Bueno, siento la demora. Colgué un avance de lo que sería el nuevo fic hace ya no sé cuantos meses y ahí lo dejé. Aquí está.

Capítulo 1. Génesis

Mi nombre es Zoro Roronoa y soy un psicópata. Tengo 24 años y vivo a las afueras de una ciudad que nadie conoce.

A día de hoy mi cabeza procesa tanto sufrimiento que he aprendido a canalizarla en forma de ira, y muchos ""expertos"" (personas que ni pinchan ni cortan) dicen que se me ha ido de las manos. Yo solo pienso que es evolución; evolución de las emociones. No te pongas triste; arráncale la cara al cabrón que te hizo sentir mal. No insultes; muele a palos a quién osó mancillar el nombre de tu madre. No te quedes de brazos cruzados ante una injusticia; ve a romperle las piernas al hijo de puta desgraciado que ahorcó a esos cachorritos en el río. No pienses; actúa. Es eso, solo evolución. Para que malgastar palabras cuando los hechos valen el doble.

Todo sucede por algo. ¿Alguien conoce la ley de la causalidad? En eso se basa ahora mi vida. Hasta que terminan con tu diversión.

Mi vida desde pequeño no fue fácil, ni un ápice aunque la misma me hiciera entender que sí. Todo niño tiene momentos buenos y momentos malos… algunos tienen esa suerte. A los 3 años de mi nacimiento mis padres se divorciaron y yo me tuve que ir a vivir con mi madre a otra ciudad. Mi padre era un cabrón que le llamaba día si día también para pedirle dinero porque solo sabía gastárselo en salir, beber y en putas. Mi madre se repetía una y otra vez encerrada en la cocina, maldiciendo el día en el que se encontró con mi padre y cometió la locura de casarse con él. Claro, como no hacerlo, que diría su madre al saber que me esperaban a mi.

Cuando fui más mayor, mi madre encontró un trabajo fijo (más o menos) y tuvimos que volver a mudarnos, ya que no podía afrontar el gasto de pagar un coche. De mi padre supe menos. Iba y regresaba a casa todos los días tarde, solo nos veíamos para la hora de cenar mientras que una canguro cuidaba de mí. Yo era pequeño y por aquel entonces no entendía muy bien porqué mi madre pasaba tanto tiempo fuera de mi casa y apenas podíamos vernos, yo solo me centraba en mis juguetes y en la merienda que me daba la canguro. Así, fueron años.

Entrada la pre adolescencia, mi madre me tuvo que meter al comedor del colegio para poder seguir trabajando, porque no disponía de tiempo para atenderme, hacerme la comida y luego dedicarme unos minutos antes de volver al trabajo. Y allí me gané unos pocos amigos. Bueno, quien dice pocos dice una chica a la que todo el mundo marginaban por ser de otra ciudad y que no tenía nadie con quien juntarse. Yo pensé que caía bien, hasta que los insultos me bajaron de las nubes.

La muchacha y yo fuimos entablando amistad y cogimos mucha confianza, para confiar ciegamente en el otro. No sé muy bien como ocurrió, pero creo que yo le inspiraba confianza y buena fe. Cosa que no mucha gente ha podido ver en mi a lo largo de estos años. El resto de compañeros de mi clase no hacían más que amargarme la existencia insultándome con los motes más cabrones y poco originales que veré en mi puta vida. Se les ocurrían cosas que al principio no terminaba de entender porqué siquiera tenían que insultarme cuando yo no me había metido con nadie, y segundo, tampoco entendía bien porque tenían que ponerme esos nombres tan feos. Pasó de no entenderlo a que llegara cada día a clase deprimido y sin ganas de hablar con nadie.

La chica y yo nos sentábamos en una mesa al fondo de la sala, ignorando a cada gilipollas que se volteaba a insinuar mierda sobre nosotros. Ella les gritaba e insultaba y yo permanecía taciturno a su lado con cara de perturbado. Pensé que eso les molestaría, pero solo aumentaba sus mofas sobre mí.

Antes de terminar las clases, un día mi madre me sacó de clase antes de tiempo, junto con mi amiga, para darme una noticia importante. La chica me cogió tiernamente de la mano y nos fuimos con mi madre a comer. Nunca se lo decía, pero ella para mí era la mejor amistad que una persona puede tener jamás. Básicamente porque éramos muy iguales, a la par que confiábamos en el otro en cualidad. Cuando nos sentamos en la mesa, mi madre soltó la bomba; mudanza otra vez. Esta vez he de admitir que me puse algo triste ya no por dejar de nuevo todo lo conocido, sino por dejar a mi amiga. Ella me miró y yo también. Una leve sonrisa se esbozó en su rostro. Yo sonreía triste. Me dio un abrazo y yo la agarré con fuerza pero delicadamente. Ambos suspiramos y nos separamos.

Pasé la puta edad del pavo en otro instituto en el que las cosas fueron un poco mejor, pero como había tantísima gente en cada clase, la gente se dividió por grupos. No es que no me hablara con nadie, sino que esta vez había mucho elitismo a la hora de hacer grupo de amigos. Yo simplemente me dediqué a pasar de todo el mundo. Hice más amigos con gente de otras clases que con la mía propia. Había mucha niñata y mucho machote al que le encantaba el grafiti, que años después se lanzarían a fracasar en la carrera de Bellas Artes. Ahí empecé a descubrir que si una persona quiere hacer de tu vida un puto infierno, lo puede conseguir con solo un comentario.

Me putearon por pensar que yo había agredido a un chaval que se me declaró. Hay que joderse, yo no soy gran cosa, pero que se me lance así un tío no me hacia ni puta gracia. La cosa terminó con la gente de mi clase separándose al curso siguiente y a mí me tenían como el bicho raro del lugar. No era de ninguno de los pueblos de las pijas y no encajaba en el grupo de los machitos de los grafitis, así que me dieron por invisible.

Más tarde, al terminar los estudios básicos empecé a trabajar. La idea no me gustaba una puta mierda porque yo era bastante solitario y un trabajo siempre va a tener implícito que tienes que ser un "Relaciones públicas" vayas donde vayas y hagas lo que hagas. Y a mí eso no me gustaba, pero ya podía insertarme en el mundo laboral y mi madre necesitaba un cable. Ahora que lo pienso… de mi padre no volví a saber nada. Debería preguntarle a mi madre, pero eso supondrá un agobio que no quiero que sufra por mi culpa. En fin, todo por mi madre, la verdad. Empecé como todo pringado en este mundo, en trabajos de mierda que nadie quiere en la hostelería o haciendo no se que mierdas. Años más tarde descubriría otras formas más rentables de ganar dinero sin dar casi un palo al agua.

Cuando conseguí reunir el dinero suficiente para poder empezar algo, me lancé a estudiar algo más importante. Sabía que una carrera "de las grandes" no era para mí, tenía que buscar algo que me interesara y que fuera más pequeño. Pero no lo suficientemente pequeño como para vivir de pobre el resto de mis días. Tras mucho meditarlo y consultarlo con mi progenitora, decidí estudiar Química y Criminología. Si, eran dos carreras y con lo putamente quejica que he sido siempre se me haría eterno, pero podía permitírmelo. Haciendo Química por las mañanas, Criminología por las tardes y trabajando los "findes", quería hacerme a la idea a mi mismo de que la vida pagaría mi esfuerzo.

A los pocos meses de empezar las clases yo andaba exhausto y moribundo por la vida por mi falta de costumbre, pero mi madre no dejó que decayera ni un solo instante.

En las navidades de ese mismo año, decidimos hacer una mini fiesta para los dos por todo lo grande (todo lo grande que una familia de dos puede permitirse con un sueldo de mierda). Mi madre preparó nuestros platos favoritos y decoramos la casa con algunos adornos. Yo estaba entusiasmado ya que era la primera vez que veía así de bonita la casa. Como cambiaban las cosas, ¿No?. Y entonces lo ví. Mi madre sacó mi regalo y yo casi me desmayo de la impresión.

Un cachorrito.

Un cachorrito para mí solo.

Estaba que no me lo podía creer. Me quedé completamente estático, en blanco, mientras veía como el animalito correteaba y saltaba por toda la casa, explorando. Yo miré a mi madre con la mayor cara de sorpresa que te puede poner alguien, y ella me sonrió orgullosa. Le di un abrazo y corrí tras la criaturita que exploraba el pasillo. Sus patitas se movían de una forma que me hacía reír aún sin ganas pero no me importaba, había encontrado al mejor compañero del mundo, metafóricamente hablando.

La facultad fue mejorando a medida que yo me veía con más dinero. Las cosas en mi casa mejoraban y yo sentía que la vida me daba un pequeño empujoncito a pesar de toda la mierda que arrastraba de años atrás. Mi amigo peludo me ayudaba a ello. Cada día, llegaba de la facultad a la noche y allí estaba, esperándome más contento que unas castañuelas. Todos los días eran así, abrir la puerta y que mi mejor amigo se me lanzara a los brazos a lamerme las manos y a toquetearme toda la bolsa con los libros durante varios metros hasta llegar a mi cuarto. Fue una buena época.

Hasta el segundo curso.

El día que llegué a mi casa y vi a mi madre llorando, no hicieron falta palabras para saber que estaba pasando. Mi madre sollozaba casi silenciosamente sentada en la mesa con un paquete de pañuelos mientras yo dejaba la bolsa encima de la mesa en un silencio ensordecedor. Ella me miraba con lágrimas en los ojos y yo enfurecía a cada segundo; mi amigo no estaba. Eché la mirada al suelo intentando contener la ira, pero la tristeza de mi madre se hizo más grande y yo reaccioné. Abrí la puerta violentamente y bajé volando a la calle. La puerta sonó bruscamente contra el marco y los sollozos de mi madre quedaron en la sombra.

Al bajar a la calle, agarré con tanta fuerza el pomo de salida que lo desencajé de su sitio, tirándolo al suelo en busca de mi amigo. Tardé varios minutos en saber donde se encontraba. A unas cuantas manzanas de mi calle había un escándalo y varios niños mirando. No me temía nada bueno. Temía un poco por mí, pero por mi amigo haría lo que fuera. Cuando me acerqué al corrillo vi a unos indeseables con algo peludo en las manos y varios de ellos llevaban cosas inflamables. Tragué saliva y les grité como un animal. Ellos se voltearon y tiraron esa cosa con pelo al suelo, amenazándome con sus mecheros y navajas. Los niños de la zona se fueron y no pudieron ver como les metí una paliza a los 4 que pretendían asustarme.

Al agacharme junto al trozo de pelo, mi corazón empezó a acelerarse a la par que la adrenalina salía disparada y me invadía todo el cuerpo. Enseguida avisté el contenedor donde estaba el resto del cuerpo. Corrí como un rayo hacia allí y abrí la tapa. La imagen que vi no se me olvidará nunca.

Y allí estaba. Sin una oreja y agonizando.

Lo agarré de entre los escombros y lo abracé como si se me fuera la vida en ello. Lo sujeté fuerte y delicadamente y grité con toda la fuerza de mis pulmones al aire. Que se enterara todo el mundo, me daba igual en ese momento. La ira crecía grotescamente dentro de mi a la par que me empezaba a hervir la sangre. Aquello marcaría un antes y un después en mi. Para siempre.

Después de esos sucesos, mi madre y yo nos volvimos a mudar. Yo me volví una persona mucho más seria y mi madre empezó a hacer su vida, ahora que yo ya era más mayor. Seguíamos igual de unidos, pero empezando caminos distintos. Casi sin darme cuenta, mi madre se había echado un novio al que casi nunca veía. Hacían y vivían sus vidas prácticamente en la casa de él y a mi me dejaban ocuparme de mi mismo. No es que estuviera solo, simplemente ya tenía edad para madurar, y así fue.

Meses pasaron sin que yo diera señales de vida en la facultad. Lo curioso de esto, es que a pesar de mi actitud de mierda y mi distancia y frialdad con la gente, en ambas carreras me había ganado a un pequeño grupo de gente que apreciaba mi compañía y me hacían caso. Yo me sorprendí, pero tampoco me entusiasmé, no estaba para puñaladas por la espalda de nuevo. Les hacía el caso justo. Cuando me decían de ir a salir, iba, 1 de cada 3 veces para tenerles contentos, pero nada más. Ahora lo prioritario en mi vida era mi trabajo y mis estudios y mi madre, no el resto del mundo. Después de ver así al que fue mi mejor compañero, una herida del tamaño de un puño nunca se cerró en mí. Lo único que ansiaba desde el mismo día de su muerte era la venganza, que, poco a poco, se iría convirtiendo en maldad por diversión.

Y no me da palo admitirlo. Se terminó convirtiendo en maldad por diversión por lo que me pasó después.

En tercer año tuve que repetir algunas asignaturas. Los profesores de dichas asignaturas no me tragaban por querer ir a mi puta bola en clase y pasar de hacer trabajos en grupo. La colaboración en clase es importante para el desarrollo, me decían, pero yo ya estaba asqueadísimo de todos y de todo. Seguía yendo a clase porque de verdad me interesaba la carrera, no porque quisiera emborracharme y divertirme más que estudiar.

El mismo año que repetí, un mocoso en forma de lapa se hizo mi amigo. Entre comillas, porque como ya he dicho, era más una lapa que un amigo de verdad. No hablábamos nunca, simplemente el me seguía allí donde fuera y me atosigaba a cumplidos y demás chorradas que me hacían tener ganas de apuñalarle en las costillas. Un día pretendió pagarme el almuerzo cuando estábamos en la cafetería y fue demasiado lejos. Me lo pagó sin consultar y yo ni siquiera tenía hambre ni intenciones de tener un esclavo. Le dije que parara pero me hacia oídos sordos. Y lo mismo con el teléfono. Maldigo el puto día en el que le di mi teléfono. No hacía más que acosarme y dejarme mensajes todos los santos días a todas putas horas, preguntándome que coño hacía. Y si no le respondía era peor, porque me llamaba hasta que le cogía el tlf. Era como tener una novia celosa, manipuladora y cabrona. Se me hincharon las narices. Yo era una persona tranquila, pero ya tanto acoso me hizo hasta empezar a padecer depresión.

Gracias a mis estudios en química, me las apañé para conseguir un veneno, indetectable en una autopsia a no ser que seas muy listo. Esa misma mañana fui a la cita con un vendedor anónimo que me vendía los ingredientes por internet y conseguí 3 bolsas. Llegué a casa, puse mis accesorios de química a trabajar y a las 5 horas tenía el extracto de veneno listo. Le dejé un mensaje al gilipollas acosador y en menos de una hora se plantó en mi casa, como era de esperar.

Antes, me había tomado la molestia de forrar la mesa y las sillas del comedor con plástico, por si las moscas. Me puse guantes de vinilo y le abrí la puerta con la mejor de mis falsas sonrisas. Entró y se sentó en la misma mesa, donde le ofrecí un café. En la cocina, me aseguré de que el café estuviera fuerte para tapar el olor del veneno y lo mezclé bien varias veces. Yo me preparé una taza de té negro y me senté con él en la mesa. El espectáculo iba a empezar.

Al sentarme y servirle la taza de café, yo ni siquiera toqué la mía. Simplemente me dediqué a observar al cabronazo disfrutar del que sería su último café. El me miraba extrañado a mí, y a toda la sala, por la extraña decoración de laboratorio. Si alguien nos hubiera mirado desde afuera, podría pensar que la casa parecía una jaula en la que experimentan con ratones. Un sorbo y caería muerto sobre mi mesa. Intentó entablar conversación conmigo pero yo estaba demasiado distraído en aquel momento, quería verle morir y lo quería ya. Cuando sus labios tomaron el primer trago de café se echaron para atrás recibiendo el amargo sabor. Yo le convencí de que era un café carísimo que merecía la pena de degustar y siguió intentándolo. Una sonrisa macabra empezó a asomar en mi rostro. El individuo siguió con sus sorbos mientras me hablaba sobre alguna mierda de un trabajo en grupo que me sugirió hacer en clase, pero a mitad de frase se calló de golpe. Yo sonreí de lado inconscientemente. Echó la cabeza hacia abajo bruscamente y enseguida sus manos fueron directas a su cuello; estaba empezando a toser de manera muy fuerte. Dirigió una aterradora mirada de socorro hacia mí, pero yo le observaba indiferente desde mi silla, mientras la garganta se le cerraba y el pobre infeliz luchaba por respirar.

Sonreí. Allí le tenía, muerto en el sitio, encima de mi mesa.

Reconozco que en el momento pude haberle mandado a tomar viento, haberle cantado las cuarenta, o algo similar y que el chaval hubiera seguido con su vida, siendo el perrito faldero de alguien más, pero según mi punto de vista, creía necesitar librar a la humanidad de semejante individuo que lo único que aportaría al mundo sería mierda. Sabía que yo solo era capaz y que no me supondría mucho esfuerzo. Así que por eso lo hice.

¿Y lo mejor? No sentí remordimiento ninguno, ni lo padezco hoy en día cuando hago estas cosas. Simplemente decidí hacer lo que yo creo correcto, y algunas veces se vuelve divertido.