Disclaimer: Los personajes son de la JotaKá.
Disclaimer de la portada: las fotos no son mías. Lily es de ironpixiexxx (en deviantArt), Sirius es de MayMercedes (en deviantArt), Peter – que en realidad era Remus, pero bueno… ― de SomebodyToYourNobody (en deviantArt) y Remus de neverdreamchild (en deviantArt). James, por su parte, pertenece a una búsqueda por google y no recuerdo la referencia.
Notas: Para la comunidad La Noble y Ancestral Casa de los Black, el Reto la maldición del de abajo. Mi prompt, propuesto por Cris Snape con el único propósito de torturar a alguien, era (tuneándolo un poco): "¿qué hubiera pasado si James no le hubiera salvado la vida a Snape y Remus se lo hubiera cargado mientras estaba transformado?".
Muchas gracias a LadyMelara por su ayuda en la disección del What if… y a Lilith Evans Black por darme su opinión, así como a Sherry Furude por la obra titánica de betearlo a posteriori. Además, para los más observadores, hay bastantes guiños a cómics a lo largo de los capítulos. No podría ser un What if… sin tenerlos xD
EDITO: Este fic ganó el segundo puesto en el reto La maldición del de abajo. Gracias a los que lo votaron.
Capítulo 1: La broma asesina (1975)
El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar.
― José Ortega y Gasset
Sirius Black, un muchacho de cabello oscuro y de porte elegante, se dejó caer con gracia sobre una de las butacas al lado de dos de sus mejores amigos (uno alto, de cabello alborotado y gafas y el otro bajito, con el cabello pajizo y los ojos azules), con las piernas apoyadas en el reposabrazos.
― ¿Dónde te habías metido, Canuto?― preguntó James bajando una de las cartas de su mano.
― Pues no lo adivinarías ni en un millón de años― se ufanó mientras hacía dar vueltas a su varita.
― ¿Molestando a Quejicus?― aventuró mientras esperaba que Peter hiciera su jugada.
― Oh, sí― Peter rió levemente mientras reorganizaba las cartas de su mano―. Veréis― giró sobre sí mismo y se inclinó, como si fuera a contarles un gran secreto―, ese idiota estaba metiendo su enorme narizota otra vez en el asunto de Remus y dejé caer…
― Colagusano, como no juegues una carta ya te van a explotar en las manos― se quejó James echándole una ojeada a las suyas.
― Si, si― jadeó Peter eligiendo una y dejándola en la mesa con un pequeño aspaviento, como si temiera que fuera a explotarle en la mano.
― Bueno, lo dicho, que le dejé caer como llegar al túnel del Sauce Boxeador.
James se quedó muy quieto, como evaluando su mano:
― ¿Qué has hecho qué?― murmuró levantando su vista y clavándola en los ojos grises de Sirius.
― ¿Le he dicho a Snape como se va a la Casa de los Gritos?― aventuró Sirius, temiendo una mala reacción de su amigo.
― Canuto, ¡es la mejor broma del mundo! ¡Así aprenderá a no meter las narices donde no le llaman!― dejó con fuerza una carta sobre la mesa y miró fijamente a Peter―. Roba tres.
― ¿A que sí? Seguro que se mea en los pantalones en cuanto lo vea― asintió Sirius esbozando una sonrisita brabucona mientras se desperezaba.
― ¡De eso nada!― Peter dejó caer una carta y sonrió―: Robas tú seis.
James fulminó con la mirada a Peter antes de coger un puñado de cartas del montón.
― ¿Vamos a bajar a ver cómo huye?
― Eso ni se pregunta, Cornamenta.
James comprobó su mano y luego miró a Peter. Las dejó en la mesa con un suspiro molesto.
― Está bien, tú ganas. ¿Nos echamos otra antes de bajar? ¿Juegas tú, Sirius?
― Si, cla…― pero no llegaron a echar otra partida. Peter había cogido las cartas de la mesa para barajarlas y le habían explotado en la cara―. Colagusano, deja el maquillaje para las mujeres.
James rompió a reír sin poder evitarlo, pero cuando Peter palideció se obligó a ponerse serio.
― ¿Estás bien, Colagusano?― preguntó pasando la mano por delante de su cara.
― Parece como ido― señaló Sirius.
― ¿Lo llevamos a la enfermería?
― Oh, sí. Vencido por el Snap Explosivo. Como si no tuviera ya suficientes problemas para ligar…
― Venga, Peter, arriba― James se levantó y tiró de él. Peter trastabilló pero se mantuvo en pie―. Vamos. Podemos decir que salvó a un Hufflepuff de primero de unos fuegos artificiales que se había vuelto loco.
― Será todo un héroe― ironizó Sirius, pero aun así ayudó a llevarlo hasta la enfermería.
Antes de llevar a Peter a la enfermería, Sirius había dado un salto por su habitación para coger la capa de invisibilidad de James y así no tener que volver después. En cuanto lo dejaron allí (la jovencita Madam Pomfrey había puesto el grito en el cielo, hablando de fuegos artificiales ilegales), ambos se ocultaron bajo los pliegues de la capa y salieron a los terrenos del castillo.
A lo lejos pudieron ver a Snape, deslizándose dentro del Sauce Boxeador. Ambos muchachos sonrieron de pura anticipación y apresuraron el paso. Querían estar bien cerca cuando Snape saliera corriendo. Sería algo digno de contar a sus nietos.
Se sentaron en una ladera desde donde tenían una buena visión del camino de la entrada secreta a la Casa de los Gritos, muy juntos. El frío de diciembre invitaba a quedarse en el castillo con una bebida caliente, pero ninguno de los dos se pensaba perder a Snape corriendo como si la vida le dependiera de aquello.
― Oye― murmuró James algo nervioso al cabo de un rato―, ¿no crees que está tardando demasiado? Debería haber vuelto hace un rato.
Sirius miró su reloj con tranquilidad y negó con la cabeza.
― No te preocupes, todavía es pronto. Seguro que su grasiento pelo se le ha enredado a una raíz y se ha quedado atascado.
Aunque la explicación no acabó de convencer a James, éste asintió y miró al frente.
― ¿Sabes? Es más divertido cuando nos vamos al bosque.
― Aún es pronto― respondió un poco irritado Sirius, mientras intentaba no temblar demasiado―. Luego iremos.
A medida que los minutos pasaban James se ponía más y más nervioso. Al principio comenzó con un pequeño tic de los dedos, luego a mover la pierna a un ritmo inconcluso para, finalmente, levantarse y dar vueltas como si se tratara de un león enjaulado.
― ¡Está tardando demasiado!― gritó al vacío, puesto que Sirius seguía bajo la capa de invisibilidad, adormilado.
― Cálmate, Cornamenta, no va a pasar nada. Dale un rato más.
― Eso dijiste hace una hora― reclamó.
― Hogsmeade está lejos― le restó importancia.
― Dos minutos más― jadeó James―. Si en dos minutos no ha salido voy a buscarle.
Sirius puso los ojos en blanco.
A pesar de que Sirius no quería, acabó siguiendo a James. Solo por si acaso, porque tenía claro que Snape estaba bien, que se lo encontrarían de camino a la Casa de los Gritos. Pero, a pesar de sus esfuerzos de aparentar tranquilidad, empezaba a sentir un extraño sudor frío que se iba adueñando de él.
― Joder― susurró James al encontrarse llegar a la entrada.
― ¿No puede ser que ya haya vuelto al castillo?― murmuró Sirius a su espalda, sintiéndose cada vez más pequeño―. Yo estoy seguro de que me he quedado dormido.
Un suave gemido llegó hasta sus oídos.
― Transfórmate.
― ¿Qué?― susurró algo histérico Sirius.
― Que te transformes, tenemos que sacarlo de ahí dentro. Yo abriré la trampilla― James lo miró fijamente. Estaba pálido y tenía la mirada desenfocada. Sirius solo atinó a asentir.
Un segundo después se abrió la puerta y entró por ella un perro negro muy grande. Un ciervo le siguió, haciendo complicadas maniobras para traspasar su cornamenta por la puerta. Ambos siguieron los suaves gemidos que les condujeron a la habitación del segundo piso de la que provenía el ruido. Sus pasos, sobre todo los del ciervo, resonaban en la vieja madera, pero a ninguno de los dos les importó demasiado.
Fuera lo que fuera lo que se esperaban, nada les preparó para lo que vieron. Severus Snape tirado en el suelo, con la mirada perdida, el estómago abierto y gimoteando. Sobre él había un gran lobo pardo, con el hocico manchado de sangre.
El perro bajó las orejas y dio un paso atrás, asqueado. El olor a sangre le subía por las fosas nasales y se le clavaba en el cerebro, produciéndole escalofríos. El ciervo, por su parte, no lo dudó. Cogió carrerilla y embistió al lobo contra una pared, aprisionándolo con su cornamenta. El lobo mordisqueó el aire, luchando con todas sus fuerzas contra el ciervo, pero tenía la batalla perdida de antemano.
― Auuuuuuu― gruñó el lobo, haciendo que por fin despertara el perro.
Algo más decidido clavó sus dientes alrededor del cuello de la túnica de Snape y tiró de él. Tiró de él hasta que llegaron a la planta baja, atravesando el pasadizo secreto e, incluso, cuando los gemidos del lobo dejaron de oírse. Lo arrastró hasta salir del túnel y solo entonces volvió a tomar su forma humana.
Sirius rebuscó entre los pliegues de su túnica su varita. A sus pies Snape solo gemía, con la mirada perdida y el estómago abierto.
― ¡Episkey!― musitó apuntándolo con la varita. Un rayo blanquecino golpeó su pecho pero nada ocurrió―. ¡Episkey, Episkey!
Nada, absolutamente nada pasó. Snape seguía desangrándose lentamente. Sirius miró hacia el sauce más asustado de lo que nunca lo había estado. El corazón le latía con tanta fuerza que pensaba que se le saldría del pecho.
No podía llevar a Snape a la enfermería y abandonar allí a James.
No podía dejar morir a Snape por esperar a James.
Se quedó allí anclado, paralizado, hasta que James salió por el hueco del sauce, pálido como un muerto.
― ¿Qué haces todavía aquí?― jadeó corriendo hacia él.
― Yo…
― ¿Ha dicho algo?― James bajó la mirada.
― Se está muriendo― Sirius evitó mirarlo.
― ¡Locomotor Snape!― exclamó James apuntándolo con su varita―. Venga, vamos, coge tú mi capa.
Sirius asintió como pudo.
Peter había pasado la noche en la enfermería. Había protestado, gruñido e intentado escabullirse, pero la enfermera Pomfrey se lo había evitado en cada ocasión y al final le había amenazado con castigarlo todo un mes si no se quedaba quieto y pasaba una noche tranquila. Lo que más rabia le había dado a Peter antes de caer profundamente dormido había sido que él también quería ver a Snape meándose en los pantalones.
Cuando abrió los ojos la mañana siguiente en seguida supo que algo no iba bien. La enfermería por las mañana era un sitio tranquilo, hasta primera hora de clase no empezaban a llegar alumnos que se intentaban saltar su asignatura más odiada. Pero aquella mañana (o más bien madrugada) la enfermería del colegio tenía vida propia.
Alguien hablaba en susurros y se oía el ondear de capas y pasos apresurados. Con un pequeño bostezo, Peter se incorporó y sacó la cabeza por el biombo de su cama. Justo en aquel momento pasaba por delante la profesora McGonagall vestida con una bata de cuadrados. A su lado iba una mujer un poco fea y muy delgada, pálida como un muerto.
― Profesora― susurró, la mujer dio un pequeño salto y le miró. Tenía los ojos acuosos y una expresión asustada en sus facciones.
― Señor Pettigrew, ¿qué haces aquí?― susurró ella en tono urgente.
― Tuve un accidente con unos productos de broma― le quitó importancia, usando la coartada que había creado James para él―. ¿Ha pasado algo?
La mujer que la acompañaba rompió a llorar y la profesora McGonagall pasó un brazo por sus hombros.
― Vamos, Eileen, te llevaré a verlo. Pettigrew, no te muevas de aquí.
Peter asintió y se quedó en el sitio, de pie, asomando estúpidamente su cabeza por las cortinas. Nervioso, pasó su peso de una pierna a otra, hasta que llegó la profesora de nuevo.
― Profesora, ¿qué ha pasado?― preguntó nervioso con un hilillo de voz.
― Ha habido un accidente― respondió la profesora con voz neutra―. Un alumno ha salido muy gravemente herido, señor Pettigrew. Te aconsejo que si no tiene nad…
― ¿Qué? ¿Quién?― le cortó abriendo mucho los ojos. Solo podía pensar que era luna llena y que James y Sirius habían salido con Remus, que era un hombre lobo―. ¿James y Sirius están bien?
La profesora McGonagall arqueó las cejas.
― ¿Cómo sabes?― negó la cabeza y suspiró―. Vuelve a la Sala Común de Gryffindor, Pettigrew. El Profesor Dumbledore te llamará si necesitamos hablar contigo.
― ¿Pero están…?
― Sí, ellos están bien.
Peter sintió un profundo alivio, a pesar que de fondo no dejaba de oír los lamentos de una mujer.
Era Navidad y Lily había decidido pasar aquellas fiestas con su familia. Y es que no estaba de humor para quedarse en Hogwarts: Potter y sus secuaces habían decidido quedarse en vacaciones y eso significaba, categóricamente, que Lily iría a visitar a sus padres.
Y no estaba del todo mal. Si, puede que no hubiera nada de magia, pero a cambio su madre preparaba su desayuno favorito y su padre le traía las revistas que le gustaban a la cama. Ventajas de ser la hija a la que nunca veían, pensó mientras se cepillaba su larga cabellera roja.
― ¡Lily!― chilló Petunia desde la planta baja―. Date prisa, ¡he quedado con Vernon para darnos nuestros regalos de Navidad y no voy a llegar tarde porque tú estás haciendo esas cosas… raras!
Lily suspiró, se colocó el cabello por detrás de las orejas y asintió satisfecha, antes de bajar a desayunar. El olor a chocolate caliente invadía la cocina.
― ¡Feliz Navidad!― exclamó entrando en la cocina.
Sus padres le devolvieron el saludo, pero su hermana mayor arqueó una ceja y dijo burlona.
― No sabía que los de vuestra clase celebrarais el nacimiento del hijo de Dios. Como os condenó a todos a la hoguera…
― Tuney― advirtió su padre con el periódico sobre las rodillas, Petunia ronroneó obediente pero, cuando se aseguró que nadie miraba, sacó su lengua en un gesto claramente despectivo.
― ¿Y qué tal tu novio? Mmm, ¿Vernon?― preguntó amablemente Lily, intentando mantener una conversación civilizada. Su hermana había ido a estudiar a Londres mecanografía y allí había conocido a un chico del que no había parado de hablar en todas las vacaciones de Navidad.
― Pues bien― respondió Petunia alisando su servilleta―. Me ha dicho que me va a llevar a la playa en Pascua.
― ¿Sí? Tuney eso es maravilloso― comentó su madre, dejando un plato de gofres sobre la mesa―. Acuérdate de traernos algún regalito.
Petunia asintió orgullosa.
― Lily, cariño, ha llegado el correo― el señor Evans señaló por encima del periódico y Lily pudo ver cómo llegaba la lechuza con la edición matinal del Profeta.
Sin muchas ganas, Lily se levantó, depositó el pago en una bolsita que llevaba en la pata el ave y desenrolló el periódico mientras Petunia hacía un ruidito despectivo a sus espaldas.
En alargadas letras cambiantes rezaba: "ASESINATO EN HOGWARTS" y justo debajo: "La junta escolar ha solicitado la dimisión del director Albus Dumbledore tras el asesinato la pasada noche de un alumno del colegio. Más información de las páginas 4 a 9".
― ¿Qué?― farfulló Lily buscando la página que debía ser―. No― repitió con voz queda, al pasar los ojos por el artículo. El nombre del que era su mejor amigo brillaba antes sus ojos.
Severus Snape había fallecido.
Continuará.
