Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen. Dicha serie y contenido pertenece a Masashi Kishimoto.
Aviso: Este fic participa en la actividad Amigo Secreto 2016 del Foro La Aldea Oculta entre las Hojas
Fanfic dedicado a: Yusha
Nota
¿Hola mami? Sí, creo que debí de darte un tremendo susto y una tristeza enorme durante unos cuantos días, pero debo decirte que pasé semanas leyendo tus pedidos y el primero que intenté hacer fue el de Jiraya (pero no se me ocurría ninguna buena trama para el mismo), así que opté por hacer tu preciado MinaMei aunque no tuviese ninguna remota idea sobre cómo manejar a esta pareja, porque jamás he escrito de ella.
Sólo espero que lo disfrutes, porque alcancé a inspirarme un poco de mi viaje a unas cabañas donde me hice una con la vida silvestre y creo que en este fic lo notarás.
Y sí, es un fanfic, no un One-shot. Y para no dejarte sin regalo, te enviaré un largo adelanto del mismo, porque éste si lo pienso terminar pero con más calma, porque realmente la historia que tengo planeada es así, con un sin fin de pequeñas sorpresitas.
¡Saludos!
SINOPSIS
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―Los secretos se ocultan tras el volcán. ―dijo un anciano de aquel solitario, pero amigable valle―. Y las leyendas cuentan el que los zorros se ocultan ahí, junto con todos los espíritus.
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Hace demasiado tiempo atrás, cuando solía ser joven y curiosa como la mayoría de las mujeres de mi edad, había emprendido un viaje al Monte Fuji por unos meses de vacaciones en un viaje turístico a la región de los cinco lagos cuando tenía veintitrés.
Muchas personas de la región solían hablar de las leyendas de aquel lugar. En un valle, no muy lejos de ahí donde se podía apreciar una hermosa llanura, se decía que se podían ver animales transformarse en personas. Siempre relacionándolos con los antiguos espíritus que habían fundado aquel lugar junto al hombre en tiempos remotos donde se habla del Antiguo Japón.
Pero jamás pensé que llegaría ser una leyenda real.
Aquel día caminaba entre los campos de cultivo de arroz, me dirigía al Monte Fuji para realizar alpinismo, ya que en cierto modo me atraía todo lo que tenía que ver con la tierra, los volcanes y el paisaje que se podía apreciar desde lo alto.
―¿Vas al Monte Fuji, niña? ―preguntó un hombre delgado con botas empapadas por el cultivo, enlodándose y manchando sus arrugadas manos con el fango y el agua.
―Sí ―respondí, curiosa y atrayente a la manera en que adivinó cuál sería mi objetivo principal, obligándome a detener el paso―. ¿Por qué lo pregunta?
―Deberías tener cuidado, querida ―dijo el hombre en el momento en que metía sus manos al fango para mover la tierra bajo sus pies donde cultivaba el arroz―. Hoy inicia el Hashigatsu Bon. Es peligroso ir al monte en este momento.
―¿El Hashigatsu Bon? ―pregunté, curiosa y ladeando la cabeza ante la mención de aquella fecha festiva―. ¿El festival para los espíritus?
―Es cuando los espíritus se vuelven más presentes en los valles y el pueblo cerca del volcán ―puntualizó el hombre quien pasaba su antebrazo por la frente para limpiarse el sudor―. Y cuando vienen turistas en estas fechas, es cuando se camuflan entre la gente. Sobretodo el zorro ―rio el hombre alzando su vista al sendero para verme directo a mis ojos verdes―. Ten cuidado, a veces hay personas que desaparecen unos días y regresan cuando termina el festival. No es mentira.
En aquel instante no lo entendía, y parecía que no iba a entenderlo nunca. No fue hasta el caer de la noche después de realizar mi escalada cuando por fin entendí el mensaje del anciano junto con su advertencia.
Sobre todo, en la festividad en el pueblo, donde las personas realizaron un pequeño festival por el Santuario Fuji Omuro Sengen Jinja. El santuario dedicado a la diosa del Monte Fuji.
Niños bailaban y cantaban. Turistas jugaban en los puestos donde se otorgaban premios a los alrededores, y yo, en mi delicado kimono de color azul rey con nubes y flores sakuras, caminaba como completa extraña observando a mi alrededor con interés. Las personas parecían divertirse con cosas tan simples, y era algo realmente envidiable.
―¿Estás perdida? ―una voz a mi espalda me desconcertó, y al girarme para verle sentí un escalofrío por mi espalda y nuca. Era un joven, sí, tal vez mayor que yo, pues parecía no pasar de los veinticinco. Su cabello era rubio y puntiagudo. Sus ojos, tan azules como el cielo sobre la montaña, me miraban directamente con una dulce sonrisa que derretiría hasta el hielo sobre el volcán―. ¿Te puedo ayudar?
Tragando rápido con rapidez, forcé una sonrisa en un intento fallido por no parecer nerviosa.
―«Pero que bellos ojos…» ―pensé para mí misma―. No, no es nada. Estaba observando el lugar sola ―traté de sonar natural porque esa era la única verdad―. Me dirigía al santuario cuando llegué aquí, pero no pensé que pareciera perdida.
El joven asintió con la cabeza, comprensivo y cabizbajo, y sobre todo dulce.
Pareció estirar la mano por debajo de su Kimono blanco y naranja con nubes que parecían ser rojas, pero no lo eran. Cuando observé su mano siendo tendida hacia mí, no sabía cómo corresponder. ¿Debía tenderle la mía? Debía considerar las posibilidades de un secuestro, considerando el que soy una mujer sola.
Pero esos ojos…
―Puedo acompañarla, si gusta.
Sin pensarlo si quiera dos veces, entregué mi mano con elegancia sonriendo con gracia y coqueteo ante la situación.
―Por mí, caballero, no hay ningún problema.
Sus ojos brillaron por un segundo del desconcierto, pero el cambio a una sonrisa dulce fue tan placentero como el comer una fresca congelada bañada en chocolate en pleno verano.
―Entonces sígame.
Caminando entre la gente hasta dejarla atrás, comenzamos a subir unas escaleras de piedra que nos llevaban sobre la pequeña montaña donde se encontraba el santuario a la diosa del Monte Fuji. Una construcción histórica cerca del volcán.
En ningún momento solté la mano del misterioso chico de ojos azules. No hasta llegar a la cima para juntar nuestras propias manos para rezar y fomentar respeto a la diosa del lugar.
Terminando nuestra pequeña ceremonia, solté un suspiro de alivio al tener en cuenta en que todo, absolutamente todo, ya estaba hecho. Había realizado un largo viaje de cinco días, y había visitado todas las bibliotecas además de los lagos y el bosque cerca del monte.
Giré el rostro para ver al rubio por el rabillo del ojo, pero éste comenzó a alejarse todo lo posible antes de que siquiera me diera tiempo de darle las gracias.
―¡H-Hey! ―tomando mi vestido con las manos, empecé a seguirlo entre los árboles que rodeaban el santuario, alejándonos cada vez más del festival―. Espera.
El joven no se detuvo en lo más mínimo. No hasta llegar a lo que parecía ser una enorme cueva de tres metros de altura y cuatro de anchura. Había oscuridad en él, como si emanara de ella misma. Un cuervo, gigante y gordo del tamaño de una cabeza humana, voló entre el chico y yo deteniéndome en seco al sentir una pequeña vibra de amenaza.
―¿Quién eres?
La pregunta quedó en el aire y el mismo se la llevó. El joven seguía de pie frente a la cueva dándome la espalda por completo, y sin girar, pareció hablarme en voz muy baja pero que resonó en la cueva.
―Nos volveremos a ver, Mei ―dijo el chico caminando un paso a la vez en el interior―. Sólo no entres en la cueva.
El cuervo, revoloteando cerca mío, voló entre los árboles girando en el cielo antes de entrar a la oscuridad envolvente de aquella cueva misteriosa del que nunca tuve conocimiento de su existencia.
Mis ojos, agrandadas por el terror y el pánico, provocaron un escalofrío inconfundible por todo mi cuerpo pensando que caería desmayada en cualquier segundo. No quería etiquetar al chico como un completo lunático al entrar en una cueva en medio de una noche oscura, pero las palabras de aquel anciano me hicieron creer que, tal vez, todo sucedía de una manera diferente.
Hay veces donde las personas desaparecen unos días, y no regresan hasta el final del festival
Y mi única pregunta era, si estuve en contacto con un espíritu, entonces, ¿con cuál?
