¡Hola! Aquí estoy con un nuevo fic. Es un AU con Bielorrusia como protagonista(a quien le he dado de nombre Natalia, en vez de Natasha; me apetecía usar esta variante, simplemente xD). La historia tiene lugar durante la Revolución Bolchevique y los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. El fic no será histórico, a pesar de todo. Está situado en esa época, pero me centraré más en las relaciones entre los personajes que los hechos históricos que ocurrieron. No tengo más que decir, aparte de que espero que disfruten la lectura :)

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Corazón de hielo

Capítulo 01: Corazón desgarrado

Petrogrado, principios de otoño de 1917

La nieve caía lentamente sobre las frías calles de Petrogrado, nada nuevo para los habitantes de la ciudad quienes un invierno más luchaban por combatir ese frío glacial que a más de uno se lo había llevado a la tumba en años anteriores.

Caminando por una de las avenidas principales de la ciudad se encontraba el joven Toris Laurinaitis, quien luchaba a cada paso que daba con la barrera de nieve que se había formado en el suelo para que sus pies no se hundiesen demasiado al pisar.

A pesar de que ya había pasado un tiempo desde que había anochecido, aún había personas transitando por las calles, lo cual tranquilizaba al muchacho. Nunca le había hecho mucha gracia ir por la ciudad más allá de la puesta de sol, y sus buenas razones tenía.

Finalmente, llegó a su lugar de destino. Se trataba de una casa, casi una mansión, de unos tres pisos que se alzaba imponente en la Avenida Nevski, la más importante de toda la ciudad. Toris sonrió, sin importarle que sus labios se agrietasen como consecuencia. Se sentía realmente privilegiado al ser amigo de una de las familias más influyentes de la ciudad. Y esa familia era nada menos que la Arlovski (Arlovskaya para las mujeres), cuya sangre nobiliaria bierlorrusa se remontaba a varias generaciones atrás.

Tocó el pesado pomo y no pasaron ni diez segundos antes de que las puertas fueran abiertas por uno de los muchos sirvientes de la familia, quien tomó el abrigo y el paraguas de Toris antes de acompañarlo al salón, donde se encontraba la familia al completo, acompañada de varias mujeres más que parecían ser amigas de la madre.

-Buenas noches.-saludó Toris tímidamente, acercándose a Dmitri, el padre de familia, quien le devolvió sonriente el saludo.

-Me alegra que hayas podido venir, Toris.

-Es un placer poder acompañaros en esta velada, señor.-sonrió el chico buscando con la mirada a Natalia, la hija menor, a quien encontró sentada en un sillón cercano a la chimenea hojeando un libro.

-El placer es nuestro.-dijo el señor Arlovski antes de volverse hacia donde el chico estaba mirando y llamar a su hija menor, quien acudió a su llamada con parsimonia, tomándose su tiempo en poner un marca páginas en el libro y cerrarlo, dejándolo sobre el sillón.

-¿Sí, padre?

-Ya ha llegado Toris.-le informó su padre, como si la chica no le hubiese visto.

-Lo sé.-respondió ella clavando sus profundos ojos azules en los del joven.-Hola, Toris.

-Hola, Nat...alia, Natalia.

Cuando estaban ellos dos solos Toris acostumbraba a acortarle el nombre, cosa que no agradaba mucho a la chica, sobre todo por si se le escapaba en público, como en casos como ese.

-Bueno, os dejo solos, que seguro tenéis cosas que hablar.-dijo el padre de la joven, sonriente, antes de alejarse de la pareja.

-¿Y bien? ¿Trajiste lo que te pedí?-preguntó Natalia en un susurro a Toris, tomándolo de la muñeca y llevándolo hacia donde había menos personas, que coincidía con el lugar en el que la joven había estado antes leyendo.

-Sí-susurró Toris-. Pero te lo doy mejor en tu habitación, ¿no?

-Vale, mejor. No querría que nadie en mi familia se enterara, sobre todo por mi padre.

Los dos jóvenes se encaminaron en dirección a la habitación de Natalia, en el primer piso, donde una vez entraron la chica cerró con pestillo la puerta.

-Aquí tienes.-Toris le tendió un paquete que había sacado del interior de su mochila, que dejó en el suelo.

Natalia tomó el paquete y tras sentarse en su cama, le quitó el envoltorio de papel que llevaba con delicadeza, como si estuviese desenvolviendo la cosa más delicada del mundo. Toris observaba de pie, junto a su mochila, todo el proceso con una sonrisa llena de ternura al ver a la joven tan concentrada. Cuando Natalia quitó los papeles que envolvían su preciado objeto, no pudo evitar sonreír al tener entre sus manos un pesado volumen sobre anatomía y medicina en general.

-Muchas gracias, Toris.-agradeció dejando el libro en la cama y acercándose a su amigo.

-De nada, realmente me alegro de que te guste. No sabía si querías un libro más ligero o no, por lo que decidí traerte este, para que no te quedes corta en cuanto a medicina.-rió el chico.

-¿Y nadie notará su ausencia?

-No lo creo. Y si lo hacen, fingiré que no sé nada.

Toris era alumno de Medicina en la Universidad Estatal de la ciudad, y estaba cursando su tercer año de carrera. Al compartir la misma pasión que Natalia por la medicina, se había ofrecido en enseñarle a ésta sobre lo que él estaba estudiando.

Natalia sonrió. Le encantaba poder tener, tras meses de insistir a sus padres, quienes le habían dado una negativa rotunda al sentenciar que ninguna hija suya estudiaría, un libro de los saberes básicos y fundamentales de la medicina.

-No sé que haría sin ti, Toris...-susurró sin pensar, provocando que el susodicho se sonrojara, pero no dijera nada.-Bueno, cuando me lea el libro y me lo aprenda, me traerás otro más avanzado, ¿sí?

-C-Claro, todo lo que tu quieras, pero primero deberías saber a fondo sobre éste.

-Ya verás como en menos de un mes ya me sé más de la mitad del libro.

Natalia se apresuró a esconder el libro antes que nada en un compartimento secreto de su armario, del cual sólo su hermana Yekaterina y ella conocían su existencia, y la primera casi nunca, por no decir nunca, entraba ni tocaba sus cosas sin permiso, por lo que nadie encontraría el libro.

-¿Quién viene a la cena, aparte de mi?-preguntó Toris cambiando de tema cuando la chica terminó de cerrar el armario.

-Los Braginski.

Toris suspiró con desgana. Sabía que Natalia bebía los vientos por Iván, heredero y único sucesor de los Braginski, una de las familias más importantes a nivel nacional. Había intentado muchas veces que Natalia se olvidara de él, pero la chica era reacia a abandonar la esperanza y pensaba que en un futuro no muy lejano ella e Iván acabarían contrayendo matrimonio.

-Ya veo...

Se quedaron en silencio un rato hasta que por fin Toris volvió a hablar de nuevo.

-Deberíamos volver a bajar, ¿no crees?

-Como quieras-Natalia se encogió de hombros.

-Lo digo por tu madre y sus amigas. Ya sabes que la gente habla y...

-Creo que mi madre debe de estar encantada de que esté socializando con gente de mi edad, por lo que no hay problema. El resto de mujeres que está ahí abajo sí que hablan, pero no creo que vayan a decir nada interesante ni cercano a la verdad...

Toris no volvió a decir nada al respecto. Natalia era una mujer de temperamento fuerte, y sabía que si decía eso era porque era cierto. La chica, de diecinueve años de edad, uno menos que él, solía tender a automarginarse cuando se trataba de integrarse con gente de su edad. Le gustaba estar sola, o en su defecto, con pocas personas con las que tenía confianza.

-Pero...-musitó Natalia, tras pensar detenidamente en las palabras de Toris.-quizás deberíamos ir bajando ya, la cena no tardará en empezar.

Y así era. En menos de quince minutos llegaron los Braginski.

Natalia se olvidó del mundo cuando vio a Iván entrar en el salón. Alto, imponente, y con un semblante frío, el hombre avanzó hacia su familia y la saludó agachando brevemente la cabeza, mientras que la chica le devolvió una sonrisa, absolutamente feliz.

Toris por su parte se acercó a Natalia y no se separó de ella en toda la velada. La chica era la persona a la que más cercano se sentía de toda esa gente, y aunque Natalia estaba más pendiente de Iván que de cualquier otra cosa, Toris la inetentó entretener con una charla dinámica.

Yekaterina, la hermana de Natalia, estuvo sentada junto a Iván a petición de sus padres. Esto le pareció sospechoso a Natalia, pero no dijo nada. Iván y Yekaterina parecían ser casi hermanos, por lo que la joven decidió no darle mucha importancia.

-El sábado será el baile.-anunció al final de la cena el padre de Iván, Sergei Braginski, quien dirigió una mirada a los otros dos padres de familia contraria.-Será en nuestra casa, a las siete de la tarde, por lo que rogamos puntualidad.

-Descuida, los Arlovski somos siempre puntuales.-sonrió Dmitri con suficiencia.

Natalia y Toris se miraron confusos, sin saber cómo interpretar eso. Había sonado más que invitación, a una orden. Y había dicho "el baile", uno en concreto... Natalia se preguntó entonces si habría algo que le estaban ocultando sus padres. Pero de ser el caso, sabía que por más que insistiera no le dirían nada. Por lo que tuvo que esperar la llegada del sábado.

El día del baile llegó, y las ganas de Natalia de ver por fin a su amado no hacían más que aumentar. ¿La sacaría a bailar? ¿Le confesaría sus más ardientes deseos? ... ¿Llegarían a besarse? Preguntas como estas y más no paraban de formarse en la mente de la rubia, quien estaba visiblemente histérica y agobiada, yendo de un lado a otro de su habitación.

-¿Qué vestido me pondré, el rojo, el beige, el lila o el celeste? ¿Cuál resalta más mis ojos? ¿Y cuál me hace más delgada?

-No soy capaz de responder a tantas pregunas a la vez, Natalia.-dijo con parsimonia Yekaterina, quien estaba sentada en la cama de su hermana mientras observaba como esta sacaba prendas y prendas de su armario, sin contar la gran colección de zapatos y botas que ya había a los pies de la cama.-te lo estás tomando demasiado en serio.

-¿¡Que me lo estoy tomando demasiado en serio?! ¡La familia Braginski va a dar una fiesta que probablemente sea mi oportunidad para acercarme a Iván de una manera romántica y subir en la escala social! ¿¡Es que no lo entiendes, Kat!?

Su hermana simplemente suspiró y negó con la cabeza, dirigiéndole una mirada llena de tristeza a Natalia.

-Dentro de poco vas a cumplir veinte años, Natalia. Debes de bajar ya de las nubes y aceptar que Iván es mayor que tú y que no estáis destinados el uno al otro.

-Sólo es siete años mayor.-Natalia rodó los ojos.

-¿Y no crees que es más probable que acabe casándose con alguien cuya edad sea más cercana a la suya?

-Por supuesto que no. El amor no tiene edad.

Yekaterina se dio por vencida, era imposible razonar con su hermana pequeña cuando esta se empecinaba en algo o en este caso alguien.

-Quizás el vestido rosa combine con tu piel.-murmuró Yekaterina tras un breve silencio-¿no crees?

Natalia examinó el vestido que la mayor le había dicho pero arrugó el ceño, desestimando la idea.

-Es demasiado claro...

Yekaterina hizo un mohín pero no dijo nada. No valía la pena seguir aconsejando a Natalia, quien finalmente haría lo que le viniese en gana.

-¿Y tú que vas a llevar?-preguntó entonces la menor girándose.

Yekaterina la miró sorprendida, pues Natalia no solía interesarse mucho en los demás cuando la cosa estaba relacionada con Iván.

-Pues... creo que el vestido turquesa que me regaló mamá el mes pasado. Es bonito, y creo que es idóneo para un evento como este.

Natalia asintió con la cabeza, pensativa, decidiéndose al fin por el vestido celeste que había elegido al principio.

-Llevaré este.-anunció a su hermana, quien se levantó de la cama y se acercó a ella.

-Es precioso, seguro que te ves espectacular con él.-le sonrió la mayor.

Natalia sonrió mirando la prenda con entusiasmo.

-Seguro que a Iván le encantará...

-¿Vamos a peinarnos?-propuso Yekaterina una vez su hermana había dejado guardados el resto de vestidos en su armario y los zapatos en el mismo, en la zona baja.

-De acuerdo. ¿Puedes hacerme ese recogido que te dije el otro día?

-Si me acuerdo...

Al final Yekaterina no se acordó del peinado al que su hermana pequeña se refería, por lo que improvisó otro recogido en el que le dejaba un par de mechones sueltos a los lados de la cara que se la enmarcaban. Podrían haber pedido ayuda perfectamente a una de las muchas criadas que había en la casa, pero las hermanas estaban acostumbradas a peinarse entre ellas, y no querían que la cosa dejase de ser así.

-Estás guapísima, Natalia.-dijo su madre cuando entró a su habitación . La joven sonrió. No era que no estuviese acostumbrada a los halagos por parte de todos, sino que los de su madre la hacían sentir más segura de si misma. Además, esa noche iba a ocurrir algo muy importante en su vida... estaba segura.

-Cariño, ¿podemos hablar?

Natalia perdió el hilo de sus pensamientos y asintió. Yekaterina dejó la sala entendiendo la indirecta y cerró la puerta a su paso.

-Esta noche se va a celebrar un baile muy importante...-empezó la mujer-y las jovenes como tú y tu hermanas suelen ir con acompañantes.

-Lo sé.-sonrió Natalia, recibiendo una fulminación por haber interrumpido a la mujer.

-¿A quién querrías llevar de acompañante? Ya sabes que puedes ir con Toris, ya que es muy amigo tuyo y además-

-A Iván.

Natalia lo dijo sin un deje de vacilación o inseguridad.

-Pero...yo me refería a alguien que tenga una edad más cercana a la tuya. Iván ya tiene veintisiete años, es todo un adulto.

-Aún no los ha cumplido. Pero en fin, el caso es que yo quiero ir con él.-insistió la chica, reacia a cambiar de opinión.

La mujer suspiró, llevándose una mano a la sien.

-Mira, Natalia, esto podemos hacerlo por las buenas o por las malas, tú eliges. Irás con algún chico de tu edad que tu quieras o que tu padre o yo te elijamos, ¿de acuerdo?

-No quiero.-se negó Natalia, cruzándose de brazos. Pensó entonces en Toris, más o menos de su edad. Podría pedirle a él que la acompañase... pero si podía ir con Iván, no desaprovecharía esa oportunidad.-Madre, yo amo a Iván, te juro que lo hago. Y no pienso ir en contra de mi corazón.

-Natalia, la vida es así y no puedes hacer nada. Además, Iván tiene otra acompañante cuya edad es parecida a la suya. Y que yo sepa, ambos están enamorados.

La noticia fue como un chorro de agua fría para Natalia, a quien le tembló el labio y dio un paso hacia atrás, perdiendo de golpe toda la seguridad.

-¿Q-Qué?-preguntó con el corazón en un hilo, con unas repentinas ganas de vomitar.

-Ya he dicho más de la cuenta.-se reprendió la adulta sin mirar a la chica.-Natalia, olvídate de Iván. No es para ti, ¿vale?

Y dicho esto, la mujer abandonó la estancia dando un portazo, dejando a su hija sóla, con el corazón destrozado.

Todas las ganas e ilusiones de Natalia de asistir a la fiesta se fueron por la borda, y en lugar de seguir preparándose la chica guardó los vestidos y se echó a llorar tumbada en su cama, una vez que se hubo asegurado que había cerrado la puerta con pestillo.

No supo muy bien cuánto tiempo había estado llorando, pero cuando llamaron a su puerta debía de ser ya tarde, a juzgar por la oscuridad que se observaba por la ventana.

-¡Natalia! ¡Déjame entrar!

La inconfundible voz de Toris era la que se escuchaba a través de la puerta. Natalia se limpió la cara con un pañuelo y se sonó los mocos, antes de levantarse y abrir la puerta a un preocupado Toris.

-¿Cómo estás? ¿Qué ha pasado?-preguntó cerrando la puerta tras él y mirando a Natalia, quien mantenía la mirada gacha, con unas grandes bolsas bajo los ojos.

-...Ya tiene acompañante.-murmuró la chica con la mirada perdida.

-¿Qué?-preguntó Toris encendiendo la lámpara que había en la mesita de noche, ya que toda la habitación estaba en la más completa penumbra.

-Que Iván está enamorado de una chica, su acompañante en el baile de hor.-repitió Natalia un poco más alto esa vez.

Toris se quedó un momento en silencio, sabiendo a qué se refería la chica. Se acercó a ella y le tomó una mano.

-Lo sé.-dijo apretando con no mucha fuera la mano de Natalia, quien sollozó y se llevó una mano a los ojos, limpiándose las lágrimas.-Pero... Tienes que superarlo. Tienes que ir a esa fiesta. H-Hazlo por mi, por favor.-pidió tímidamente Toris, sonrojándose ante tal atrevimiento.

Natalia se mantuvo pensativa, valorando la proposición de Toris. Quiás tenía razón y tenía que superarlo. O, por otra parte, podría ir a la fiesta y hablar con Iván sobre el asunto y hacerle entender que tenían que acabar juntos...

-Está bien-sentenció finalmente Natalia, refregándose una vez más la mano por los ojos para quitarse todo rastro de lágrima.-, iremos a esta fiesta. Pero... te ha dicho mi madre que vengas conmigo, ¿cierto?

Toris asintió levemente. Natalia suspiró y se soltó de su agarre.

-Prepárate, te estaré esperando en el salón.-dijo Toris.

Natalia asintió.

Cuando el chico dejó la habitación, la joven se apresuró en colocarse bien su vestido y arreglarse el cabello, aunque no se había despeinado demasiado. Se maquilló rápidamente y bajó al gran salón, en el que sus padres y su hermana estaban ya listos hablando con Toris, quien al parecer estaba contándoles que al final Natalia iba a la fiesta.

-Más te vale venir.-dijo su madre fríamente cuando Natalia llegó abajo.

-No seas tan dura con ella, madre-pidió Yekaterina mirando a su hermana con tristeza, lo cual desconcertó a Natalia. Debería sonreír ya que había bajado, ¿no?

-Bueno, el caso es que estamos todos ya listos para partir.-dijo alegremente Toris ofreciendo su brazo a Natalia, quien lo tomó sin contemplaciones tras ponerse un abrigo con la ayuda de una criada.

En la calle hacía mucho frío, y Natalia lo sintió cuando el viento comenzó a darle de lleno en la cara.

-¿Estás bien?-preguntó Toris a Natalia, quien asintió secamente con la cabeza. Aún así, el chico se quitó su abrigo y se lo pasó a la de ojos azules, quien lo aceptó musitando un bajo "gracias".

Cuando llegaron a la mansión de los Braginski se dieron cuenta de que ya había bastantes invitados en el lugar.

Los Arlovski se dirigieron hacia el salón principal, en el que en ese momento estaban entrando los invitados.

Natalia, aún del brazo de su amigo, buscaba con la mirada aquel par de ojos violetas que tanto amaba, pero no había rastro de Iván. Derrotada, se unió a la conversación que mantenía su familia con los Petróv, una familia también nobiliaria que estaban en ese momento halagando los preciosos vestidos que portaban las dos hermanas Arlovskaya.

-¿Sabes cuándo es el baile?-susurró Natalia a Toris, sin prestar demasiada atención a los demás.

-Cuando todos lleguen, supongo.

Natalia rodó los ojos. La gente no solía ser impuntual, pero había unos pocos que sí que lo eran, y sin ellos no se podía empezar.

El baile empezó en menos de lo que la chica se esperaba, y el primer baile lo bailó con su inseparable amigo. El vals era conocido para la joven, quien finalmente encontró a Iván entre la multitud.

-¡Ahí está!-susurró Natalia a Toris.-Iván, ya le he visto. Y está...¿bailando con Yekaterina?

No supo como tomarse eso.

Una vez el primer vals hubo finalizado, Natalia se soltó de Toris y fue en busca de Iván, pero éste se había esfumado. Natalia giró sobre su propio eje, buscándole hasta que le vio subir las escaleras, fuera de la sala, dirigiéndose hacia el piso superior. Sin dudarlo, Natalia se fue tras él. No era la primera vez que había estado en aquella mansión, por lo que no le fue difícil seguir el rastro de su amado. Lo encontró en una pequeña terraza que había dentro de la sala de música en el primer piso, apoyado en la balaustrada, observando con nostalgia la ciudad que se desplegaba ante él.

-Iván.

Natalia apenas alzó la voz, pero fue suficiente para que el nombrado la oyera y se girara. Sus ojos violáceos se chocaron con los azules de Natalia, quien tragó saliva al ver la expresión del chico. Se veía triste, y volvía a verse tan serio como en la cena.

-¿Estás bien?-preguntó acercándose lentamente a él. Al entrar en el balcón el frío le provocó un pequeño escalofrío que le hizo cruzarse de brazos, abrazándose a si misma para darse calor.

-No.

Natalia llegó a su lado, imitando su postura y apoyándose en la balaustrada.

-¿Por qué no?-preguntó la chica, contagiándose de la preocupación del mayor. Sabía que, por lo general, Iván era una persona muy tranquila, y en el pasado había sido muy sonriente. Pero esos últimos dos años habían cambiado radicalmente al chico, y eso del comunismo que la joven aún no entendía del todo, había hecho mella en Iván.

-Todo se está precipitando, y temo por mi familia, por mis amigos... incluso por ti, Natalia.-admitió dirigiendo la vista de la ciudad nocturna iluminada por faroles, a la joven Arlosvskaya. La chica no sabía a qué se refería, pero una gran sonrisa se le formó en el rostro de manera inevitable al saber que el amor de su vida se preocupaba por ella.

-Y... ¿quieres bailar conmigo? Sé que no es usual que sea la chica quien invita a su pareja a bailar, pero... bueno, este es un caso excepcional.

El cambio de tema hizo que Iván se girase y la escrutara con dureza.

-¿Sólo piensas en el baile ese? No sé si quiero volver a entrar ahí dentro.

-P-Pero...

-Hay demasiada gente inútil ahí metida que no merece la pena.

Natalia siguió insistiendo, pero Iván seguía en sus trece.

-¡Te amo!-exclamó a la desesperada en un arranque de locura, tratando que el chico la comprendiera.

Iván se giró hacia ella lentamente y la observó con una mirada indescifrable.

-Si de verdad me amas, escúchame bien y hazme caso.-Natalia escuchó atentamente, sin abrir la boca-. Vete de Rusia. Huye, lejos, vete fuera del país y no vuelvas hasta que sea seguro.

-¿Que...?

-París es la mejor opción, Natalia. Ve a París, allí estarás segura.

-¡¿Qué tiene que ver con el amor todo esto!?-exclamó exasperada y confusa Natalia, pensando que el hombre se estaba burlando de ella.

-No me gustaría que te murieras. Eres una gran muchacha, con una larga vida por delante, por lo que deberás irte a París si quieres sobrevivir.

-P-Pero... yo te amo... debemos casarnos y quedarnos aquí, en Petrogrado...

-No nos vamos a casar.-sentenció Iván duramente, provocando que los ojos de la joven se inundasen de lágrimas. A pesar de esto, el hombre prosiguió hablando.-Estoy comprometido, y aun así mi matrimonio será cancelado. Al menos hasta que el pueblo se haga con el poder.

Esas palabras fueron como cuchillas para su corazón, que se estaba haciendo pedazos por momentos.

-¿...Quién es la chica con la que te vas a casar?-preguntó sin querer saber realmente la respuesta. Seguro sería alguna chica que no conocía a la que no podía reprochar nada.

Iván meditó la respuesta antes de contestar.

-Debes que saber que ni ella ni yo queremos casarnos; todo esto fue decidido por nuestros padres. En cuanto a su identidad... no voy a decirte quién es.

Natalia abrió la boca para decir algo, pero Iván seguía hablando.

-Lo siento, Natalia.

Iván entró de nuevo en la mansión, dejando a Natalia con los ojos acuosos, resistiéndose a llorar. Debía ser mentira. ¡Una pesadilla! Seguro que era eso.

Antes de seguir a Iván respiró hondo varias veces y entró lentamente a la habitación vacía, dirigiéndose hacia el salón de baile. La gente parecía haber cesado de bailar, y estaban escuchando a Sergei Braginski, quien estaba dando una especie de discurso.

-¿Dónde estabas?-susurró una voz tras Natalia.

-No es asunto tuyo, Toris.-suspiró la joven sin girarse. Su amigo se acercó para mirarle a la cara con el ceño fruncido.

-¿Has vuelto a llorar?- a pesar de ser una pregunta, parecía que estaba afirmando lo que decía.

Natalia no respondió de inmediato.

-Digamos que he estado intentando tragarme toda esta mierda.

Toris suspiró con tristeza. Se sentía frustado al ver que su amiga sufría tanto, pero nada podía hacer por ella. La tomó de la mano, mostrándole así, o al menos intentándolo, que estaba con ella.

Natalia le dio un apretón, agradecida de tener al menos un pilar en el que sustentarse cuando se estaba desmoronando todo a su alrededor a una velocidad cósmica.

-Y ahora, me gustaría anunciar que mi hijo, Iván Braginski, contraerá matrimonio a finales de mayo del próximo año con Yekaterina Arlovskaya.

El sonido de los aplausos inundó la sala mientras la futura pareja era presentada, ambos sonrientes, dando las gracias a todos los que se acercaban a felicitarles. Estaban junto a sus padres en una especie de tarima que había en la otra parte de la sala.

Natalia por su parte se había quedado en una especie de shock. Aún agarrada de la mano de Toris, miraba como su hermana iba agarrada del brazo del hombre con el que se casaría: Iván... El hombre del que Natalia llevaba años enamorada.

-¿Estás bien, Nat?-susurró Toris, apretando el agarre de la mano.

Sin embargo, Natalia no respondió. Se soltó de su amigo y se dirigió con andares rápidos hacia la puerta.

-¿A dónde vas?-preguntó Toris corriendo tras ella intentando seguirle el paso que llevaba.

-Casa.-respondió simplemente y en voz baja Natalia poniéndose su abrigo.

-Pero no puedes irte.-intentó razonar Toris, tomándola del brazo con suavidad.

-¡He dicho que me voy a casa!-chilló Natalia soltándose del moreno, llamando la atención de varias personas que pasaban por ahí.

Toris no dijo nada, pero tomó también sus cosas, dispuesto a seguirla. No era bueno que una joven, perteneciente a cualquier clase social, caminase sola por las calles de la ciudad una vez se había puesto ya el sol.

Natalia abrió la puerta y la azotó tras ella, sin asegurarse si su amigo había salido aún o no. Por suerte, Toris no se llevó el portazo en la cara ya que estaba justo detrás de ella, pero a punto estuvo. Éste siguió intentando hacer entrar en razón a Natalia diciéndole todo tipo de cosas, pero la rubia no atendía a razones.

Destrozada, traicionada, rechazada, la único que Natalia deseaba era huir lejos de ahí en ese instante y no volver nunca. Muy en su interior quizás sabía que se arrepentiría por su comportamiento, pero en aquellos momentos a la joven Arlosvakaya lo último que le importaba era el castigo que podría recibir. Ya había recibido el peor de su vida, y era haber visto como su hermana y el hombre de su vida se comprometían, a pesar de todas las veces que ella dijo querer casarse con Iván.

Pero lo que más le dolía era que su hermana lo había sabido todo ese tiempo y no le había dicho nada.

Los días posteriores pasaron monótonos para Natalia, la cual hasta había incluso perdido el interés en el libro que Toris le había regalado hacía poco. No tenía ganas de nada, y apenas salía de su habitación. Se sentía una carga; un objeto más de la familia.

Fue duro cuando Iván iba a su casa de visita a ver a su hermana. Sin embargo, lo que más le daba coraje era que nunca iba a ver cómo estaba ella. Le había roto el corazón y no se había preocupado en consolarla ni nada, después de haberle asegurado en la noche del baile que le importaba y se preocupaba por ella...

Fue una noche a principios de Noviembre cuando, de noche, llegó Iván corriendo a su casa. Natalia no se molestó en bajar a saludarle siquiera, a pesar de que sus padres le obligaban a hacer eso todas las otras veces en las que el hombre había ido.

Pero esa vez, fue diferente. Esa vez fue Iván el que irrumpió en su habitación.

Natalia ya llevaba el pijama encima, y estaba sentada en su cama leyendo a escondidas el libro de anatomía que Toris le había dado, intentando distraerse así de todo. Al ver entrar al hombre en su cuarto palideció y se puso en tensión, sin saber cómo reaccionar. Iván parecía preocupado por algún peligro, y se acercó a ella rápidamente y la tomó del brazo, levantándola de su sitio sin apenas dar explicaciones.

-Tienes que venir conmigo, Natalia.-dijo simplemente.

-¿Qué haces? ¿A dónde?-preguntó anonadada la joven resistiéndose al agarre del mayor, quien la soltó al ver que ésta forcejeaba.

-Vístete deprisa. Toma tu ropa más abrigada y que más caliente. Te vas de Rusia.-sentenció saliendo de su habitación-. ¡Date prisa!

-¡No!-chilló la chica, saliendo tras él, dirigiéndose hacia la habitación de sus padres. ¿Sabían éstos acaso que Iván se había vuelto completamente loco?

-Iván ha venido.-soltó de sopetón nada más entrar en la habitación de sus padres. Éstos estaban manteniendo una conversación que acabaron de golpe al ver a la chica entrar.

-Lo sabemos.-respondió su madre con la voz tensa.

-¿Y... no vais a hacer nada? ¡Me está ordenando que me vista y vaya con él!-explicó gesticulando histérica, sin entender cómo sus padres estaban tan tranquilos.

-Le hemos dado nuestro permiso para que te saque de aquí.

Eso si que fue algo completamente nuevo para Natalia.

-¿Qué? Dime que he oído mal.

-Te vas a ir del país con Toris, y a lo mejor Iván, esta noche.-le informó casual su madre, como si estuviesen manteniendo una típica charla cotidiana.

Natalia abrió los ojos de golpe.

-¿Qué...qué está pasando?

-Hace unas horas ha estallado una peligrosa revolución en la ciudad, Natalia.-le explicó su padre, a quien se le notaba el nerviosismo más que a la madre-. La única manera en la que puedas estar a salvo es que te vayas de aquí. Así que haz lo que Iván dice y vete con él. Te sacará de aquí antes de la madrugada.

-¿Y... vosotros?-preguntó con un hilo de voz.

-Nos quedamos. Debemos quedarnos.-La voz de su madre sonó bastante segura al afirmar eso.

-P-Pero... no puedo irme yo sola. ¿Y Kat? ¿También se queda?

-Yekaterina ya es una adulta, además comprometida con el único heredero de los Braginski; más le vale no irse si no quiere ser acusada de traición por el resto de la sociedad.

-¿Y qué más da la sociedad ahora? ¡Está en peligro!-intentó razonar Natalia quien, a pesar de todo, se preocupaba más por su hermana que por sí misma, ya que ésta era bastante vulnerable a todo.

-El tiempo se acaba... Debes irte ya, Natalia. ¡Corre con Iván y vete!- le instó su padre. Su madre le miraba sumisa, aunque defendiendo la decisión de su marido.

Natalia reaccionó al momento, haciendo tal y como su padre le acababa de decir, no sin que un par de lagrimones le cayeran por las mejillas y comenzase a sollozar en silencio, sin poderse creer que la tan temida revolución del pueblo estuviese a nada de comenzar.

Se echó encima varias capas de abrigo por encima, quitándose antes el pijama. Escondió su libro bajo la almohada, sin tiempo de ponerlo en su debido escondite.

Cuando Iván volvió a su cuarto, estaba junto a Yekaterina, quien lloraba pero decía nada. El hombre dejó que las dos hermanas se despidieran saliendo de la habitación, dejándoles un poco de privacidad.

-Cuídate.-pidió Yekaterina abrazando a Natalia con más fuerza que nunca.- Si te ves en apuros no dudes en correr, ¿me oyes? No intentes hacerte la heroína y huye.

Natalia asintió con la cabeza, llevándose una mano a los ojos y refregándoselos.

Cuando salieron a la calle, Iván tomó a la chica de la muñeca, sin intención de soltarla hasta que llegasen a su destino. Natalia pudo comprobar que las calles estaban movilizadas, llenas de gente, y todo aquello parecía una locura. ¿Cómo no se había enterado desde su casa?

-¿Cómo es que hay tanta gente?-gritó para hacerse oír.

-Si esto te parece poco es que no has visto nada.-le gritó Iván de vuelta, acelerando el paso.

Natalia corría, aun siendo agarrada por Iván, quien sorteaba personas, empujando a algunas otras que se interponían en su camino. Cada vez más agobiada, Natalia se dio cuenta de que estaba llorando.

De repente, Iván se paró en seco y se acercó hacia una persona con la que se puso a hablar. A Natalia le costó reconocer al individuo a causa de las heridas que tenía en la cara.

-¡Toris!-exclamó acercándose a su amigo, soltándose del agarre del hombre de ojos violetas.-¿Qué te han hecho?

-No es nada grave.-mintió el chico esbozando una leve sonrisa. Sin embargo, soltó un quejido y dejó de sonreír, por tener el labio roto.

-Por supuesto que es grave. Tienes un corte que te va del ojo casi a la boca. Y eso... ¿te han roto el labio?-preguntó visiblemente preocupada Natalia examinándole la cara. Sin embargo, Iván la tomó de un hombro, separándole.

-Subiros en el próximo tren que salga para París. Da igual si es de mercancías o de personas, lo importante es que os vayáis.

Toris asintió.

-D-De acuerdo, pero...-murmuró Natalia, pero Iván no le permitió continuar hablando.

-¡Rápido, iros!-les instó antes de darle a Toris una cartera en la que había el dinero suficiente como para que llegasen a su lugar de destino y pudiesen acomodarse allí.

-No me des las gracias, la mayoría viene del fondo de tu familia. No preguntes cómo ha llegado a mi.-dijo Iván antes de girarse en la muchedumbre, dejando a una anonadada Natalia. Toris tomó a la chica de la mano y se dirigió a paso rápido hacia la estación de trenes, la cual estaba no muy cerca.

-¿Puedes caminar bien?-preguntó Natalia preocupada a su amigo, quien cojeaba y soltaba algún que otro improperio al andar.

-N-No, pero no me puedo quejar. Sólo me han pegado en la pierna.-respondió el chico intentando sonreír, lo cual le daba un aire macabro, con media cara llena de sangre y varias heridas.

-¿Cómo que sólo? ¿Pero tú te has visto? ¡Estás fatal! ¡Esos imbéciles se han pasado contigo!

Toris se encogió de hombros.

-Al menos no me han matado.

-¿Qué...?

-He visto como mataban a un chico delante mía, así que te aseguro que he sido de los que han salido mejores parados.

Natalia no dijo nada más.

Tras una larga caminata, llegaron finalmente a la estación de trenes.

-¿Y si están inmovilizados los trenes?-preguntó con temor Natalia, preparada para lo peor.

-No creo. Vamos.-tiró el chico de ella y se acercaron al lugar. Compraron dos billetes para un tren de Petrogrado a París, tal y como estaba haciendo mucha gente.

-París es, según he oído, el mejor destino que podemos esperar.-comentó Toris siendo ayudado por Natalia a subir al tren. Habían tenido la suerte de que salía uno en menos de una hora, y por supuesto que no pensaban dejar pasar esa oportunidad.

-¿Y eso por qué?-quiso saber la joven subiendo tras él.

-No hay guerra.-respondió simplemente Toris.-Es uno de los pocos lugares en el continente en el que no hay.

Buscaron el compartimento que les correspondía y se sentaron. No era muy grande ni espacioso, y por supuesto no era de primera clase, sino de segunda. No era lo que hubiesen deseado para viajar, pero viendo cómo estaba la situación, les daba igual. Lo que les importaba era ir en el tren y salir de Rusia.

-Ahora vuelvo.-dijo Natalia al moreno antes de levantarse y alejarse de allí. A los pocos momentos volvió con una cajita blanca.

-¿Qué es eso?-preguntó Toris curioso.

-Un botiquín de emergencias.-sonrió Natalia abriéndolo. Tomó un algodón con el que procedió a limpiar las heridas de Toris después de haberlo mojado en agua oxigenada.

-Esto... te va a... escocer... un poco-decía mientras limpiaba la sangre de la cara del de ojos verdes. Toris apretó los ojos, pero no se quejó.

Tras desinfectar las heridas de la cara, la chica pasó a la herida de la pierna. A diferencia de el que tenía Toris en la cara, éste sí que parecía grave. Natalia se mordió el labio, calculando la gravedad de la herida, sin decir nada al chico, para no preocuparle.

El tren no tardó en ponerse en marcha, lo cual fue un alivio para ambos muchachos.

-Y...¿qué ha sido de tu familia?-preguntó entonces Natalia, rompiendo el silencio.

-Mi hermana huyó por la tarde, supongo que con Fíodor, su novio. Y mi padre, él va a quedarse hasta el final en la finca. Dice que no la dejará por nada.

Natalia asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Su familia también había tomado la misma decisión que la del padre de su amigo.

Toris era el hijo de un terrateniente con importantes tierras en las afueras de Petrogrado. Provenía de Lituania, pero su familia había emigrado a Rusia nada más nacer él. Pertenecían a la media burguesía, y siempre había mantenido buenas relaciones comerciales con los Arlovski. Toris y Natalia se conocieron de pequeños, y desde entonces el chico no se había separado de la joven Arlovskaya.

No tardaron en tumbarse en las incómodas camas del tren, quedando Toris en la litera de abajo a causa de lo de la rodilla mientras que Natalia ocupó la de arriba. El chico se quedó dormido en seguida. Sin embargo, a Natalia le costó bastante conciliar el sueño tras haber visto esas movilizaciones en Petrogrado; ese inicio de la Revolución. Los recuerdos que guardaría de esa noche serían amargos y tristes todos, desde cómo su familia se mostró tan decidida a no irse de la ciudad, hasta el aspecto que presentaba Toris cuando se encontraron.

Lo último en que pensó la chica antes de caer en un sueño bastante intranquilo fue en Iván y las esperanzas que había albergado hasta el final de casarse con él, dándose cuenta de que no había sido más que una ilusa. Una ilusa a quien la vida aún tenía cosas que enseñarle.