Los Juegos del Hambre no me pertenece. Este fic es para el reto "Una pareja para…" del foro El diente de león.
Colección de historias independientes.
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~ Amores en Panem ~
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I. Haymitch y la novia sin nombre
Girasol
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«Nada en la tierra puede compensar la pérdida de alguien que te ha amado». Selma Lagerlof
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Doy otro trago a la botella de vino. Ya está casi vacía, pero este estropeado cuerpo necesita mucho más que eso para notar el efecto del alcohol. La salita está medio a oscuras, solo hay una lámpara encendida. La luz es amarillenta. Me recuerda… me recuerda a algo que también solía brillar. Dorado.
Cuando el chico entra en el vagón, necesito parpadear. Su pelo es igual que aquel que recuerdo, rubio, dorado a la luz del sol… Sacudo ligeramente la cabeza. Quizá sí que me ha afectado el vino más de lo que esperaba.
—¿Qué, ya has ido a acostar a preciosa? ¿Le has leído un cuento para que se duerma? —pregunto, intentando sonar burlón, pero Peeta como siempre ignora mis burlas.
—Estaba extrañamente tranquila después de haber visto el Segundo Vasallaje…
—Quizá después de ver a tantos tributos, la mitad no le parezcan tan difíciles. Y muchos viejos o malogrados, como yo.
—No eres viejo.
—Hay muchas formas de medir la edad, chico.
Sonríe y se sienta en el sillón individual que hay frente al mío. Me mira fijamente, supongo que esperando una reacción o algo.
—¿Se puede saber qué quieres? —pregunto, antes de dar otro sorbo al vino.
—Nos has pillado viendo los Juegos que ganaste, es lógico que venga a ver cómo estás.
—Sería lo lógico, pero no has venido por eso, ¿a que no? —Niega con la cabeza y después se sostiene la barbilla con la mano, pensativo—. Suéltalo de una vez.
—Lo sé todo, ¿sabes? Sé qué pasó después de que ganaras.
—No es ningún secreto. Todo el maldito mundo sabe que me quedé sin familia.
—Y sin alguien más.
Lo sabe. Vaya, no pensé que se lo fueran a contar. A su familia no le hacía gracia y la gente de la Veta tampoco simpatiza con los que se relacionan con los comerciantes. Y su padre, el panadero, me dijo antes de los 74º Juegos del Hambre que no se lo había dicho.
«Es algo que deberíais hablar vosotros» me dijo, entre muchas otras estupideces. «Cuida de mi niño».
Pues no cuidé muy bien de él, porque elegí a Katniss en lugar de a Peeta. Y lo peor es que a él le parece bien. Está aquí, mirándome, paciente. Esperando que yo mismo quiera hablar.
—¿Quién te lo contó?
—En mi familia nadie habla de mi tía —dice, recostándose en el asiento—, pero hay personas bastante chismosas por el distrito. En el colegio los niños se dedican a repetir lo que sus padres hablan, y era inevitable que me enterara. No fue difícil relacionar a Dianthe, la chica que fue novia del borracho vencedor, con Dianthe Mellark, una hermana de mi padre que murió cuando él era joven. Durante algunos años mis hermanos tenían la teoría de que había sido tributo, porque una vez le preguntaron a papá y dijo que falleció por culpa de los Juegos. Pero yo me enteré de la verdad.
Suspiro lenta y pesadamente. Sé lo que viene ahora. ¿Tendré fuerza para pensar en ella, cuando todo lo que hago en esta vida es intentar olvidarla?
Tengo que tenerla. Porque lo mínimo que merece este chico, que se va directo a la muerte porque va a sacrificarse por amor, es escuchar cómo fue aquella vez que yo amé. A su tía. Dianthe Mellark.
—Está bien, te hablaré de lo que pasó. Pero cierra el pico hasta que termine.
Hace un gesto como de cerrar sus labios con una cremallera. Entrelaza las manos y me mira. Y esos ojos azules son tan parecidos a los de ella… que no me cuesta viajar atrás. Más de veinticinco años atrás.
~ · ~
Si esperas una historia de amor como las que le gustan a los capitolinos, llena de romanticismo, un flechazo a primera vista, mariposas en el estómago… esta no es así. Para nada. No es de esas historias que dan ganas de vomitar florecillas.
Empezó mal y terminó peor.
Pero bueno, primero hablemos de por qué el principio es horrible.
En el Distrito 12, como todo el mundo sabe, hay… llamémoslas dos clases sociales. Están los de la Veta y están los de la zona comercial. Fáciles de reconocer, unos morenos de ojos grises y los otros rubios de ojos azules.
Diferenciables, diferentes. Algo que siempre pareció importante. Que sigue siéndolo, aunque un poco menos, cuando yo era joven era mucho más exagerado.
En el colegio juntaban a todos los niños, daba igual de dónde vinieran. Estábamos los críos llenos de tierra más pobres al lado de los bien vestidos que siempre tenían mejores cosas que comer. Tampoco eran manjares, pero para los de la Veta no estaba asegurado nunca que el plato estuviera lleno de comida.
Así que, por mucho que nos pusieran juntos, solíamos dividirnos en grupos. Había rivalidades, también.
Y en una de esas, fue cuando me fijé por primera vez en Dianthe.
En el descanso a media mañana, solíamos jugar en un patio. Hacíamos con trapos viejos una pelota. Un día se le ocurrió a alguien competir, hacer equipos y que el que ganara recibiera durante una semana un poco del almuerzo de los perdedores.
Los hijos de comerciantes quisieron echarse atrás al instante. No estaban acostumbrados a pasar hambre. Y yo dije algo, no recuerdo exactamente el qué, pero sé que fue un insulto enmascarado con sarcasmo. Siempre he sido igual de ingenioso, y de imbécil, ya que nos ponemos a describirme. Pero en aquella época solo me parecía a mí mismo el tío más inteligente que había conocido.
Y Dianthe fue la primera persona que supo callarme la boca. No sé qué me respondió, pero yo me quedé en blanco y aprovechó el momento de debilidad para que los demás se rieran de mí. Convenció a los hijos de comerciantes de jugar y peleó con quien hizo falta para que los equipos fueran mixtos. No solo de chicos y chicas, también de gente de la Veta y gente de la zona comercial.
Mi equipo perdió. Fue un duro golpe para mi ego, sobre todo porque cuando se hizo el reparto me tocó darle a ella parte de mi almuerzo. Era un insulso puré de puerros, ni siquiera me gustaba, pero me daba rabia tener que dárselo.
—Toma, disfrútalo y ojalá te atragantes —le dije, tirándole el pequeño bote.
Dianthe lo cogió al vuelo. Lo abrió y olisqueó. Sacó de su bolsillo una bolsita de galletas saladas y las fue partiendo. Echó los trozos en el puré y después me lo tendió.
—Así sabrá mejor. —Yo no me moví. No entendía qué hacía—. Venga, cógelo.
—No quiero tu limosna.
—No te estoy dando limosna, las galletas ya estaban algo rancias. Y no quiero comerme esto, seguro que me da una indigestión.
Dejó el bote en el suelo, junto a mí, y se marchó con sus amigas.
Después de que me rugiera el estómago, porque la noche anterior no había cenado porque mi hermanito seguía con hambre y le di mi ración, decidí tragarme el orgullo. Me comí todo, y hay que decir que estaba mejor con las galletas. Me dediqué a observar a Dianthe el resto del descanso y el resto del día… y me di cuenta de que no comió nada.
Esas galletas rancias eran su único almuerzo.
¿Me sentí agradecido? No. Me sentí avergonzado, con el ego pisoteado. Esa chica tenía lástima de mí y no había nada que odiase más que eso.
No le dije nada al respecto. Ni ese día ni nunca. Todavía pienso en ese primer encuentro y me enfado con ella.
A partir de entonces podemos decir que yo era consciente de su existencia. Antes solo me parecía otra cabeza rubia más entre tantas, pero desde aquel día era capaz de distinguirla a un kilómetro de distancia si hacía falta.
Pero no hablábamos, ni nos acercábamos, ni nada. Eso, hasta que llegó la adolescencia. Y con ella el estirón que pegué, que hizo que algunas chicas se fijaran en mí, pero a mí no me interesaban. Si hay algo que he odiado siempre es hablar con alguien que no tiene conversación, y las chicas que se me acercaban para tontear me parecían muy bobas. Algunas eran simpáticas y había varias muy guapas, pero no me llamaban la atención.
Cierto día, me metí en problemas. No era ninguna novedad.
Unos imbéciles de la zona comercial alardeaban de que nunca habían tenido que pedir teselas y llamaron a los de la Veta «ganado», perfecto para ser sacrificado antes que ellos. Cuando los escuché, a la salida de la escuela, agarré a uno de la camiseta y lo estampé contra un muro, pidiéndole a gritos que me repitiera aquello en la cara. Sus amigos reaccionaron rápido, nos separaron y me llevé varios golpes, pero yo seguía con ganas de pelea. No había casi nadie de la Veta por allí, así que hubiera acabado recibiendo yo una paliza. Pero llegó ella, con su hermano.
—Soltadle —pidió, muy tranquilo, el chico Mellark.
—Ya habéis oído a mi hermano —dijo Dianthe, dando un pequeño empujón al que todavía me agarraba del cuello—. Os habéis buscado que reaccione así.
—¿Se puede saber por qué estás de su parte? —le gritó alguien.
—¡Aquí no hay partes! —Nunca la había visto más preciosa que en ese momento. Su gesto era triste, pero compasivo, y a la vez determinado—. Cualquiera de nosotros puede salir elegido en la Cosecha de mañana, ¿te crees mejor que ellos por no haber pedido teselas? No lo eres. Hay menos posibilidades de que te escojan, pero si lo hacen tendrás las mismas o menos oportunidades de alguien de la Veta de sobrevivir. Y deberías estar agradecido con tu suerte en lugar de reírte de la de los demás.
—¡Pero yo no he pegado a nadie! —se defendió el tipo al que había atacado yo.
—Te has reído de algo muy serio. Todos estamos juntos en esto, da igual de dónde seamos. Es el Capitolio el que se encarga de recordárnoslo todos los años.
Al escucharla, los demás parecieron arrepentirse. Escuché varias disculpas, aunque otros solo pasaron por mi lado sin mirarme. Pero me daba igual lo que dijeran, el daño ya estaba hecho.
Me levanté del suelo sintiéndome humillado. El chico Mellark, cuyo nombre no sabía, le dijo algo a Dianthe antes de marcharse. Ella y yo nos quedamos solos, en la entrada de la escuela, mirándonos. Sabía que tenía que darle las gracias, pero me sentía demasiado incómodo.
—¿Estás bien? —me preguntó, con una voz mucho más dulce que cuando había enfrentado a sus vecinos.
—No tenías que hacer eso —dije, cortante, mientras me sacudía la tierra de los pantalones. A ella le hizo gracia.
—De nada. Oye, ¿por qué eres tan borde con la gente? Hasta lo eres con tus amigos… deberías probar a ser más simpático, no cuesta tanto. Y aunque seas más listo que la mayoría, que te lo tengas tan creído solo hace que no lo seas tanto. —Se dio la vuelta para marcharse, pero yo necesitaba saber algo.
—¡Espera! ¿Por qué?
—¿Por qué te hemos ayudado? Porque es lo correcto.
—No quiero…
—Mi limosna, ya. —Dianthe me miró, por encima de su hombro, y sonrió—. No es limosna, lo he hecho porque me importa de verdad.
Se fue y yo no pude decir nada más.
Sus palabras se me repitieron en la cabeza durante muchos días. E inconscientemente le hice caso en algo. Intenté ser más agradable.
Mamá lo agradeció, porque sabía que los quería a ella y a mi hermanito, pero mis formas a veces no eran las mejores. Mis amigos me preguntaban si me encontraba bien, aunque sé que agradecían que no aprovechara cualquier ocasión para demostrarles lo bobos que eran. Y a los Mellark… empecé a saludarlos. Primero un asentimiento de cabeza, después un «buenos días», y llegué incluso a tener pequeñas conversaciones con ellos. Especialmente con Dianthe, que me sonreía cada día un poco más.
Una noche lluviosa, cuando volvía de arreglar el techo de una casa (me dedicaba a eso para llevar algo de comida a casa, aunque me pagaban una miseria), la vi. Estaba Dianthe a unos metros de la panadería, arrastrando un enorme bidón de aceite.
Sin pensar, me acerqué a ella, que estaba completamente empapada, y agarré el bidón. Se asustó, hasta que me reconoció y sonrió.
—Gracias, Haymitch.
—¿Qué haces llevando esto tú? Pesa mucho, debería hacerlo tu hermano…
—Suele hacerlo pero está enfermo, y con esta lluvia empeoraría. Papá sigue con el tobillo mal y mamá está ahora cocinando, he aprovechado que están despistados para traerlo yo.
—¿No podías esperar a mañana o a que lloviera menos?
—Lo necesitamos ahora —dijo, tranquila. Yo me mordí el labio.
—Ahora date un baño, puedes enfermar tú también.
—¿Te estás preocupando por mí, tú, Haymitch Abernathy? —bromeó.
—Estoy diciendo algo que es de sentido común —respondí, cortante. Aunque me arrepentí al instante—. Y tampoco quiero que te enfermes, pero que no se te suba a la cabeza.
Llegamos a la panadería y abrió la puerta de atrás, para que termináramos de arrastrar el bidón. Después me miró. Tenía el pelo medio mojado y revuelto, con mechones que se habían escapado del moño improvisado que llevaba. Sus mejillas estaban rojas y su sonrisa tan radiante como siempre. Y sus ojos… qué ojos. Grandes, preciosos, capaces de ver a través de mí.
—Muchas gracias por ayudarme.
—Tengo que preguntarte algo.
—Claro, dime. —Giró un poco la cabeza, curiosa.
—¿Por qué te importa? Dijiste… cuando me ayudasteis… dijiste que lo hiciste porque te importaba. ¿El qué te importa exactamente?
—Eres muy inteligente, pero para algunas cosas no. —Dianthe se rio—. Me importa porque me gustas, Haymitch. Es así de simple.
Volvió a sonreírme, antes de entrar en la panadería y cerrar la puerta.
Tardé bastante en reaccionar y marcharme.
Durante la semana siguiente, estuve dándole vueltas a sus palabras. Intentando buscar algún sentido diferente, o encontrar la burla escondida, algo que me dijera lo lógico: que esa chica no sentía nada por mí. ¿Por qué iba a gustarle yo? Era absurdo.
Hablamos poco esos días, aunque seguí saludándola. Y ella no parecía avergonzada por lo que me había dicho, me trataba como siempre. Era yo el que me sentía… raro.
Un día, mientras me terminaba el insulso almuerzo, me harté de estar dándole vueltas al tema. Soy una persona que enfrenta las cosas de cara. Así que me levanté de donde estaba sentado con mis amigos y caminé directo a donde estaba Dianthe con sus amigas. Todos, tanto los de la Veta como los de la zona comercial, me miraron extrañados y asustados, pensaron que buscaba pelea.
—Ven conmigo —le pedí a Dianthe, ignorando al resto.
—Vale.
Ella no parecía extrañada, ni nerviosa. La misma sonrisa tranquila y radiante le dedicó a sus amigas como despedida y a mí mientras caminábamos hasta un rincón donde nadie nos molestara.
Me apoyé en la pared de la escuela y la miré de arriba abajo. Dianthe esperó, paciente, a que empezara a hablar.
—¿Por qué me dijiste eso? —pregunté, sin rodeos.
—Porque es la verdad.
—¿Cómo voy a gustarte? Es absurdo. —Ella se encogió de hombros.
—¿Por qué? No se manda en esto, no se elige quién te gusta…
—Da igual. Soy un borde, pobre, un problemático, un creído… Soy consciente de mis defectos, ¿vale? También de mis virtudes. Pero poniendo una balanza no creo que tenga nada que pueda interesar a una chica como tú.
—Me gustas porque eres un creído, y necesitas que alguien de vez en cuando te muestre que ser más inteligente no te hace mejor que los demás. Me gustas porque eres un problemático y un borde, pero eres consciente de ello y solo con que te lo dijera intentaste mejorar. Ser capaz de ver los propios defectos, es una buena virtud. Pero hay algo por lo que empezaste a gustarme: porque eres sincero, aunque a veces la verdad no guste, y porque aunque finjas que no tú también quieres ser querido.
Tragué saliva y no supe qué decir. Fruncí el ceño, me pasé una mano por el pelo, hice un montón de gestos nerviosos intentando encontrar algo que responder. ¿Desde cuando alguien, quien fuera, era capaz de dejarme sin palabras? Solo ella.
—Tranquilo, no te pido nada —dijo Dianthe, al cabo de un minuto de silencio, todavía sonriendo—. Sé que odias a la gente de la zona comercial, que tienes muchos prejuicios. Sé que has ignorado a muchas chicas que serían mucho más adecuadas para ti que yo. Sé todo. Aunque también sé que sería muy buena en hacerte feliz. Piénsalo y si quieres que te lo demuestre, me avisas.
Se despidió con la mano y volvió con sus amigas.
Yo era un chiquillo de quince años que no entendía el revoltijo de emociones que tenía dentro. No podía comprender cómo las palabras de alguien, de cualquier persona, podían afectarme tanto. Y siempre había sido de esos que decían que el amor era algo tonto, para personas que no sabían estar solas. Como mi madre, que había intentado salir con bastantes hombres tras la muerte de mi padre, cuando yo solo era un crío; solamente porque no sabía estar sola.
Pero Dianthe… ella abrió algo, despertó algo, que yo creía que no tenía dentro.
No me pidió nada, como dijo. Siguió tratándome como siempre y acalló los cotilleos de los demás, que decían que probablemente yo me había declarado y ella me había rechazado. No le importó pregonar por ahí que yo le gustaba. Un amigo mío me dijo que la escuchó decir que no tenía nada de lo que avergonzarse, que querer es algo bueno y bonito.
¡Cursilerías! ¡Tonterías! Pero, entonces… ¿por qué sentía que el corazón daba una pirueta cada vez que pensaba en sus palabras?
Y estaba en mi cabeza, todo el tiempo. Al dormir, al despertar, al desear verla en la escuela, al buscar su mirada durante las clases, al escuchar su risa en el descanso, al pasar más veces de las necesarias frente a la panadería solo para verla al otro lado del mostrador. Y que me saludara, con esa sonrisa deslumbrante.
Mis amigos y yo solíamos hacer estupideces, de esas que con quince años te parecen las mejores ideas del mundo. Por ejemplo, jugarnos la vida pasando la valla (que nunca estaba electrificada) y entrando al bosque sin ni siquiera un cuchillo para protegernos. El que se acobardara antes, porque se oían ruidos muy raros y más cuanto más nos adentrábamos, tenía que hacer alguna cosa vergonzosa que los demás elegíamos. Una vez un colega tuvo que pasearse en ropa interior por la escuela. Casi lo expulsaron, pero nos reímos muchísimo.
Bueno, a lo que iba, que había ido varias veces al bosque. Y en una de esas se nos hizo muy tarde (o pronto) y nos pilló allí el amanecer. De vuelta a la verja, vi unas flores enormes y amarillas. Las busqué en un libro de la biblioteca y vi que se llamaban girasoles, y, lo más curioso de todo, que cuando eran jóvenes solían moverse para orientarse mirando al sol.
Sonará lo más raro del mundo, pero me sentí un poco como un girasol.
¿Por qué pensé eso tan raro? Bueno, como no habíamos dormido nada, todos mis amigos y yo estábamos agotados en clase. Me quedé adormilado y me vino ese pensamiento a la cabeza. Porque me di cuenta de que mi silla, desde hacía un tiempo, estaba orientada un poco a la derecha. Para poder mirar a Dianthe.
¿Por qué no me di cuenta hasta ese día? Porque ese, ella no vino a la escuela. Y me encontré a mí mismo incómodo en esa postura, no veía bien al profesor ni la pizarra. Y también la busqué inconscientemente muchas veces a lo largo de la mañana.
Cuando al día siguiente tampoco vino, me resigné a poner recta mi silla. No supe cómo ni por qué, pero de pronto estaba delante del chico Mellark, con la excusa de pedirle prestado un lápiz.
—Toma —me lo tendió y por cómo me miró creo que sabía que no lo necesitaba—. Si Dianthe estuviera probablemente te dejaría el suyo, pero está enferma. Se ve que le acabé contagiando.
—¿Está muy mal?
—Tiene fiebre alta, pero mejorará.
Eso me dijo, pero los dos siguientes días tampoco apareció en la escuela. Y no me iba a acercar a preguntarle…
Llegaba el fin de semana, iba a tener que esperar hasta el lunes para saber si se encontraba mejor. Me sentía muy extraño por estar preocupado. La imaginaba enferma, con fiebre, tosiendo, y notaba un vacío en el pecho. Una impotencia que solo había sentido en cosas relacionadas a mi familia.
Siempre he tenido clara una cosa y es que la sinceridad es importante. No ya con la gente, que también, porque me gusta ir con la verdad por delante; sino conmigo mismo. Así que me obligué a pensar.
Pensé y pensé. En Dianthe, en las veces que de alguna manera me había dejado sin palabras, en todas las sonrisas que iba regalando, en lo inteligente que era y lo bien que veía a través de mí… Pensé en mi silla orientada hacia ella, en mis ojos buscándola por la escuela, en que de pronto mi atención estaba puesta en esa chica…
Y me dije que sí, que era un girasol, y que Dianthe había resultado ser mi sol.
Así que, completamente aterrado, crucé otra vez la valla para ir a por una de esas flores grandes y amarillas. No me asustaba ir al bosque, era un idiota temerario, me asustaba el dejar que una persona se acercara a mí de esa manera, el empezar a depender de alguien.
Pero tenía que hacer algo. Porque la echaba de menos.
Me llevé un girasol y rondé la zona de la panadería hasta que vi al chico Mellark. Le di la flor y le pedí que se la diera a su hermana. Él me miró con esos ojos que siempre me han parecido bondadosos y sabios, y me dijo:
—¿Sabes qué significa Dianthe? —Negué con la cabeza—. Significa flor divina, flor de los dioses.
—Es una deliciosa ironía entonces. Dile que se mejore, de mi parte.
—Le alegrará mucho, gracias.
Era yo quien debía dar las gracias, pero los Mellark siempre han sido personas tan amables como para hacer hasta eso por mí.
El domingo por la mañana, mientras ayudaba a mi hermanito a anudarse los zapatos, llamaron a la puerta. Mamá abrió y tardó en reaccionar al ver a una bonita chica, con un vestido azul a juego con sus ojos y una melena dorada.
—Buenos días, señora Abernathy, disculpe que la moleste. ¿Está Haymitch?
Claro que estaba. La había visto cuando mi madre abrió la puerta, pero tardé en reaccionar.
—Eh… sí, voy a avisarle —dijo mi madre.
A Dianthe pareció divertirle lo sorprendida que estaba. Y también lo rápido que salí (cuando conseguí moverme) y me la llevé de allí.
Hasta que no llegamos a un punto alejado de las casas, cerca de la valla, no me di cuenta de que le había agarrado la mano. Pero no me apetecía soltársela.
—¿Ya estás mejor? —pregunté, intentando hacer ver que no me importaba demasiado. Se rio.
—No finjas que te da igual. Gracias por la flor, me gustó mucho.
Ahí estaba de nuevo, esa sonrisa radiante. El vacío que tenía en el pecho pareció llenarse. Maldecí internamente, cómo la había echado de menos, y solo habían sido cuatro días.
—¿Por qué has venido a verme? ¿Para agradecerme el girasol?
—Sí y no. He venido por eso y porque quería decirte algo. —Tragué saliva, siempre que me decía cosas parecía trastocar mi mundo.
—Bueno, dilo. —Podría haber respondido algo ingenioso, pero con ella me costaba ser tan sarcástico como con los demás. Y encima aún no le había soltado la mano.
—Un chico me ha pedido que salga con él. —Entonces fue cuando separé nuestros dedos. Dianthe miró su mano un momento antes de seguir hablando—. Le he dicho que no. Me gustas tú y sería tonto salir con otro. Como te dije, no voy a pedirte nada, ninguna respuesta. Pero sí tengo que advertirte que aunque a este le he dicho que no… podría decirle que sí a otro. No estaré esperando siempre.
—No te he pedido que me esperes —dije, con brusquedad.
—Lo sé.
Volvió a sonreír, esta vez de forma menos cariñosa de lo habitual, y empezó a caminar de vuelta al pueblo.
Si esta fuera una de esas historias cursis que los capitolinos recrean en películas… yo hubiera corrido tras ella. La hubiera parado, le hubiera dicho que la amaba junto a muchas cursilerías más, y le hubiera dado un apasionado beso.
Pero ya he dicho que esta historia es fea.
Así que se fue. Yo estaba enfadado, no sabía por qué. ¿Porque otro chico la hubiera pedido salir? ¿Porque me hubiera dicho que no me esperaría siempre? ¿Porque de veras no me atrevía a poner nombre a lo que sentía?
Estaba enfadado, en realidad, porque sabía que era un imbécil. Que sentía cosas por ella, que había intentado acercarme… pero acababa dándome la vuelta. O más bien dejando que Dianthe se marchara. Porque todo es más fácil si no quieres a nadie, si no dependes de nadie, si solo te preocupas por ti mismo.
Todo con ella había ido a base de impulsos. Si me paraba a pensar, me alejaba, sentía que no merecía la pena. Así que con otro impulso fue el que cambió todo. Todo. Para siempre.
Ella estaba, como siempre, al otro lado del mostrador de la panadería. Ayudando a sus padres en lo que necesitaban, charlando con los clientes y demás. Yo tenía dinero ahorrado y quería comprarle a mi hermanito una galleta, porque era su cumpleaños. Así que entré y hablé a Dianthe por primera vez desde que vino aquel domingo a buscarme a mi casa.
—Hola, ¿a qué precio tenéis las galletas? —pregunté.
—Hola, Haymitch. ¿Es para tu hermano? Tengo unas que le encantarán. Y tienes suerte, han salido un poco deformes y están a mitad de precio.
No sabía si era cierto. Pero ahí estaba, esa chica que yo sabía que solía comer cosas más bien en mal estado, que una vez no comió por darme a mí su almuerzo, que se esforzaba porque la gente dejara de diferenciarnos… dándome una galleta de regalo.
Así que me incliné sobre el mostrador, pasé una mano por detrás de su nuca y la besé. Cuando nos separamos, su sonrisa era radiante y sus ojos brillantes, aunque no parecía sorprendida.
—¿Sabías que lo haría? Ni yo lo sabía.
—Sabía que acabarías queriéndome. ¿Cómo no ibas a hacerlo si soy una de las personas que más te quiere?
—«Querer» es una palabra muy fuerte —me quejé—, habías hablado de «gustar».
—Simplemente ha crecido.
Volvió a sonreír y no pude evitar besarla otra vez. Su madre nos pilló y no pareció muy contenta, pero me fui a casa con dos galletas para mi hermanito y una sonrisa bobalicona en la cara.
No voy a decir que la relación fue idílica, porque no es así. Discutimos a veces, especialmente porque yo tenía prejuicios por la gente de la zona comercial. Nos llevamos regaños de nuestros padres por escaparnos de noche. Pero todo mereció la pena. Nunca estuvo más bonita que después de besarnos en algún rincón del distrito, nunca fui tan feliz como cuando cada mañana ella me dedicaba una sonrisa solo para mí.
Nos complementábamos bien, nos divertíamos, nos apoyábamos, nos ayudábamos. Éramos unos críos, pero unos críos maduros para nuestra edad que habían encontrado una persona con la que sentirse a gusto. Ella se transformó en mi sol, en todos los sentidos, y yo fui más que nunca un girasol. No se lo dije, pero en mi mente a veces soñaba con un futuro juntos, con darle un buen hogar y hacerla feliz.
Pero no se pudo. Nunca hubo nada más doloroso que saber que por mi culpa la mataron. A ella, a mi madre y a mi hermanito. De pronto estaba solo en el mundo. Me costó muchísimo decidir que tenía que seguir vivo, que era lo que ellos hubieran querido. Pero fue una especie de promesa no hecha.
El día de la Cosecha, después de despedirme de mi familia, Dianthe vino. Me abrazó, me besó, lloró, pero me miró con confianza.
—Sé que puedes ganar —me dijo, con una sonrisa triste—. Eres la persona más inteligente que he conocido.
—¿Algún consejo? —pregunté, acariciándole la mejilla.
—Sigue vivo.
Y ese fue el mejor consejo que nadie me ha dado nunca. La razón por la que sigo aquí.
~ · ~
—Es un buen consejo —dice Peeta, cuando me quedo callado—. Porque nada nos hace más fuertes que la voluntad de seguir vivos.
—En mi caso es un poco una cadena que me ata a seguir aquí. —El vino se ha acabado, pero no tengo ganas de levantarme a por más.
—No fue tu culpa, ¿sabes?
—Sí que la fue. Si no la hubiera querido… no la hubieran asesinado. Era inevitable lo de mi familia, pero no lo de Dianthe. Incluso eso podía haber cambiado si hubiera dejado que aquella profesional acabara conmigo.
—No fue tu culpa —repite, serio, y sé que de veras lo piensa.
—Tu padre me dijo estupideces como esas. Cuando volví del Vasallaje y cuando vino a verme porque fuiste Cosechado. Podéis decir lo que queráis, pero sé que los Mellark siempre os esforzáis por hacer sentir bien a los demás. Aunque sea creyendo mentiras.
Peeta me mira y niega con la cabeza para sí mismo. Se pone de pie y me da una palmada en el hombro.
—Gracias por haber compartido esto conmigo.
—No me quedaba de otra, chico. —Ya se marcha, pero quiero decir algo más—. Tu tía y tú… os parecéis. No solo hablo del físico. Os hubierais llevado muy bien.
—Y Katniss te recuerda a ti, ¿verdad? —No respondo, sabe que sí—. Te recordamos a vosotros. Pero tranquilo, la historia no acabará igual.
Se marcha y yo me tapo la cara con las manos. Claro que acabará igual, Peeta es como Dianthe y acabará pagando el querer a Katniss, que es como yo. Y preciosa se volverá loca cuando él muera por su culpa. O él acabará igual o peor que yo si tiene que vivir sin ella.
La única forma de que su historia no sea horrible, como la nuestra, es que haga algo.
No sé si es el vino o qué, pero me quedo dormido en el sillón con una idea en la cabeza. Con rumores que he escuchado, con personas que sé que piensan como yo… Con una idea. Una idea para salvarlos a ambos.
Y lo último que pienso antes de dormirme, es en el consejo de Dianthe. Seguiré vivo… porque, aunque no se lo prometí en voz alta, siempre fueron más importantes las cosas que no llegaba a decirle. Y que ella sabía.
En realidad, la inteligente era ella. Mi sol. Y yo, un simple girasol.
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La conversación se sitúa después de que Haymitch encuentre a Peeta y Katniss viendo sus Juegos, en el tren de camino al Vasallaje.
El que su novia fuera una Mellark es un headcanon que lo mencioné en un fic Everlark mío ("Los grises de Panem") y me quedé con ganas de escribir de ello. He acabado cogiéndole cariño a Dianthe y poniéndome triste porque tenga que acabar así :(
Cada mes subiré al menos un fic a esta colección, emparejando a algún personaje de la saga.
¡Gracias por leer!
