Memoria perdida I
Recorrió el pasillo en dirección a la residencia que había estado buscando aquella mañana. Por encima de sus brazos, sobresalían dos pares de envolturas saturadas de comida con motivo navideño. ¿Aún era posible festejar aquélla fecha? Ascendió las escaleras a paso veloz y depositó los paquetes en el suelo para alcanzar la puerta, golpeando tres veces antes de retomar la posición original. Aguardó, sin embargo, no obtuvo respuesta alguna.
Exhaló un suspiro e instó trasladar su peso hacia la pierna izquierda. ¿Dónde se habría metido su madre? Desde el interior de la cabaña, advertía los ininteligibles murmullos correspondientes a las voces de sus familiares. No pudo evitar preguntarse, al percibir el elevado tono de algunos de ellos, el tema que había originado el debate. ¿Un nuevo campo de refugiados? O quizás alguna errada decisión...
Repentinamente, la puerta se deslizó en un sordo pero constante susurro y, en su lugar, emergió la esbelta figura de abuela Joanne. Apenas tuvo tiempo de esbozar una sonrisa: la mujer extirpó los abultados paquetes que cargaba antes de alzar a un Demian de dos años y abrazarlo con fuerza contra su pecho.
—¡Qué grande estás!—exclamó la mujer, forjando una amable sonrisa en su semblante, al mismo tiempo que avanzaba unos pasos en dirección a la restante estirpe. Sonrió ligeramente al hallarse a su hija, cargando los restantes paquetes—. Hola, pequeña.
—Buenas tardes, madre— añadió, tras una exigua pausa, en cuanto admitió la contundente derrota: su hijo se había aferrado al abrigo de su abuela y estaba segura que no sería sencillo separarlos.
—¿Cómo estás? —inquirió Joanne mientras retomaba el camino hacia la cabaña—. Han llegado tarde...
Observó a su alrededor en búsqueda del miembro ausente de la familia, al tiempo que, los murmullos arribaron de manera imperante lo cual le indicó que se hallaba en la sala principal. La esbelta mujer volteó momentáneamente y él orientó la mirada hacia el frente, permitiendo que las palabras pronunciadas comenzaran a perderse.
No logró atinar a oír el nombre de, quien supuso, sería su madre. Aquella misteriosa mujer de elegante postura y castaños cabellos se diluyó consecuente al recuerdo que acababa de evadir el bloqueo de su memoria. Pugnó por no despertar a sabiendas que olvidaría incluso aquel dato, empero no tuvo éxito. Percibió cómo una mano lo sacudía con evidente impaciencia y, tras soltar un suspiro, abrió los ojos.
Una vez más, la oscuridad que circundaba el Área lo recibiría con una exigua matiz de familiaridad. Erigió su postura e instó seguir el veloz paso de Minho en dirección a la Sala de Mapas. Aún somnoliento, no logró dilucidar las palabras del shank sobre el recorrido trazado en el Laberinto para aquella jornada. Su mente divagaba entre las ignotas figuras de su madre, los hombres que se hallaban reunidos en la sala y aquélla mujer de voz amable que lo había recibido. Indistintas, cada una de ellas comenzaba a disolverse conjunto a todo rastro del sopor. Frunció el ceño, derrotado.
—Shuckface, ¿has comprendido?— Newt alzó la mirada y se limitó a asentir con la cabeza. No requería atender las indicaciones acerca del Laberinto, era consciente de su trayecto para arribar a la Sección seis. Cogió la mochila y las armas que había preparado el día anterior, cargándolas hacia la cocina donde tomó los sándwiches de la mesa principal.
La oscuridad comenzaba a ceder cuando recorrió el trayecto hacia la Puerta Norte. Advirtió que algunos larchos comenzaban a despabilarse y los saludó con un leve ademán de cabeza. El atronador sonido de las Puertas, sin embargo, fue quien lograría extirparlo de sus pensamientos.
De alguna manera, siempre había considerado el shuck Laberinto como una puñetera ratonera. Ahora vaticinaba una excéntrica serenidad en sus muros. Respiró hondo. Debía de estar perdiendo la cordura.
Olvidándose de aquellas tres figuras que aún rondaban por su mente, Newt se adentró en el Laberinto en dirección a la Sección seis.
