Disclaimer:Escribo sin animo de lucro, personajes asociados a la saga Crepusculo, son propiedad Stephanie Meyer.
Carlisle POV
Iba manejando como era costumbre mi Mercedes Benz.
Todo rutinario, puesto que ya habían transcurrido más de tres meses del divorcio y las cosas seguían igual, me estaba acostumbrado a la rutina, nada nuevo en el hospital ni menos en mi hogar. Mis hijos ya se habían mudado, por lo que toda la casa estaba a mi disposición; un gran hogar… y no tenía el tiempo suficiente para hacer cambios en él o irme a otro, mi casa estaba cargada de buenos y malos recuerdos.
–Supongo que me encuentro atado a esta casa –me dije, mientras estacionaba el automóvil y sonreía. Hoy sería un día ajetreado, me habían trasladado de sección en mi trabajo, por lo que ejercería mi labor en una nueva área del hospital.
Tomé mi maletín, mi delantal blanco inmaculado, con mi nombre bordado en azul en el bolsillo delantero derecho y me dirigí a mi nueva planta.
Todo era nuevo para mí, ya estaba acostumbrado a la gente, me daba cuenta lo muy apegado que soy a las personas y a las cosas, deseaba cambiar aquella propensión. Tomé unas cuantas monedas y saqué un café, lo bebí sin azúcar, eso me ayuda a mantener mis pensamientos fríos, a pesar de su calidez en mi garganta.
–Nueva gente, nueva vida, ¡aquí voy! –me animé mientras abría las puertas del nuevo servicio, me sorprendía que siempre estuviera consciente de la gente que trabaja en el hospital, fue por eso mi extrañeza al no reconocer a una joven alta, curvas increíbles, dueña de un precioso cabello caoba recogido. Confieso que quedé atónito, pero hice que no la vi y seguí hasta la estación de enfermería donde debía firmar mi llegada.
–Buenos días Doctor –escuché de una distancia apropiada. No sabía quién lo decía, pero su voz se escuchaba tenue, baja y muy dulce.
–Buenos días –solo propine a decir. Supongo que es una respuesta mecánica, tanto tiempo escuchando la misma oración uno se condiciona.
Alcé mi vista para ver quién me había saludado, era la joven que había observado hacía poco, ahora le podía ver mejor. Sus ojos marrones grandes, boca pequeña, delicada; parecía una muñeca pepona. Permanecí un instante más observándole, como se desplazaba dentro de la estación, estaba segurísimo que nunca la había visto.
–Usted debe ser el Doctor Cullen, mucho gusto, soy nueva en el hospital –sonrió, ofreciéndome su mano. Yo atiné a tomarla y saludarla–, mi nombre es Amelia Harris.
Me dio mucho gusto saber que ella sería la persona con la que compartiría mi turno, se mostraba muy sagaz, y durante todo el día me ayudó demasiado, le agradecí enormemente, no se mostraba molesta y se mantenía estoica en situaciones de caos que tuvimos durante el día, que fueron dos de extremo labor y coordinación.
Mientras estaba sentado, apoyando mis brazos en mi escritorio, nuestro turno acabó. Ella llegó hacia mi oficina y se sentó en la silla que estaba al frente.
–Espero que sus turnos no sean siempre así, doctor –habló, regalándome otra de sus sonrisas– solo bromeo, me gustan los turnos donde se debe de trabajar y hacer demasiado, o si no me siento inútil –hizo una pausa en su confesión, al parecer, quería decirme algo–, usted siempre se va tarde a su casa… perdón que me entrometa, pero, ¿no se enoja su esposa?
Mi rostro cambió cuando dijo esposa, supongo que aun recuerdo esos momentos… mas volví a sonreír y le contesté:
–No creo que se enoje, ya que soy divorciado. No tengo que decirle a alguien lo que yo hago, y ya que estás con preocupaciones personales, tú tendrías que decirle a tu novio por qué te quedas más tiempo en el turno, se podría preocupar por ti.
–Al igual que usted, no debo darles explicaciones a nadie, no tengo novio, supongo que los asusto porque trabajo en el hospital y todo eso.
La vi muy nerviosa con esa pregunta, bajó su cabeza y se encogió, me pareció atractiva la manera en cómo lo hizo, nunca había visto eso antes, ni en todos mis años de servicio. Supongo que ella es diferente, sin mencionar su escote que no era demasiado pero daba para la imaginación y vaya que me sobra.
–Por favor no me trates de usted, me hace sentir viejo, te doy permiso para que me tutees –le sonreí. Me apoyé de mi escritorio y acorté nuestra distancia para moverle un mechón de su cabello, que ocultaba parte de su rostro. Enseguida se sonrojó haciendo que el labial carmesí que usaba, se viera casi del mismo color de su cara, no supe si se sintió avergonzada o pensaba lo mismo que pensaba yo.
Sentía una atracción por ella, y era raro, porque no sentía esto de hacía tiempo.
Se puso de pie rápidamente, me quedó mirando sorprendida, quizás había cometido un error, pero su reacción me dejó perplejo. Volvió a sonreírme y salió rápidamente de mi consulta.
Sí… lo más probable era que ella sentía lo mismo que yo.
Cerré mi consulta y decidí irme, tomé mis cosas y me dirigí al estacionamiento. Saqué el auto y mientras iba saliendo, me percaté que Amelia estaba esperando locomoción para ir a su casa. Manejé hacia donde estaba su cuerpo y me detuve.
–¿Quieres que te lleve a tu casa? –dibujé otra sonrisa en mi rostro, ella asintió y copió mi expresión, mientras subía a mi automóvil. El clima en estos lugares es tan cambiante que no nos sorprendió que comenzara a llover de repente, ella se notaba callada, me miraba de reojo y yo hacía lo mismo, se sentía la tensión en el auto, además de la calefacción que había en él, por lo cual hizo que Amelia se desenfundara de su abrigo rojo que llevaba puesto, para dejar a mi vista apreciarle con una camisa color morada ajustada, que creo, casi pierdo el control del automóvil, ella inconscientemente estaba poniéndose muy sexy pero conservando su timidez, lo cual me gustaba mucho. Decidí seguir con la conversación que estábamos teniendo en mi oficina y le seguí mandando indirectas.
–No creo que sea para tanto que un tipo le de miedo que tu trabajes en un hospital, yo no tendría miedo– la miré y reí para darle confianza, ella me quedó mirando fijamente.
–Entonces us... digo tú, debes ser el único hombre que he conocido realmente, deberían haber más hombres como tú –hubo una pausa incomoda– ¡Ah! tengo mis manos heladísimas –ella estiró sus manos a la calefacción en el momento que yo traté de graduar la calefacción y nuestras manos se tocaron. Claramente sus manos estaban heladísimas, las mías estaban más cálidas, no sé si habrá sido un acto reflejo pero con mi mano tomé las suyas y las traté de temperar. Supongo que no le molestó porque no alegó, solo se quedó mirando las manos y se sonrojó de sobremanera.
Dentro de unos minutos ya estábamos afuera de su casa, la cual era pequeña pero vistosa. Solté sus manos y se colocó su abrigo.
La quedé mirando, ella con cierta torpeza se terminó de vestir con su abrigada prenda, quizás estaba nerviosa, solamente atino a decir:
–Nos vemos mañana en el turno de noche.
Se acercó junto a mí para darme un beso en una de mis mejillas, cuando reaccioné, moví mi cabeza haciendo que ese tierno e inocente beso se transformara en un beso en la comisura de mis labios, ella instintivamente se volvió a sonrojar y salió del auto. Se despidió con su mano y corrió para protegerse de la lluvia. Yo retrocedí y emprendí rumbo a mi casa, siempre tocándome la comisura de mis labios y respirando profundamente el aroma del perfume que había quedado en mi coche.
¿Qué me estaba pasando? ¿Será química?
