Doce años tendrá el muchacho de cabellos castaños y los ojos de un color océano. Doce años. ¡Doce años!

Annie Cresta enloquece.

— ¡Hijo! —ella recorre las arenas cuesta arriba, buscando la casa de material ligero entre sus nublosos pensamientos y la realidad de la costa del Distrito 4. — ¡Hijo! — Continúa un trayecto imposible de seguir con tales alucinaciones que no venían de hace años. Pero no es el momento de entrar en shock, no cuando tienes una razón para proteger, un sueño compartido que cumplir… No cuando tienes al hijo de Finnick Odair a tu cuidado.

Se encuentra con la oscuridad, abatida en el dolor, la confusión, la desesperación. Annie abraza sus piernas, escondida tras un montículo de arena, sollozando cuan niña perdida, esperando aquellas palabras que la hacían volver a la realidad… Esperando a Finnick. Pero el no volverá. Él no la sacará. Y ella seguirá perdida.

La brisa marina reseca sus mejillas llenas de lágrimas, el pelo enmarañado está flotando con el viento, su piel se ha vuelto de gallina y el cuerpo le tiembla.

—La cosecha. La cosecha. La cosecha. — Annie repite entre sollozos. —La cosecha…

—¿Madre? — La voz del chico hace eco en su cabeza, y sin saber si lo alucina o lo escucha, levanta su rostro y le busca con la mirada. Es él. Tan atlético y guapo como su padre a esa edad. El cabello más castaño, pero sin duda eran los ojos de Finnick, aunque no podía negar la dulzura en el rostro heredada de ella misma. —Oh madre. No sabes lo preocupado que estaba.

Ella asume que sus ojos no la engañan, y se levanta a abrazarlo, tan fuerte que el chico debe alejarla un poco, permitiéndose respirar. Annie se aleja, sí, pero sus ojos están asustados, en pánico; se movía incesante, en busca de algún daño en su niño, pero nada. Entonces mira a su alrededor, en busca de un nuevo refugio donde irse, pero él la detiene.

—La cosecha… ¡La cosecha! — Ella repite, tan ida, tan alejada de éste mundo.

—Madre… —El joven, comprendiendo sus palabras, intenta calmarla, pero Annie no deja de intentar escaparse de los brazos de su hijo para protegerle. Protegerle de la cosecha que nunca iba a llegar.

—Hoy cumples doce años, hijo. Tienes que irte. ¡La cosecha! —Sus labios tiritan pero entonces su niño le afirma el rostro con suavidad, y le fija la vista en él.

—Madre, no hay cosecha…

—¡Pero el Capitolio…! — Explica con desesperación.

—Los Juegos no existen, madre. — Él le dice. — Tranquila, que yo te explico.

Finnick Odair podría haberse marchado, pero fue su hijo quien continuó la única misión interminable y voluntaria: Rescatar a Annie Cresta de la oscuridad.

Y con aquella paciencia heredada, sentados en la arena, el muchacho de ojos color océano, con palabras suaves y convincentes, le recuerda a su madre que los Juegos ya no existen, y que el Capitolio jamás se lo llevará. Ella sacude su cabeza un par de veces, y en otras lo escucha con atención. A veces simplemente solloza, y luego apoya su rostro en el brazo de su niño.

—No hay cosecha. — Ella concluye —Sólo has cumplido doce años. Y nada más.

—Así es madre. —El chico sonríe, paciente. —Sólo es mi cumpleaños.

Annie suspira y cierra sus ojos, indicándole a su mente que todo está bien, que sólo ha sido un mal recuerdo, una mala conexión. Sólo es su cumpleaños, y nadie podrá arrebatarle al hijo de Finnick Odair de sus brazos. Nadie.

—Feliz cumpleaños, hijo. —Dice finalmente.

—Gracias, madre. —El chico aliviado besa la frente de su madre. Nadie le había enseñado como traerla de vuelta, cuando sus pensamientos eran aturdidos por la confusión. Simplemente sabía cómo hacerlo. —Te quiero.

—Y yo a ti. —Annie susurra.