo no quería comer por 3 buenas razones: la primera, no me gusta comer frente a personas ajenas a mi familia, siento que me juzgan por cuanto o como es que lo hago, la segunda razón es que estaba en la cafetería donde los idiotas de mi escuela iban y si entraban mientras estaba comiendo, harían de nuevo aquellos estúpidos sonidos de cerdo que imitaban cada vez que yo intentaba comer en el descanso, y tercero… realmente me avergonzaba mi figura en aquel entonces. Sí, es duro aceptarlo abiertamente, pero me avergonzaba ser gordo… aun ahora no me siento a gusto con mi complexión.

— Vaya… "un vaso de agua"… bueno… yo quiero lo mismo, con dos hamburguesas con queso dobles, me gustaría también papas fritas con queso, con salsa de tomate aparte, dos copas con helado, una malteada de fresa, una de chocolate, que el helado sea napolitano, de galleta y chocochips… ¿tiene de ese?

— Claro — Contestó la mujer con una sonrisa burlona.

— Entonces de chocochips también, dos cervezas de mantequilla sería genial… ah… y mejor olvide el agua, creo que dos refrescos de cola estarían bien.

— Ahora mismo. — La chica guardó la libreta, había escrito como nunca vi a nadie escribir.

— ¡Oye!, eso no…

— Mañana comenzamos la dieta… hoy tengo ganas de algo real.

Parpadee no sé cuántas veces, pero terminé agradeciendo internamente que no iba a tener que conformarme con un mísero vaso de agua.
En el tiempo mientras nos traían la mitad del menú que Greg pidió, comenzamos a platicar y así todo lo que había analizado iba a pareciendo conforme él me contaba más de su vida.
Tal cual deduje, era hijo único, tenía 16, casi 17 años, sus padres iban a comenzar un negocio en el pueblo, una pastelería o algo similar, le gustaba practicar deporte, pero más aún salir a caminar y descubrir los paisajes de los lugares que había visitado. Tenía el acento de Londres, pero su personalidad me recordaba muy poco a la de cualquier británico. En realidad, me recordaba a la de los jóvenes americanos que visitaban el pueblo durante las vacaciones.

La mesara volvió recargada con absolutamente todo lo que Greg había encargado y nos dejó solos para devorarlo.

— ¿Y tú, Mycroft?

— ¿Yo?... — Había tomado tímidamente una de las papas con queso, la verdad eran bastante buenas. Pensé profundamente mientras la comía, pero Greg puso frente a mí la hamburguesa, la malteada, el refresco, el helado y una porción de las papas. — Pues tengo 13… pero cumplo 14 en unos meses… eh… no salgo mucho de la casa — Mansión, en realidad, pero creía inapropiado aclarar el punto. — Pues estudio en el colegio del pueblo… y tomo clases de violín con Sherlock a veces… ah, Sherlock, mi hermano menor.

— ¿Tienes un hermano?, vaya… ¿Cuántos años tiene?

— Siete… pero es un torbellino… y peor aún ahora que cree que es un pirata…

Greg se rió de nuevo, pero no apartó los ojos de mí. Nunca nadie me había prestado atención de aquella forma. Todos los que me conocían, hasta entonces, evitaban de toda forma hablar demasiado junto a mí, sabían que podía deducirlo todo y que era una maquina analizadora de mentiras, además de aburrirme todo el tiempo con sus patéticas existencias. A las personas les incomodaba mi compañía y esa incomodidad me hacía sentir desprecio por la de los otros, así que la cosa era recíproca. Pero Greg se mostró tan distinto desde el principio… que me hizo sentir de una forma que había desconocido toda mi vida.

Me hizo sentir feliz conmigo mismo.

— ¿Un pirata?, vaya cosa… ¿al menos es de los nuestros?, ¿no será uno español?

Aquel comentario me hizo soltar una carcajada, pero como en todo lo bueno de la vida, solo era cosa de tiempo para que algo, mejor dicho, alguien llegara a arruinarlo todo.
Mi tono de grises volvió para arrastrarlo todo.

— ¡Hey, pero miren que milagro!, es el puerquito colorado… ¿y es este tu novio, Mike?

Aquel sujeto tomaba cursos conmigo y usaba cada momento que podía para envidiar que mi inteligencia me llevaría más lejos que el apellido de sus padres y su obvia estupidez. Siempre que podía, me molestaba o incitaba a otros a hacerlo. Claro, había formas de cobrar venganza apropiadamente y siempre lo hacía, pero eso solo volvía a comenzar el ciclo.
Pero en aquel momento, Greg reaccionó antes que yo.

— ¿Es tu amigo?

— Por supuesto que no… es…

Tomó su copa con malteada y la arrojó directo al rostro de Fred, el tipo que me acosaba. Nadie, que no fuera yo, se metía con él. Todos le temían, a él y a su familia, pero los Holmes estábamos aún más arriba que ellos en posición social.
En solo segundos, Greg tomó su cartera y dejó dinero en la mesa, entregó aún más a la mesera que nos había atendido, por las molestias, supongo, y tomó mi mano tal cual lo había hecho antes, arrastrándome de nuevo, pero en dirección de la calle en esta ocasión y corrimos en dirección de los callejones. No pasó ni un segundo para que Fred y su grupo de seguidores idiotas corrieran tras él y en nuestra dirección.

— ¡Nos están siguiendo!

— ¡Lo sé! — Me sorprendí al escucharlo. Si estaba consciente, no sabía hacia donde me llevaba.

En cuanto llegamos al primer callejón, Greg me empujó dentro, como ocultándome de los granujas, mientras él se giraba por completo en su dirección, pero permaneció ahí, estático, mirando a Fred y sus compañeros que estaban a instantes de llegar.
No tengo que mencionar lo cansado, físicamente, que me encontraba. Creo que era más de lo que había corrido en toda mi vida. Escurría sudor por todas partes y mi cabello rojizo se puso húmedo en solo unos segundo.s

— ¡Hey, tu, basura!... vas a pagar por lo que hiciste, pero puedo perdonarte por ahora si te inclinas sobre el suelo y ruegas porque te deje ir… y me entregas al marrano, claro… — Los amigos de Fred soltaron la carcajada, pero yo solo podía prestar atención a las facciones de Greg. El lucía tan tranquilo, completamente despreocupado y que decir de su respiración, parecía no haber movido ni un solo músculo con la carrera.

— Te dejaré ir ahora si te disculpas conmigo y con Mike…

— "Mycroft", jamás me digas Mike… — Advertí, aun cuando no estaba precisamente en la posición de hacerlo.

— Si, eso… con Mycroft, conmigo… y te das la vuelta y sigues tu camino.

El grupo de Fred, que eran al menos unos 7 sujetos, contándolo a él, soltaron la carcajada y se apoyaron los unos con los otros, como si la risa fuera demasiado para ellos.

— Bueno, parece que tú y tu novio van a recibir una paliza, "Maikrrano"…

Yo cerré los ojos con fuerza, aun contra el muro del callejón. Comencé a analizarlo todo rápidamente, todas las posibles salidas y sus desenlaces, pero aun si queríamos correr, al menos a mí sí me atraparían. Pelear era impensable y a menos que hiciera a Greg tragarse sus palabras, cosa que no haría, no nos dejarían ir, podía gritar y esperar por ayuda, pero no quería ser un cobarde toda la vida, podía tomar algo de entre toda la basura oculta en ese lugar y defendernos de esa forma… pero nada de eso fue necesario…
No diré que fue muy rápido, pero si tardó 8 minutos, quizás sería demasiado… primero uno, después otros dos… yo solo escuchaba el inconfundible sonido de la piel chocando y unos cuantos jadeos, entonces tuve el valor de asomarme, dejando el escondite atrás y viendo en el suelo a 4 de los amigos de Fred, al mismo Fred con el labio roto y a los otros 2 salir corriendo de ahí.
Greg apenas y jadeó un poco, se acomodó la sudadera negra que llevaba encima y su cabello plateado se encontraba revuelto. Había un corte menor sobre una de sus mejillas, pero nada que no cerrase en unos días.

— Y espero que no se te ocurra volver a meterte con Mycroft o conmigo, me llamo Greg, por cierto. — Dio unas palmaditas al rostro de Fred, pero este solamente alejó su cabeza tanto como pudo. — ¿Nos vamos?

Vi en el rostro de Fred que buscaría venganza, muy pronto… pero la sonrisa en mi rostro no podía ser más grande, la alegría de mi corazón más abrazadora o la esperanza por un cambio en mi vida de pecera, aún más ferviente.

Greg pasó por encima de los tipos lastimados y me esperó al otro lado. Con todo el coraje que pude reunir, mi rechoncho cuerpo hizo lo mismo y, solo al estar lejos de esos tipos y más cerca de Greg, pude volver a respirar tranquilamente.

— ¿Eres un karateka o algo parecido?

— Claro que no… — Sonrió divertido y se giró de nuevo para mirarme. De nuevo ese contacto visual que me incomodaba. — Cuando viví en América, el vecino que me cuidaba cuando mis padres estaban trabajando practicaba box, tae kwon do y lima lama… así que aprendí bastante, tuve que… mis compañeros no eran muy amables tampoco… algo les da contra ti cuando tienes acento británico… ¿será?

La forma tan ligera en que lo dijo me hizo sentir tranquilo, de alguna forma. No sabía porque, pero Greg me hizo sentir satisfecho.

De esa forma, ambos caminamos mientras charlábamos, como si lleváramos toda la vida juntos. Tuvimos que regresar a la cafetería por su balón, pero la mesera no estaba enfadada en lo absoluto por el problema con la malteada. Greg le había dejado suficiente propina como para pasarlo por alto.
Esa fue la tarde en que conocí a Gregory Lestrade.