N/A: Este es el oneshot mas largo y extenuante que he escrito. (De hecho lo he tenido que dividir en dos partes.) Me disculpo por adelantado respecto a cualquier hueco en la trama que pueda haber; había demasiado que cubrir. siéntanse libres de señalar cualquier confusión/fallo en la información y les responderé con un mensaje privado.
(Neocolai no es dueño de X-Men ni de nada relacionado a la franquicia.)
N/T: La historia no es de mi propiedad ni autoria, la original puede ser encontrada en el perfil de Neocolai.
Entrenamiento. Habilidades sociales. Comunicación. Trabajo en equipo. O en otras palabras, no escuchar música ni correr a velocidad parcial por tres horas mientras Ororo se paseaba por la Cuidad de Nueva York. Aun había suficiente revuelo debido a Apocalipsis por lo que Charles impuso una regla.
Ningún mutante viajaba solo.
Peter no contaba – podría tocar la nariz del presidente y ni siquiera las cámaras lo sabrían. Storm, por otra parte, era más lenta que Magneto reaccionando a las pistas. (Peter era demasiado tímido como para rogarle a Charles por un perro – al menos el profesor podría enviarle una solicitud, y quizá así Dadneto iría al grano.)
Derretirse por Nueva York en una tarde bochornosa no era su idea de diversión. Tenían que caminar por cada esquina, e incluso a pesar de que lo ofreció veinte veces (En serio, no seria ninguna molestia para él y estaba bastante seguro de que a las chicas le gustabas que las cargaran en la espalda), Storm se reusaba a ser llevada.
Charles le había dado una sombría advertencia, estarás en muchos problemas si la dejas atrás, no ansiaba conocer la continuación, pero tres horas de vagar sin sentido y sin distracciones simplemente era estresante. Los demás probablemente se estaban burlando de él, como si fuera una divertida broma el que Quicksilver merodeara por la ciudad ayudando a una chica con sus compras.
La vida apestaba.
"Peter, mira esto," Dijo Ororo, llamándolo para que se acercara a un aparador. Apunto a una capucha azul llena con manchas de colores. "¿Por qué alguien compraría esto? Luce como si un niño lo hubiera hecho."
"Si, la gente compra todo eso." Peter se encogió de hombros. Casi le preguntaba, '¿Has estado hablando con mi padre? – Porque eso es algo que él diría.'
A veces era muy difícil enseñarle a Magneto como divertirse.
"Kurt dijo que los Americanos tenían extraños suvenires," Dijo Ororo mientras sostenía un taxi en miniatura. "Sin embargo, este me gusta."
"Si, son... bastante comunes..." Realmente quería que las calles se acortaran. El local de Pizza estaba demasiado lejos si viajaban a esa velocidad.
"¿Qué tal tu Peter? ¿Nada te llama la atención?"
"Nah, solo estoy..." Hambriento hambriento hambriento – espera.
Vio la mesa con fotos alineadas flores marchitas mientras Ororo murmuraba, "¿Para qué supones que son?"
"No lo sé." Adelantándose, Peter se coló entre la multitud, deseando que Storm pudiese ir solo un poco más rápido. Quizá aceleró un poco. Solo un poco. De cualquier forma ella iba detrás.
Cuando alcanzo la mesa el tiempo se detuvo por completo.
No. No, no, no, no, no, no, no, no, no...
"¿Peter?" la mano de Storm lo jaló del brazo antes de quedarse inmóvil.
Se preguntó si ella lucia enferma.
Se preguntó cuando él dejo de respirar.
Se preguntó si realmente importaba.
Las fotografías dominaban la exposición, algunas deterioradas por el sol, otras arrugadas por la lluvia. Las caras ilusionadas lucían huecas ante los pétalos marchitos. Crucifijos y pequeños tesoros iluminaban el altar.
"Todos son niños," Ororo murmuró.
Niños. Caras de jóvenes niños y niñas listos para la escuela, para salir un fin de semana con su madre o padre, para un nuevo perrito, para un pastel de cumpleaños, para el circo, para tomar un helado en el parque, para correr y jugar a las atrapadas y hacer cualquier cosa que los niños hacen en los mejores días de sus vidas.
O en los últimos.
"No, no, no..." Peter murmuró. Una lista de nombres. Cuarenta y dos en una sola mesa; los memorizó antes de que Ororo terminara de leer siquiera la primera columna.
Abby, Marshall, Robin, Clara, Madeline, Donald, Laurence, Bobby, Dale, Justin, Kara, Molly, Janice, Juanita, Shaun, Lukas, Deepali, Asya, Michael, Holly, Earnest, Francis, James, Elwin, Adele, Chloe, Dinah, Jacques, Pollyanna, Surya, Colby, Heather, Ashley, Delun, Kyle, Joseph, Yuri, Hannah, Chad, Teuchi, Albert, Hans, Abothi.
Cuarenta y dos niños muertos durante el terremoto que arrasó con países alrededor del mundo. Por los reportes en las noticias, Peter sabía que había miles más.
Se tambaleó, busco hasta que vio otra mesa cuatro calles adelante. Se desvaneció entre los civiles, gente normal demasiado aturdida como para notar otro altar, y vio otro, y un cuarto, y otros tres más, incontables mesas y cercas y aceras llenas con flores marchitas y memorias. Abuelos, padres, madres, infantes, niños que apenas estaban aprendiendo aritmética, hombres y mujeres jóvenes esperando una carrera y una familia.
Se estremeció antes del memorial cincuenta y tres. Ido. Caras pululaban en su mente. Muy rápido. Muchas.
Magneto los había matado a todos.
No, no, Papá, por favor no...
Nunca pensó acerca de la gente dentro de los edificios que Magneto destrozó. Algún pensamiento al azar lo había convencido de que solo él y los mutantes habrían sido los únicos fallecidos si fallaban. Nunca se dio cuenta...
"Eres uno de ellos."
La quebrada declaración lo arrastró de nuevo al tiempo presente. Observó los grises edificios y los ruidosos autos, perdido por primera vez. Ni siquiera recordaba haber dejado sola a Ororo.
"¿Eres uno de ellos, no es así?" la voz repitió.
Peter lo miró aturdido, notando por primera vez al hombre viéndolo desde el filo del altar. Iba vestido con un traje de negocios, cabello negro desarreglado, sus ojos rojos y cansados, un lirio naranja marchitándose en su mano. El hombre coloco la flor con una reverencia junto a la foto de una niña sin un diente.
"¿Estas satisfecho ahora?" dijo el hombre con un tono áspero. "¿Ya estamos lo suficientemente conquistados?"
"Yo..." la garganta de Peter se cerró. Quería correr; dejar los monumentos y sus contenidos y pretender que Apocalipsis nunca había sucedido. Eran solo él y su papá, no había ninguna matanza, Magneto no haría eso, Mamá estaba equivocada acerca de todo y ellos podrían dejar Westchester en ese instante y él se quedaría en el auto por horas si era necesario pero no era necesario que nadie supiera que...
"Brigitta," El hombre se ahogo. "Su nombre era Brigitta. Tenía cinco. Yo... Marge y yo íbamos de camino a ver su presentación en el coro de la escuela cuando el conserje llamó. El edificio simplemente..."
El hombre tembló, respirando en un intento de no llorar, pero Peter pudo ver las lágrimas que intentaba esconder, ocultando sus debilidades ante un mutante, ante uno de ellos.
La agonía se transformo en acción y en un parpadeo Peter supo lo que pasaría; vio al hombre agacharse; calculó cuantas ciudades podía atravesar antes de que hubiera un derramamiento de sangre.
No podía moverse.
El cobre se hizo borroso en la mano del hombre, el dolor se volvió en odio en su cara, y todo en lo que Peter pudo pensar fue Profesor Profesor Profesor porque quería llamar a su papá, lo quería demasiado, pero Magneto los mataría a todos y no podía soportar ser el responsable de ello, no por mas niños como Brigitta y Nallie y Vincent y Andy, no otro Washington D.C., no En Sabah Nur de nuevo, y entonces el ladrillo se movía hacia él y él supo que debería quitarse del camino, que eso iba a doler, que tenía todo el tiempo del mundo y que solo tenía que moverse una pulgada y todo estaría bien, pero todo lo que pudo hacer fue mirar mientras se arrastraba hacia su frente y entonces el hombre lució asustado como si en realidad no quisiera haberlo hecho y Peter se dio cuenta de que en serio debió haberse movido antes pero era demasiado tarde para correr, demasiado tarde para hacer cualquier cosas excepto esperar que alguien lo atrapara, alguien que no fuera su papá, alguien quien no hiriera a otras personas porque su hijo fue herido por un estúpido enemigo con mala puntería...
El pavimento se oscureció en su visión y no pudo pensar en nada más.
En medio de pasar su peón a caballero (Erik habría escogido la reina), Charles se estremeció y casi volcó la torre enemiga.
"En serio, Charles," dijo Erik mientras estabilizaba su tambaleante castillo. "Estas tan distraído que –"
"Peter"
Una palabra.
Dejando su caballero a un lado, Erik se giró sobre sus pies y abrió la puerta con una orden. Se puso el casco, ignorando la consternación de Charles. "¿Dónde está?"
"No iras," dijo calmadamente Charles. Erik pudo figurarse el plan del telepata; predijo que Kurt se aparecería en la habitación.
"¿De qué hablas?" gruñó. "Voy por mi hijo."
Temió las posibilidades. En Sabah Nur había regresado de la muerte. William Stryker había encontrado un nuevo conejillo de indias. Peter había corrido hacia un edificio derrumbándose y había calculado mal. El niño había olvidado su almuerzo.
Esperaba que fuera algo tan simple como la última.
Sabía que se equivocaba.
"Esta vez no puedo dejar que interfieras," dijo Charles mientras Kurt se materializaba detrás de su silla de ruedas. "Lo siento, Prometo que –"
El endemoniado tele transportador era inteligente. Antes de que Charles pudiera terminar y Magneto pudiera acercar la silla hacia él, azul y negro se esfumaron y él fue dejado atrás.
Preocupándose y vagando solo.
Maldiciendo, Erik lanzó el ajedrez con una mano. La madera resonó contra la pared y la piezas de esparcieron. Lanzando a la reina, cerró los ojos y calculó. Ororo se había ido sola a las once de la mañana. Charles le insistió a Peter que fuera tras de ella. La habría alcanzado en menos de dos minutos. Tres horas después, a un ritmo casual para Ororo (ahora que no estaba huyendo de los mercaderes), a juzgar por la meriendas de Peter y la afición de Storm por objetos brillantes, quizá habrían recorrido seis millas en cualquier dirección. La opción más lógica sería el centro comercial – todos los jóvenes se congregaban ahí – pero hasta ahora Peter le había mencionado tres veces un local de pizza que le gustaba; uno que estaba junto a un refugio para perros sin hogar.
Charles estaría ahí en segundos. A Erik le tomaría quince si volaba hasta allá.
Tiempo suficiente para evaluar el daño remanente.
Siguió las sirenas de la policía. Las multitudes. La voz temblorosa que resonaba con arrepentimiento.
"Yo no quería – era solo un niño – ¡yo no quería lastimarlo, lo juro! Y – yo nunca quise – oh, Marge nunca me lo va a perdonar..."
Erik se acercó silenciosamente. El sonido de correas se alejó de él, el miedo presente en aquellos que reconocieron el casco de Magneto. Los oficiales retrocedieron, sacando sus armas, lo suficientemente sabios como para no disparar. En el medio, un hombre en un desgastado traje de negocios alzó su cabeza.
"Tú eres ese," dijo suavemente. "Debí haberlo sabido." Suspirando, cerró sus ojos. "Lo lamento. No era mi intención herir al niño. Él jamás fue responsable."
La mirada de Erik se dirigió a un ladrillo quebrado. Salpicaduras de sangre manchaban el pavimento.
La mesa del memorial se dobló.
"Entonces lo admites," Erik dijo fríamente mientras alzaba una mano.
Desdichados ojos grises intentaban sostenerle la mirada, y el hombre alzó su cabeza. "Acaba con esto de una vez." Una foto arrugada se deslizo en el pavimento. "Después de todo, parece que todos somos desechable para ustedes, fenómenos."
Por un instante Erik dudó. La foto se volteo con el viento. Una sonrisa enmarcada por mechones color cobre alegremente se aferraba en los ojos de una niña de cinco.
Una hija.
Casi se apiado.
Entonces sus ojos se fijaron en el ladrillo. La imagen de golpes contra el plateado se aferró a su mente y vio ojos marrones llenos de adoración, ahora ahogados en confusión y dolor. Sostuvo al niño después de que En Sabah Nur lo fracturara. Nunca más. Lamentarían el día en que hirieron al hijo de Magneto. Cada humano a partir de ese día honraría al príncipe de plata.
Los marcos de la fotografías temblaron y se quebraron. Fragmento letales se sostuvieron en medio del aire, preparados para silenciar a los oficiales y aquellos a quienes protegían. Una mujer gritó y se colocó sobre su niño.
"¡Magneto, para!"
Inquebrantablemente, Erik abrió sus manos. Elegantes, delicados hilos flotaron sobre sus palmas. Pudo ver la reprimenda de Charles: la misma mirada atormentada, rogándole mientras el telepata esperaba que algún día eso fuera suficiente para cambiar el mundo para siempre.
Charles siempre estaría un paso atrás.
Un gritó muy tarde. La impresión de incidentes similares; el intento de apelar a su compasión, y el error máximo de Charles.
No perderé otro hijo, Erik juró.
Justo mientras alzaba sus brazos para castigar a la humanidad, unos pequeños brazos se aferraron alrededor de su cuello y unas delgadas piernas rodearon su torso. Su concentración se quebró, se sacudió y lanzo al perpetrador fuera de su espalda. Storm hizo acto de presencia, sus irises de tornaban blancos mientras el aire a su alrededor tronaba.
"¡Suficiente!" gritó Erik. Analizo rápidamente, escogiendo entre la mesa doblada o la reja para detener a Storm. La mesa funcionaría.
El aire chispeo detrás de él, oponiéndosele antes de que pudiera reaccionar. Girándose, lanzó lejos a Nightcrawler, enganchando la hebilla del cinturón del mutante y lanzándolo hacia un taxi. Otra sacudida y arrojó a Storm al otro lado de la calle. Una distracción más. Una más –
"¡Es suficiente!"
El golpe sordo detrás de él lo hizo derrapar. Trozos de metal cayeron sin causar daño alguno, y uno de los humanos gritó en pánico.
Aturdido, Erik se puso en pie para enfrentar a su adversario. Charles se acercó hacia él como un cachorro furioso, sosteniendo una tabla de madera listo para atacarlo de nuevo.
"No me detengas," Erik gruño por lo bajo. "No esta vez."
"Siempre ha sido esta vez ¿no es así?" escupió Charles. "Cada vez que te sientes amenazado matas a cientos más. ¿Cuándo terminara, Erik?"
Cerrando sus puños, Erik miró del profesor al cumulo de humanos. Jean se puso entre ellos, carmesí brillando en sus manos, mientras Nightcrawler se transportaba fuera de su prisión amarilla.
Los ojos azules de Charles estaban llenos de decepción mientras arrojaba la tabla a un lado. Sacudió su cabeza solemnemente. "¿Qué esperas que le diga a Peter cuando hayas acabado?"
Erik inhalo entrecortadamente.
"No eres tan aterrador," el niño lo había dicho justo el otro día. "Quiero decir, cuando estas arrojando metal sobre la gente es bastante terrorífico, pero es por eso que estoy aquí..."
Dando un paso atrás, Erik calculó los daños. Miedo y odio resonaban en las caras a su alrededor. Las cámaras capturaban imágenes y los reporteros redactaban sus artículos para las noticias de la tarde.
El viento soplaba, y una cámara destrozada se poso a sus pies.
Enterró su cara en sus manos.
"Es el shock," dijo Hank, apartando a Erik de la cama. "tiene una concusión menor; nada que no pueda manejar."
"No está respondiendo," dijo Erik ojeroso, acercándose de nuevo tan pronto como Hank se dio la vuelta. Aparto hebras de cabello plateado, sostuvo una mano pegajosa y la apretó, esperando una reacción. Un moretón ya se estaba haciendo presente bajo las vendas. Deseo haberle roto la pierna al hombre.
"Tu revoloteo no esta ayudando," Hank juzgo. Suspirando, tomo un jarrón y lo lanzó directo a Erik. "Va a tener nauseas cuando despierte."
"¿Qué tan malo es?" Erik insistió. Las cejas de Peter temblaron y se fruncieron. Sus piernas sufrieron espasmos.
"Luce peor de lo que es," Hank hizo una pausa para asegurarse. "Las heridas en la cabeza son pequeños monstros. Sus pupilas están respondiendo bien a la luz, y Charles pudo obtener un par de palabras de él antes de que se desmayara de nuevo. Creo que es la primera vez que resulta herido fuera de su pierna."
"¿Qué dijo?" Pavor y curiosidad mancharon su tono.
Los ojos de Hank se apartaron. "Le pidió a Charles que no te dijera lo que había sucedido."
La barra de la cortina se partió y Hank maldijo. "No me culpes por eso." Se movió para sacar a Erik; un tigre gruñendo con gafas y una bata de laboratorio. "Regresa cuando seas capaz de auto controlarte. Sólo lo vas a estresar más."
"¡Estoy bien!" Erik discutió. Apretando sus dientes, inhalo entrecortadamente y forzó la calma en su voz. "Estoy bien, Hank. No lo molestare; lo prometo."
"Si, claro, he escuchado eso antes," Hank murmuró.
"Es mi hijo," dijo Erik pesadamente. "Él me querría aquí."
El escepticismo de Hank era una gran molestia. Abrió su boca para protestar pero se retractó. Erik sospecho que la causa era una discusión perdida con Charles, y también la razón por la que Hank se dio la vuelta, excusándose a la siguiente habitación.
"Bien," respondió el mutante azul. "Pero si despierta y luce estresado, te vas,"
Erik se acomodo, abriendo su libro de Psicología Experimental, nunca dejando ir los temblorosos dedos de su hijo. El pulso del niño era tan rápido como el aleteo de un colibrí. No le sorprendía que no pudiera mantenerse quieto, incluso mientras estaba inconsciente.
Era muy joven para su edad. Tan perdido en su extraño y efímero mundo. ¿Siempre te preguntaste por tu padre? Erik consideró. ¿Hubo alguien que tomara ese lugar? Imaginó al pequeño niño de cabello gris, quien perseguía los rayos del sol y se preguntaba por qué las aves no podías seguirle el paso. ¿Acaso los otros niños te molestaban? ¿Te empujaban? Tú, quien podrías alcanzar a un huracán; ¿tuviste alguna vez un amigo?
Debió haber estado ahí. Él pudo haber ignorado las infidelidades de Magda; buscarla entre los humanos; saber si había algo que aun los uniera.
Pero Erik sabía que era orgulloso. Sus mofas. Su ira ardiente contra aquellos que habían traicionado a su gente.
Sólo Peter le había dado la iniciativa para retenerse, e incluso ese lazo había sido puesto a prueba. Casi había matado por el bien del niño. Lo haría de nuevo.
El odio lo había consumido desde su infancia.
Justo cuando las manijas de los gabinetes habían comenzado a torcerse y el cortinero se comenzaba a torcer de nuevo, un suave murmullo interrumpió sus amargos pensamientos. Erik cerró el libro y se acercó a él, sacudiendo suavemente la mano de Peter.
"Oye, Niño..." Vamos, te has estado retorciendo ya bastante, y esas condenadas extremidades no pueden estar así por mucho tiempo más. "Peter," ordeno suavemente, "Basta de holgazanear. Se supone que tu eres quien debería estar fastidiando a Hank."
"No tomare eso como un ánimo," Hank llamó desde la otra habitación.
Jadeando, Erik agitó la mano de Peter de nuevo, oprimiéndola el doble para dar énfasis. Al final sus cejas curvadas se relajaron y rastros de marrón se asomaron.
"Hey," Erik murmuró.
Parpadeando agitadamente, Peter cerró fuertemente sus ojos. "No voy a vomitar... eso seria patético."
Al menos pudo haberle dejado un moretón al humano que combinara con el de su hijo. "Hank dice que tienes una concusión," dijo Erik, acercando una bacinica a la cabeza de Peter. "Nada de ser el correcaminos por un par de días."
"Perfecto," Peter acepto de buena gana. "Los abejorros en mi cabeza están haciendo todo el trabajo por mí."
Erik presionó una mano contra la cabeza del niño. Solo por si acaso.
Peter titubeo como si tratara de decidir si quería o no que lo consintieran cuando había nauseas de por medio. Finalmente cedió ante la presión y observó a Erik. "No volaste lejos esta vez."
Contra todo pronóstico, Erik soltó una risa. "¿Aún golpeas a En Sabah Nur, eh?"
La confusión se transformo en consternación, y observó su vivacidad transformase en nada. Alarmado, Erik se acercó aún más. "Tranquilo, niño. Ya no está. Nadie va a hacerte daño."
Sus marrones ojos se humedecieron y Peter apartó la mirada, luchando por hablar. "Acaso... acaso tú..." Tembló, finalmente dejo salir la pregunta tras morder su labio, "¿Lo mataste?"
La horrible estocada revolvió su interior. Se pregunto cómo hubiese respondido Nina, de haberlo sabido.
Quizá este era el pago destinado por su venganza.
"No," Erik murmuro, agradecido de que Charles hubiera sido lo suficientemente dogmatico como para perseguirlo una vez más. Donde estaría sin ese estúpido y terco telepata... "No maté a nadie. Ni un rasguño."
El mutante plateado asintió. Sus ojos se apagaron, y Erik pudo ver sus parpados cerrarse; bloqueando todo excepto...
"Hank."
El sonido de una perilla y el mutante estaba a su lado, agobiando a Peter con preguntas y un dedo chasqueando. Peter se hundió agitadamente en las almohadas, evadiendo el ruido, y entonces... se calmó.
Quieto. Inmóvil. Complaciente.
"Iré por Charles," dijo bruscamente Hank, y en ese momento Erik lo supo.
Cualquier futuro que hubiese construido en torno a él y su hijo recaía en manos humanas. Justo como Nina.
Como Anya.
El destino en verdad detestaba su legado.
"Peter," Charles lo acaricio. Erik imagino la palabra resonando en la cabeza el chico.
"No me responde," dijo Charles después de una pausa.
"¿Hay alguna actividad cerebral?" cuestiono Hank. Estaba sacando la luz de nuevo, y Erik quiso arrojarla muy lejos. El daño no era permanente. No lo permitiría.
Vamos, Niño.
"Hay demasiada actividad: ese es el problema," dijo Charles, pasando su mano por su ceja.
"¿Qué se supone que significa eso?" Erik escupió.
"Tengo... imágenes." Charles vacilo, presionando una mano contra su sien. "Para... Peter..."
Erik ya estaba a medio camino de la cama. "¿Qué es?"
"Tiene pánico," Charles dijo encogiéndose. "Hay caras – no puedo rastréalas todas; su mente es muy rápida. Creo que son niños."
Niños. Las fotos. Erik cayó en su silla.
Exhausto, Charles se alejó. "Sabes lo que está viendo."
Por supuesto Charles reconoció los memoriales. Él sabía quién era el responsable por miles de nombres.
Y aun así, de la misma infantil manera que Peter, infaliblemente perdonaron al asesino.
Si hay un hombre al que Erik hubiera confiado la crianza de Peter ese hubiera sido Charles. De alguna manera su hijo había hecho la conexión inmediatamente.
"Él... me culpa," Erik estableció silenciosamente.
"No exactamente..." el tono de Charles era siempre gentil. "Se ve a sí mismo... rescatándolos. Si hubiera elegido no enfrentarse a En Sabah Nur."
La garganta de Erik se cerró tratando de imaginar lo que sería llevar tal carga. Creer que uno solo podría salvar el mundo, salvarlo del hombre al que implícitamente se le confiaba como Padre...
"¿Qué puedes hacer?" Erik preguntó ojeroso. Intentó contener el temblor en su voz; la certeza de que este era el fin. Su ausencia era solo un seguro para Peter. Podría verlo de lejos, pero esa infalible, preciosa confianza nunca debieron haberle pertenecido.
Ya extrañaba a su muchacho.
"No hagas esto, Erik," Charles presiono, y Erik se preguntó si el telepata había leído su mente, o si simplemente estaba tan expuesto que necesitaba que lo empujaran. "Él te necesita aquí. Aún hay fe bajo toda esa confusión. No la destroces."
"¿No lo he hecho ya?" Erik murmuró.
Charles tomo silenciosamente la mano de Peter y la puso en la de Erik. No hubo reacción del mutante plateado, pero Charles insistió, "Aun puede sentir el mundo exterior, Erik. Se calma cada que estas cerca."
No podía creerlo. No se decepcionaría cuando probara que Charles se equivocaba. Era imposible para cualquiera confiar tanto en alguien. Si un sentido de dependencia disfrazado era todo lo que Peter le había ofrecido todos estos meses, entonces Erik no lo quería. Un ave enjaulada no era más que un prisionero.
Aun así, él se quedo. Hasta que su espalda dolió y rechazo la cena. Hasta que se sintió tan insomne y adolorido y solitario como las noches después de que Anya murió.
Y entonces, horas después del amanecer, se dio cuenta de que no había intentado todo.
Con temblorosas manos dejo a Peter, apagó la luz y se dirigió al estudio de Charles.
Un directorio telefónico abierto. Veinte minutos de dudarlo. El acalorado debate interno entre la ira y la justificación.
Finalmente marcó.
