Podría decirse que esta historia se remonta al 23 de agosto de 2077, el día en el que el cielo se tiño de rojo y el mundo tal y como lo conocíamos dejo de existir. Poco puedo decir sobre aquel evento, pues no soy un historiador y solo conozco algunos detalles, como que la guerra duró tan solo 2 horas y que su causa fue un último intento desesperado por controlar los últimos recursos energéticos que quedaban en la Tierra; no obstante, la Gran Guerra en si no es lo que debería importarnos sino los eventos que desencadeno.

El odio y el ansia de poder del ser humano transformaron el planeta en un Yermo radiactivo y condenaron a todos los seres que vivían en él. Pero ni siquiera entonces nos rendimos y, cuales cucarachas, nos escondimos en rincones oscuros, a los que llamamos Refugios, donde generaciones enteras vivieron aisladas sin conocimiento alguno del mundo exterior.

Pero tarde o temprano, los Refugios tuvieron que ser abandonados por sus habitantes, y estos se vieron obligados a poblar aquel mundo hostil, producto de los pecados de sus ancestros. Y así, tribus y comunidades surgieron y se expandieron por el Nuevo Mundo.

Una de estas comunidades fue la República de Nueva California, que, consagrada a los valores de libertad y democracia del Antiguo Mundo, juró traer la paz al Yermo, quisieran o no sus habitantes. A medida que la República crecía, también lo hacían sus necesidades, por lo que un grupo de exploradores fue despachado hacia el Este, a su vuelta, trajeron historias sobre una ciudad que no había sucumbido al fuego nuclear y sobre un gran muro que se extendía a lo largo del Rio Colorado.

A la RNC no le fue difícil determinar que aquel muro se trataba de la Presa Hoover, unas instalaciones que habían proporcionado una importante suma de energía eléctrica a la zona antes de la guerra. Rápidamente, se movilizaron tropas pero llegaron demasiado tarde, les estaban esperando

Aquel era el ejército más extraño con el que jamás se había topado la RNC, estaba conformado por tres tribus claramente diferenciadas y un batallón de robots de seguridad, su líder era una misteriosa figura conocida como el Sr. House, quien nunca se dignó a mostrase.

Ambas partes se vieron obligadas a firmar una tregua según la cual la RNC ocuparía la zona, pero ayudaría a que el comercio fluyera en aquella ciudad de la que tanto habían hablado los exploradores: New Vegas.

Fue entonces cuando una nueva bandera surgió al otro lado del Rio Colorado, una nación formada a partir de la conquista de 87 tribus, que respondía al nombre de la Legión de Cesar. Dicha nación fue capaz de plantarle cara a la mismísima RNC, que resistió durante años, no sin grandes pérdidas.

Es en aquel panorama de tensión política donde entro yo, un simple mensajero, contratado para que llevara un simple paquete hasta New Vegas, un paquete que se convertiría en mi peor pesadilla cuando me encontré a mí mismo atado y amordazado en una colina, rodeado de un grupo de bandidos.

Aún estaba recuperándome de la paliza que me habían dado cuando les escuche discutir.

—Ya hemos terminado el trabajo así que paga—dijo un hombre de voz grave.

—Todo llegará en su momento coleguita, no seas impaciente—comentó otro hombre, poco impresionado por la demostración de autoridad del anterior.

Sacudí mi cabeza e intenté librarme de mis ataduras, pero inmediatamente una mano se agarró fuertemente a mi cuello y me tiró para atrás violentamente.

— ¡Chicos, mirad quien se ha despertado por aquí!

Desde aquella perspectiva hasta la que había sido arrastrado y a la luz de la Luna, fui capaz de ver perfectamente a mis captores. Cuatro de ellos formaban parte de lo que yo llamo "chusma del Yermo", saqueadores; pero el quinto hombre me sorprendió. Llevaba puesto un traje a cuadros muy elegante, aparentemente caro, y la forma en la que actuaba… me daba escalofríos.

Durante unos segundos todos se quedaron mirándome, hasta que uno de los saqueadores habló.

— ¿Estás seguro de que podrás hacerlo?

El hombre del traje a cuadros le dirigió una sonrisa cínica al saqueador y mientras encendía un cigarrillo le dijo al saqueador:

—Claro que puedo. Yo no soy como vosotros, no me dedicó a matar a gente sin mirarles a la cara.

La palabra "matar" hizo que perdiera los nervios y empezara a gruñir y a mover las manos frenéticamente, con la esperanza de que mis ataduras se aflojaran, pero lo único que conseguí fue que un tipo me diera una patada en las costillas.

— ¡No te pases con él! —gritó el de la chaqueta a cuadros. —Ya le hemos causado suficientes problemas.

El hombre caminó hacia mí mientras sacaba algo del bolsillo de su chaqueta, algo que reconocí como el paquete que se me había encomendado.

— ¿No es preciosa? —dijo mientras agitaba la ficha de platino frente a mí— Verás entraría en detalles sobre lo que es realmente esta preciosidad, pero eso me haría parecer uno de esos malos de holocintas de antes de la guerra, y yo no me consideró un villano.

Se guardó la ficha y adoptó una expresión mucho más seria mientras sacaba otro objeto, que hizo que volviera a entrar en pánico.

—De verdad, es una pena que esto tenga que acabar así, pero no puedo dejar cabos sueltos. Si te sirve de consuelo, el juego estaba amañado desde el principio.

Lentamente levantó la 9mm que llevaba en la mano y la apuntó directamente a mi frente. Sudé frio, me agité tanto que golpeé al saqueador a mi espalda, pero, al final, hubo un destello, seguido de un fuerte estruendo y todo se volvió negro.