¡Hola! Soy CaroAbram (antes CaritoAC) y este es el primer fanfiction que publico.

Lady Oscar (Rose of Versailles) es mi anime favorito y de igual forma la pareja de esta historia. No es un universo alterno, y de hecho he tratado de respetar y no destruir la magnífica obra de la maestra Riyoko Ikeda, pero me he tomado el atrevimiento de darle un destino menos trágico a mis enamorados preferidos. Se darán cuenta que he agregado otros detalles y personajes, pero en líneas generales, no he querido romper con la magia del mundo de Lady Oscar. Espero les guste y puedan pagarme con sus comentarios. Muchas gracias.

Mi amor por ti

Capítulo I

Mi amigo André

Un niño, que tenía casi su misma edad, había aparecido en su casa repentinamente. "Él es André Grandier, será tu valet a partir de ahora", había dicho escuetamente el General Jarjayes a su único "hijo", Oscar. El galardonado general no pudo engendrar ningún varón, así que en un arrebato de desesperación, decidió criar a la menor de sus hijas como un hombre. El hombre había jurado que su última hija sería el tan soñado heredero de la tradición Jarjayes, quien además ocuparía altos cargos en la Guardia Imperial Francesa, planes que la pequeña aún no conocía.

La niña, aún ignorante de los proyectos de su padre, pasaba sus días jugando con André, un niño con muchas energías y que era capaz de hacer cualquier cosa solo con el fin de dibujar una carcajada en el rostro de su amiga. La escena casi siempre era la misma; el travieso nieto tratando de huir sin mucho éxito de la abuela. Su querida nana, que había cuidado de ella y de todas sus hermanas desde que eran unas recién nacidas, le exigía constantemente a su único nieto ser más respetuoso con la niña de la casa, "Es la hija menor de nuestro patrón y tú debes protegerla, no la expongas a ningún peligro y recuerda que debes llamarla Lady Oscar", a tan corta edad, André ya tenía una gran responsabilidad cuidando a Oscar, solo un año menor que él.

André llegó a casa de los Jarjayes debido a circunstancias muy tristes. Había quedado huérfano y su único pariente vivo era su abuela, tenía solo seis años. Para gran satisfacción de todos, los niños congeniaron muy bien y se hicieron grandes amigos.

André sentía una gran admiración y respeto por Oscar; sobrevivir todos los días portando ropas de hombre y tratando de comportarse como tal, no era cosa sencilla, frente a su padre especialmente, que incansablemente trataba de reprimir todo arranque femenino de la niña, sin contar con las golpizas que era capaz de propinarle cuando consideraba que era desobedecido, y mucho más si tenía que ver con el falso papel de varón que la niña era obligada a interpretar. Pese a todo ese panorama, los dos niños vivían felices.

- ¡Oscar, ten más cuidado!

- ¡Cállate André! Deja de molestar y mejor ven a jugar.

- Si te pasa algo la abuela se molestará mucho conmigo, ya estás muy lejos de la orilla. – Dijo impaciente y gritó. - ¡Hazme caso, por favor!

- ¡Miedoso! Ven aquí André. - La pequeña Oscar se sentía muy a gusto en las aguas del lago, al que habían ido sin permiso de la abuela y luego de salir de casa con engaños.

De un momento a otro, la niña empezó a sentir que sus piernas ya no tocaban el fondo del lago. Su semblante cambió. André se dio cuenta de que su amiga estaba en peligro, se lanzó al lago sin pensarlo dos veces, y con todas las fuerzas que su cuerpito le permitía, pudo sacar a Oscar aunque permanecía inconsciente.

- ¡Oscar, abre los ojos, deja de bromear! - La zarandeaba bruscamente pero no reaccionaba.

- Oscar… - Comenzó a llorar angustiado. De pronto recordó la muerte de sus padres y lo difícil que es perder a los seres que uno quiere. En un arrebato de tristeza, el niño abrazó a su amiga y de pronto ella comenzó a toser.

- ¿Que paso André? - Dijo desorientada.

- ¡Eres muy desobediente!

- ¡No me grites!

- ¡Me debes la vida!

- ¿Qué?... ¡Eres mi sirviente, mío… tu deber es salvarme! - Dijo en tono cruel.

- No soy de nadie… - Dijo André entre dientes, dolido por ser tratado de esa forma y que solo le hacía desear que sus padres estuvieran a su lado nuevamente.

- ¡Cállate y vámonos!... vistámonos, nana debe estar esperándonos.

El tiempo seguía su rumbo, aunque para los niños eso no era cosa importante, a diferencia del General Jarjayes, que al ver que Oscar estaba creciendo, comenzó a enseñarle todo lo necesario para su futura vida militar.

André y Oscar practicaban constantemente con la espada y estudiaban mucho para ser muy cultos y educados. André estaba muy agradecido por eso, siempre eran considerados con él y no podía negar que lo trataban con especial atención por ser el nieto de la mujer que había criado a todas las niñas de la casa, y el valet de la heredera de la familia.

El niño disfrutaba cada vez más de la compañía de Oscar, en especial si se trataba de hacer travesuras, y la gran mayoría de las ocasiones era Oscar quien daba la iniciativa y André quien la seguía fielmente. Con el paso de los años el pequeño comenzó a sentir un cariño muy especial por su patrona, aunque eso también significara tener que pelear muy seguido.

- Dime André… ¿qué tanto hablaban mi padre y tú en secreto? sé que te mandó a llamar para conversar sobre mí ¡habla!

- No es lo que imaginas, no era nada importante, solo quería darme algunas indicaciones para el cuidado de los caballos…. – Dijo tratando de ocultar la verdad pues había tenido una seria conversación a cerca del comportamiento de ambos. El general le había hecho jurar que se encargaría de apaciguar a su amiga, quien últimamente estaba muy rebelde, seguramente cansada de fingir.

- No lo niegues, sé que era sobre mí ¿qué esperas para contármelo todo? – Los ojos azules se incrustaron firmes en sus ojos verdes. - Te advierto que si no me cuentas te convertirás en un traidor. – Amenazó. André miró con cara de incredulidad a la rubia y algo en su interior tembló. - ¡Habla de una buena vez! – Insistió.

- No tengo nada que decir. - Se fue corriendo a su habitación. No había más remedio que obedecer al hombre que le había brindado un nuevo hogar.

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André estaba tendido boca arriba en su cama, pensando en que él podía ser todo menos un traidor, no quería defraudar al general por nada del mundo, pero era muy duro pensar que Oscar ya no confiaría en él.

Habían pasado varios días desde que habían peleado y seguían sin hablarse, ella ni lo miraba ni nada. André pensó que ya no podía vivir así por más tiempo, sentía un vacío muy grande sin su compañía, extrañaba mucho jugar con ella, practicar con la espada y montar a caballo.

Todos en la gran casa se habían percatado de la pelea de los niños, incluso extrañaban el alboroto que causaban juntos pero que llenaba el lugar de alegría.

Oscar se las había ingeniado para no cruzarse con André y él había comenzado a hacer lo mismo. Nana, preocupada por la situación, trató de obtener más información pero su nieto mencionó que simplemente habían peleado.

- Si tanto extrañas a la niña Oscar ¿por qué no intentas arreglar las cosas con ella? Sabes muy bien lo estricto que es su padre, quizá…

- Yo no tengo que disculparme, y además ¡no la extraño para nada! Es una niña caprichosa, fea y malcria… - Ni terminó de pronunciar la última palabra cuando su abuela le pegó en la cabeza usando un cucharón.

- Nunca más vuelvas a decir esas cosas de la niña Oscar ¿he sido clara?... cuida tus palabras, muchachito imprudente y malagradecido, ella es la hija del patrón de esta casa. - André se sobaba el pequeño chichón que le había salido en la cabeza producto del golpe, pensando en que en realidad, sí la extrañaba, y mucho, pero ciertamente no le parecía justo ser él quien pidiera disculpas cuando no había hecho nada malo.

- Lo siento mucho abuela, juro que no volveré a hablar mal de Oscar, pero no le pediré disculpas. - Se fue corriendo lo más rápido que pudo. Nana quiso alcanzarlo, pero ya no era tan sencillo como antes.

Siempre que lo regañaban, se sentía triste, o si simplemente no podía dormir, iba a las caballerizas para estar un momento a solas. Abrió con cuidado el portón para evitar hacer demasiado ruido y entró sigilosamente. Allí estaba Oscar acariciando su hermoso corcel blanco. Los rayos de la luna se filtraban a través de las pequeñas ventanas del lugar y caían sobre su dorada cabellera. André creyó ver un ángel.

- ¡Ahí estás! Te estaba esperando… te busqué por todas partes… imaginé que estarías aquí… vengo a disculparme por… por mi conducta… mi padre me dijo que te presionó mucho para que no me digas nada. - La cara de Oscar se ensombreció. André pudo entender perfectamente que padre e hija habían tenido un encuentro poco agradable.

- En cierta forma te lo mereces, a veces eres tan… - Dijo André, pero Oscar inmediatamente se arrojó a sus brazos llorando desesperadamente. Se quedó estático unos segundos, pero al sentir que se aferraba con fuerza a su pecho, comenzó a acariciar la espalda frágil de su amiga.

- No André, no me digas más… ya mi padre me dijo demasiado… nunca podré lograrlo… no podré entrar a la Guardia Imperial… soy un desastre… - Lloriqueó.

- ¿Qué dices? eres muy fuerte… debo decir que me cuesta mucho trabajo vencerte con la espada… casi siempre me ganas… además… - La niña levantó su rostro y André la observó por un rato. Se quedó mirando fijamente su triste pero igualmente bello rostro. – Tienes la cara de un ángel… - A Oscar no le pareció que eso la ayudaría a cumplir los objetivos que su padre había trazado para ella, pero aún así agradeció el gesto esbozando una pequeña sonrisa.

- Dudo que eso me ayude… - Dijo limpiándose la cara y apartándose de su amigo.

- ¡Solo tienes que seguir esforzándote! Te ayudaré a practicar todos los días, pero para que te animes ahora ¿qué te parece si vamos a nadar al lago?… en secreto… - Susurró lo último y a la rubia no se le pudo iluminar más el rostro. Pronto ambos se echaron a la carrera, deteniéndose de cuando en cuando para ver si alguien los seguía.

No cabía la menor duda, así discutieran o se dejaran de hablar, sus problemas no tardaban demasiado en solucionarse y volvían a ser los amigos de siempre. Que ambos fueran tan unidos agradaba mucho al general, pues veía en André un excelente ejemplo para la hija que trataba de convertir como sea en un hijo. Sin duda había sido muy acertado en traerlo a vivir a su casa.

Al cumplir catorce años, en medio de mucha confusión y por insistencia de su padre, Oscar aceptó cuidar a la joven María Antonieta, al igual que su cargo como comandante de la Guardia Imperial. Su padre se sentía muy satisfecho con aquella situación. El general siempre le encargaba a André que evitase que Oscar cometiera errores, aunque siempre era muy difícil tratar de torcer la voluntad de la joven.

- ¡Toma esto! – Carcajadas de satisfacción. - ¿Qué pasa André? ¡pierdes concentración!

- ¡Eres una insensata! No debiste rechazar una invitación de la princesa para ir a su salón privado…

- ¡Hablas como los aristócratas tradicionalistas! No pensé que tenías esas inclinaciones, querido André… - Dijo con una sonrisa en el rostro mientras arremetía con la espada.

- ¡No eres más que una chiquilla caprichosa!

- ¡No me llames así!

- Te pareces en eso a la princesa… tienen la misma edad… A última hora aceptaste protegerla igual que ella a última hora ya no quería casarse… - Dijo André con dificultad, defendiéndose de la agilidad de Oscar.

- ¡Cállate André!

- ¡Es la verdad!... – Rápidos movimientos con la espada. - ¡Te desarmé!

- ¡Me tienes harta! Si no fueras el nieto de mi nana… - Se fue a paso firme pensando en las palabras de su amigo.

Tantas responsabilidades cayendo sobre su hombro, y aparentando ser un hombre, lo que se volvía cada vez más difícil, sobre todo teniendo a su querida nana tan cerca para recordarle que lejos de verse como un varón, crecía y se iba convirtiendo en una señorita. Oscar sufría por su situación pero no renegaba, tenía que obedecer a su padre.

André sabía que su mejor y única amiga sufría, pero también callaba. Desde su enrolamiento en la Guardia Imperial, se esforzaba mucho más en interpretar mejor su falso papel, y aunque todos la admiraban por su poderosa personalidad, André conocía perfectamente su fragilidad. Si había alguien que realmente la conocía era él, y lo que más detestaba en el mundo era que Oscar fuera golpeada y maltratada cuando se desvivía en mantener una situación que se volvía cada vez más dura de sostener.

André también era el consuelo de Oscar, en él encontraba ese gran apoyo y podía desahogarse llorando en silencio sobre su pecho, o peleándose a puños con todas sus fuerzas. La fortaleza de su amiga lo conmovía y todos los días hacía el juramento de no fallarle jamás.