En el momento justo en el que Sasuke puso un pie en su casa, el pecho de la joven se había apretado dolorosamente, arrebatándole la fuerza para respirar normalmente.
Odio; eso sintió con tanta duerza que sus piernas temblaron como dos tablas de gelatina.
—Tadaima.
Podía recordar excelentemente como su madre había saltado a los brazos de este, con las lágrimas brotando de sus ojos con fuerza. Su corazón casi se le rompió al ver a su madre caer ante los brazos de este con debilidad.
Sus ojos ardieron, ¿Llanto? Quizás. Pero en sus ojos estaba la perfecta marca del Clan Uchiha; el Sharingan.
Tres aspas perfectas.
Había desarrollado este a los seis años, producto de dolor, rabia y tristeza cuando en el Día del Padre los niños en Konoha se habían agrupado con sus padres en juegos, cariños y risas.
Y ella, sola, de la mano de su hermano pequeño rumbo al hospital para almorzar con su madre. Al menos le había regalado una porción dible de torta de ciruelas por haberlo desarrollado tan joven.
—Ella es nuestra niña, Sasuke-kun. Ven, Sarada —llamó su madre, con una sonrisa beillante y amplia.
—Iré a por Daisuke.
Pasó por el lado de la pareja, sin determinarlos. Su hermano, como siempre, estaba entrenando con Himawari, la pequeña recién chunnin de cabello corto y ojos azules, con los bigotes en su mejilla, y Metal Lee, el hijo de Rock Lee, digno hijo de este, aunque con un corte más atractivo el de tazón.
Daisuke resaltaba ante ellos. Su cabello era rosa, sedoso y revuelto como el que usaba su padre en su juventud según las fotos, y ojos negros como los suyos. Era más abierto y amable, con una actitud más Haruno que Uchiha. Poseía el sharingan de una aspa.
—Oye, teme, ven aquí —llamó con la voz queda.
El chico sudoroso se acercó a ella con una sonrisa, luciendo una capucha gris sin mangas que tapaba un poco su cabello, unos shorts negros largos y unas sandalias.
—Hey, neesan, ¿Todo bien?
—Sasuke está aquí —fue lo único que dijo.
La sonrisa que portaba el pelirosa desapareció completamente. Se le notaba algo de sorpresa y emoción en sus ojos, pero su rostro completo demostraba confusión.
Aquel día Daisuke y su padre se habían abrazado como si la vida se les fuese un eso, pero para la sorpresa de sus progenitores, ella no se acercó ni un poco.
En la fiesta de bienvenida al hombre, ella se encerró en su habitación. Todos hablaron sobre la mano dura que le faltaba, y ella solo pudo bufar y maldecirlos a todos.
Su padre había estado en una misión en busca de cinco pergaminos, cada uno en una aldea. Estos le permitirían revivir a los caídos de la guerra, a excepción de algunos que no podían devolver.
Obito, Zetsu, Rin... Eran unos de esos, por lo que había escuchado. Había oído el chillido de emoción de Naruto al ver a Jiraiya, su llanto al reunirse con sus padres, el de Tenten al lanzarse a los brazos de Neji Hyuuga junto a su equipo y Hinata y Himawari entre ellos, y otros.
Y, claramente, fue obligada a ver a su Clan, sobretodo a sus abuelos. Su decepción de no poder conocer a su tío Itachi era palpable, puesto que su paradero al ser revivido era desconocido por el momento.
Mikoto Uchiha había intentado acercársele, pero Sarada había sido fría y estoica, a diferencia de Daisuke. La mujer había amado a su madre y a su hermano, y aunque le tenía cariño no eran para nada unidas.
Fugaku Uchiha era otra historia. Estaba orgulloso de ella por comportarse como toda una Uchiha. Adoró a su nuera y nieto, pero su nieta mayor era algo que lo debilitaba. Sarada mentiría si dijera que no le había tomado amor a su abuelo.
Pero a pesar de eso, el odio le impedía ser normal como Himawari y Boruto, quienes habían carecido de la presencia constante de su padre pero seguían amándolo y eran felices. O incluso Daisuke, quien ahora amaba con fervor a su padre y a su nueva familia.
¿Algún día sería feliz? Cada vez, la felicidad se volvía más inalcanzable para la Uchiha.
Todo aquello la había llevado a tomar esa decisión. Se iría de Konoha. No podía soportar tanto, lamentablemente.
Habían pasado cuatro meses desde la llegada de Sasuke y seguía sin sentirse cómoda. La opresión en su pecho no desaparecía. Extrañaría a su equipo, a Konohamaru-sensei, quien era como una figura paterna para ella, al Séptimo, su tío torpe e inspirador, a su cariñosa madre, a su hermano, a su abuelo...
Pero era necesario.
"No entiendo cómo tienes tanta paciencia, Frentona. Si fuese mi hija ya estaría en la línea recta... ¡Te ignora, y a Sasuke también! Le hace falta mano dura," oyó decirle a Ino Yamanaka a si madre una tarde.
"Esa niña... He hecho todo, y sigue siendo tan... Insolente," palabras de Mikoto Uchiha.
"No comprendo tu paciencia, Sakura, problemático."
"Hacer equipo con Sarada ha sido una tortura. En todas las misiones tiene esa actitud. La quiero, pero estoy cansado," le dijo Boruto a Mitsuki, Inojin y Shikadai una mañana pasada cuando ella estaba cerca.
Los odiaba, y a la vez les quería, ¿Por qué no podía ser normal?
Como si los acontecimientos la hubiesen llamado, Chōchō Akimichi apareció hacia ella, con una bolsa de papas en su mano a mitad. Sí, necesitaba algo de apoyo aunque lo negara.
La chica había cambiado con los años. Seguía siendo rechoncha, pero de una forma que llamaba la atención, con curvas matadoras que se encontró muchas veces envidiando. Sus ojos dorados, en buena mezcla con su cabello pelirrojo y su piel morena, la hacían llamativa y bastante atractiva.
—Nee, ¿Todo bien, Frentesota? Llevas días de un humor de perros —se burló, sonriente.
—Todo está bien, hn —respondió de forma cortante, jugando con un kunai en sus manos. Su cabeza le dolía, algo parecía retumbar sus oídos.
Chōchō la miró con los ojos entrecerrados, dejando su bolsa de papas de lado. Ella solo hacía eso cuando era algo serio.
—Se que no estás bien, Sarada. ¡Tan solo mírate! Tienes ojeras más grandes que tu frentesota, estás pálida, ya nunca comes y... Tus ojos —balbuceó la Akimichi, mirándola—... Tu mirada, mejor dicho, ha cambiado.
Sarada se levantó de golpe, sosteniendo su kunai con fuerza y mirando a la pelirroja con el ceño fruncido.
—Escucha, Chōchō. Si mi mamá te mandó a sacarme información, puedes irte largándote de una vez.
Chōchō resopló, como si se hubiese dado por vencida de algo. Se levantó de la misma forma y guardó su bolsa de papas.
—Estoy harta de ti, Sarada. Por eso estoy preguntándote. ¡Crees que todo se trata sobre ti! Madura —gruñó, sacando todo lo que se había guardado—. Hay millones de chicos sin padres y tu armas un espectáculo por la falta de uno.
En su interior algo se quebró, y sus manos temblaron levemente. Era demasiado para ella. Se suponía que era una ninja, debía controlar sus emociones y no permitir que estas la manipularan.
—Lárgate.
La Akimichi, ofendida, hizo la dicho, no sin antes ofenderla cuando ya se encontraba a unos metros lejos de ella.
—No le llegas ni a los talones a tu padre, y eso es lo que más te duele.
Diablos, sí que le enseñaría a qué talones llegaba. Con su sharingan visible, su mente se nubló, permitiendo que el lado oscuro de esta tomase su cuerpo.
Lanzó el kunai hacia la pelirroja, dando completamente en el brazo de ella. La chica aulló de dolor, sosteniéndose el brazo herido con incredulidad.
—Pelea conmigo si tan debil me crees.
La regordeta muchacha no esperó muchas provocaciones. Lanzó un trío de shurikens que la pelinegra evitó a la perfección gracias a su sharingan, e incluso atrapó uno, devolviéndoselo con fuerza.
Chōchō rodó hacia un lado, chillando al hacer presión en la herida, pero con la misma voluntad se puso de pie. En sus ojos ámbar había incredulidad, sorpresa, pero decisión.
—¡Baika no Jutsu!
Con su respectivo sello, la Akimichi multiplicó su tamaño. Era una cobarde, pensó Sarada. Sabía que no podía vencerla a la buena y necesitó del jutsu de su clan para poderse igualar.
Pero no se lo permitiría.
En su mano derecha comenzó a despertarse pequeñas cargas eléctricas, que en poco se convirtió en un chidori perfecto y mortífero.
—¡Sarada no!
Antes de que Chōchō Akimichi pudiese defenderse, la Uchiha había arremetido contra su gigantesco pecho, atravesándola con su chidori de forma bestial, olvidando por completa su lazo de amistad con la morena.
—Nghh... ¡Gyak!
Fue segundos después, cuando su brazo se llenó de sangre, que Sarada cayó de rodillas, consciente de lo que había hecho.
Asesinó a su mejor amiga a sangre fría...
Una voz en su interior le aplaudía, pero estaba mal. Muy mal.
Inconsciente de que el Mangekyō Sharingan se había presentado en sus ojos, Sarada gritó en llanto, sosteniendo el débil cuerpo de su mejor amiga.
Y luego de unos minutos de llorar como una desgraciada, se levantó y corrió hasta su casa, presa en pánico.
Debía irse antes de que la descubrieran. Era una maldita cobarde. Quizás habría salvado a Chōchō si la hubiese llevado al hospital, pero aquello le acarrearía una sentencia.
Estaba cegada por el dolor, y de alguna forma estaba consciente de eso.
No tardó mucho en reunir lo necesario y salir de su casa corriendo, deseando en su interior haberse podido despedir de hermano menor.
.
.
—¿A dónde vas, Sarada? —le espetó una voz algo aguda a sus espaldas.
Era Boruto, su compañero de equipo, que estaba junto a Mitsuki. La Uchiha se giró suavemente, viendo afligida a sus compañeros frente a ella con una expresión asustadiza.
—¿No es muy tarde para que estés aquí, dobe?
—¡N-No...! D-Digo... ¿Piensas huir, cierto? Tienes un bolso y armas... —balbuceó, estupefacto.
—Sarada... No hagas algo de lo que puedes arrepentirte luego —musitó Mitsuki, solemne como siempre.
Se acercó a ellos, mordiéndose el labio.
—Soy una asesina... Chōchō está muerta por mi culpa. Si no me voy, las cosas serán peor.
—¿Qué...? ¿Es una broma-ttebasa? —balbuceó el Uzumaki, retrocediendo unos pasos.
Al contrario de este, Mitsuki se acercó a ella, tomándola de los hombros con una mirada tranquila. Era sorprendente como el hijo de Orochimaru podía hacer sentir tan bien a las personas con una simple mirada.
—Sara-chan, tranquila. Estamos aquí para ti, vamos a ayudarte. ¿Cómo sucedió? —le preguntó de forma pacífica y suave, mientras le rubio se les acercaba aún anonadado.
—Yo... —musitó Sarada, con sus ojos empañándose en lágrimas. Maldecía el heredar la debilidad de su madre—. Discutimos... Y no sé qué me pasó... Se tornó en una pelea y cuando menos me di cuenta la atravesé con mi chidori.
Los dos chicos del Equipo 7 se miraron entre ellos, dudososc y lugo volvieron a dirigir su mirada a ella.
—Etto... —balbuceó Boruto, tratando de calmarse—. Somos un equipo, ¿No? Debemos estar juntos en las buenas y en las malas-ttebasa. Sarada debe irse, eso es obvio, pero no tiene que hacerlo sola.
La Uchiha negó, retrocediendo.
—No, dobe. No puedo permitirles que hagan eso.
—No vas a detenernos —sonrió Mitsuki, luciendo algo bizarro. Su forma de sonreír era realmente rara.
—¡Por favor! ¿Están conscientes de lo que acarrea ser un ninja renegado? Nos cazarán... Y si nos encuentran, nos matarán. No quiero exponerlos a eso —balbuceó Sarada.
Pero como Mitsuki dijo, no hubo nada que pudiese hacer para detenerlos.
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.
No tardaron en llegar al bosque, y suspiró. Era un gran paso, pero estaba preparada. Lamentablemente la salida estaba llena de ANBUs que notaron su estancia allí.
No podían perder el tiempo, ni su oportunidad.
—¡Oye, tú!
Les habían atacado con un jutsu de agua, lanzando olas hacia los tres desertores. Demonios.
No le había sido tan difícil. Se los había cargado, a los quince. No quería alardear, pero debía ser una jonin y no una simple chunnin. Igual no era como si lo hubiese sola...
Con eso en mente, corrió fuera de Konoha.
Era el fin de sus vidas como la conocía hasta ahora, y el comienzo de su historia como ninjas renegados.
