Buenos días/noches, según sea el caso. Vengo a publicar lo que sería mi debut en esta página donde llevo años leyendo historias. Siempre desee unirme pero nunca tuve una buena idea para comenzar bien, eso hasta que vi y me envicie con Frozen. Y esta es una historia que todavía no tiene ni pies ni cabeza, pero con el tiempo se me ocurrirán las ideas. Ojala lo disfruten.
Frozen no me pertenece.
Prólogo: Perdida.
Dicen que la mejor manera de encontrarse a uno mismo es perdiéndose. Eso he escuchado, de todo tipo de personas, estúpidas y eruditos, lo cual me provoca conflicto. ¿Será verdad? De igual forma hoy lo voy a probar en carne propia. Estoy huyendo. De todo y de nada. De lo que amo y lo que temo. Llevo conmigo la ropa que tengo puesta, una espada y menos de un cuarto de la comida con la cual emprendí mi viaje a ningún lugar.
Déjenme presentarme: soy la futura heredera del reino Westbound… ya sé, ya sé, ¿a quién se le ocurrió el nombre?, aunque yo lo llamo el Reino de los Sueños Rotos. Mi nombre es Christina Relish de Westbound… Aclarando, yo no elegí mi nombre ni el nombre del territorio, sin embargo uno se acostumbra a su nombre como al nombre del lugar que se supone vas a gobernar por más tonto que suene. Pero hay que darle algo de razón a mis antepasados: es la única ubicación al este que existe en los mapas, por lo menos hasta el momento.
Ya conocen mi nombre, ya saben de dónde vengo, falta que sepan a donde voy y porque mi camino me conduce ahí. El "por qué" se los diré: me canse de estar rodeada por la realeza. Escucho a los jóvenes aldeanos quejándose de su trabajo, deseando tener linaje real. No saben lo que yo daría por ser una simple campesina como ellos, preocupada por la cosecha, por los animales y por la mercancía a transportar. Suena cansado, sin embargo lo prefiero a tener que fingir algo que no soy.
Y ahora, ¿a dónde voy? Siendo honesta… no lo sé. Vi mi oportunidad y corrí fuera de Westbound. No tengo mapa, ni brújula. Estoy sola. Mi única compañía son mis ansias de saber que me espera si no regreso nunca. A este paso solo me esperaría la muerte. Llevo ocho días y siete noches caminando sin rumbo, tratando de comer solo lo necesario, defendiéndome de animales y protegiéndome del clima. Lo admito, no fue mi mejor idea irme en pleno invierno.
Estoy perdida. En todos los sentidos posibles. Me tiraría a llorar pero no tengo tiempo. Quiero llegar a alguna parte, a donde sea, que me ayuden… Necesito ayuda.
El bosque completamente nevado ya me está mareando… todo es lo mismo. Parece que ya pase por el mismo lugar mil veces. Por lo menos hoy está todo tranquilo a mí alrededor…
Escuche un gruñido cerca de mí. Hable muy pronto.
Desenvaine mi espada torpemente, casi soltando la empuñadura cuando el filo del arma topo con la funda de acero. Apenas podía mantenerla erguida en mi mano. Me costaba equilibrarla y parecía que pesaba el doble de lo normal. Comer tan poco me estaba afectando.
Una jauría de lobos me rodeo rápidamente. Quizá debí haberme quedado acostada más tiempo entre las raíces del árbol más cómodo que encontré la noche anterior.
Por instinto, solté la comida que me quedaba, desatando el ataque de los lobos. Todo fue tan rápido que cuando menos lo pensé ya estaba derrotada. La nieve se tiño con mi sangre. Lo único que sentí fueron unas mandíbulas cerrarse alrededor de mi brazo derecho, una mordida leve en mi pierna, y un golpe seco de mi espalda chocando contra el suelo. No podía mover el brazo, y tenía miedo de hacerlo, estaba perdiendo sangre muy rápido.
Comencé a sentirme mareada al tiempo que uno de los animales se acercaba a mi rostro, mostrándome sus enormes colmillos, prometiéndome que pronto estarían arrancándome los músculos de los huesos.
El pelaje del canino se fusionaba con sus oscuros ojos, con el fondo de su garganta, y sus colmillos se distorsionaban de manera alarmante. Me estaba desmayando.
Con mis últimas fuerzas estire mi brazo sano, en un intento penoso de cubrirme el rostro. Sentir el aliento del lobo en mi mano me hizo comenzar a llorar. Por primera vez era consciente de que iba a morir.
Antes de desfallecer logre escuchar unos gritos que se perdían de mi sentido.
De un instante a otro, la desfigurada anatomía del lobo desapareció. Después todo se volvió negro.
