En plena caza son muy diferentes. Buffy mata como un oficinista cumpliendo con su trabajo. Un sello, una firma. Una estaca, una patada. Al fin y al cabo es su deber, su obligación, su rutina de cada noche. Faith, en cambio, se apasiona en la lucha. No con los vampiros jóvenes, claro. Eso es como matar un mosquito. Pero sí con los demonios más fuertes, los que pueden ser un reto. Faith se deja llevar un poco de más, arriesga hasta donde ya podría perder. "El deseo de la muerte de la cazadora", pensaba Buffy, que a veces la ayuda contra su voluntad, porque no está dispuesta a llorar en más entierros. Faith prefiere las manos a las armas, romper cuellos, dar puñetazos. Buffy, en cambio, quiere el trabajo limpio y rápido.

Después de la caza se parecen más. Ambas tienen una profunda sensación de vacío cuando todo se acaba y no queda nada que matar. Ambas tienen ganas de más. Pero sobre todo, ambas tienen un profundo calor por dentro. El calor de la sangre que las mueve. Un latido que no sólo mueve su corazón sino también su libido. Al terminar, en la soledad del cementerio, las pieles están empapadas de sudor, la carne erizada, la ropa interior rebosante de flujo. Por eso, de madrugada, Faith agota a algún desconocido que no le dura ni medio asalto. Buffy no tiene tanta suerte, y se conforma con imaginar que los dedos que la masturban hasta extenuarse son los de Ángel.

Pero no es suficiente. El deseo sigue ahí, insatisfecho, latente. Y Faith es la primera en pensar que sólo la otra cazadora podrá sentir lo mismo. Se le ocurre de repente, cuando ve a Buffy ensañarse extrañamente en un demonio. Sabe que la rubia también siente la debilidad de la carne. Así que, cuando terminan, no pide permiso, la agarra de la camisa, verde pálido, una pijada, la empuja contra una lápida y le muerde la boca. Buffy trata de pegarla, pero ello es más rápida y la inmoviliza.

- Para.

- Calla.

Y se calla. Porque nota la sangre de sus labios en los dientes de Faith. Y el sabor ferroso la excita más aún de lo que ya está. Así que para la resistencia. Introduce la lengua en la boca de su compañera, cuyas manos ya han destrozado la botonera de su camisa y están forcejeando con el sujetador. Buffy la conduce dentro de un panteón, con los pechos al aire, los pezones erectos, y empuja a Faith sobre el sarcófago. Allí forcejea con unos pantalones demasiado ajustados, que acaban desgarrados. Faith no lleva ropa interior. Tampoco hay pelo en su pubis. La cazadora entonces le acaricia el clítoris, nota como la sangre hincha la vagina hambrienta, caliente. Como la suya. Y la masturba como a sí misma cada noche, con fuerza, con rapidez. Dos dedos no son bastante, e introduce el tercero. Faith gime y se retuerce. Luego cambia la posición. Buffy sobre el sarcófago, la morena con el control.

- Me toca, B.

Y mete la cabeza debajo de la larga falda, aparta a un lado las bragas y devora lo que encuentra. Apenas lame. Chupa, succiona, muerde. Juega con los dientes en su sexo excitado hasta la barrera del dolor. Y funciona. Buffy se corre. Oye sus gritos satisfechos.

Ambas se recomponen la ropa, el pelo. No dicen nada. Se separan. Pero ya han encontrado la forma de vencer al último enemigo. El incesante deseo.