Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.
La sensación de algo muy áspero recorriendo su cara de lado a lado trajo a Audrey de vuelta al Reino de la gente que ya no duerme.
Audrey odiaba ese Reino en particular. La obligaba a abandonar su cómoda y calientita cama, para salir al frío a romperse el culo trabajando. Era un Reino de mierda.
George Michael, su lanudo gato con sobrepeso, aún estaba ocupado en su labor matutina, es decir, en despertarla mediante un tratamiento exfoliante de piel, con su lengua de gato.
Audrey se había aburrido de intentar enseñarle modales al bendito gato, no hacía caso de todas formas, seguía usando sin falta, todas las mañanas, su lengua de lija como despertador. Era por eso que Audrey le lavaba el hocico con pasta dental de niños todas las noches.
Quitándose a George Michael de encima, miró la hora en el reloj de su mesita de noche, sólo para terminar maldiciendo su mala suerte. Si no se levantaba en ese preciso momento, llegaría tarde al trabajo. Al primero de sus tres trabajos del aquel día.
Primero, debía ir a Sugar Bits, una pastelería muggle en el centro de Londres, donde pasaba sus mañanas decorando pasteles. Después debía ir al Ministerio de Magia, al Departamento de Correo Mágico, donde de medio día a siete de la tarde, se hacía cargo de cientos y cientos de memos, mensajes y cartas que se movían internamente de un departamento a otro.
Y, en la noche, debía a ir a White Horse, un bar ubicado a quince minutos del centro londinense y donde trabajaba de camarera tres noches a la semana. O cuatro, cuando Melvick, el tipo encargado del local llegaba al límite de perdírselo "por favorcito".
Audrey miró a su alrededor, absorbiendo con la mirada los distintos matices y colores que adquiría su habitación con la luz de aquella hora de la mañana. Le gustaba como la luz matutina jugaba con los detalles que, en otra hora del día, pasaban desapercibidos. Lamentablemente, no pudo evitar notar además que el papel mural color salmón con pequeñas rosas no se veía ni la mitad de gramouroso de lo que sonaba. El papel estaba rasgado en varios lugares (todos, sospechosamente, a la altura de George Michael) y se había desprendido en las orillas superiores de los muros.
El techo estaba pidiendo a gritos un par de arreglos. O más que un parcito de arreglos. Una docena de parcitos de arreglos. Pequeñas grietas iban y venían en todas direcciones y Audrey se encontró por un momento considerando la aterradora idea de que el techo decidiera ceder en la mitad de la noche y terminara acostada en la misma cama con el Señor Collins, su vecino del cuarto piso, el piso de arriba.
Pues no quedaría más que compartir cama con el Señor Collins, porque no podían solventar más gastos. Habían sido un par de meses difíciles para ella y ...
–¡Audrey! ¡¿Vas a mover tu flacucho trasero antes de las siete de la mañana o tendré que obligarte a hacerlo?!
Merlín...
Ni siquiera eran las seis treinta, el muy exagerado.
Habían sido un par de meses difíciles para ella y Ric; que utilizaba en ese momento su dulce y angelical voz para despertar a todo el estúpido edificio. No que nunca lo hubiese escuchado gritar más fuerte que eso, de todas maneras. Lo escuchaba gritar, más o menos, cada dos noches, pero se aseguraba de tener un encantamiento silenciador en cada puerta, para prevenir que los vecinos iniciaran en conjunto con la policía una redada en contra de los comportamientos inmorales.
Alaric -Ric- Vincent Robbins era su mejor amigo en todo el mundo mundial. Lo había sido desde que tenían tres y cuatro años cada uno y Ric la había invitado a jugar a "la casita" el mismo día en que ella se había mudado a su nueva casa, justo al lado de la casa de Ric.
La puerta de su habitación se abrió de golpe, sobresaltándola y obligándola a abandonar de sopetón el mundo de los recuerdos, para encontrarse con una visión levemente, levemente, desconcertante.
–Audrey Corinne Collingwood, no me obligues a usar la espátula, porque sabes muy bien que no dudaré un segundo en usarla para aplanar aún más esa tremenda frente que tienes.
Síp, Ric era todo un encanto. Y llevaba no sólo una espátula metálica en la mano, que probablemente estaba usando para preparar el desayuno, sino que también un delantal de cocina de las Spice Girls que combinaba a la perfección con su cabello rubio peinado hacia la derecha, la argolla en su oreja izquierda y la pulsera fucsia en su muñeca del mismo lado.
Sí, Ric bateaba para el otro equipo y, por Dios, lo hacía con estilo. Y, por lo demás, era la mamá cuando jugaban a la casita cuando niños.
–Ric, eres lo más gay que han visto mis ojos en años.
Ric ni siquiera se inmutó.
–Y eso que no has visto aún mi nuevo arete de arcoíris.
Audrey soltó una carcajada, antes de quitarse las mantas de encima y salir de la cama, dejando a la vista sus piernas desnudas y la camiseta talla XL de Félix el Gato que usaba como camisa de dormir.
–Ni quiero verlo, Reina Richarda –el único piercing que tenía Ric era el que llevaba en el pezón izquierdo –vete y cierra la puerta, Ric. Juro solemnemente en nombre de...la Spice Girl rubia y la Spice negra, que bajaré antes de diez minutos.
Ric se apoyó contra el marco de la puerta, mientras parecía considerar, en completa seriedad, las palabras de Audrey, la espátula balanceándose en el aire.
–Está bien, si juras en nombre de Baby Spice y Mel B, he de creerte. Pero en serio, baja pronto, no puedes llegar otra vez tarde a tu pastelería, te despedirán y George Michael y yo ya no podremos disfrutar de las dulces sobras que traes siempre.
Con eso se retiró, obligando a Audrey a moverse con rapidez hacia el baño al que tenía acceso directo desde su habitación. Había hecho un juramento y no podía romper un juramento hecho a Ric, aunque fuera un juramento muy, muy idiota. Debía ducharse, peinarse y vestirse en menos de diez minutos.
No estuvo más de cuatro minutos en la ducha, antes de encontrarse de pie frente al espejo de su baño. Lo primero que tocaron sus ojos, como era de esperar, era su cabellera, ondulada, desordenada y...azul.
Muy azul.
El color hacía que su piel se viera de un tono más pálido, pero pese a todo, Audrey debía admitir que le gustaba mucho. Ric había hecho un buen trabajo con su cabello, como siempre. Gracias a él y su constante e interminable lucha por volverse el mejor estilista de Europa y el mundo, Audrey tenía un nuevo look que lucir, más o menos, cada uno o dos meses.
Lo del cabello azul fue una idea que surgió de la nada y, a la vez, se había transformado en una especie de experimento. Las tinturas que Ric se había conseguido eran de buena calidad, pero aún así no permitían que el color permaneciera igual de brillante por más de tres o cuatro semanas. Entonces Audrey había recordado que una de sus compañeras de trabajo en el Ministerio; Lucy, que por lo demás era bastante desagradable en general con su obsesión con verse perfecta y hermosa, había mencionado en voz alta (ya que nadie la estaba escuchando en ese momento...o en ningún otro momento) que en la última edición de Corazón de Bruja habían publicado una poción para mantener en el tiempo el color del cabello teñido. Audrey le había propuesto a Ric hacer un experimento: mezclar sus tinturas de colores con unas gotitas de esa pócima (que ella se demoró cuatro días en preparar), y que evaluaran qué tanto lograban extender la vida de su cabello azul. Si les iba bien, las clientas y clientes muggles iban a pagar pequeñas fortunas para tener cabellos perfectos por meses. Era un negocio redondo.
Ric, siempre el alma noble, había comenzado a echar abajo el plan de inmediato, acusando de no querer aprovecharse de la gente que no sabía nada sobre la gente con súper poderes. Que era su manera de referirse a la gente muggle y la gente mágica. Que fue más o menos lo mismo que le dijo cuando ella propuso utilizar su varita para asaltar a muggles ebrios en los callejones de Londres y así ganar dinero.
En su defensa, tuvieron momentos de real desesperanza financiera.
De todas formas tendrían que esperar bastante para evaluar resultados, porque su cabello azul era algo realmente reciente. A su jefe del Departamento de Correo Mágico le iba a dar un infarto masivo.
Que Merlín y su sombrero azul estrellado la amparara.
Calculando mentalmente que le quedaban aproximadamente tres minutos para estar sentada en la cocina, o enfrentar la furia rosa de Alaric y su espátula golpeadora, Audrey se apresuró en secar su cabello con un par de movimientos de su varita y luego sujetarlo en lo alto de su cabeza en un moño desordenado; antes de correr desnuda de vuelta a su habitación, en busca de algo de ropa aceptable para los dos primeros trabajos del día. De su último trabajo no debía preocuparse, porque en el White Horse tenía un uniforme especial. Uno especialmente corto y vulgar, en palabras de Ric, pero trabajo era trabajo y necesitaban el dinero.
Ric era realmente bueno en lo que hacía y estaban intentando comprar una propiedad que llevaba mucho tiempo en abandono, al norte de Londres. Estaba ubicada a una distancia prudente del centro de la ciudad, lo que permitía un precio relativamente accesible (la palabra clave siendo relativamente) y la posibilidad de que la clientela habitual de Ric, que ya era bastante, no dudara en alejarse veinte minutos en vehículo o veinticinco en metrotren hasta la nueva ubicación. Era el lugar perfecto, además, porque tenía tres pisos amplios. El primero era ideal para adaptarlo al negocio de Ric.
Ella ya había hecho los bosquejos de cómo podría quedar el frontis y su amigo había gritado como niña en su quinto cumpleaños, recibiendo de regalo un pony disfrazado de unicornio. Era justo lo que él llevaba tanto tiempo soñando. El segundo piso era de un sólo ambiente y estaba pensado para ser ocupado por Ric y su novio de tres años de antiguedad: Owen. Owen era un encanto, con sus gafas grandes y sonrisa amplia, de cabello oscuro y con un grado en Administración de Empresas. Él los estaba ayudando a ponerle un toque de realidad a tanta planificación de ensueño.
Y el tercer piso...totalmente de ella. De ella, George Michael y de su centena de acuarelas, pinturas y pinceles. Tenía dos ambientes y servía a la perfección como refugio y estudio.
En sus cabezas, el plan sonaba bien. Sonaba como dulce miel sobre hojuelas y dulce de leche con mantequilla de maní y chocolate. O eso le gustaba decir a Ric, al menos. Audrey aún no se quería entusiasmar mucho. Aún les quedaba mucho dinero por juntar y no podían ser los únicos en querer comprar el lugar, aunque el edificio pareciera más un hotel cinco estrellas para ratas callejeras, que otra cosa.
Cinco estrellas en los estándares de ratas callejeras, por supuesto.
–¡Audrey!
–Mierda.
Audrey no lo pensó mucho más y se lanzó encima el primer conjunto de ropa interior que encontró, que resultó ser el de color cerúleo que era especialmente cómodo y se puso rápidamente un chalequito tejido marrón claro con pequeñas manchas de colores y unos pantalones de jeans. Sus botas negras, las rodillas gastadas y rotas de los pantalones y el pelo azul la iban a hacer parecer como recién salida de una pesadilla rockera; al menos para su jefe, el señor Anderson, pero no había mucho más que hacer. Porque sino tendría que agregar a la imagen la marca de una espátula en su frente y nah...antes muerta que sencilla, decía su madre. Y Ric.
Y alguna de las Spice Girls también, probablemente.
Corriendo por el pasillo hacia la cocina y sintiéndose cansada incluso cuando sólo llevaba quince minutos despierta, el mismo pensamiento que cruzaba su mente todas las mañanas hizo su aparición.
Un día más es un día menos.
Damas y caballeros, les presento a Audrey Collingwood. Decidí que todos nuestros Weasleys necesitan amor en sus vidas ❤ Quienes leen Ovejas Negras quizá la reconozcan ajaja Ya saben que me gusta eso de mezclar historias con historias. Antes de que termine ON tendré publicada una cuarta (pero breve) historia, para cerrar este ciclo de fics que tanto me he esforzado en hacer :)
