La excepción

Capítulo 1: Un acalorado encuentro

Carmen. Ella era Carmen.

Cogió el tizón que usaba para oscurecerse el contorno de los ojos y delineó su forma delante del espejo. Los oscuros orbes reflejaron la astucia de su mirada de edad indefinida.

Con unas pinzas repasó sus cejas, lo suficientemente gruesas para no parecer una damisela, lo suficientemente delgadas para no parecer un muchachote.

El carmín. Rojo sangre. Lo aplicó directamente con los dedos a los gruesos labios. El cliente de esa noche era de los que se rendían a una mujer provocadora. Y ella sabía perfectamente como hacer rendir a un hombre.

La indumentaria estaba preparada encima del camastro de lo que se podía llamar su casa. Una silla, una mesa cubierta de papeles y una cómoda donde guardar unos cuantos ropajes. Bajo las maderas del suelo estaba lo importante. Pequeños sacos distribuidos ordenadamente por el subsuelo, llenos de monedas de oro y unas cuantas armas guardadas a buen recaudo. Quizá no era el sitio más prudente para guardar un botín, pero nadie con dos dedos de frente tendría la osadía de entrar a la estancia de Carmen si no había sido invitado. Y muy pocas personas gozaban ese honor.

Cogió entonces los pantalones de cuero y se los ajustó a las caderas. Por encima unas botas hasta las rodillas atadas con cordeles. Una camisa blanca de mangas bastante anchas ajustadas a las muñecas, desabotonada en el nacimiento de sus pechos, y encima un chaleco que realzaba los mismos y oprimía su cintura.

Atusó un poco la larga melena rizada tapando de esta forma los tatuajes que llevaba en su nuca, y se arrodilló en el suelo, ante la tabla que con un golpe seco se desprendía. Seleccionó las armas convenientes a esa noche. Dos navajas cortas camufladas en sus botas, y una algo mas larga que se aseguró pegada a su antebrazo derecho, por debajo de la camisa. Hizo un par de movimientos para sacar las armas y comprobar que no tendría ningún problema si la cosa se ponía fea.

En un pequeño atillo metió unas monedas que fueron atadas a su última prenda. El cinto atado a su cintura, con una hebilla de bronce.

Se miró en el pequeño espejo por última vez. Y sonrió malévola. Estaba perfecta. Y lo sabía.

Carmen. Ella era Carmen. Carmen la ladrona. Carmen la traidora. Carmen la asesina.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Hugh andaba perdido en el fondo de una botella de vino. Rondando la cuarentena aún no sabía enfrentarse a sus fantasmas estando sobrio.

Las afrentas a un pirata que había dejado la profesión para dedicarse a una vida honrada se sucedían diariamente. Sobretodo por sus antiguos compañeros de tripulación. Y Hugh no había sido precisamente uno de esos buenos camaradas por los que se guardan buenos recuerdos.

Desde que había pisado tierra para arraigarse a ella, lo habían saqueado tres veces. Y eso que había dejado la profesión y se había arrepentido de sus pecados ante la Reina hacía escasamente un mes.

La última que le habían hecho sus antiguos compañeros había sido quemar el pequeño huerto que había conseguido cultivar con los ahorros de una vida de delitos. Y con eso se habían llevado lo poco que le quedaba para vivir. Tenía dos opciones. O dedicarse de nuevo a la piratería (o en su defecto al contrabando de ron por el Caribe). Pero sabía sus posibilidades si volvía a ese tipo de vida. La armada no le perdonaría ni una. Y si caía en manos de la Reina… bueno… se echó una mano al cuello con un gesto de dolor pensando en lo que le podía suceder.

Su otra opción era aquella que surgió, mientras de taberna en taberna le fiaban copas, cuando oyó hablar de Carmen. Una mujer que decían lo tenía todo y no tenía nada.

Las malas lenguas decían que a sus manos habían perecido cientos de hombres y mujeres que habían injuriado a sus clientes, o que simplemente le habían dedicado una mala mirada.

Las buenas lenguas decían que no habían sido cientos. Sino miles.

Por eso su cabeza tenía recompensa. Pero era buena en su trabajo. O eso decían. Compañeros de profesión. Asesinos a sueldo, o asesinos a secas habían intentado acabar con ella. Pero no tenía rival. La armada por su parte no la había podido encontrar. Y aunque de buen grado sabían donde vivía, se comentaba por ahí que tenía un acuerdo con un importante general que le cubría las espaldas.

Para Hugh ella era su única salida. Si ella no podía acabar con sus desgracias, nada lo haría, se decía una y otra vez, mientras pedía al mesonero otra jarra de vino rancio.

Entonces se abrió la puerta del mugriento establecimiento y sus ojos se nublaron con la belleza de Carmen. Con sus andares de dama de buena cuna con un deje de insolencia.

"Dicen que tienes problemas, Hugh" dijo ella con su aterciopelada voz, cuando se sentó a su lado en la mesa, cruzando las piernas con descaro. Encendió un cigarrillo y expulsó el humo directamente hacia la cara del hombre.

Hugh le contó su historia, pero a medio del relato, ella rodó sus enormes ojos por la estancia y lo cortó con un "me aburres" bastante lacónico.

"¿Quién es el galán que morirá esta noche a manos de mi puñal?" se limitó a decir de nuevo.

"No te será tan fácil, mi señora" – respondió Hugo riendo sobriamente- "Los piratas no son lo mismo que un simple tendero que amenaza a su mujer con el cuchillo"

Carmen sabía perfectamente a que iba a llevar esa conversación. La había tenido miles de veces y siempre acababa en lo mismo. Clavaba la fina hoja de acero que llevaba escondida en el antebrazo, entre las costillas de su interlocutor. Raras veces la víctima se daba cuenta y seguía hablando hasta que caía al suelo en un golpe sordo y sin aliento. Estudió sus posibilidades y pensó que si mataba a aquel borracho inmundo no cobraría, así que simplemente se puso en pie y dio unos pasos hacia la puerta. No tuvo que contar hasta tres para que la detuviera.

"Espera. Eres mi única salida"

"Lo sé. Y estamos de acuerdo en el punto en que tú también lo sabes. Así que déjate de estupideces como la charla y dime de una maldita vez de quien quieres que te libre, escoria."

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Con el nombre de su víctima en mente, y después de haber cobrado por adelantado, salió de la taberna sin mirar atrás. Probablemente no volvería a ver a Hugh. Éste, por su parte, sabría que ella habría cumplido su misión cuando le llegase un mensaje.

Ella ofrecía ese servicio a sus clientes. A veces resultaba algo siniestro, pero era muy efectivo. Enviaba una parte del cuerpo de la víctima a su contratante. Un dedo, una oreja, la nariz, puede que un diente de oro que fuese característico…

Hugh no había pedido nada de eso. Aunque ella no pidió explicaciones, él argumentó que quería que la víctima sufriese en vida, y que no haría falta que mutilase un cadáver.

Él pidió que le enviase el parche que llevaba atado a la cabeza, para ocultar el ojo del que carecía.

Carmen conocía al tipo. Y sabía donde estaba en ese momento. De hecho, sabía donde se encontraban la mayoría de los piratas que atracaban en las costas jamaicanas a esas horas de la noche. New Providence tenía muchos lugares a los que poder ir, pero solo uno que era la joya de la corona. "The Anchor".

Un prostíbulo de merecida reputación que acogía en su seno a las mujeres más cálidas de todas las américas.

En realidad el hombre a por el que iba era un pobre diablo. Y casi le daba lástima, porque lo conocía desde hacía tiempo. Había trabajado en su nombre un par de veces y había pagado con intereses, pues las víctimas habían sido difíciles. Sobretodo de encontrar, porque había tenido que viajar a varios países para dar con ellas.

A su paso por el pueblo observó con satisfacción que los más puritanos se apartaban de su camino sin atreverse a levantar la mirada. Su reputación crecía. Eso era bueno.

Llegó al burdel casi sin darse cuenta y directamente fue a los aposentos de una de las prostitutas con más nombre de toda la ciudad. Como esperaba, los encontró en plena actividad.

"Liam¿me concedes un segundo?" dijo ella con el tono más casual del mundo, al ver que su presencia allí no había detenido la unión.

"Carmen, querida, como ves estoy un poco ocupado. Si no es mucha molestia, hablaremos después." Contestó el pirata entre jadeos.

"Liam. Es urgente. Esta noche vas a conocer a alguien sumamente importante" continuó ella, apoyándose contra el marco de la puerta.

"¿Y se puede saber quién es esa persona que merece que deje a un lado a una dama tan hermosa?" por fin dejó a la mujer a un lado y se sentó en la cama, con los brazos abiertos y una mueca enfurruñada en la cara, mirando a Carmen.

"Tu muerte".

La prostituta gritó, pues conocía a Carmen. Y sabía que cuando esa mujer decía algo relacionado con la muerte, debía correr. Era mucho mejor salir corriendo y no saber nunca nada del tema, que poder contarlo de primera mano, pero con un ojo menos.

Salió gritando de la habitación cuando Carmen entró en ella con el paso firme.

En el prostíbulo se armó un gran revuelo, y de las alcobas antes cerradas a cal y canto hacía breves instantes, comenzaron a salir todas las parejas reunidas esa noche.

Las mujeres corrían despavoridas. Los piratas se acercaron a ver el combate.

Carmen sonreía por la numerosa concurrencia. No le gustaba especialmente tener público, pero debía reconocer que una buena pelea siempre debía de tener público.

"Vamos Carmen, no me puedo creer que estés hablando en serio. Creí que éramos amigos." Dijo Liam después de recobrar el aliento.

"¿Cuándo llegamos a ese acuerdo?" dijo ella girando la cabeza. "Ahora vístete y coge la espada. No pienso atacar a un hombre indefenso"

Los piratas que rondaban por la puerta vitorearon el gesto de la mujer.

Liam se vistió de muy mala gana y empuñó el sable que tenía tirado a un lado del catre. Esperó a ponerse en posición, pues mientras hablaban, se habían movido y quedaron cada uno a ambos lados de la cama. Pero ella no.

Ella saltó y se asió a las maderas que adornaban los postes de la cama. Tomó impulso y voló por encima de las sábanas para asestarle una patada en la cara con ambos pies.

Liam cayó contra la pared y cuando quiso ponerse en pie, un puñetazo directo al ojo que le quedaba sano lo noqueó y volvió a caer sentado.

Los piratas que observaban rieron y aplaudieron la táctica

Carmen desenvainó el puñal ceñido a su antebrazo y por fin se puso en posición de combate. "Vamos Liam. Tú y yo sabemos que puedes hacerlo mejor. Obséquiame con una bonita pelea como regalo de despedida".

Liam se levantó y también se puso en posición. Tiró unos cuantos muebles para tener más espacio para la pelea, y cuando hubo estado listo, atacó a Carmen. Ella esquivó con agilidad los erráticos sablazos del hombre. Lanzó un par de puñetazos, y por lo visto, acabó cansándose de tanto jugueteo.

Saltó por encima de la espalda del hombre, lo agarró por el cuello y mirándole al único ojo bueno que le quedaba, le ensartó la daga en el corazón.

Cayó al suelo sin un gemido siquiera, bajo la atenta mirada de los piratas que vitoreaban al caído.

Carmen hizo un gesto de desaprobación mientras veía como la sangre iba haciendo un charco prominente alrededor del cuerpo sin vida.

Entonces una pequeñísima daga voló por encima de su cabeza y supo que había cometido un error. Les había dado la espalda a posibles enemigos.

Cuando se giró, la Madame del prostíbulo estaba en el umbral de la puerta, con cara de pocos amigos e invitándola al oscuro pasillo para retarla en duelo.

Carmen se sonrió. La pelea con Liam le había sabido a muy poco, y no le molestaba en absoluto juguetear un poco más. Así que fue al pasillo y rodeada una vez más por sus admiradores, las mujeres empezaron a pelearse.

Carmen no la mató. Tan solo le hizo una cicatriz en la cara para que nunca olvidase lo que le pasaba a aquellos que osaban retarla.

Cuando acabó, y harta de tanta concurrencia, avisó a todos los presentes con una sonrisa malévola "Si no quieren acabar del mismo modo, caballeros, les sugiero que nos den unos instantes de intimidad a mí y al rufián de la habitación". En cuestión de segundos no había nadie en el pasillo.

Cuando entró de nuevo en la habitación para coger el parche del ojo de Liam, advirtió con sorpresa que no estaba.

Entonces comenzaron a surgir preguntas en su cabeza.

¿Quién había sido¿Por qué lo había echo¿Qué importancia tenía aquel parche como para ser robado¿Por qué Hugh no la avisó de que eso podía pasar¿Qué se llevaba entre manos el hombre?

La cuestión era que la habían robado. Ella había tomado la vida del hombre, por tanto, todo lo que sucedía tras su muerte era responsabilidad suya. Y nadie. Absolutamente nadie, le tomaba el pelo a Carmen de ese modo y salía impune de ello.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Jack había tenido suerte. Jack Sparrow en realidad había tenido muchísima suerte. Y a juzgar por la rapidez con la que recorría las calles de la ciudad para llegar hasta su barco, lo sabía.

Le había costado una eternidad encontrar a Liam. Lo había seguido por infinidad de puertos del mundo. Y justo cuando al parecer estaba punto de atraparlo, lo sorprendía cambiando el rumbo de manera imprevista.

Cuando llegó a New Providence no se imaginaba que las cosas le fuesen a resultar tan fáciles. Se informó un poco por los puertos y dio con la casa de prostitutas que frecuentaba habitualmente. Cuando llegó allí, sigiloso, pagó por los servicios de una pelirroja de corta edad y se afincó en la habitación contigua a la del hombre.

Sinceramente esperaba el momento oportuno, en el cual pudiese entrar a hurtadillas y robar ese parche. Era un acto ligeramente cobarde, pero prefería eso que no tener que matarlo directamente y armar un escándalo. Suficiente mala reputación había creado ya hasta el momento.

Por eso cuando oyó a la mujer de la habitación de al lado gritar, y el barullo que se formó en el pasillo, vio el cielo abierto.

Se arremolinó con los demás hombres en el umbral de la puerta y vio la escena. Vio a Liam acobardarse por momentos, y a una mujer, que si hubiese tenido tiempo, se habría parado a cortejar formalmente.

Le sorprendió que ella lo atacase, sobretodo con esa fiereza y esa seguridad en si misma. ¿Cómo era? Carmen la llamó el hombre. Un bello nombre para una bellísima mujer, pensó. Luego lo sorprendió aún más su frialdad al matarlo. Y le prendó su templanza cuando pasó por su lado cuando se dirigía a la mujer que le había arrojado la daga, en su opinión, buscando una forma realmente estúpida de morir.

Entonces aprovechando el revuelo, se metió en la habitación, cortó el parche de Liam y se marchó corriendo a más no poder.

Por lo que había visto, la mujer, Carmen, era fuerte y brava, pero no sabía lo que tenía entre manos, si no, jamás hubiese dejado a solas ese preciado tesoro. Además, calculó que un enfrentamiento con ella sería interesante, pero no podía permitir que una mujer de tal belleza sufriese alguna injuria a manos de un hombre como él. Porque evidentemente, él estaba convencido que la ganaría.

Rápido y sencillo. Entonces se marchó a toda prisa por las calles de la ciudad, hasta llegar a la bahía. Cogió el bote que lo había llevado hasta ella y se lanzó entre canturreos hasta su barco.

Cuando hubo llegado a bordo de la Perla, a penas unos minutos más tarde, y con el parche de Liam a salvo en su bolsillo, advirtió a los piratas que había dejado de guardia, que marcharían de inmediato.

"Le recordamos que aún quedan marineros en tierra capitán. ¿Debemos dejarlos atrás?" respondió uno de ellos

¡Maldición! Se dijo Jack. No recordaba que aún era muy pronto. Había comentado a los muchachos que antes del alba estuviesen todos a bordo, pues pensaba que su misión le llevaría más tiempo. Y a penas había arrancado la noche. Su tripulación debería estar festejando un poco de tranquilidad en tierra después de haber estado tantísimo tiempo en alta mar.

"Está bien. Esperaremos al alba. Pero tened cuidado y estad alertas." Concluyó Jack a los muchachos.

Jack se retiró a su camarote a estudiar su nueva adquisición. Sobre la mesa llena de pergaminos y brújulas, hizo un espacio y acercó un candelabro para tener más luz.

Rajó el parche que tenía una doble capa y dentro encontró lo esperado. Un papel doblado y cuatro pequeños diamantes tallados en curiosas formas que él no conocía, aunque sospechaba que eran. Runas.

Jack había oído hablar de ellas. Eran signos de escritura utilizados por los antiguos escandinavos, normalmente grabados en cantos rodados. Las runas eran signos y símbolos, y se creía que constituían un alfabeto. Se les atribuía un uso práctico y otro sagrado. Las runas eran consideradas instrumentos mágicos, portadores de secretos y generadores de poder.

Abrió el pedazo de papel que las acompañaba y al ver lo escrito en él, se sonrió a sí mismo. No estaba tan equivocado como le habían dicho. No estaba loco. El lugar que había defendido a capa y espada… ese lugar existía, y una prueba eran las runas talladas en diamante.

Muchos decían que era parte de la leyenda, que solo los soñadores empedernidos podían creer en una sarta de mentiras como esa. Que no existían islas perdidas, escondidas en la bruma, o cantos de sirenas que enloquecieran a los marineros como en las aventuras épicas.

Pero Jack estaba por encima de todo eso. Por encima de las habladurías y los hombres sin sueños.

Por eso, descorchó una botella de ron con una sola mano, se tendió en el camastro, y satisfecho, dio un trago de la misma, embriagándose de la victoria conseguida, mientras veía relucir el brillo de los diamantes, y los juegos de luces que estos provocaron en el camarote, ante las chisporroteantes velas.

En penumbras, en el papel se podía leer:

"La Isla de las Siete Ciudades".

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Carmen era una mujer de recursos. Cuando el revuelo de las peleas había pasado y se había dado cuenta de que la habían robado, se enfureció, pero comprendió que eso no la llevaría a nada. Lo que tenía que hacer era tranquilizarse y resolver sus problemas uno a uno.

Primero. Registrar al cadáver de Liam en busca de alguna pista que la llevara a saber porque su parche era tan importante.

Segundo. Averiguar quién era Liam en realidad para que en una misma noche, dos personas se quisieran beneficiar de su muerte.

Tercero. Encontrar a Hugh y darle una buena paliza.

No tuvo suerte con su primer punto a averiguar. El cadáver tan solo tenía de valor su sangre, y ésta estaba esparciéndose lentamente por el suelo de la habitación.

Dado que falló en su primer punto, el segundo caería con éste, pues no podría conseguir información sobre el hombre. Y dejó de lado el preguntar a su pareja de lecho, pues seguramente en este instante, estaría en la otra punta de la ciudad si había sido lista y no había dejado de correr.

De modo que solo le quedaba un punto por resolver. Y se alegró mucho que ese punto hubiese venido por su propio pie hasta ella.

Encontró a Hugh en la parte de atrás del prostíbulo, en un callejón insalubre, cuando salía de él para dirigirse a la taberna donde en principio habían quedado para verse.

"¿Qué estás haciendo aquí, patán?" lo acusó Carmen mientras lo cogía del cuello y lo forzaba contra una pared.

Hugh se revolvió nervioso y balbuceó lo que parecía una disculpa.

"Quería comprobar que todo iba bien, mi señora."

"¿Querías comprobar si todo iba bien¡Vamos! No me hagas reír. Si me has contratado es que sabes quién soy, y por lo tanto, sabes que no fallo nunca. ¡Dime la verdad¿Por qué has venido?"

Hugh tomó entonces una actitud resuelta. Se encogió de hombros y la desafió.

"No me fiaba de ti. Eso es todo."

"¿Y por eso has venido con un arma hasta aquí¿Para matarme cuando hubiese acabado el trabajo?" Entonces Carmen se echó a reír sonoramente. "Pobre infeliz. Hugh, ahora mismo vas a contarme quién era Liam, que misterio ocultaba el parche y… quién me lo ha robado."

"No se quien te la ha robado, mi señora. Pero debes saber que has perdido una valiosísima pieza. Liam guardaba celosamente en el parche de su ojo, el nombre del lugar que guarda el sueño de todo ser humano."

"¿El qué¡Responde!" Carmen se empezaba a impacientar.

"El secreto de la vida eterna."

Ella lo miró, incrédula, y Hugh hizo una mueca, como aceptando la desconfianza de la mujer. Puesto que ella parecía esperar una explicación, él se la concedió.

"Como debes saber, yo estaba en la tripulación de Liam hasta hace poco. Atracamos muchos, muchísimos puertos, pero Liam nunca se quedaba con ninguna de las riquezas que conseguíamos. Hablé con la tripulación, pues creía que nos estaba ocultando algo grande. Lo suficiente como para que nos dejase contentarnos con el oro que robábamos.

El segundo de abordo habló con él directamente una noche, antes de acusarle sin tener pruebas, pero yo los estuve espiando. No me fiaba de él. Y Liam le pidió que no dijese nada, que compartiría su secreto con él a cambio de no contárselo a nadie más.

Entonces le dijo que en el puerto de Trípoli, cuando navegamos a África, un chamán le dio unas runas talladas en piedras preciosas, y el nombre del lugar donde se encontraba el manantial de la vida eterna. El chamán debió convencerlo profundamente, pues estaba emocionado como un niño esperando volver a ver a su padre marinero después de meses de larga travesía. Yo estaba por echarme a reír, pero entonces le enseñó los diamantes que guardaba en el parche. Dijo también que colocando esos diamantes en el lugar correcto en una fuente, y entonando sus nombres rúnicos mientras lo hacía, de ella brotaría el manantial de la vida eterna."

"Y déjame adivinar como acabó la historia" le detuvo Carmen con una medio sonrisa. "Tú convenciste a tus compañeros que Liam pensaba traicionarlos o algo así, y os amotinasteis. Luego te descubrieron y tú en vez de enfrentarte como un hombre te acobardaste y presentaste tus respetos a la Reina."

"Más o menos, mi señora. Sí, las cosas fueron así."

"Ahora entiendo porqué tus antiguos compañeros, al enterarse de que estabas aquí escondido, vinieron a hacerte la vida imposible." Continuó ella en un tonillo socarrón. "No me parece mal que contratases mi servicios para deshacerte de tus problemas. Lo que me parece inaceptable es que intentases utilizarme para conseguir esos diamantes."

Hugh retrocedió ante el tono mordaz y amenazante que empleó Carmen al dirigirse a él. La vio desenvainar la daga que tenía asegurada al antebrazo y esperó lo peor, cuando ella siguió hablando.

"Es por eso, escoria, que no morirás hoy." Ella hizo un movimiento rápido y eficaz, y Hugh cayó de rodillas al suelo, sangrando por el hombro. "Esto es lo justo para dejarte aquí quietecito y que no intentes escapar de mi. Cuando vuelva de hacer pagar a cierto ladrón por haberme robado, y haber encontrado ese manantial del que hablas… bueno, veremos si aún me debes cuentas que pagar."

Carmen se marchó por el callejón, inmersa en sus pensamientos.

Hugh, en cambio, intentando hacer unos primeros auxilios a su hombro sangrante, sonrió en la oscuridad, murmurándole palabras al silencio de la noche.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Carmen anduvo por las calles de la ciudad en dirección al puerto.

Ningún barco había zarpado aún, y casi todos estaban muy cerca de la orilla. A juzgar por el ladrón, había sido un hombre (ninguna mujer se habría quedado por mero placer a observar el espectáculo que había librado), muy hábil en su tarea, pirata por supuesto… y con pocas ganas de permanecer en el lugar.

Pocos piratas había que ella no conociera en New Providence, y por tanto, menos barcos aún de los que ni siquiera reconociese las velas. Y justamente allí, no muy lejos de los demás, pero sin duda apartado, había un barco que si no lo hubiese estado buscando, no lo habría encontrado. Y por descarte, y fiándose de su intuición, se dirigió hasta la orilla con solo una idea en mente.

"Recuperar lo que me han robado, y castigar severamente a ese bribón."

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Silencio. Un súbito silencio inundó el camarote de Jack. Sus chicos no es que fuesen muy dados al jaleo cuando estaban de guardia, pero acostumbraban a hablar, reír o al menos andar de arriba abajo por la cubierta del barco. Cualquier cosa que los distrajese minimamente de la monotonía de la vigilancia.

Y cualquiera de esas cosas hacía "ruido". Sino un sonido atronador, sí llegaban hasta él las suaves pisadas o murmullos de las voces. Pero de repente, el barco quedó en total silencio. Y solo el arrullo de las olas que hacía crujir la madera llegaba hasta él.

Jack se levantó del camastro en el que estaba recostado. No se molestó en ponerse ni su chaqueta, ni su sombrero, ni recoger sus armas, excepto la espada que siempre llevaba al cinto. Pero se guardó mucho de poner a buen recaudo los diamantes y el papel que tanto le había costado conseguir.

Seguidamente miró los tabiques de madera del camarote entrecerrando sus ojos, como si desconfiase de ellos, o como si quisiera ver a través. Se acercó a la puerta receloso y la abrió.

Solo la oscuridad de la noche y nada más.

Se aventuró un poco más adelante y algo lo golpeó fuertemente en la cabeza. Cayó al suelo a plomo y sin poder oponerse.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Cuando Jack despertó, por la oscuridad a penas iluminada por los candelabros de su camarote, dedujo que no habrían pasado más de un par de horas desde que alguien lo golpeó.

Eso lo hizo recapacitar un instante. ¿Qué estaba pasando?

Se encontró sentado en una de las sillas del camarote, con sus manos atadas con cuerdas detrás de la misma. Hizo un esfuerzo por desasirse de las ataduras pero le fue imposible. El dolor de cabeza producido por el golpe lo estaba mareando combinado con el esfuerzo.

"Ya estás despierto. No creí haberte golpeado tan fuerte." Dijo una voz de mujer que no consiguió reconocer.

"¿Giselle?" se aventuró a preguntar el primer nombre de mujer que le vino a la mente y que sabía que podría haber estado tan enfadada como para haberle hecho algo así.

"No." Dijo la mujer, que estaba situada detrás de él.

"¡Scarlett!" Prosiguió con entusiasmo.

"No." La mujer soltó una risilla y Jack escuchó como daba unos pasos. La adivinó cogiendo una vela por el cambio de luces del camarote.

"Elizabeth. Aunque he decir que un comportamiento tan indecoroso como este no sería propio de una dama de… agh!" Unas gotas de cera hirviente cayeron sobre el pecho descamisado del pirata.

"Fallaste. Y lamento no ser una dama de buena cuna con las que pareces estar relacionado – ella tiró más cera sobre su pecho haciéndole gemir de dolor – pero descubrirás que tengo encanto." Entonces ella dio la vuelta en la silla y lo encaró.

Sonriente, mientras alzaba una ceja y lo miraba detenidamente, alzó una pierna, la pasó por encima de las de Jack, y quedó sentada en su regazo.

"Carmen." Dijo él en un susurro.

"Vaya. Mi fama me precede por lo que parece. Pero… ¿cuál es vuestro nombre, caballero?"

"Capitán… Jack Sparrow, querida. Es una pena que no hayáis oído hablar de mí. Y un tanto extraño, la verdad."

"Jack Sparrow"

"Capitán… si no os importa"

"Será solo Jack. Ahora mismo andáis escaso de tripulación. Vuestros chicos resultaron algo blandos"

"Carmen, querida… me encantaría seguir con este juego de tortura, pero no es justo que me tengáis atado y sin poder participar" contestó socarronamente.

"¡Oh, Jack, pero eso no va a ser posible! Verás, resulta que tenéis en vuestro poder algo que me pertenece. Si me lo entregáis por las buenas, os desataré y no os haré mucho daño. Lo prometo – dijo Carmen acariciando el rostro de Jack con suavidad y con voz melosa- pero si llegamos a las malas… mi querido Jack… - su rostro adquirió una seriedad mortal – me encargaré que la cera hirviente sea la mas dulce de las caricias comparada con lo que vais a sufrir."

Acto seguido, la mano que estaba acariciando la cara de Jack se cerró sobre sus uñas y un arañazo sangrante cruzó la mejilla izquierda del hombre.

"Así que, Jack – Carmen de nuevo volvió a su tono meloso, cogió la cara de él con las dos manos, dejando olvidada la vela de su tortura en la mesa cercana, aplastó su pecho contra el de su víctima, e hizo frotar su nariz suavemente con la de él - ¿tenemos un trato?"

Jack miró en todas direcciones, tratando de buscar una escapatoria por la cual no sabía exactamente si quería desasirse. Mientras ella había estado hablando, y mientras él trataba de concentrarse en las cuerdas de sus manos y no en su escote, había conseguido desenredar un nudo de los que lo tenían sujeto. Trazando un rápido plan en su cabeza, se dejó intimidar por ella. Y finalmente contestó:

"Tenemos un trato"

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Continuará

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Muy buenas a todos. Espero que este primer capítulo os haya gustado o al menos interesado un poquitín!

Algunos ya me recordareis de La amazona perdida y el pirata loco, que tuvo realmente muy buena aceptación, y eso es algo que me alegra mucho.

En esta historia, aunque será mas o menos de la misma linea, Jack evidentemente será el mismo, pero la dama en cuestión, bueno, ella tendrá un rol diferente que mi otro personaje (Sora) algo mas recatada jujuju

Carmen es bastante mas madura, y no se anda con las tonterias de niñas sobrehormonadas (las aprecio todas y cada una de ellas, porque hay de muy buenas, pero... ¿no creeis que hay muy poca variedad en los personajes femeninos de las historias que andan por aqui?). En fin, que es una mujer de armas tomar. A ver como se las apaña Jack con esta pedazo de señora! jajaja A ver si es capaz de decirle a esta, eso de: Persuadidme

En estos dias estoy bastante ocupada con el trabajo y mis examenes de septiembre (dentro de nada he de volver a casa!) asi que escribiré lentamente, pero sin pausa, para poder ofreceros algo de interés.

Si sois tan amables, dejadme vuestras opiniones. Las buenas te dejan una sonrisa todo el dia y te animan a escribir. Las malas, bueno... las malas se aceptan y para la proxima se intenta mejorar!

Un beso a todos y gracias por seguirme hasta aquí. Nos vemos pronto!