Capítulo 1
DESESPERACIÓN
"Tenemos la obligación de informarle que el soldado Alphonsus du Morangias se ha Perdido en combate, participó valientemente en la batalla de defensa de la ciudad de Marne a cargo del General Foch, el cuerpo no ha sido encontrado"
¿Cuántas veces había leído y releído esa nota que le llegó desde el frente?, las letras ya estaban borrosas y corridas por el llanto, el papel arrugado y desgastado de tanto sacarlo y meterlo de su bolsillo, como si al hacer eso las letras fuesen a cambiar y le anunciaran su regreso… Pero no era así y no lo sería.
Se había escondido como un animal temeroso durante todo el tiempo que duró la guerra, esperando a que él regresara, si se iba de ahí jamás volvería a recibir noticias del frente y en cuanto tuvo ese telegrama en sus manos todo el sentido de permanecer en Francia se había terminado, ya no encontraba el objeto de quedarse en esa pequeña casita que tan malos recuerdos le traía, le daban escalofríos el solo pensar en las noches que había pasado completamente sola, corriendo en plena oscuridad al refugio que había armado en el sótano al escuchar los aviones sobrevolar la campiña… no sabía en dónde estaba él en esos momentos, tal vez pasándola mucho peor que ella, en alguna trinchera rodeado de cadáveres, lodo y ratas, era en ese momento en que ella rezaba, lloraba y se abrazaba a sí misma… lo extrañaba tanto, su ausencia le quemaba el pecho y le marchitaba el alma, pero ahora ya nada valía la pena…
A pesar de todo aún existía la esperanza dentro de ella, de que él estuviese vivo, tal vez en algún pabellón, tal vez herido, en el peor de los casos, mutilado de alguna de sus extremidades como le había pasado a cientos de soldados, pero vivo, ese era el asidero del cual se sostenía para no caer en la desesperación, tal vez en algún momento lo volvería a ver…
A lo lejos veía la estatua de la libertad entrecortándose en el cielo azul y limpio de nubes, lo primero que se le había ocurrido era vender las pocas posesiones que tenía y comprar un pasaje de barco en la tercera clase hacia América, cualquier cosa era mejor que seguir ahogándose en sus lágrimas y recuerdos, no sabía a dónde iría en esa ciudad enorme y monstruosa o qué podría hacer para sobrevivir, una cosa era segura y es que no le temía al trabajo, ya se las ingeniaría de una u otra manera.
El barco tocó puerto e inmediatamente comenzaron a bajar los pasajeros por las rampas, las clases estaban perfectamente separadas, mientras iba bajando pudo ver hacia la derecha a la gente de primera clase que desembarcaba, las mujeres con corsés ciñendo su cintura casi asfixiándolas, con elaborados sombreros, pesados vestidos y dedicados peinados, no estaba segura de cómo las mujeres soportaban eso, ella llevaba su cabello negro sujeto con una cinta lila y le caía hasta debajo de las caderas balanceándose con su caminar, un sencillo vestido blanco y largo y una simple maleta de cuero en donde transportaba las pocas cosas materiales que aún tenía y los sueños frustrados de algún día formar una familia con Alphonse.
Caminó entre todo ese mar de gente que se arremolinaba buscando a sus familiares y amigos que venían en ese barco, risas, abrazos y alegría, a ella nadie la esperaba, estaba completamente sola, sorteó a toda esa muchedumbre y se encaminó por las calles de esa ciudad que tal vez le prometiera una nueva oportunidad.
"Y"
— Mal, muy mal — dijo el señor Hattaway que sostenía contra su muslo el guión de teatro para la obra de esa temporada, estaba parado frente al escenario y miraba a los actores que habían cometido el mismo error en las líneas que habían ensayado hasta el cansancio esa tarde — Tomemos un descanso, es lo que nos hace falta —soltó fastidiado, comenzaba a sentir un ligero dolor de cabeza, no entendía cómo cometían el mismo error una y otra vez, les faltaba fuerza al interpretar sus papeles, no encarnaban al personaje, era todo un caos.
Algunos actores bajaron del escenario y otros se fueron tras bambalinas, el señor Hattaway se sentó en una de las butacas pensativo, Terry no había ido a ensayar esa tarde, cuando hacía eso todos se desquiciaban, parecía que perdían el hilo de la obra, era como si ese joven hombre amalgamara al cuerpo teatral solamente con su presencia.
Presentarían nuevamente la obra de "Romeo y Julieta", él había insistido al cuerpo de inversionistas el presentar una obra diferente, como "Mucho ruido y pocas nueces" o "La doma de la bravía", pero ellos insistieron en algo más romántico, algo que les hiciera ver el amor ahora que había terminado la guerra, así que no le quedó más opción y era cierto, ahora que la guerra había finalizado se respiraba un aire algo melancólico en las personas de la ciudad y tal vez algo de romanticismo les caería muy bien.
Se levantó de la butaca y miró el piso lleno de basurillas y tierra, hasta la señora que hacía el aseo faltaba constantemente, ya se le ocurriría qué hacer con ella.
Sintió la punzada incómoda del apetito, miró su reloj y ya pasaban de las cuatro de la tarde y desde la taza de café y el panecillo que había desayunado, nada más había entrado a su estómago desde la mañana, lo mejor que podía hacer en ese momento era ir a comer algo en el restaurante donde siempre almorzaba, así que tomó su chaqueta y salió del teatro con una jaqueca más intensa.
El restaurante estaba a un par de cuadras del teatro, era un lugar acogedor y tranquilo, la dueña era la señorita Alice Goldsmith, una amable anciana de sesenta y cinco años de edad que echaba humo de cigarrillo como caldera descalibrada, nunca se casó ni tuvo hijos, pero su único sobrino que tenía el cerebro lleno de aire era el que la ayudaba con el negocio, el guapo y atolondrado Frederick que lo único que podía hacer bien era llenarse el cabello de brillantina y nalguear a la chica que fregaba el piso o a la mesera, ese era el secreto de por qué ninguna muchacha trabajaba con ellos más de tres semanas.
El señor Hattaway llegó al restaurante y lo primero que pudo ver en uno de los ventanales era el anuncio donde se solicitaba una nueva chica que trabajara en la limpieza del establecimiento, debía tener buena presentación y deseos de trabajar, aunque llegara seguramente no duraría mucho tiempo en el empleo, no sería nada novedoso.
Entró al establecimiento y las campanillas de la puerta se dejaron escuchar con su alegre repiqueteo, detrás del mostrador estaba la señorita Goldsmith cortando una tarta de queso, su sobrino en la caja y la nueva mesera servía café a un caballero en una mesa al extremo del negocio.
Hattaway tomó asiento junto al ventanal que daba a la avenida principal, ese había sido su lugar preferido desde mucho tiempo atrás, en algunas ocasiones acudía a almorzar o comer con Terry, lo hubiese invitado ese día, pero no tenía ni idea de dónde estaba. La mesera se acercó sonriente a su mesa y le dejó la carta, era una chica trigueña, alegre y con ojos coquetos, seguramente no estaría en el empleo para la próxima semana.
La señorita Goldsmith miró a Robert Hattaway y sacudiéndose las manos se le acercó con una gran sonrisa.
— ¡Robert!, qué gusto verte — exclamó la mujer parándose junto a él — ¿Qué tal va el teatro?
— Muy bien señorita Goldsmith, progresando — mintió él tratando de olvidar lo mal que había salido todo ese día.
— Pero dime ¿por qué no trajiste a la galanura que es Terry?, mis clientas lo extrañan — dijo pícaramente ella.
— Pues… hoy le di el día franco, así que no vino al ensayo, debe estar descansando en casa
— Supongo que estará alegrándose la tarde en compañía de esa encantadora niña rubia que tiene por prometida.
El señor Hattaway no sabía cómo contestarle a esa anciana, Terry no era expresivo, pero desde que se había comprometido con Susana Marlowe su semblante era más sombrío y distante, constantemente llegaba con resaca a los ensayos o se perdía por días, lo único que él pudo hacer fue darle una sonrisa fingida como única respuesta.
— Bueno Robert, dime ¿qué te apetece comer hoy?, tengo crema de champiñones, filete wellington, papas con mantequilla y cáscara crujiente y una rica tarta de queso con mermelada de moras — la señorita Goldsmith era por mucho, una de las mejores cocineras que Robert Hattaway había conocido, no por nada su pequeño restaurante había logrado progresar en esa gigantesca orbe que era Nueva York y lograba vencer a la competencia que día con día se instalaba a la redonda.
— Me parece magnífico, tráigame ese menú, muero de hambre —y no era broma, al parecer el estar ahí tranquilo con gente conocida y agradable le había causado más apetito. La señorita Goldsmith se fue canturreando una canción tan feliz como siempre a traer la comida de Robert Hattaway.
"Y"
Algo era definitivo y es que tenía que encontrar un lugar para pasar la noche, estaba caminando por las calles sin saber a dónde ir exactamente, miraba todo asombrada, jamás creyó ver esos edificios tan enormes llamados "Rascacielos", parecía que se perdían en las alturas, ojala él pudiese estar ahí y caminar junto a ella en esas calles tan asombrosas.
— No — se dijo a sí misma, si seguía pensando en Alphonse rompería nuevamente en un llanto incontrolable y era lo que menos debía hacer en ese lugar.
Siguió caminando tratando de asimilar todo lo que ocurría, la vida que se desarrollaba en esa ciudad era agitada y siempre estaba en movimiento, miró los autos, los había visto antes, pero jamás tan de cerca, también había muchos carruajes elegantes por las calles, gente que iba y venía, elegantes caballeros y distinguidas damas que parecían jamás agachar la nariz ni mirar a los lados, se paró en una esquina quitándose del camino de todas esas personas y miró todo un poco más detenidamente.
Tendría que seguir con su labor de encontrar aposento para esa noche, lo único de valor que traía era un reloj antiguo que había decidido guardar para el viaje y unos pendientes de esmeralda que habían sido de su madre, se había jurado a si misma que no vendería esos pendientes, era lo único que tenía que la acercaba un poco a su madre y en esos momentos era cuando más la extrañaba.
Siguió caminando y en un edificio desvencijado vio un letrero de renta de habitaciones, estaba en un callejón sucio, lodoso y lleno de basura, no le quedaban más opciones, entró al lugar y buscó al casero, quien resultó ser un hombre seguramente igual de sucio que el lugar donde se encontraba, tenía un abultado estómago y manchas viejas de comida sobre la ropa, la cara brillaba por la grasa y el sudor y al hablar escupía constantemente.
— ¿Quieres una habitación? — le preguntó él con voz ronca.
— Sí, necesito un lugar para poder quedarme por algún tiempo — contestó ella mirándolo fijamente a los ojos.
— ¿De dónde vienes niña, cómo te llamas? — la interrogó el casero mirándola morbosamente desde los tobillos descubiertos hasta la cabeza.
— Vengo de Francia y me llamo Ginebra ¿tiene habitaciones libres o tendré que buscar en otro lugar? — el casero evalúo por un momento la situación y luego se rió escandalosamente.
— ¡Claro que tengo habitaciones!, son las de arriba, vamos — el hombre comenzó a subir las escaleras y Ginebra se quedó abajo sin seguirlo, no le daba mucha confianza subir — ¿Vas a venir o no? Nada más me haces perder el tiempo.
Ginebra subió los escalones de madera, estaban desvencijados y chirriaban a cada paso que ella daba, las paredes tenían enormes manchas mohosas y todo el edificio olía a humedad, subieron hasta el segundo piso y escuchaba cuchicheos que venían de otras habitaciones y llantos de niños.
En el tercer piso el hombre se detuvo y caminó por el pasillo hasta llegar a una puerta al fondo, la abrió y dejó ver una recámara, no muy amplia, polvorienta y con el mismo olor a humedad del resto del edificio, tenía una ventana grande a un extremo con una cortina deslavada y raída, había una cama para una sola persona, las sabanas estaban manchadas de algo color óxido y la colchoneta se veía combada en el centro, un pequeño armario de madera apolillada estaba recargado en una de las paredes y arriba tenía una jofaina de lamina con un espejo opaco.
— ¿Tienes con qué pagarme? — fue lo que preguntó el casero al ver que Ginebra observaba todo atentamente, ella dirigió su mirada a él y camino hacia el armario, puso su maleta encima, la abrió y sacó el reloj de su interior y se lo entregó al casero.
— ¿Cuánto tiempo pagaría esto el alquiler? — preguntó ella, el hombre miraba el reloj, lo tomó con una mano rechoncha para inspeccionarlo bien y finalmente lo guardó en su bolsillo.
— Digamos que dos meses — contestó él con una sonrisa retorcida dejando ver sus dientes manchados y las encías enrojecidas — Si quieres cocinar algo aquí no podrás, mi casa no es restaurante, tendrás que comer afuera y el baño está al otro extremo del pasillo, ahí hay agua limpia y si te quieres bañar será en otro lugar, aquí no hay tinas ni agua caliente — el casero fue acercándose a la puerta y casi al salir asomó un poco su sebosa cabeza — Pero si quieres algo de calor en la noche puedes bajar a buscarme…
Cerró la puerta riéndose y Ginebra por fin se quedó sola, ignoró su último comentario, no era la primera vez que un hombre asqueroso se le insinuaba, caminó hasta la cama y se dejó caer en ella, escuchó como todos los resortes de la base chirriaron bajo su peso, a cada movimiento por mínimo que fuera parecía como si la cama se quejara, pero se sentía cansada, cerró los ojos y escuchando el diáfano eco de una radio en una habitación contigua que tocaba una pieza de charlestón no tardó en quedarse profundamente dormida.
"Y"
Cómo extrañaba a esa pequeña pecosa de cabello rubio, aún no podía asimilar el hecho de que estaba comprometido con una mujer que no amaba y aunque aún no se fijaba una fecha para la boda era un hecho inminente que tarde o temprano llegaría.
Miraba melancólicamente el atardecer a través de uno de los ventanales de su nueva casa, la había adquirido poco tiempo atrás y al vivir él sólo en ella el eco de sus pasos al caminar retumbaban por todos los recovecos dándole un aire aún más triste a su vida. Tenía el cigarrillo encendido entre sus dedos y de cuando en cuando le daba una calada y dejaba escapar el humo a través de sus labios entreabiertos, lo había dejado gracias a Candy, pero ahora nada valía la pena, tenía guardada la armónica que ella le había dado en un lugar donde nadie más que él le pudiese poner sus dedos encima, era algo sagrado, jamás se perdonaría que otras manos que no fueran las suyas la tocaran.
No había ido al ensayo ese día ni había avisado a Robert que faltaría, no se sentía con ánimos de salir al mundo exterior, además, los diálogos se los sabía de memoria desde mucho tiempo atrás, no era la primera vez que personificaría a Romeo, lo lamentaba por los actores nuevos que no tenían ni idea de dónde pararse, moverse o hacia donde mirar.
Tenía hambre, pero el solo hecho de pensar en ir por Susana le revolvía el estómago y le quitaba el apetito, le había pedido desde el día anterior que fueran a cenar con la señorita Goldsmith, le agradaba la anciana y le gustaba su comida, pero todo le sabía como un puñado de cenizas en la boca al estar sentado junto a Susana escuchando su parloteo incesante… se sentía sólo a su lado, como si estuviese a punto de morir y a nadie le importase, era algo en verdad terrible para él.
No supo cuánto tiempo miró por la ventana, pero cuando se hubo percatado de la realidad estaba sumido en la penumbra y ya el cielo estaba bordado de estrellas titilantes, un leve viento soplaba y la casa comenzaba a enfriarse bajo el sereno nocturno.
Se levantó completamente desganado, a tientas en la oscuridad tomó su abrigo y salió de la casa para ir a buscar a Susana, no podía escaparse de los compromisos con ella, si no iba a su casa a recogerla, ella y su madre llegarían como sombras a la casa de él esperando encontrarlo en una aventura romántica con alguna amante… "Ojala fuese realmente eso" pensó cínicamente "Al menos estaría calientito" y riéndose subió a su auto.
No tardó mucho en llegar a la casa de Susana, pudo ver desde afuera que todas las luces estaban encendidas, al tocar la campanilla el mayordomo salió a recibirlo.
— Buenas noches señor Grandchester — dijo con voz seca el hombre — La señorita Susana lo espera.
Y lo hizo pasar a un recibidor en donde estaba encendido el fuego de la chimenea, miró las llamas melancólicamente en su baile incesante mientras devoraban los trozos de madera seca, la madre de Susana llegó inmediatamente con una sonrisa que casi parecía una mueca.
Terry, querido, me alegra que haya llegado, Susana estaba impaciente – Y le tendió la mano para que él la besara; fue nada más un leve roce de sus labios en la mano enguantada, sin pompas ni gracia, simplemente un saludo obligado.
Susana llegó en su silla de ruedas, era empujada por el mayordomo, llevaba puesto un vestido azul celeste y el cabello recogido en un gracioso moño a la altura de la nuca, sus ojos se iluminaron al ver a Terry, pero la mirada de él era tan inexpresiva como siempre.
— Hola Terry — lo saludó con una voz suave y acaramelada, él ya sabía lo que ella esperaba, así que se agachó y le dio un beso insípido y frío en los labios, sus besos siempre eran así, rápidos y sin amor, era nada más el protocolo que debía seguir con ella; en múltiples ocasiones se llegaba a preguntar cómo haría para cumplir con sus obligaciones maritales en el lecho conyugal, cómo podría dormir noche a noche a su lado y sentir su cuerpo contra el suyo… Siempre había sentido que no sería capaz de hacerle el amor a esa mujer por la cual no sentía nada más que un agradecimiento lastimero.
— Vayámonos Susana, tengo hambre — dijo Terry que ya se disponía a empujar la silla de ruedas.
— Espera, espera, mamá quiere venir con nosotros — pidió ella con una pequeña sonrisa, Terry miró a su suegra que le sonrió triunfante, él había aprendido en el teatro a guardar sus expresiones y no permitir que los demás supieran lo que pensaba, aunque por dentro estaba reventando solamente asintió con la cabeza y los tres se dispusieron a salir a cenar.
"Y"
Ginebra se despertó mareada y con hambre, no le quedaba más solución que salir a buscar algo, no le sobraba mucho dinero, pero algo se le ocurriría, se levantó de la cama y buscó entre las pocas pertenencias que tenía un abrigo para cubrirse, ya estaba oscuro y hacía algo de frío, tomó un pequeño atado en donde tenía algunas monedas y salió del cuartucho.
El viento frío le golpeó la cara al salir a la calle, las luces de las aceras ya estaban siendo encendidas y la gente iba y venía con su eterno trajinar.
Caminó con las manos metidas en los bolsillos del abrigo con un afán de que se le calentaran un poco, se notaba que el invierno estaba próximo a llegar, se anunciaba con esos vientos fríos que quemaban la piel y helaban el alma, estaba caminando sin un rumbo fijo, solamente esperaba no perderse entre todas esas calles tan concurridas y grandes… No sabía si encontraría algo esa noche, pero sería mucho peor no buscar.
Llegó a una zona mucho más concurrida y más iluminada, aún había demasiados negocios abiertos mostrando letreros coloridos y luces brillantes que salían de su interior, eran tiendas de sombreros, panaderías, bares… La gente parecía más alegre, reía y platicaba por las calles y a través de las ventanas de los negocios se les podía ver como reían y bromeaban felices.
"Se busca chica para limpieza, presentable y con ánimos de trabajar, informes dentro".
Esa era una excelente oportunidad, leyó bien el letrero que estaba pegado en un ventanal del negocio, miró el nombre del lugar escrito con letras cursivas justamente encima de la puerta principal y quitándose un par de pelusas del abrigo, entró aparentando un paso decidido aunque en su interior estaba temblando por los nervios.
Era un restaurante amplio, muy limpio y sencillo, las mesas estaban abarrotadas de comensales que llegaban a cenar, había un mostrador justamente al frente del lugar donde estaban dentro de aparadores de cristal los diferentes postres que se ofrecían y detrás de él estaba la dueña del negocio.
Ginebra se acercó, la anciana estaba profundamente concentrada en el libro de cuentas del restaurante y no notaba la presencia de la chica que la miraba fijamente.
— ¿Qué te puedo ofrecer mi niña? — le preguntó la anciana sin apartar los ojos del libro.
— Vengo por lo del anuncio — fue hasta entonces que la mujer la miró con escrutinio y fríamente, observó la piel blanca, las mejillas arreboladas por el aire frío del exterior, la nariz pequeña y el abrigo que al parecer no era tan barato.
— ¿Puedo saber por qué una chica que trae un abrigo fino quiere trabajar en la limpieza de éste lugar? — la anciana se recargó con los codos sobre la madera del mostrador esperando la respuesta de esa chica.
— El abrigo fue un obsequio, yo no tengo dinero para comprar algo tan costoso — le contestó Ginebra encogiéndose de hombros.
— Bien, déjame ver tus manos — Ginebra no entendió el motivo por el cual esa anciana quería ver sus manos pero sin objetar las sacó de los bolsillos del abrigo y se las ofreció sin pretextos — parece ser que en verdad has trabajado antes, son fuertes ¿Tienes alguna recomendación de otro lugar donde antes hayas trabajado?
— No, acabo de llegar al país, no conozco a nadie y necesito trabajar si quiero sobrevivir— la puerta se abrió dejando escuchar nuevamente el repiquetear de las campanillas, ambas mujeres miraron quién había llegado, era un hombre joven, varonil y atractivo que venía empujando la silla de ruedas de una chica rubia y grácil, a Ginebra le recordó a las muñecas de porcelana que alguna vez pudo tener de niña, antes que su vida diese un vuelco total, los seguía una mujer ya madura, de porte elegante y prepotente, los tres fueron a una mesa que al parecer solían ocupar con frecuencia; todas las personas que estaban en el restaurante miraban curiosos e interesados, se levantaban de sus asientos para poder ver mejor a las personas que acababan de entrar.
— Permíteme niña, en seguida te atiendo — dijo la mujer que tomó tres menús, salió de atrás del mostrador a través de una puertita y se dirigió a la mesa que acababa de ser ocupada.
— Mi querido Terry Grandchester —dijo la señorita Goldsmith con voz muy alegre y entusiasta mientras les repartía las cartas con los menús que ofrecían para la cena — pensé que ya no vendrías el día de hoy, pero mira, me has dado la alegría de tenerte aquí y más al ver que has venido con tu prometida y con su madre.
— Muchas gracias señorita Goldsmith — contestó Terry tratando de que su sonrisa no fuese fingida, Susana parecía estar en la gloria y su madre ni siquiera miraba a la anciana.
Ginebra estaba atenta a la escena, ese hombre era en verdad muy atractivo y gallardo, pero no comprendía bien por que toda la gente le prestaba tanta atención a su reciente llegada, de pronto y sin esperárselo se percató de que la acompañante de ese hombre la miraba, la chica rubia de silla de ruedas la veía fijamente, con su mirada recorrió cada centímetro de su figura, parecía como si la estuviese evaluando en silencio, cuando hubo terminado con su inspección dirigió la vista nuevamente hacia el joven.
Después de algunos minutos más de plática, la anciana regresó sonriente al mostrador donde había dejado esperando a Ginebra.
— ¿En qué estábamos? — preguntó la anciana que regresaba a su puesto detrás del mostrador.
— Disculpe — dijo Ginebra — ¿Quiénes son ellos?, veo que toda la gente les presta mucha atención.
— Mi niña ¿acaso has vivido en una cueva? — preguntó la anciana visiblemente sorprendida — ese joven es Terrence Grandchester, es el mejor actor de teatro que Broadway ha tenido, es increíble verlo actuar, la chica que lo acompaña se llama Susana Marlowe es su prometida, eran compañeros en la compañía teatral y ella le salvó la vida pero perdió una pierna, ambos están muy enamorados… Es una historia como de una novela romántica… Y la mujer que los acompaña es la señora Marlowe, la madre de Susana.
— Pues tan enamorados no creo que estén — murmuró Ginebra mirando como Susana parloteaba incansablemente mientras Terry simplemente leía la carta sin prestarle atención.
— ¿Qué dices niña? — preguntó la anciana sorprendida.
— Nada, no me preste atención, estoy pensando en voz alta.
— Platícame sobre ti, mi nombre es Alice Goldsmith y soy la dueña de éste restaurante, mi sobrino Frederick me ayuda pero salió con unos amigos, nada más tenemos ahora a los cocineros y a una mesera, necesitamos a una chica que barra, friegue el piso y lave la loza.
— Me llamó Ginebra des Forêts, vengo de Francia, acaba de terminar la guerra y no hay muchas oportunidades por allá ahora, así que vendí todo lo que tenía y vine para acá y ahora ando buscando trabajo — la señorita Goldsmith la observaba sin quitarle la mirada de encima, parecía ser sincera y en verdad necesitaba alguien que hiciera el trabajo.
— Bien, mañana podrás comenzar con tu trabajo, llega aquí a las seis de la mañana, te daré un uniforme y lo primero que harás será limpiar todas las mesas, barrer y fregar bien el piso antes de que lleguen las primeras personas a desayunar¿De acuerdo?
— Si, mañana estaré aquí puntual ¿podría comer algo?, tengo dinero para pagarle — preguntó Ginebra mientras hurgaba en el interior del bolsillo del abrigo comprobando para si misma que había algunas monedas ahí.
— Claro, pasa a la cocina y dile al cocinero que te dé algo y ya lo pagarás después.
Era la primera persona amable que había encontrado en ese país y la primera con la que hablaba en mucho tiempo de una manera tranquila, ella misma había comprobado que la guerra saca a flote lo peor de las personas al ver la manera en que se comportaban todos en su país ahora que había terminado el conflicto. Le agradeció sinceramente y entró a la cocina por una puertita lateral al mostrador.
— Sussy ¿Qué miras? — preguntó la señora Marlowe a su hija que había estado observando a la chica que hablaba con la señorita Goldsmith.
— Nada más veía el cabello de esa mujer — contestó Susana — sería perfecto para las pelucas que usan en el teatro, es muy largo y negro¿no lo crees Terry?
— Mmmm — fue la única respuesta que le dio su prometido que hasta ese momento había estado ocupado masticando un palito de pan mientras esperaba su cena, alzó la vista y lo único que alcanzó a ver fue la figura enfundada en un abrigo azul con una cabellera larga hasta debajo de las caderas que entraba a las cocinas del restaurante.
"Y"
N/A Bien, pues este fic lo estuve escribiendo hace bastante tiempo, lo eliminé para poder hacerle algunos cambios, tanto en la trama como en el formato, pero volveré a subirlo poco a poco en esta plataforma, espero lo disfruten.
