Summary completo
Edward Cullen es un tenor de fama mundial y a demás goza de un físico estupendo. Bella no puede creer que la fortuna le haya deparado esta oportunidad, precisamente a ella que es tan poca cosa. Así es como se lo ha hecho creer su ex marido...Pero Edward la quiere consigo durante la tourneé y para toda la vida. Sin embargo Bella no tiene intenciones de ceder aunque sabe que será muy difícil sustraerse a la fascinación de ese hombre con voz seductora y fuego en las venas...
A continuación les presento una historia en la que estoy trabajando paralelamente a Mi Milagro Personal, ésta es una adaptación de un Libro de Cindy Morgan 'Nocturno', con la inclusión de los personajes de Twilight, como van a ver se adapta maravillosamente. Espero que les guste este capítulo introductorio, así como toda la historia, contará con sólo 12 capítulos, y aunque es una adaptación, acepto sugerencias de todo tipo, como siempre. Sun más que decir, ¡Disfrunten!.
La historia le pertenece a Cindy Morgan, y los personajes a Stehpenie Meyer, yo sólo me adjudico la adaptación.
Nocturno
-¡Adelante! ¡Pase, pase!-
La maciza puerta de madera amortiguó la voz, pero no consiguió amordazar completamente su calido tono de tenor. Bella dio un suspiro profundo y empujo en picaporte de cobre. Acto seguido, tuvo que pararse en el umbral de la puerta, intentando acallar los incontrolables latidos de su corazón. Se encontraba a punto de entrar en la biblioteca de Villa del Fontane Auree y de presentarse ante Edward Cullen, el hombre que la había contratado sacándola de la tranquila seguridad de su agencia de viajes en San Francisco para hacerla viajar hasta aquella estupenda villa renacentista situada en las colinas que rodean Florencia.
¡Oh, Dios mío!, se dijo. ¿Y si después de todo resulta que Jacob tenia razón? ¿Y si no fuera ella capaz de…? ¡No! Apartó aquella duda insidiosa relegándola al más recóndito ángulo de su mente, donde pensaba dejarla por un buen rato: no era el momento de acobardarse. Rosalie y Emmett habían creído en ella, no podía desilusionarlos. Alzo su fino mentón, enderezo los hombros sacudiéndose la larga melena caoba entró en el estudio biblioteca.
La habitación estaba iluminada por una calida luz que penetraba del exterior a través de enormes ventanales, difuminada por espesas cortinas beige que filtraban los rayos del sol. Las paredes estaban completamente tapizadas de libros, la mayor parte de ellos antiguos, encuadernados en piel.
En un ángulo cercando a la ventana había un magnifico piano de cola, cuya superficie estaba tan rebosante de partituras musicales, que algunas incluso se habían caído y estaban esparcidas por el suelo. Era evidente que el dueño de la casa había elegido la biblioteca como lugar de trabajo, confirmándole con su presencia cotidiana, una agradable atmosfera.
Bella se dio cuenta de repente de la presencia de otra persona en la estancia. Estaba tan impresionada por la belleza y elegancia de la villa y de aquella biblioteca que casi descuida al dueño de la casa.
¿Cómo habré podido?, se preguntó observando al hombre que se había puesto de pie y la miraba sonriente tras el escritorio caoba.
Había visto a Edward Cullen sólo en las portadas de los discos, y ciertamente, no podía decirse que aquellas fotos le hicieran justicia: era mucho mas guapo en carne y hueso. Muy alto, con un cuerpo robusto pero esbelto, con una tenaz solidez, daba una sensación de gran fuerza y energía interiores, capaces de arrastrar cuanto tuviera a su alrededor en su vorágine de positividad y optimismo.
Cullen rodeo el escritorio con insospechada gracia para un hombre tan alto y fuerte, y se le acerco a grandes pasos. Bela sintió que la onda de calor y fuerza que emanaba la envolvía. El tomo ambas manos entre las suyas y la miró sonriendo, con los labios levemente curvados.
Bella noto que sus manos estaban cuidadísimas y que alrededor de su persona, flotaba un aroma fresco y limpio, como de limón, bastante diferente de los perfumes penetrantes que Jacob elegía para sus alter-shave. Pero fueron los ojos de Cullen lo que mas le fascinó, inmediatamente: tenían un corte un tanto oblicuo, un estupendo color verde esmeralda, con reflejos dorados que aumentaban la vitalidad, añadiendo una pizca de malicia. Mirándole fijamente, Bella comprendió en seguida por qué algunos escritores hablaban de ciertos ''ojos como ventanas del alma''. Aquellas dos ventanas estaban abiertas de par en par, y lo que se veía en el interior le gusto inmensamente.
-Señora Swan…Isabella- La sonrisa de Cullen se ensancho calidamente y ella se encontró sonriéndole a su vez -¡Estoy muy contento de ve verla! Su padre me dijo que era usted muy guapa, pero fue demasiado modesto.- Dio un paso hacia atrás y le dirigió una mirada de admiración. Desde que se había divorciado de Jacob, Bella se encontraba a disgusto cuando un hombre la miraba, pero aquella vez, por alguna extraña e inexplicable razón, no sintió apuro, ni aprensión, Cullen no la intimidaba. Se sintió simplemente halagada por aquellas y francas demostraciones de admiración, tanto que por un instante se quedo casi sin aliento.
-Estoy seguro de que, entre los dos organizaremos una tourneé perfecta-
Bella se sorprendió pensando que su ingles era excelente y el ligero acento italiano hacia aun mas irresistible su voz. Mientras Cullen hablaba, ella le estudiaba los movimientos de la boca, tan sensual. Apartó sus manos de las del tenor, y le tendió la derecha para darle un apretón un tanto nervioso.
-Gracias señor Cullen…llámeme Bella, por favor-
-Y usted llámeme a mi Edward, por favor, y vamos a tutearnos, si no te importa. Espero que lleguemos a ser amigos-
-Está bien, Edward; yo también estoy muy contenta de estar aquí. Sólo espero que mi padre no le haya convencido para que me contrates exagerando en su orgullo de padre-
-Absolutamente excluido. No eres solo titular de una agencia de viajes, se que has acompañado a tu padre en varias giras de sus conciertos. Estoy seguro de que sabrás facilitarme la vida en New York, Boston, Chicago, Wahington…-
-Te lo ruego- rió Bella- No me las nombres todas. ¡Bastante tuve con leer tu carta!- Cullen echó hacía atrás su rostro y explotó a su vez en una sonora carcajada.
La atrayente masculinidad de aquel hombre estaba empezando a producirle un extraño efecto a Bella. Turbada por sus propias sensaciones, busco refugio sentándose en uno de los mullidos sillones que había frente al escritorio.
-Y…dime, ¿eres una digna hija de tu padre?- le preguntó Edward acomodándose a su vez en n sillón junto al suyo. -¿También tu te dedicas a la música?-
-Lamentablemente, no. Nunca tuve paciencia para llegar a fondo en mis estudios musicales. Papá me enseñó a tocar el piano como es natural, pero…- sacudió la cabeza denegando, -no creo que pueda definirme como una profesional de la música-
-Pero la música te gusta ¿no? Tu padre me ha dicho que te casaste con un músico- Edward se asomo peligrosamente había fuera del sillón, demasiado cerca del rostro de Bella, que, a aquellas alturas, estaba tensísima.
-¡No! O sea, si…quiero decir que, bueno, eso ya es agua pasada- Se levantó de repente y se acercó al piano. –Espléndido instrumento-
Edward pareció aceptar de buen grado el repentino cambio de argumente, respondió sonriendo: -Gracias. Si, es un piano muy bueno, y también muy antiguo. Mi acompañante insistió mucho en la importancia de un buen piano, aunque debo confesar que lo compré más por mí que por darle gusto a Ian. Además, se adapta perfectamente al ambiente de la biblioteca…antiguo, majestuoso y elegante- Por unos momentos se quedaron en silencio mirándose a los ojos. -¿Por qué no lo pruebas?- sugirió después Cullen.
Bella se dio cuenta de repente de que estaba tocando la fina superficie de la tapa del teclado. Retiró de golpe la mano. –No, no creo que proceda; hace años que no me ejercito seriamente. Temo provocar una situación embarazosa, tanto para ti como para mí.-
-No lo creo. He leído en tus ojos las ganas que tienes de tocar, y escucharte sería para mí un placer, inmenso.-
Su sinceridad y el calor de su mirada la convencieron. Después de haber apoyado su cartera sobre la cola, levantó la tapa y acarició levemente el teclado de marfil y ébano.
-Una vez toqué con mi padre-, dijo, -era un concierto de beneficencia en Carmel, California-, se apresuró a añadir notando la mirada interrogante de él. –Tenía más o menos catorce años. No te hagas ilusiones ni te esperes nada especial, espero que no me falle demasiado la memoria-, le advirtió.
-No importa-, respondió él apoyándose relajadamente en el piano.
Bella se concentró en el teclado, intentando recordar. Tras el acorde inicial, las notas salieron de sus manos como un torrente, y con la melodía también volvieron a su memoria los dulces momentos de aquel verano californiano, la fragancia del aire, el calor de la tarde y hasta el zumbido de algún insecto pasajero, que la bonita melodía de Mozart le iba sugiriendo.
Alzó la cabeza y vio a Edward que la devoraba literalmente con los ojos. La intensidad de su mirada la dejó sin aliento y sus dedos vacilaron. Recogió las manos en su regazo. –Yo…creo que no me acuerdo más-, susurró.
-¡Muy bien, Bella!-, murmuró él a su vez. Sus ojos reflejaban aún el raptus que la interpretación musical le había producido, mientras que intentaban simultáneamente penetrar en la coraza protectora que aquella joven se había construido durante años. Por unos instantes aquel hombre había vuelto a sacar a flote aquella parte que ella misma echaba de menos de sí misma, pero que no había tenido más remedio que sofocar cuando decidió abandonar definitivamente sus estudios de música. –Creo que has exagerado con tu autocrítica-, continuó Edward. –También tú eres una gran intérprete, estoy seguro.-
-Y tú eres un hombre muy amable.- Hubo una pausa. Había una extraña electricidad en el aire, que se había hecho más y más denso a medida que los catalizadores arpegios y acordes de Bella iban apoderándose de la sala. Bella decidió que había llegado el momento de disolver la densidad de la atmósfera, que se estaba haciendo demasiado íntima para dos personas que se acababan de conocer, volvió pues al tema del trabajo.
-Bueno, vamos a dejarnos de frivolidades, pensemos en cosas serias. He traído la agenda.- Y diciéndolo, había alcanzado el bolso sentándose en el sillón de antes. –Necesito hacerme una idea del tipo de hoteles y servicios que prefieres, qué restaurantes te gustan y todo ese tipo de cosas. Tenemos que establecer un calendario de viaje, con horarios de salida y llegada, aviones y demás medios de transporte…Si te parece bien, podríamos incluir en la gira una buena parte de visitas a los lugares más interesantes y…-
-Pero Bella, ¿no querrás empezar ya a trabajar, verdad?-, protestó Edward. –Acabas de llegar de un largo viaje, y yo, que curioso como soy, he querido conocerte en seguida, en vez de dejarte tiempo para reposar como habría sido de esperar. Y por si fuera poco, te he incitado a un esfuerzo de concentración haciéndote tocar el piano…No, no, de trabajar ahora ni hablar, debes reposar.-
-Gracias, señor…-, se cortó a penas vio su amago de mirada de reproche. –Edward. Pero no estoy nada cansada, de verdad. He descansado en el coche.-
La verdad es que no había habido mucho que hacer, pensó con amargura, después de su encuentro, más bien desencuentro con Jasper Hale, el manager de Cullen. Se lo había encontrado al llegar, estaba esperándola en el aeropuerto de Pisa; el alemán había querido precisar inmediatamente que no le hacía ninguna gracia que Cullen cantase en América. Era bastante obvio que no aprobaba la presencia de Bella en la villa. Se intercambiaron alguna que otra indirecta cargada de sarcasmo y a la chica le quedó muy claro desde el principio que sería su enemigo pasara lo que pasara. El trayecto en coche se había desarrollado en el más completo e incómodo silencio, y durante el mismo, Bella no pudo dejar de pensar con angustia en los próximos encuentros con aquel alemán arrogante, y qué pensaría Cullen si se daba cuenta de la antipatía creciente se había instalado entre dos de sus colaboradores. Alzó la mirada y se topó con los ojos del tenor. –Estoy ansiosa por ponerme a trabajar, de verdad.-
Cullen sacudió la cabeza, riendo de corazón. –Eres una verdadera americana, según parece.- Se acercó y le acarició una mejilla con un dedo. Bella contuvo el aliento a aquel toque delicado como pluma.
-Rapidez y eficacia. Pero no te preocupes. Durante tu estancia en Italia también aprenderás a relajarte.-
-Señor Cullen-, empezó Bella, evitando a propósito el tono familiar. –No he venido a Italia de vacaciones. Dirijo una agencia en América y cuanto antes pueda volver a mi despacho, mejor será. De modo que, si no le importa, debo insistir en que nos pongamos cuanto antes a trabajar.-
Estaba perdiendo el control de la situación, y esto la aterrorizaba. Tenía que emprender el trabajo; era absolutamente necesario probar a sí misma y a los demás que podía hacerlo. Antes de partir para Italia Jacob le había telefoneado para decirle que estaba loca si pensaba llegar a buen puerto en tan arriesgada empresa, le dijo que le faltaban la experiencia y capacidad necesarias para llevarla a cabo. Organizar la tournée de un personaje de la talla de Cullen no era ningún juego de niños, de eso estaba segura. Y no es que ella se sintiera completamente segura de sí, inmune y perfecta. Pero de ahí a decir, que no era capaz de hacerlo…De modo que ahora, tras los comentarios no muy alentadores de su marido y las veladas amenazas del manager alemán, se venía a añadir la relajada desgana de su cliente. Empezaba a arrepentirse de haberse metido en aquella camisa de once varas.
-No, mi bella Isabella-, dijo él en tono suave pero decidido. –Es casi la hora de los ensayos, no puedo atenderte. Luego iremos a comer y después de la sobremesa hay que reposar, sería de bárbaros no hacerlo. En cuanto mañana…, bueno, mañana es sábado, y luego…bueno, estamos en plena vendimia.-
-¿Y eso que quiere decir?-, preguntó Bella.
-Es tiempo de divertirse, cantos, música y otros entretenimientos. Vendrás conmigo a ver los viñedos y a gozar de la vendimia, y por la noche…-, añadió con una gran sonrisa, -por la noche se baila, se bebe y…- le guiñó un ojo –se ama-.
Roja como un tomate, en el vano intento de controlar el temblor de sus manos, Bella se levantó de golpe del sillón. Se amalgamaban dentro de ella sentimientos fuertes y contradictorios como la rabia, el desprecio y una especie de desazón, algo que no sabría describir. Parecía que el tan Edward Cullen estaba muy mal acostumbrado, no le importaban sus necesidades y exigencias. Seguramente para el italiano ella no era más que una estúpida mujercita que dirigía una agencia de viajes en América. ¿Qué importancia podía tener sus compromisos o sus problemas organizativos, frente a las exigencias de relax de un gran artista? ¡Ninguna, claro! Pensó con ironía. ¿Y cómo osaba, por otra parte, organizarle la vida, decirle donde tenía que ir y lo que debía hacer? ¡Ah, no! Había sufrido ya aquel tipo de tiranía suficiente tiempo ¡nada menos que durante tres años! Y ahora que Vanua conseguido escapar de aquello, no iba a volver a caer en la trampa. A demás, no le importaba nada de nada de su ridícula vendimia. ¡Lo único que quería era hacer su trabajo y volverse a casa!
-Señor Cullen, ¡la vendimia no me interesa! Su manera de anteponer el ocio personal a mi exigencias laborales es, di me lo permite, bastante arrogante; ¡Tal vez es lo que debería esperarme de un italiano!-
Edward la miraba fijamente, entre sorprendido y divertido, pero ni siquiera aquella expresión cómica de su rostro consiguió enternecerla. Tan solo unas pocas horas antes había sido humillada por aquel Jasper Hale, y ahora tenía que soportar la altanería de aquel hombre que demostraba la mayor indiferencia y casi tiranía hacía su persona. Era el colmo. Apretó la agenda entre sus manos y dijo entre dientes. –Está bien, me voy a mi habitación. ¡Hágame saber cuando desea ponerse a trabajar!- Y con gesto decidido, giró sobre sus talones y salió de la biblioteca.
Cerró la puerta de su dormitorio de un portazo, tiró la agenda sobre el escritorio, haciendo caer el elegante portaminas de cuero repujado, y se tiró sobre la cama hirviendo de rabia. Sólo una media hora antes había entrado en aquella habitación para arreglarse un poco, no sin cierta aprensión, antes de afrontar su encuentro con el tenor. ¡Ahora se daba cuanta de que su aprensión estaba más que justificada!
-¡Es el hombre más irritante, arrogante y presumido que he conocido en mi vida!-, gritó fuera de sí contra las paredes tapizadas de seda de aquella alcoba. Después de tal desahogo se sintió ligeramente más calmada, aunque ya empezaba a remorderle la conciencia su reacción, tan vez había sido demasiado impulsiva, quizá sus juicios fueran un tanto prematuros.
Durante su desastrosa entrevista con Edward, alguien había deshecho sus maletas. El camisón rosa estaba colocado a los pies de la enorme cama de matrimonio e incluso los cosméticos habían sido ordenados sobre el mármol del baño.
Se miró en el espejo ovalado, dándose cuenta de que su blanca camiseta bordada estaba en penosas condiciones, y de pronto las largas horas de vuelo parecieron pesarle sobre los hombros, derrotándola. Necesito urgentemente un baño relajante, decidió.
El cuarto de baño era muy lujoso y espacioso; la bañera era oval y estaba excavada en el suelo de mármol, brillaba impecable y parecía decirle ven, ven, ven. Bella abrió los grifos, echó gel para que se formara espuma y mientras dejaba correr el agua que ya iba inundándolo todo del perfume de las sales de baño, se recogió los cabellos sobre la nuca y dejó caer sus ropas al suelo. Le gustaba oír el ruido del chorro de agua, relajándola ya, prometiéndole placer, confundiéndose con el lejano rumor del agua de las fuentes del jardín de la villa.
Ya más calmada, se sumergió en el agua caliente y perfumada. Se le pasó por la cabeza la idea de marcharse inmediatamente después del baño. Aún no eran ni las doce del mediodía, en el fondo, si quería, podría estar en Pisa a tiempo para el primer vuelo intercontinental de la tarde.1
¿Pero que le iba a decir a Emmett? Ya estaba viendo la cara de desaprobación de su socio, sus ojos negros cargados de desilusión al verla de vuelta a San Francisco antes de haber concluido el negocio, ¡Sin haberlo intentado siquiera! No, no puedo hacerles una cosa asía a Emmett y Rosalie, pensó, frotándose con pereza los brazos. Había estado siempre a su lado, durante los momentos difíciles de aquel año tras el divorcio, y había sido los únicos que la habían apoyado y animado a abrir la agencia de viajes, ofreciéndose incluso como socios.
Su agencia llevaba pocos meses abierta, pero estaba funcionando de maravilla. Era algo increíble. También en eso tuvo que entrometerse Jacob. El día de la inauguración aparecido por allí, elegante y guapo como para impresionar a cualquiera. Tenía bien grabada la escena en la memoria.
Entró, se dejó caer en una silla y, como Pedro por su casa, empezó a fisgonearlo todo preguntándole ''que diablos'' pretendía hacer. Había estado de gira con la San Francisco Symphony y a su regreso se había encontrado con que su ex mujer ''estaba tirando el dinero'', así se lo dijo.
Al oírle hablar, a Bella se le secó la lengua, y necesitó unos segundos para darse cuenta de que la situación era absurda, más que nada porque ellos ya no estaban casados. Le gritó a la cara que la agencia la había montado con la mitad que le correspondía de los bienes gananciales, que era el dinero que por ley le correspondía.
Pero él, como quien oye llover, hizo lo de siempre: ignorarla por completo y ponerse a criticar todo lo que veía, desde las personas que había empleado hasta el coste del alquiler, pasando por los muebles, el sitio, etc. Hasta que la paciencia de Bella llegó a su límite y sintió unas tremendas ganas de echarse a gritar. Al final, se marchó –no sin desearle que el fracaso fuera lo menos estrepitoso posible- dejándole un amargo sabor de boca.
Con semejante inauguración, no era de extrañar que a Bella le costase trabajo creérselo cada vez que, al hacer el balance de final de mes, las cuentas no estuvieran llenas de números rojos. Fue entonces cuando se prometió a sí misma que jamás volvería a dejarse dominar por hombre alguno, y he aquí, sin embargo, que estaba volviendo a tropezar en la misma piedra con aquel Edward Cullen, el cual pasaba como un tanque por encima de sus necesidades y deseos.
Con sus grandes ojos marrones, que reflejaban su determinación, Bella le prometió a si imagen en el espejo que jamás se rendiría. El tenor podía comer, beber y festejar lo que quisiera, pero ella no iba a volver a América; y no pensaba bajar al piso inferior a menos que fuera para ponerse a trabajar.
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