Disclaimer: El universo de Harry Potter pertence a J. K. Rowling, su creadora, y a la Warner (Bros). La trama es mía, sin embargo, no la publiques en ningún sitio sin mi permiso expreso. Menos aún proclamándola de tu autoría. No escribo con ánimo de lucro, tampoco.

Notas de autora: Veamos, esta es mi contribución al día del femslash: uno de los pocos longfics del género, por lo menos en español. Tengo que agradecérselo a Booh, pues en una de nuestras conversaciones plagadas de interrupciones, salió la idea de esto. Precisamente fue ayer XD Muchísimas gracias por darle cuerda a mi imaginación, y muchísimas gracias más por ponerme en el camino correcto con tus ideas espléndidas. No te agradezco el que estés allí porque eso ya se sobreentiende.

AZUL CONTRA NEGRO

Decir que Cho estaba enfadada sería hablar de una manera suave. Cho no estaba enfadada, no estaba cabreada y mucho menos estaba molesta.

Cho Chang estaba, simple y llanamente, fuera de sus casillas.

Sus zapatos taconearon por los pasillos estrechos y oscuros del edificio de duendes que era Gringotts una vez pasabas de la entrada resplandeciente. Seguía a uno de ellos, bajito y encorvado -como todos lo eran, de hecho-, mientras su cabeza era un hervidero de quejas, exclamaciones ofendidas y un ogullo realmente herido. Malditas fueran Narcissa Malfoy y sus herencias, maldita fuera Bellatrix Lestrange, que tocaba los cojones incluso después de muerta, maldito fuera el señor Pokes y maldito fuera el mundo en general. Malditos fueran los duendes, también, y sus entradas con columnas de marmol y avisos pretenciosos.

Maldito fuera el mundo entero y, por encima de todas las cosas, maldita fuera Fleur Delacour, que ni siquiera podía hacer su trabajo sola y requería la presencia urgente de un miembro del consejo de la empresa para acabar de pulir unos cuantos detalles sobre el juicio. Por supuesto, en su mundo de abogados y trabajo duro eso equivalía a una condena de muerte: trabajar durante horas y más horas supervisando papeles hasta tener asegurado el asunto. Normalmente era tarea de principiantes, pero por lo visto la señorita Delacour no podía contentarse con un subalterno y pretendía tener a alguien que estaba casi en la directiva para encargarse de eso.

(Sí, para quién se lo preguntara había tenido bastante tiempo para fomentar su resentimiento contra la francesa desde que le contaron cual iba a ser su caso y las consecuencias que eso comportaría. Sobre todo cuando esperaba el tralsador hacia el Reino Unido que, extrañamente, volvía a ir con retraso).

Realmente espléndido, pensó mientras golpeaba impacientemente con los nudillos en una puerta cuyo cartel dorado rezaba el nombre de la culpable de su actual estado de desdicha: Fleur Delacour.

-Adelante -dijo una voz con ese acento francés insoportable y pijo que ya no recordaba, después de tantos años-. ¿Quién es?

-Cho Chang -respondió con una voz algo ácida y abriendo la puerta-, vengo como respuesta a la petición que hizo su departamento para ayudar en el tema de la herencia de Narcissa Malfoy.

-Oh -dijo poniendo cara de haberse tragado un limón y guardando silencio, cosa que ella aprovechó para entrar y sentarse, mientras observaba con ojo crítico el despacho de paredes blancas llenas de estantes y corchos con apuntes hechos con prisa clavados en ellos.

-¿Y bien? -preguntó después de esperar la respuesta de un ente que parecía no ir a dársela nunca.

-¿Y bien qué? -le preguntó levantando una ceja rubia.

-Y bien qué vamos a hacer -respondió algo exasperada-, ¿dónde está el problema?

-Pues de eso quería hablarle, señorita Chang, creo que su presencia no es del todo necesaria aquí. Podem-

-¿Qué?

-Pues eso mismo -respondió haciendo acopio de su poca paciencia-, no va a-

-¿Me estás diciendo que me habéis pedido que venga desde Francia para que me digas que no se me necesita aquí? -le dijo, algo desquiciada, las formalidades ya por la borda.

-Yo no pedí nada, fue una orden de los superiores mandada sin mi previo consentimiento -afirmó Fleur, aún con su acento francés y el ceño fruncido; ya era la segunda vez que la interrumpía, esa oriental maleducada-, pero sí, de hecho eso es lo que te estoy diciendo. Puedes volver a lo tuyo, al fin y al cabo no te veía muy emocionada con esto, cuando entraste.

Cho se la miró fijamente y con incredulidad. ¿En serio que todo eso estaba ocurriendo de verdad, o tan sólo era producto de las horas de sueño perdidas trabajando en su último y exitoso caso?

-Bueno pues, dado que esto está arreglado podemos pasar a otros asuntos, ambas estamos demasiado ocupadas como para molestarnos con cosas así, supongo -cuando Delacour acabó de pronunciar eso, las neuronas de Cho volvieron a funcionar, avisándola de que eso era real. Por otra parte, el instinto desarrollado después de tantos años de trabajo con ingleses

-Un segundo -dijo, dejando las molestias de lado y enfocándose en el trabajo-, la carta iba a tu nombre. ¿Por qué entonces insistes en que no sabías nada del asunto?

-Eso es algo muy común en Gringotts, Chang, lo de escribir por un empleado. Seguramente será la obra de el delicado pensamiento de uno de los duendes superiores.

-¿Duendes superiores? ¿Esto que es, un convento?

-No, es una organización mundialmente conocida por sus tejemanejes. Pero no estábamos hablando de eso. ¿Qué más quiere saber, señorita Chang? -volvió a adoptar el tono formal, dejando de tutearla cuando la tormenta se calma. Inconscientemente, Cho apuntó todos esos detalles como siempre hace ante un nuevo colaborador.

-No quiero saber nada, sino hablar con sus superiores. Si se me ha llamado aquí será por algún motivo.

-Ya le dije que éramos perfectamente capaces de manejarnos solos.

-Lo sé -le respondió, serena-, discúlpeme si le digo que esto no me tranquiliza.

Lo último que hizo Fleur Delacour antes de levantarse con los labios apretados y con paso rápidos fue mirarla a los ojos. Azul contra negro, los rasgados de Cho se entrecrraron volviéndose dos rendijas amenazantes mientras los suyos lo hacían sólo un poco, analizándola igual de intensivamente, sin embargo.

Luego le señaló el pasillo con un golpe seco de cabeza y empiezó a emprender un recorrido laberíntico murmurando entre dientes palabras algo guturales en francés.