Veamos. Después de otra larga discusión con Harm, estoy sentada en mi despacho tratando de calmarme. Respiro hondo… y suelto el aire lentamente. Hago lo mismo un par de veces, y cuando creo que ya estoy lo suficientemente tranquila, miro hacia la oficina de al lado, donde veo a mi compañero, mi amigo y el hombre del que estoy profundamente enamorada, con los ojos cerrados y recostado es su butaca.

Dejemos de embobarnos con el guapísimo comandante, para centrarnos en lo que realmente importa. El motivo por el cual nos hemos peleado, fuera del tribunal, aunque dentro del edificio del JAG. De momento, el almirante no se ha enterado, y si lo ha hecho, no nos ha llamado para ir a su despacho.

Esperad, que como siempre, con estos temas, me voy por las ramas. El motivo de hoy era la cena del viernes, o dicho de otra forma, la cena de mañana. El lugar ya está decidido. Su apartamento. La hora, también. A las ocho y media. Pero, el problema surge con la cena. En fin, la comida. He intentado decirle que sí que me gustan sus lasañas vegetales, pero me gustaría que intentase preparar unas hamburguesas.

Él ha encontrado mil y una escusas para no hacerlas. La primera de todas, que él prefiere comer cosas que no estuvieran vivas antes. La segunda, que nunca a las ha hecho. Creo que voy a dejar de enumerarlas, porque son demasiadas y podría pasarme tres o cuatro días haciéndolo.

Pues eso. Así acabó lo que había empezado como una charla normal, de dos personas adultas. Una conversación en la que intentábamos ponernos de acuerdo en lo que cenaríamos. Como siempre, encontraríamos antes una aguja en un pajar, que coincidir en algo.

Ya casi es la hora de marcharme, cuando veo que Harm se dirige con un buen paso hacia la oficina de nuestro jefe. Como tarda tanto en salir, recojo mis cosas y cierro mi despacho. Mañana cuando llegue al JAG intentaré hacerme perdonar, aunque tenga que aceptar comer su deliciosa lasaña.

No es que no me guste. ¡Dios! Nunca pensé que podría comer vegetales y que me gustaran. Si no hubiese sido oficial de la marina, no le habría ido mal como cocinero, o chef, como los llaman en muchos sitios. Aunque doy gracias a quien sea por inspirarle esta carrera a Harm. Desde que le conocí, me enamoré también de su uniforme, y de sus alas doradas.

Llamo al ascensor y suspiro. Mientras espero, miro de reojo hacia el interior de la entrada, por si saliese él. Si ahora mismo, se subiese al ascensor conmigo, juro por mis galones de coronel que atranco como sea el aparato y nos dejo encerrados dentro. Lo que haga con él ahí dentro… es algo para mayores de dieciocho años.

Sonrío y me sonrojo al pensar en lo que podría hacer, si Harm me dejara. Vuelvo a suspirar, justo cuando se abren las puertas y entro. "Mala suerte, Mackenzie", me digo. Harm debe de seguir dentro del despacho del almirante y aún no ha salido.

Cuando llego al aparcamiento, me subo a mi coche y sin esperarle, me voy. Tengo que pensar en un pequeño discurso para pedirle perdón. Realmente no sé porque le insisto tanto con las hamburguesas. No me importa lo que cenemos, siempre y cuando esté en su compañía.

10:20 Horas, al día siguiente.
Cuartel General de JAG
Falls Church, Virginia

Continúo esperando dentro de mi despacho a que Harm aparezca. Le he preguntado a Bud, por lo menos, tres veces en una hora y veinte minutos. Todas las veces, la respuesta ha sido negativa. Nadie sabe nada del paradero del comandante Rabb, y eso me preocupa.

Decidida, me levanto y camino hasta la oficina de mi superior. Cuando llego a la pequeña entrada, le pido a Coates que le avise al almirante, que quiero verle. Él me da su permiso y entro. Después, me pongo firme delante de él y espero.

C: Descanse, coronel. ¿Qué necesita?
M: Verá, almirante. Estoy preocupada por el comandante Rabb. Aún no ha llegado a la oficina, y no me contesta ni al teléfono de su casa, ni al móvil.
C: Voy a serle sincero, Mac. –Me dice, después de un suspiro-. El comandante Rabb no volverá por el JAG, al menos, de momento.
M: ¿Está enfermo? –No creo que no haya venido para evitarme-.
C: No. Ha pedido un mes de vacaciones. No me ha dicho nada de adonde piensa ir. Lo siento, Mac.
M: Oh… -Disimulo la tristeza que siento, y me levanto-. Con su permiso, almirante.
C: Retírese, coronel. –Me doy la vuelta, y vuelve a llamarme-. Mac, tómese el día libre, lo necesita.
M: Gracias, señor.