Dudo que alguna vez a algún escritor de Fanfiction le hayan borrado el fanfic por no aclarar que dicha película, serie, anime, cómic, etcétera, no son creación suya. Mas solo por si acaso...
Disclaimer: IT y sus personajes pertenecen a Stephen King. La adaptación cinematográfica IT (2017) pertene a Andrés Muschietti.
Ale, ahí está ^^
Primera Publicación: (23/10/17)
Actualización: (22/9/18)
En caso de que este capítulo fuera leído antes de ser actualizado, es necesario releerlo entero. En su momento estuvo compuesto de apenas 500 palabras, y debido a cambios de planes he añadido 7000 palabras más (las cuales, por cierto, no son relleno de descripciones que no aportan nada a la trama), hay escenas nuevas y son necesarias para comprender la historia y sus personajes. "¡Fuck! ¡Siete mil palabras!", lo sé ó_ò.
I
IBEL
18 de agosto de 1989
En el Derry Home Hospital acababan de salvar la vida de Ibel Moore.
Esa noche de luna nueva, la niña de seis años había sido hallada en el suelo de tierra de Kansas Street, tendida boca abajo, con la ropa raída, hedionda y en un charco de su propia sangre. Mostraba una herida en el costado, como si un tiburón hubiera intentado desprender la carne del cuerpo, pero que solo consiguiera zarandearla un poco antes de dejarla ir. Mas la pequeña, aunque débil, aún vivía.
Fue su madre quien la encontró después de haberla buscado por todo el pueblo desde que la pequeña se escapase de casa esa misma noche. Cuando la llevó al hospital entre gritos y sollozos aullando "¡mi hija! ¡por favor! ¡mi hija!", las enfermeras acudieron enseguida. Tomaron a la niña inconsciente procurando que la carne que le colgaba del costado del abdomen no se desprendiera de un delgado hilo. La subieron a una camilla y entró a la sala de urgencias.
Después lo que fueron treinta minutos, pero que en la mente de Rose Moore bien pudo ser una noche entera, el doctor salió de la sala con los guantes manchados de sangre y le dijo que todo iba a salir bien. Cosa que la tranquilizó sólo un poco. Derry era cruel, no un simple pueblo. Cualquier persona la hubiera tomado por loca de haberla escuchado, pero vivían en un lugar que parecía tener personalidad y costumbres… dejar a los niños en paz no era una de ellas. Derry, o lo maligno que lo habitaba y controlaba, podía arrebatarle a su hijita en cualquier momento. Sintió un mareo al darse cuenta de que fueron unos míseros minutos lo que supuso la diferencia entre la vida y la muerte. Si se le hubiese ocurrido seguir la intersección de West Broadway en lugar de seguir recto…
—Hemos tenido que traspasarle una buena cantidad de sangre, por suerte hace pocas semanas llegaron varios repuestos, créame que sin ellos habría muerto desangrada.
—¿Y la… herida?
Rose, blanca como la pared del hospital y abrazándose a sí misma no sabía si referirse a eso como herida, desmembramiento o carnicería.
—Cuarenta y siete puntos de aquí —señaló con los dedos índice y anular el inicio de sus costillas, bajo el pecho—, a aquí —terminó señalando el inicio de la cadera.
La madre se tapó la boca, ocultando una mueca de horror.
—¿Tiene usted perro? —preguntó súbitamente el doctor.
—N-No, no ¿Por qué lo dice? ¿Es que cree que un perro puede haberle hecho eso? —dijo sin convicción.
El doctor no respondió en seguida, parecía estar sopesando como explicarle a esa mujer la opción que predominaba en su mente después de un rápido y despreocupado análisis al cuerpo sedado.
—Su hija es pequeña Sra. Moore, de hecho —miró de soslayo la sala de urgencia, como si a través de ella pudiera mirar al paciente en su interior—, para la edad que tiene es muy pequeña. Lo que quiero decir es que si un rottweiler me hubiera atacado a mí no sería tan grave, dolería por supuesto, pero bastaría con unos puntos ahí y allá… en cambio teniendo en cuenta el tamaño de las fauces de un can y el cuerpecito de su hija… opino que es perfectamente equiparable.
—¿Se está oyendo? —exclamó, pasmada con un temblor constante en su voz—. Sé cómo atacan esos animales. Una vez vi una mordedura de esas, mi hermana Elena fue atacada por uno callejero —una sombra de tristeza asomó a sus ojos, recordando—. Y juro por lo más valioso que tengo en el mundo que la herida de mi hermana y la de Ibel no tienen nada que ver.
Finalmente, después de unos segundos, el hombre mayor habló lentamente, como si diese explicaciones a alguien retardado.
—Sólo me atengo a lo que veo, Sra. Moore. Además, esto es Derry, no Montana —con una sonrisa cínica dio por terminada la conversación, señaló gentilmente a la derecha donde nacía un pasillo—. Han instalado a la pequeña Ibel en la habitación 9. Procure respetar el horario de visitas. Mañana mismo puede venir.
—¿Puedo verla ahora? —preguntó, deseando una respuesta afirmativa.
—Lo más adecuado sería dejarla descansar hasta mañana. Además, la anestesia aún debe hacerle efecto, y debo decir que le hemos administrado una buena dosis, de lo contrario… bueno no importa. No creo que se muestre muy locuaz tras sufrir una experiencia como esa —terminó con un tono alarmado y hasta afligido, pero Rose no creyó su actuación barata tan común de los habitantes de Derry.
—No la haré hablar, sólo quiero ver como está.
El doctor miró sopesado uno de los asientos de la sala de espera, irritado ante la insistencia de la mujer. Según él no había nada peor que las madres sobreprotectoras, que no le dejaban hacer su trabajo, estorbaban a las enfermeras y paseaban sus rostros afligidos por todo el hospital como almas en pena. Sonrió, las patas de gallo se acentuaron a cada lado de los ojos. Se auto consoló al recordar que, aún con todo eso, la actitud de esa mujer no era comparable con la de la monstruosa madre de Eddie Kaspbrack.
—Ya sabe cuál es la habitación, Sra. Moore —dijo sin mirarla, todavía con la vista fija en el asiento.
De todas formas, ella volvió a preguntarle el número de la habitación. Las suelas desgastadas de sus zapatillas chirriar por el pasillo, ignoró a las enfermeras que la criticaron en silencio por correr. Delante de la puerta número nueve deslizó su mano por el pomo y con el sigilo de un fantasma lo giró. Asomó su pie, mano, cabeza… y sintió como su corazón caía a sus pies.
El doctor tenía razón respecto al tamaño corporal de Ibel. La cama que había en su casa se acomodaba perfectamente a su estatura, pero la del hospital la hacía parecer sólo un poco más grande que un duende de jardín. Junto al colchón, se alzaba una bolsa de sangre que, junto con un tubo de plástico transparente deslizaba el líquido oscuro hacia al brazo. Su palidez aún era impresionante, pero había abandonado el blanco papel por un color más pardo, más sano, natural, como el que uno adquiere al tener un bajón de azúcar. Lo que no le gustó ni un ápice, fue ver que se encontraba atada con dos cintas blancas que cubrían su pecho y piernas. Más tarde le explicarían que era necesario, que el mínimo movimiento podía provocar la soltura de los puntos y, a consecuencia, la herida se abriría reiniciando la hemorragia.
Entró por completo y cerró la puerta a sus espaldas. Se detuvo a mirar los párpados cerrados, debajo de ellos las ojeras eran tan oscuras que podrían confundirse por sombra de ojos. Sus labios estaban agrietados, si llegase a sonreír estos se romperían y asomarían puntitos de sangre, pero Rose no se preocupó por eso; su hija nunca sonreía. Tuvo la tentación de acariciar el corto cabello castaño, que había heredado de ella, pero se contuvo, no queriendo despertarla. Ibel tenía que descansar. Sí, era evidente, el doctor se lo había dicho, ella sólo quería asegurarse de que siguiera respirando, saber que seguía siendo una mujer viuda, pero no sin hija. Pudo entonces respirar con algo de tranquilidad, sus emociones fuertes podían llevarla a lugares de la mente incógnitos, donde la racionalidad y la impulsividad parecían combatir entre ellas.
Se dio la vuelta para irse, sus yemas rozaron el pomo. Entonces escuchó con toda claridad un gemido de sufrimiento. Giró sobre sus talones como si la vida de su hija dependiera de su rapidez. La razón estaba perdiendo contra el pulso de su corazón. Como esperaba, la vio llorando a moco suelto, ríos de lágrimas caían de sus ojos cegados de una tristeza que nunca había visto en ella, ni siquiera cuando perdió a la figura paterna. Corrió hacia ella, se arrodilló frente a la cama y tomó su mano, haciéndole saber que estaba ahí, que no estaba sola y no tenía que preocuparse por nada. Le prometió todo eso en voz alta, esperando que lo hubiese escuchado. Sabía que Eso era el culpable, desconocía su nombre o aspecto, pero sí sabía lo que ella sería capaz de hacerle a cualquiera que quisiera herir a la niña que ahora lloraba.
—Ibel… —pensó que su voz la consolaría— Ibel, cariño…
Rose Moore no era consciente del verdadero motivo del aparente miedo en su hija. Entre el mar de llantos, balbuceos y gritos, distinguió un nombre: "Penn… Penny… ¡Pennywise!" ¿Qué era lo que había percibido? ¿Tristeza? ¿Impotencia? ¿Por quién y por qué? ¿A quién pertenecía ese nombre que pronunciaba con tal desesperación? Por un segundo tuvo la respuesta. Sacudió la cabeza, desechando lo recién pensado, lo cual aparentemente lógico era imposible y descabellado. Ese día no volvió a especular al respecto. Sin embargo, todas esas preguntas la perseguirían hasta su muerte, que sucedería veintisiete años después. Habría huido del pueblo de haber sabido que las preguntas sin respuesta se las contestaría el mismo Pennywise.
25 de julio de 2016
Mucha gente dice que no debes desanimarte si tu situación actual es mala, ya que esta podría ser peor. Error, pensó Larry, su situación y la de su esposa e hijo no podía empeorar.
La familia estaba situada en el centro del restaurante, en una mesa de madera que parecía haber sido barnizada con ímpetu, en ella quedaban la menor cantidad de migajas y manchas de kétchup en comparación a las otras. El restaurante de comida rápida se les había presentado como una salvación tras haber recorrido incontables quilómetros durante seis horas. Pero no contaban con que el servicio de ese local no podía compararse al de un restaurante de tres estrellas Michelin.
El continuo tamborileo de las uñas de su mujer contra la madera brillante lo ponía en estado de alerta, conociendo las mañas de ella cuando estaba enfadada. Un niño de seis años, hijo de los dos adultos presentes, balanceaba las piernas bajo la mesa nerviosamente, incluso él a su corta edad podía sentir la tensión que se respiraba en el pequeño espacio. El ritmo del repiqueteo aumentó, el miedo del marido también.
Tony, el chico, se enderezó en su lugar. Sus ojos azules buscaron los de la madre, la cabellera castaña se meció al ladear la cabeza.
—Mamá —quiso llamar su atención.
El ruido paró en seco, se pudo percibir un suspiro de alivio por parte del padre. La mujer bajó la vista hacia su hijo, que estaba sentado a su lado.
—¿Qué? —preguntó con una voz carente de cariño.
El niño tuvo que pensar rápidamente en algo, pues sólo la había llamado para darle un respiro a su padre (que poco a poco iba recuperando el color). Vio a lo lejos como una bandeja llena de comida era depositada sobre el mostrador. Tony fue una vez a un restaurante de comida rápida – cuando fue el cumpleaños de un amigo suyo –, y sabía que era el cliente el que debía ir a buscar la comida.
—¿Vamos a buscar la comida? —titubeó, pero su madre no contestó.
Larry bufó con escepticismo, pero que la mujer confundió con altanería.
—Que la traiga el camarero —dijo él.
—Pero creo que aquí no hay camarero, papá —respondió mientras miraba a su alrededor.
—No, eso no puede ser —reprochó, y empezó a buscar al personal encargado de transportar las bandejas de plástico. Tony tenía razón, no había dichos empleados—. Pero ¿cómo es posible?
La madre, que se llamaba Ibel, iba sosegando su enfado por segundos. Antes de irse de la casa de un amigo que les había dejado hospedarse ahí durante dos noches, le había pedido a Larry, su marido, que llevaran sus propios emparedados para el viaje. Sin embargo, él dijo que no era necesario, alegando que el viaje no sería tan largo si tomaba unos atajos que había anotado. Mintió colosalmente. No se molestó en preguntarle el porqué de su mentira, pues en el fondo lo sabía. Si hubiera escuchado de sus labios que no quería deberle más favores a nadie, ni el presidente sería capaz de frenar la mano en forma de puño que iría directa a su cara. Por eso estaban ese lugar indigno de hacerse llamar restaurante. No había mucha gente, aunque había una razón obvia a eso si se veía desde el punto de vista de la lógica: eran las once de la noche, y ese local en concreto se encontraba en una carretera inhóspita del condado de Maine, en dirección a Derry, pueblo en el que Ibel se había criado hasta los siete años.
La puerta del establecimiento se abrió de manera estrepitosa, dejando ver a un muchacho que debía estar en sus veinte, con la nariz roja y una peluca del mismo color; aquello era su intento de imitar el estilo de un característico personaje como lo era el payaso. Una empleada empezó a regañarlo dando voces, la cola de caballo que salía por la apertura de su gorra verde se balanceaba con vehemencia. Al parecer, el jovenzuelo había llegado tarde y su ropa blanca no era la apropiada para encarnar a un tal Ronald. Larry vio el panorama y exclamó.
—¡Eh, tú! ¡Tráenos la comida, por lo que más quieras!
"No des esos gritos ¿acaso eres idiota?" pensó Ibel mirando con desdén al hombre.
El payaso se quedó inmóvil, hasta que su compañera hizo gestos con las manos indicando que se diera prisa en acometer su primera orden del día. Cogió como pudo la bandeja y se acercó a la mesa. Tony se alejó del borde del asiento, guardando distancia entre él y el hombre disfrazado y acortándola con su madre.
—¡Bueno! —sonrió el payaso, enseñando sus encías. Empezó a separar lo caliente de lo frío; debió sentir la exigencia en la atenta y escrutadora mirada de Larry—. Esto por aquí, esto otro ahí —su voz era demasiado forzada, produciéndole irritación al hombre más mayor, que ya empezaba a arrepentirse de haber pedido el favor a ese sujeto. La incomodidad palpitante en su piel le llevó a humedecerse los labios.
El imitador de Ronald recibió como bonificación la pesada mirada de Ibel sobre él, como si estuviera examinándolo, buscando algo que no podía encontrar, hurgando en su físico como si se tratara de una exposición. Sólo durante un segundo – o eso le pareció a él – hizo contacto visual con ella. Sus ojos eran azules, pensó que eran muy bonitos, pero acto seguido se corrigió. El color era bonito. Su fisonomía era atractiva: sus labios del color de una frambuesa, el cabello largo y castaño, el rostro de facciones bien delineadas y unos pómulos que mujeres y hombres envidiarían, las manos estilizadas y dedos largos y finos, pero sus ojos… vacíos, transparentes y sin vida. La nuez nívea subió por su garganta y volvió a su posición. Se retiró de la mesa en cuanto pudo, buscando alejarse de ese mirar. En cuanto estuvo a una distancia que él consideró prudente pudo permitirse destensar los hombros y respirar.
Ibel comía sin ganas la hamburguesa que le habían traído, su estómago no estaba acostumbrado a comer semejante cantidad de calorías, por lo que dejó la mitad y tenía intención de esperar a que su familia terminase. Larry devoraba sus patatas con salsa, los Nuggets y la hamburguesa doble. Era un hombre atractivo, su cuerpo delgado y ligeramente abultado por los músculos era una buena escultura con la que gozarse la vista. Los ojos avellana y el cabello castaño claro le hacían parecer más joven de lo que era en realidad. Aunque no fue el físico de ambos lo que los llevó a casarse, ni siquiera sus personalidades opuestas en algunos aspectos e idénticas en otros. Lo que los llevó a encadenarse con un anillo de oro fue el resultado de los genes de ambos en forma de feto.
Tony se tomaba su tiempo, dando pequeños mordiscos y bebiendo agua de vez en cuando; estaba siguiendo al pie de la letra el protocolo que su madre le había enseñado. De cuando en cuando la miraba en busca de algún signo de desaprobación, pero al no hallarlo seguía comiendo. Degustaba la comida que en tan pocas ocasiones su paladar tenía la oportunidad de disfrutar.
—Cariño —llamó Larry a Ibel la vez que buscaba algo en su mariconera —. Toma, no olvides tomártelas.
En su mano había dos pastillas, una de ellas rosa y blanca, la otra azul. Tony las miró, parecía familiarizado con ellas. Una vez le preguntó a su padre que para qué servían esos medicamentos, a lo que le respondió con una voz llena de cariño y ternura: "Ayudan a tu madre a ser mejor persona". Ella las tomó de su mano con fastidio, se las puso en la boca y las tragó sin agua. Tony pensó que a ese paso su estómago empezaría a sonar como una hucha, pues esas pastillas se las tomaba cada día.
—Voy al servicio —dijo Ibel abandonando la mesa, sin esperar ninguna respuesta de ellos.
Larry vio como ella se alejaba hacia un corto pasillo, y por ahí, al girar, desapareció. Su mujer no había ido a vomitar las pastillas ni a vaciar la vejiga. Detestaba el papel áspero y el jabón de mala calidad, que era todo de lo que un servicio público estaba dotado. Por eso, ella siempre llevaba su bolso a todas partes, donde tenía su paquete de pañuelos y un gel-limpiador de manos. Nunca iba a un lugar público sin su fiel ayudante el bolso, pero en aquella ocasión lo había dejado en el asiento. Dejó de comer de golpe y suspiró, casi siete años casados y su mujer aún le mentía.
Ibel dio con el payaso en la despensa. Una bombilla incandescente colgaba en el techo, y observó con claridad como "Ronald" movía una caja de coles y la ponía encima de otra, repitió el mismo proceso, creando una inestable torre de verduras. El sujeto aún no se había percatado de la silueta de Ibel, que estaba apoyada en el quicio de la puerta. Cuando el payaso cogió otra caja, sus manos no acostumbradas a la labor hicieron que ésta le cayera en el pie. Después de dejar escapar un alarido, sostenerse el pie entre las manos y quejarse del dolor abriendo y cerrando la boca a falta de oxígeno, no se le pasó por la cabeza pedirle ayuda a algún otro trabajador.
La estupidez y descuido del muchacho ponían a Ibel de mal humor (más de lo que ya estaba).
—Oye.
Los gemidos de dolor cesaron. Se quedó de piedra en cuanto se dio cuenta de quien se trataba. No entendía qué hacía ella ahí. ¿Qué quería de él? Su temor casi le hace alzar la voz y preguntarle que cuál era su problema. Pero entonces recordó las estridentes palabras de su compañera "Pase lo que pase no olvides tu rol de payaso". No podía perder ese trabajo, sería ya el cuarto desde que terminó la secundaria. Hizo lo que pudo por sonreír, pero de haberse visto en un espejo habría visto que sus labios formaban una línea recta que se acumulaba en el lado derecho de su cara. Un sonido ronco carraspeó las cuerdas vocales de la mujer, que lo miraba expectante.
—¿Te estoy incomodando? —preguntó, cruzándose de brazos.
—¡C-Claro que no! —mintió e intentó disimularlo riéndose—¿Hay algún problema con su comida? —esperó, pero el silencio le respondió de la única forma en la que era capaz. Ella sólo se dedicaba a mirarle de hito en hito —¡Oh! ¡Claro! Su hijo debe querer otro juguete, si quiere puedo darle un globo.
Globo. Esa última palabra pareció revivir a la mujer, sus ojos muertos brillaron y sus labios se entreabrieron. Su garganta produjo un débil sonido de sorpresa. Ronald parpadeó, sin saber qué acababa de suceder. En el mundo había gente rara, pero nunca había tenido la oportunidad de afirmar ese hecho, ahora ya podría hacerlo. Sintiéndose algo acorralado – y para destensarse –, intentó hablar, pero ella se le adelantó.
—Un globo rojo…
—También puede ser verde u amarillo, el que su hijo prefiera —rió enseñando los dientes blancos —. Los tenemos de… —Ella empezó a cerrar la puerta con lentitud. —… todos los —Su única salida había sido bloqueada. —, colores.
—Quédate quieto —le dijo mientras se le acercaba.
Él obedeció y tuvo que admitir un hecho: a pesar de su miedo anterior (aún perduraba la inseguridad), se sintió halagado de haber llamado la atención de una mujer como ella. Daba vueltas a su alrededor, con movimientos sutiles y tenues. A mitad de la segunda vuelta, se paró detrás de él. Las palabras querían salir de su boca, pero también sentía curiosidad por lo que pasaría a continuación. La mano femenina, suave y delicada, se posó sobre su espalda, en medio de los omoplatos. Ascendió hasta las cervicales y ahí se quedó. Cayó entonces en que era muy alta, midiendo casi un metro ochenta. La boca de ella se acercó a su cuello, un cosquilleo le acaparó el cuerpo al sentir su respiración en su piel, contrastando con su palma fría. Si hubieran estado en la parte trasera de un bar o en cualquier otro lugar que no fuese el trabajo, la habría besado y poseído como ningún hombre antes lo podía haber hecho (eso pensaba). Sus pensamientos indecentes se esfumaron al notar como ella pasó por su lado y lo miró de frente. A penas les separaba un palmo. Huele bien, pensó sorprendido. No se trataba de un perfume asfixiante de marca, sino del olor natural de una mujer, un aroma del que muchos hombres de avanzada edad hablan, pero que no saben definir con exactitud; aunque él ya no necesitaba esa explicación. Embriagador, con eso bastaba.
Ella bajó la vista y suspiró, aparentemente decepcionada. Con eso, el hechizo y la magia desaparecieron. Él, confuso, abrió la boca, pero acto seguido la cerró cuando la mujer apartó la mirada del suelo, y esta volvía a ser como al principio. "¿Qué cojones acaba de pasar? ¿Qué me ha hecho la tía esta?" Se preguntó esta vez asustado, y cualquier rastro de excitación que pudiera quedar en él desapareció.
—No. Él, fuera quien fuese era más masculino que tú —y con un tono hostil añadió: —, y más atractivo.
Y se fue.
Parado en medio del almacén, las palabras recién dichas por Ibel se repetían en su mente, pero seguían careciendo de sentido. Entonces, tal vez queriendo deshacerse de la incertidumbre que lo asolaba, le llevó a hablar solo y en voz alta.
—Ay, joder, esto no tiene lógica. ¿Cuál es el problema de esa? ¿Esto puede considerarse intento de abuso?
La puerta se abrió con un estruendo, el payaso dio un salto pensando que esa mujer le había oído. Más se vio acaparado de una mezcla de alegría y resignación al ver la gorra verde de su compañera, y su cola meciéndose a cada insulto que le dirigía, pero no le importó.
Ibel encontró a Larry y Tony en la entrada, esperándola, al parecer había tardado más de lo que pensó. Tomó su bolso del asiento, la mano del niño y sin decir una palabra la familia se encaminó al coche aparcado en el parquin. Notó a su lado la repulsión de su marido a cada paso que daban hacia el automóvil; Larry odiaba ese coche, no era el Audi A4 negro que había estado conduciendo orgullosamente hace dos meses, sino un SEAT blanco de segunda mano.
—Papá ¿me dejas abrir? —preguntó Tony, mirando a su padre con ojos brillantes.
Larry se vio obligado a sonreír.
—Toma, chaval —respondió dándole el mando de apertura.
Tony apuntó hacia el coche como un tirador a su diana y apretó el botón central, rió al oír los cierres de las puertas ascender de sus hoyos. Ibel lo miró desde arriba, y fue abordada por unas súbitas ganas de acariciar su cabeza, pero su mano no se movió. No era la primera vez que le sucedía. Su psiquiatra, el Dr. Thomas, con el que había trabajado durante más de dos décadas y estaba fascinado con la complejidad y rareza de su caso, le explicó una vez que, la conjunción de una anomalía cerebral y su enfermedad le impedían mostrar los sentimientos afectivos más simples. Por eso le recetó las pastillas, las cuales no siempre causaban el efecto esperado, pudiéndola llevar a tener intensos dolores de cabeza y a padecer alucinaciones (lo último según el doctor).
El silencio entre ellos se había vuelto común, pero no fue siempre así. Antes de que Larry se hundiera y perdiera su fortuna, antes de que Ibel perdiera la capacidad de tocar bien en sus conciertos, en ese entonces sí que las palabras se elevaban y permanecían flotantes en el aire. Aunque los varones eran los más charlatanes, Ibel apenas verbalizaba, pero al menos sonreía. Los tres respiraban el agradable perfume frutal del que la mansión estaba impregnada.
Ya en el coche, Larry conducía moderadamente sin despegar la vista de la carretera, pero con los hombros tensos. Ir a vivir a la casa de su fallecida suegra nunca había estado en sus planes. De hecho, sólo de pensarlo y recordárselo así mismo lo llenaba de humillación y rabia. Tras haber sido el rey de su imperio, era ahora un simple plebeyo de los que ahora ocupaban su lugar en lo alto de la pirámide social.
—Calculo que tardaremos unas dos horas más —dijo con pesadez.
—¿Hasta la próxima gasolinera? —preguntó Ibel irónica, aun con restos de molestia en su voz.
—Yo también estoy cansado, no eres la única —dejó ir un fuerte suspiro que le ayudó a morderse la lengua y evitar una discusión.
—Estando en el otro lado del condado, un avión, aunque fuera de tercera clase habría sido mil veces más cómodo.
—Ya ¿con qué dinero?
—El que nos hemos gastado en la gasolina, la comida y tus mocasines nuevos.
—No sale por lo mismo —sacudió la cabeza, empecinado.
—Prácticamente es lo mismo.
—Tenemos que ahorrar, para que cuando vuelva a trabajar podamos de nuevo…
—Hay que ahorrar, pero te compras unos zapatos nuevos. No seré Einstein, pero tampoco soy idiota —dijo con sorprendente calma.
Larry empezaba a perder la paciencia, sus dedos apretaban con fuerza el volante, pero no lo suficiente para que se pusieran blancos. Soltó un bufido.
—¿Y qué querías? ¿que fuera descalzo?
—No necesitas calzado para conducir.
—¡Ibel me cago en…!
Larry paró en seco y se mordió de nuevo la lengua. Miró de soslayo a Tony, no parecía afectado, se volteó de nuevo hacia el pavimento. Aunque no había mirado con la suficiente detención, pues no cayó en como las manos ahora blancas se contraían contra el cuero. El niño era un buen actor y se le daba bien mentir, igual que su madre cuando tenía su edad.
Ibel estaba en el asiento contiguo con una pose despreocupada y pasiva. La mudanza, el drástico cambio económico en su vida… no había previsto esa situación, la cual se presentó de la misma forma que ver un caballo nadando en el mar. Aunque no podía mentirse así misma: estaba contenta de volver a Derry. Con los ojos azules fijos en el paisaje, pero sin observarlo, sonrió, una sonrisita disimulada se formó en la mejilla que daba al cristal. Un hoyuelo, que no había visto la luz durante mucho tiempo saludó al mundo.
Con el Dr. Thomas hablaba de temas diversos, menos de los sueños. Sueños oscuros donde aparecía un payaso con traje blanco y pompones naranjas. Lo veía en la penumbra, sin poder verle del todo el rostro, despertándola confundida y con la sensación de estar perdida; lo conocía, de eso estaba segura. Similar a ver una cara conocida en la calle, aunque no sabes identificar a dicha persona aun haciendo trabajar a fondo la memoria, y por lo tanto pasas de largo, pensando que si no se podía recordar no tendría importancia. Sólo que ese payaso y Derry parecían llamarla, la invitaban a aventurarse en la oscuridad.
Sabía, en alguna parte de ella, que en su pueblo encontraría respuestas a todas las preguntas que empezó a formularse desde la secundaria. El interminable pasillo de recuerdos estaba vacío, como una exposición sin sus obras. ¿Cuánto hace que ella y su madre se fueron de Derry? ¿Veintiséis años? ¿Veintisiete?
Tony, en el asiento trasero, sólo quería llegar a la nueva casa y escoger la habitación más bonita.
Llegaron a Derry a las doce y media de la noche. Los faros del coche que parecían ojos rasgados ignoraron por completo el cartel de bienvenida. Larry era el único que estaba despierto, su enfado hacia su mujer había sido desechado en el olvido, algo que no podía evitar al verla dormir. A penas había cambiado desde que la conoció en las puertas de la universidad. A veces discutían, como todos. Ibel podía a veces parecer un cubito de hielo que ni el fuego más abrasador podría llegar a derretir. Sin embargo, bajo esa capa dura como el diamante sabía que lo amaba como él a ella. Estaba seguro de ello ¿cómo hubiesen aguantado esos años juntos sino? Además, esa bella mujer había traído al mundo a Tony: su mayor regalo hasta la fecha. Dotado de gran inteligencia y bondad, conservando todavía la inocencia propia de los infantes. Sonriente y risueño, saltando a sus brazos cada tarde cuando él volvía del trabajo. Era en ese tipo de ocasiones en las que se daba cuenta de lo afortunado que había sido. Adoro a mi familia, pensó somnoliento.
Con cuidado de no despertar a la mujer, abrió la guantera y sacó un papelito doblado en el que ponía la dirección exacta de la casa. La oscuridad se había apoderado de las calles y la luz de las farolas no le era de mucha ayuda. Masculló algo en voz baja y paró el motor.
—Sigue recto.
La voz de Ibel sobresaltó a Larry, dejándolo a milisegundos de que se le escapase un gritillo, para su suerte no salió.
—No hagas eso —se quejó, pero riendo por lo bajo.
—Ya deberías estar acostumbrado —dijo, acto seguido bostezó—. Sigue recto —ordenó señalando hacia delante.
—Como usted diga, mi señora.
El motor volvió a ronronear y siguiendo las indicaciones de la mujer no tardaron en llegar a su destino. En el comienzo de Witcham Street, una casa al estilo Cape Cod, separada por una valla de las otras, se erguía humildemente sobre un césped descuidado. La poca luz no dejaba ver con claridad los colores. La pareja salió del coche y mientras Larry cogía en brazos a Tony con sumo cuidado de no despertarlo, Ibel, con las manos en los bolsillos, miró la casa con nostalgia.
Un fugaz recuerdo reapareció en su memoria. Se vio a ella en ese mismo jardín, con apenas cuatro años jugando con un tigre albino de peluche, su padre se acercaba sigilosamente por detrás y se abalanzaba como un oso sobre ella para asustarla, siempre sin éxito. Ella lo miraba con una expresión que decía "¿Enserio, papá? ¿Otra vez?" Después ambos estallaban en carcajadas. Nunca se olvidó de su padre y todo lo que le enseñó. Lo amó y seguía amándolo desde el mundo de los vivos.
—Hola, hola, hogar. Mira quien ha vuelto ¿me has echado de menos? —preguntó Ibel.
"No. Echo de menos a Ibel, esa niñita que apenas medía un metro. Quiero verla a ella, no a ti."
—Oh, qué pena —respondió indiferente.
Oyó los mocasines de Larry contra el pavimento, mientras con una mano tenía sujeto a Tony, con la otra abrió el maletero y extrajo de ahí una maleta pequeña de color azul; la del niño.
—No te quedes ahí, échame un cable.
Sin prisa, con movimientos lentos y tranquilos extrajo las dos maletas restantes, la roja de Ibel y la negra de Larry.
—¿Crees que habrá ratas? —quiso saber la mujer, pero en su voz no hubo atisbo de asco, sino de expectación.
—Por Dios, espero que no. ¿Hubo alguna plaga cuando viviste aquí?
—No.
—Entonces no creo que haya —su tez había adquirido un color pálido, sólo de imaginar esos roedores correteando por el pasillo hacía que se le pusiera la piel de gallina.
—En casa no, aunque sí que había un lugar infestado de ratas —empezó a decir, después, con una mano sosteniéndose la barbilla y tono dubitativo añadió: —Pero no recuerdo donde era.
—Ibel, cariño, dejemos el tema de las ratas por hoy —su boca se abrió en un enorme bostezo—. Anda que… —. Comenzó a avanzar hacia el jardín.
La mujer se quedó atrás y miró a Tony que tenía la mejilla apoyada en el hombro de su padre, parecía un ángel. Con el corazón enternecido se dispuso a seguir el camino hasta la puerta. De repente, oyó un ruido a su derecha, un sonido rápido y leve que sonó como ¡plof! Entonces reconoció qué había sido, escuchó lo mismo en todos los cumpleaños de su hijo: un globo que había sido reventado. En la dirección que se había producido el ruido no había nada ni nadie, sólo la calle que seguía hasta perderse en un cruce. "¿Ese encuentro con el muchacho disfrazado de payaso me ha afectado? No". No había sido su imaginación. Tal vez, sólo tal vez, lo que andaba buscando había hecho acto de presencia. Miró en derredor, pero sólo halló casas y oscuridad difuminada en la luz de las farolas. Sus ojos viajaron por la calle hasta llegar a una boca de tormenta al otro lado de la cera. Entonces, con la misma claridad que una voz transmitida por televisión, en su mente, escuchó una voz cómica y simpática.
"Seguro que yo puedo animarlo, le daré un globo".
La boca de Ibel quedó entreabierta, esperó a que dijera algo más, le gustaba esa voz… o el dueño de esta.
"¿Quieres tú uno, Georgie?"
—¿Georgie? —dijo en voz alta.
Cierto. Sí que conoció a un Georgie ¿Davis? ¿Daniels? ¿Den…? Chasqueó la lengua con frustración. No pudo seguir intentando recordar, su marido la llamó preguntándole qué hacía ahí parada. Ella lo miró con una ceja levantada y recorrió la zona con la vista una última vez sin encontrar nada relevante. No quería ir a la casa, quería explorar el barrio, buscar a ese hombre disfrazado de payaso en cuyos sueños nunca podía verle cara. Sin embargo, si lo hacía, Larry la acribillaría a preguntas y no es que le diera miedo responderlas, sino que sería algo que le robaría demasiado tiempo. El tiempo tan valioso y escaso en la vida de un ser humano como el agua en un desierto.
Giró sobre sus talones con una maleta en cada mano y caminó junto a su pareja.
Avanzaron por el camino que partía por la mitad el jardín hasta el porche. El ruido de las ruedecitas era leve, pero en el silencio sepulcral de la noche se asemejaban al estrambótico mecanismo de un motor.
—¿Mandaste a los chicos a que lo adecentaran todo un poco, ¿verdad? —preguntó Ibel mirando de soslayo a su hijo.
—Fue lo primero que hice en cuanto perdimos la mansión —respondió amargamente.
Ibel se arrepintió al instante de haber preguntado eso.
—Tranquila, cuando recuperemos nuestra fortuna, yo con mi ingenio y tú con tu música construiremos una mansión aún mejor que la otra. Volverás a tener tus artículos de siempre.
Subieron las escaleras del porche, la madera no parecía muy firme bajo sus pies. Larry había notado la aflicción en el rostro de su esposa, pero no acertó en el motivo. Ibel quiso decírselo, decirle que no le gustaba verle desanimado y triste, pero no le salieron las palabras. Se dio cuenta de lo agotado que estaba y se sintió mal por las regañinas que había estado dándole durante todo el viaje, más otra vez, sus labios parecían decididos a no vocalizar una disculpa. Al parar frente a la puerta, ella apretó con fuerza el manubrio de la maleta y Larry se las arregló para sacar las llaves del bolsillo de sus vaqueros.
La puerta se abrió con un chirrido. Un fuerte olor a cerrado les golpeó la nariz y a Ibel le dio un fuerte mareo, por lo que tuvo que darse la vuelta y respirar un aire que no oliera a cuero viejo y polvo. Larry, en cambio, entró como si nada y buscó a tientas un interruptor, en cuanto lo encontró deseó que la corriente funcionase, presionó el botón. En su imaginación una bombilla reventaba dándole un susto, como sucedía en algunas películas de terror. No sucedió nada de eso, la lámpara del techo se encendió con naturalidad y pareció dar la bienvenida a los nuevos huéspedes. La mayoría de los muebles, excepto el sofá y sillón estaban cubiertos por una capa de plástico que impedía que el polvo los estropease.
—Vale —dijo entrando en la estancia y parándose en mitad de lo que debía ser el salón—. Al menos no tendremos que preocuparnos de las ratas. Así que aquí vivías tú, cariño —soltó, incrédulo.
—¿No te lo crees? —preguntó Ibel adelantándole y dando una vuelta completa a la sala de estar, el mareo ya se le había pasado.
—Sólo me sorprende. Me resultaría más fácil pensar que vivías en un pantano.
—¿Pantano? ¿Y eso por qué?
—Era una broma —le hizo saber con una sonrisa que apenas se hacía notar—, lo decía porque siempre has sido tan… sofisticada.
—Lo vulgar nunca ha sido lo mío, es verdad.
—La vulgaridad no, pero vaya que no te gusta lo salvaje… —alzó juguetonamente las cejas.
Ibel se cruzó de brazos y le dirigió una mirada escrutadora, la cual le cortó el rollo a Larry al momento.
—¿Eres consciente de que tienes a Tony en brazos?
—Claro que sí, pero…
—¿Y si llega a escuchar lo que acabas de decir?
—Tampoco es como si hubiera dicho una barbaridad.
Ahí estaba de nuevo, esa frialdad en el azul cielo de sus ojos. Larry sabía que cuando ella se ponía en ese modo, no existía excusa válida. Lo más sensato era darle la razón, por mucho que pensara algo diferente.
—Bueno, sí que debería haber esperado a estar solos —dijo entre dientes.
Después de haber dicho eso, la actitud distante de Ibel seguía latente, pero menos intensa que hace unos minutos. El próximo cuarto de hora pasó muy rápido. Ibel guió a su marido hasta la que había su habitación cuando era niña, que pasaría a ser la de Tony. Los muchachos que Larry había contratado hicieron un buen trabajo con la limpieza de la habitación. El marco de la cama, junto con los bordes imitaban la forma de una nave espacial. Dejaron a Tony en el colchón y lo arroparon bien. Abrumados por el cansancio, decidieron deshacer la maleta a la mañana siguiente.
Entraron a la habitación que había sido la de Rose Moore, madre de Ibel, que compartió cama con Friedrich durante sólo cinco años.
Ibel puso la maleta sobre la cama, la cremallera hizo su camino por el contorno y extrajo un camisón blanco de encaje. Se quitó la ropa a toda prisa y la seda blanca entró en contacto con su piel en una suave caricia. El silbido coqueto de Larry no se hizo esperar. Por el rabillo del ojo le vio sacando de su maleta unas braguitas rojas de lencería, las sostenía por ambos extremos mirándolas con detención.
—Te has traído la artillería pesada —insinuó. Sus ojeras estaban muy pronunciadas, haciéndole parecer un depravado.
—Lástima que no se emplee como es debido. —Por segunda vez en una noche le cortó el rollo.
Larry era paciente y atribuyó el regreso del mal humor al cansancio y al pique en el salón. Empezó a desnudarse para ponerse el pijama azul.
Ibel corrió la cortina para ver a través de la ventana. Inspeccionó cada esquina a la vista esperando ver eso que no había podido ver antes. Fuera lo que fuese, le gustaba esconderse y lo hacía bien. Sus párpados pesaban, el cuerpo le exigía descanso y reposo. Colocó la cortina como la había encontrado e ignorando el olor a viejo de las sábanas se acurrucó en ellas. Larry no tardó en imitarla.
La sensación de sentirse observada hizo que Ibel abriera los ojos en mitad de la noche. Inmóvil, parpadeó varias veces intentando que su cansada vista se acostumbrara a la oscuridad, pero ni cuando empezó a diferenciar la forma de los objetos a su alrededor, logró ver la presencia desconocida que había estado o, seguía mirándola. Oyó a su lado los ronquidos de Larry, el cual hizo que ella (cuyo principal pensamiento era descubrir quién o qué se escondía en las sombras) apretase los dientes ante el molesto ruido. "Lo ahogaría con la almohada", pensó, aunque conteniéndose, recordando el cariño que Tony sentía hacia su padre. Molesta, supuso que fue el hecho de escuchar un ronquido durante su sueño lo que la impulsó a despertar de esa manera. De mal humor otra vez.
Larry ni se movió cuando Ibel se quitó las sábanas de encima, se alejó de la cama y salió del cuarto en busca del regocijante silencio. Descalza y en el camisón níveo, avanzó por el pasillo a oscuras hasta que su mano entró en contacto con la familiar madera de la barandilla que conectaba con la escalera. Veía con mayor claridad a cada escalón que bajaba, la luz proveniente de la luna entraba por la ventana e iluminaba el salón con vehemencia. Ya en la planta baja, fue envuelta de nuevo por la misma sensación que la había obligado a despertarse: una presencia observándola, sólo que esa vez la sintió cerca, mucho más cerca. Cogió aire y empleó a fondo sus cinco sentidos, pero solo un segundo después logró ver en el suelo una flauta de madera.
Tendida sobre la alfombra, seductora como un cuerpo que esperaba a ser tocado. Ibel no rechazó la invitación. Cuando estuvo en el foco de luz lunar, se puso a cuclillas y tomó la flauta con suma delicadeza. Fue entonces, en ese preciso instante, cuando los recuerdos empezaron a volver a ella como un imán a un objeto metálico. En el lateral de la boquilla reconoció un trazado irregular " I.B " junto con dos notas musicales dibujadas. Las melodías sonaron en su mente como viejos discos y con ellas los aplausos que siempre recibía, desde palmas desnudas hasta enguantadas. Sus hombros se destensaron al ponerse en pie, ya no tenía sentido buscar al misterioso ser. Percibió un olor familiar a sus espaldas. El maquillaje y el adictivo algodón de azúcar tomaron forma propia en su imaginación. Con la expresión de alguien que acaba de hallar la paz, se volteó para ver al payaso oculto en la esquina donde se encontraba el armario. Aunque no pudo verle la cara, la silueta del cuerpo, los destellos de sus mechones naranja y blanco de su traje victoriano fueron suficiente para reconocerle. Era él, el que se aparecía en sus sueños, no se trataba de otro imitador. No tenía ninguna duda.
Oyó una risa traviesa y el rostro salió a la luz. Ibel pensó que la felicidad que sentía no podía caber en su corazón. No había cambiado, las líneas rojas dibujadas de manera vertical, pero que se curvaban al sonreír, y sus labios pintados de rojo seguían estando presentes en su pintoresco semblante. Parecía que su corazón iba a explotar, sus ojos se entrecerraron cuando encontró los iris dorados. La mano que sostenía la flauta cayó sobre su muslo, inerte.
—¿Qué pasa, Ibel? ¿No vas a tocar para el bueno de Pennywise? —preguntó, mirándola fijamente a la vez que sonreía.
N. de la A.
Me pregunto con frecuencia si soy la única a la que miran con cara de "what the fuck?", después de decir que el Pennywise de Bill Skarsgård es, de alguna forma, excéntricamente hermoso... Como sea, para gustos colores, no?
Ah, a lo que iba. Que no se altere nadie, las incertidumbres que asolan a Ibel no quedarán a las suposiciones o imaginación del lector, serán resueltas, pero a su debido tiempo. Mi querida protagonista tiene que evolucionar para ser capaz de sobrellevar lo que le acontece. Por favor, si hay algún fallo gramatical o cualquier incongruencia, hacédmelo saber.
¡Hasta pronto!
