1. Hogar

Cuando amaneció, Cersei aún no había logrado conciliar el sueño. Estaba tan emocionada que, en vez de pedir a la doncella que le cerrara las cortinas, saltó de la cama y abrió la ventana de par en par. Una fresca brisa primaveral le acarició la melena dorada, despeinándola y haciéndola estornudar por las cosquillas. Desde la ventana veía todo Roca Casterly, con sus torreones y sus murallas de piedra clara bordeando el imponente acantilado. Más allá de la fortaleza se abría el Mar del Ocaso, un océano de interminables aguas grises hasta donde su vista alcanzaba. Había algunos barcos, pequeños como hormigas, que navegaban en busca de riqueza hacia el próspero puerto de Lannisport.

Sin embargo, lo que Cersei quería ver no venía por mar, sino por tierra.

Cerró la ventana de un golpe y gritó que deseaba vestirse. La doncella -Cersei no recordaba su nombre- entró unos minutos después con expresión soñolienta y empezó a desabotonarle el camisón. Desde que el maestre Creylen había dictaminado que se había convertido en una mujer, en un examen demasiado íntimo y horroroso como para evocarlo, Cersei disponía de una doncella en una pequeña alcoba junto a la suya, lista para ayudarla y calmarle los dolores a cualquier hora del día. A la leona esto le irritaba más que complacía, pues suponía estar bajo la constante vigilancia de aquellas gallinas cluecas. Sin embargo, se le daba bien exprimirlas para que hicieran todo lo que a ella le viniera en gana.

La doncella sacó entonces del arcón su nuevo vestido: era de seda verde, tan suave como la brisa de primavera, y tenía un provocador escote bordado de dorado con pequeños rubíes engarzados. Cersei casi se lo arrancó de las manos a la doncella, por las ansias que tenía de vérselo puesto.

Tras pelearse con cordones y botones, y después de cepillarle con esmero la melena, la doncella colocó un gran espejo delante de la joven Lannister. Al verse, casi se quedó sin respiración: los cabellos le caían como dos ríos dorados por los pálidos hombros desnudos hasta más allá del pecho, y el color del vestido enaltecía sus ojos verdes como la hierba, salpicados de brillantes vetas de oro. En un acceso de vanidad, Cersei se dio cuenta de lo bien que le quedaba el escote. Y sabía que todos los hombres con los que se cruzara iban a pensar lo mismo.

—¿Estáis preparada para la recepción de vuestro hermano Jaime, Lady Cersei? —inquirió la septa Murienne mientras desayunaban en un saloncito.

Cersei casi saltó del asiento al oír su nombre. Tratando de mantener la calma y los modales, Cersei le ofreció una dulce sonrisa y contestó, con todo el autocontrol del que fue capaz:

—No podría estar más preparada, gracias a mi querida septa.

La aludida sonrió, ufana, mientras daba cuenta de una gran pedazo de tarta. El desayuno era el preferido de Cersei: pan tostado con atún ahumado y tomate, tarta de manzana, infusión y leche. Sin embargo, apenas podía probar bocado, de tan nerviosa como estaba. Se obligó a comer un pedazo de pan para no alertar a la septa. Mientras masticaba, se le ocurrió una idea.

De pronto, dejó ir una exclamación ahogada que sobresaltó a la septa.

—¡El regalo! —gritó Cersei, en su mejor papel de dama histérica.

—¿Qué…? —pudo articular la septa, con la boca llena de pastel.

—¡El pañuelo bordado para Jaime! Lo había olvidado. Tengo que darle los últimos retoques antes de que llegue… ¡Oh, no! ¡No me va a dar tiempo! —exclamó desesperada.

La septa sonrió, tranquilizadora.

—No os preocupéis. Id a terminarlo, y acudiré en vuestra ayuda en cuanto termine mis oraciones.

No había acabado la frase cuando Cersei se levantó y salió a paso rápido del saloncito. Después de cerciorarse de que la septa no podía verla, echó a correr.

"Y en cuanto termines mi desayuno, vieja gorda" pensó la muchacha mientras reía para sus adentros y se alejaba cada vez más de sus aposentos.

Salió al patio y subió rápidamente los escalones que daban a la galería de las murallas, arremangándose el vestido para no tropezar. Desde allí vio con más claridad todos los edificios y torres de la fortaleza, incluido el Jardín de Roca. Éste era la joya del castillo de los Lannister: un hermoso laberinto hecho exclusivamente con rocas de gran tamaño y belleza, con minerales incrustados que florecían de forma natural dando color y nombre al Jardín. Desde las almenas Cersei podía ver todo el laberinto y lo que vio en el centro le provocó una punzada en el estómago. Allí, pequeño pero inconfundible, se hallaba su hermano Tyrion.

Cersei lo observó con su mirada felina, pensativa. Desde que Jaime se había ido hacía un año, la muchacha se había quedado con la única y aburrida compañía de unas cuantas niñas tontas, hijas de capitanes y caballeros de Lord Tywin. Lo único que sabían hacer era coser y cotillear, cotillear y coser. Cersei las odiaba, en especial a Maddie Crakehall, porque era la más lista del grupo y la única que se atrevía a replicarle. La Lannister siempre las amenazaba con que su padre les cortaría la cabeza si no la respetaban, pero Maddie la Lista nunca se lo tomaba en serio.

Luego estaba Tyrion, claro. Cersei le reservaba otro tipo de odio, más profundo y ardiente, más pasional. Por culpa de aquel pequeño monstruo, su madre, la bella y cariñosa Joanna Lannister, había tenido que morir. Cersei no se cansaba de observarlo, analizando cada detalle de él que pudiera relacionarle con su madre. Sin embargo, a parte de la mata ensortijada de pelo rubio, Cersei no veía nada más. Cuándo él la miraba con esos ojos dispares y extraños, la joven sólo veía al asesino de su madre. Por otro lado, sabía a ciencia cierta que el niño era muy inteligente, demasiado para su corta edad. Tyrion había aprendido a hablar al año y medio, y a los cuatro ya sabía leer. Ahora, con siete años, su elocuencia y razonamiento eran tales que Cersei se estremecía cada vez que lo oía hablar.

Por fin Cersei consiguió apartar la mirada de aquel pequeño bulto deforme que era su hermano, y recordó por qué había escapado de la septa. Sacudió la cabeza y echó a correr por la galería.

Vylarr, el capitán de la guardia, patrullaba por las tranquilas y soleadas almenaras del ala este de la fortaleza. Su mente vagaba recordando la noche anterior, y tantas otras pasadas con Gretha, la nodriza. Por los Siete, aquella mujer era tan enorme como diestra en la cama. Casi lo había asfixiado cuando se le puso encima, pero luego…

Unos pasos ligeros le hicieron regresar a la realidad. Alguien corría hacia él. Se volvió y se quedó sin palabras al ver a la hija de Lord Tywin, corriendo como una hermosa dríada de los bosques. Le abrió el paso sin hacer preguntas. Sabía por experiencia que no era conveniente irritar a Lady Cersei. Además, la visión de la muchacha rubia corriendo por la muralla con los cabellos al viento, las mejillas encendidas y aquel impresionante vestido no dejaron espacio en su cerebro para reaccionar con nada más que un débil "bienvenida, Lady Cersei".

Durante largo rato, Cersei no se movió. Desde allí, el punto más alto de la fortaleza, sólo se veían montes y colinas, salpicadas aquí y allá de algún que otro pueblo y algunos castillos. Marcaceniza quedaba demasiado lejos, y la bruma se la habría tapado igualmente. A pesar de ello, Cersei siguió escrutando el ondulado horizonte, incansable, esperando. Como una leona que aguarda a su presa.


Jaime fue el primero en divisar el imponente acantilado coronado por la fortaleza de Roca Casterly. Sus murallas de piedra relucían como si fueran de oro bajo la luz de la mañana y ofrecían un espectáculo tan hermoso que quitaba el aliento. No pudo evitar gritar de júbilo, porque había vuelto a su hogar. Había vuelto a ella.

Detrás de él, cuatro jinetes espolearon a sus caballos para dar alcance al heredero de la casa Lannister. Éste volvió su rubia cabeza hacia ellos y rió con sincera alegría.

—¿Qué me dices, Marbrand? Tu cabaña en el bosque no puede compararse con esto. ¡Bienvenido a Roca Casterly! —exclamó señalando con el brazo la hermosa fortaleza.

Addam Marbrand, un chico de unos catorce años, detuvo su caballo junto al de Jaime y se puso una mano ante los ojos para protegerse del Sol. Escudriñó al frente con la mirada ceñuda y hosca típica de los Marbrand, y emitió un gruñido que Jaime no supo identificar. En Marcaceniza, el castillo de su familia, se había sentido muy ufano y valiente como para burlarse de Jaime a todas horas, provocándole y asegurándose que siempre le pillaran haciendo algo malo. Había perdido la cuenta de todas las veces que lo habían castigado por culpa de Marbrand, pero sí recordaba todos y cada uno de los golpes y las palizas. Pero ya no estaban en Marcaceniza, y tanto Jaime como Addam eran conscientes de lo que eso podía significar.

Aún así, su expresión de absoluta alegría no se modificó ni un ápice y se volvió hacia el otro lado, arrancando destellos a su cabello rubio.

—¡Lancel, Willem, Martyn! ¡Hemos llegado! ¡Decidle a mi tío Kevan que me adelanto para prepararle un banquete!—gritó a los otros jinetes, y sin esperar respuesta, arrancó a galopar hacia su hogar.

Sin embargo, al llegar a las puertas de la fortaleza se obligó a detener a Furia, su yegua parda. Después de doce meses bajo la tutela de Ser Kevan Lannister, en su mente se habían grabado a fuego una serie de instrucciones, a cuál más aburrida, que indicaban cuál era el correcto comportamiento de un caballero. Las palizas que le había propinado su tío y sus instructores en Marcaceniza se habían asegurado que no se dejaría llevar más por sus impulsos infantiles. Por eso, a pesar de que se sentía morir por dentro, aguardó ante las puertas a que llegara el resto de jinetes.

Mientras esperaba, contempló la grandiosa muralla que se elevaba ante él. Un año antes había pensado que esas piedras le encerraban, pero ahora se daba cuenta de cuánto había echado de menos estar dentro de ellas. Durante un segundo le pareció ver un familiar destello dorado arriba, en las almenas, pero al pestañear ya no vio nada más que muralla y cielo.

Después de lo que le pareció una eternidad, llegaron sus primos, su tío Kevan y Addam Marbrand, el nuevo pupilo de los Lannister. Detrás venían dos guardias y un sirviente. Ser Kevan dirigió una dura mirada a su sobrino, pero no dijo nada y se colocó delante de la comitiva. Por fin, a una orden que rugió su tío, las puertas de Roca Casterly se abrieron para ellos.

Jaime absorbió cada detalle que veía, oía y olía, mientras Furia trotaba por los conocidos puentes hacia el patio de armas del castillo. Todo era familiar y a la vez nuevo para él. No pudo evitar dirigir una mirada de superioridad al imbécil de Addam, que cabalgaba a su lado. Le produjo cierto fastidio la expresión de satisfacción que vio en su rostro. "Tú me has hecho pasar un infierno en tu casa, Marbrand. Ahora me toca a mí."

Se olvidó de esos oscuros pensamientos al llegar al patio. Allí esperaba la familia Lannister junto con un ejército de mozos de cuadras, sirvientes y doncellas, listos para acomodar a los visitantes. Pero Jaime no necesitó buscar mucho entre la multitud para encontrar a la persona que buscaba: podría encontrar su cabellera dorada y su mirada felina en medio de un ejército en la oscuridad. Allí estaba: esperando para recibirlo, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa tan amplia y luminosa como el Sol. Al verla, el corazón pareció querer salírsele del pecho y Jaime se tuvo que agarrar bien a las riendas de Furia para controlarse. Musitó una oración al Guerrero por lo bajo, y sólo así consiguió no saltar e ir corriendo a abrazarla.

En vez de eso, bajó orgulloso de Furia, haciendo gala de una templanza que no sentía, y se dispuso a saludar con respetuosas reverencias a toda la Corte de leones y corderos que se había congregado allí. Al llegar frente a su hermana, se inclinó tanto que casi se tocó las rodillas con la frente, y al incorporarse y guiñarle un ojo vio que la muchacha apenas podía aguantar la risa. Jaime sintió que el pecho le iba a estallar. Después de haberse pasado todo un año entrenando duramente, recibiendo palizas de sus instructores y siendo sometido a una presión militar, aquello era la prueba de fuego. Ver a su melliza, su alma gemela, aguantándose la risa a pocos centímetros de distancia y no poder abrazarla y hacerle cosquillas hasta que sus ojos verdes acabaran inundados de lágrimas de risa.

Pero el protocolo era el protocolo, como le había grabado en la mente su tío Kevan. No sólo lo habían entrenado para ser un guerrero, sino también el perfecto caballero. Sintiendo la gélida mirada de su tío y de su padre fijas en él, se incorporó con la espalda bien recta y miró al frente en una perfecta imitación del idiota de Marbrand, que saludaba ceñudo y tieso como si le hubieran metido una escoba por el culo. De reojo vio que Cersei sonreía aún más, y notó una sensación muy cálida y agradable en el pecho.

Después, todo fueron exhibiciones de sus mejoras en el manejo de la espada y la lanza, aburridas conversaciones con sus familiares lejanos… Lo único que le dio consuelo fue su hermano pequeño, Tyrion. Éste estaba deseoso de escuchar todas y cada una de sus aventuras en Marcaceniza, y Jaime le contó cada detalle sobre lo llorica que era Lancel, lo flojuchos que eran Willem y Martyn y lo pedorro que era Addam Marbrand. Tyrion no podía parar de reír, y le contagió la risa a su hermano mayor.

—Te he echado de menos, Jaimie —dijo Tyrion al final, cuando se les fue la risa.

El mayor le miró y vio que el semblante de Tyrion se había ensombrecido de pronto. No necesitaba preguntar, puesto que ya sabía por qué: su hermana Cersei podía llegar a ser realmente cruel con él. Dispuesto a animarlo, lo cogió por los hombros y le dijo:

—¡Y yo a ti, duendecillo! Mira, te he traído una cosa.

Tyrion miró con admiración e impaciencia a su hermano mayor mientras éste rebuscaba por los bolsillos de su capa.

—¡Aquí está!

El pequeño abrió los ojos como platos mientras cogía el regalo que le ofrecía Jaime. Era un libro encuadernado en cuero, cuyo título decía: "Historias y leyendas de los dragones". Tyrion lo abrió y Jaime se despidió de él con un apretón en el hombro, pues sabía que ya nada ni nadie podría arrancarle de la lectura.

Al atardecer empezaron los preparativos para una cena de bienvenida en el Gran Salón. Jaime, sentado por primera vez a la misma mesa que Lord Tywin, se sentía increíblemente feliz, pero al ver a su hermana Cersei sentada en otra mesa, dolorosamente lejos, tuvo la sensación de que estaba incompleto. La muchacha llevaba un impresionante vestido verde con pequeños rubíes engastados en el escote, que a su vez dejaba ver unos pechos que antes no estaban ahí, como Jaime pudo comprobar atragantándose con un muslo de pato. Ahora que la observaba detenidamente, su cuerpo había experimentado cambios durante el tiempo que no se habían visto: su cara había perdido gran parte de la redondez infantil y su pelo había crecido un palmo, enmarcándole el rostro en dos suaves cascadas de oro líquido. Toda ella parecía más esbelta y, en definitiva, estaba más hermosa que nunca.

Parecía sumida en una interminable charla con la septa Murienne. Jaime deseó que en ese momento se abriera la Tierra bajo el trasero de la septa, de Addam Marbrand y de todos los asistentes al banquete menos de ella y de él. Quería abrazarla, contarle todas las penurias y aventuras que había vivido en Marcaceniza, y reír juntos hasta que les doliera la barriga. Los únicos amigos que había hecho bajo la férrea instrucción de Ser Kevan eran la espada y la lanza, y el contacto con los otros chicos había sido de todo menos amistoso. Estaba cansado de jugar a ser un caballero. Quería ser un niño otra vez, y sólo podía serlo con Cersei.

Pero la cena amenazaba con no terminar nunca. Después de los postres -cisnes de merengue, uvas pasas y queso blanco con miel- los sirvientes retiraron las mesas para formar un improvisado salón de baile. Wat Sonrisablanca, el bardo, empezó a tocar Las lluvias de Castamere y en seguida se agruparon muchos de los asistentes.

Jaime vio cómo Lord Tywin se relajaba con la música mientras bebía tragos de su copa, al tiempo que Ser Kevan discutía animadamente con Ser Stafford. Con una educada disculpa, se levantó de la mesa y se dirigió a la de su hermana con una sonrisa, pero se quedó helado. Junto a ella estaba Ser-Addam-Pedos-Marbrand, diciéndole algo que él no alcanzaba a oír, pero que sin duda debía ser horriblemente grosero y repugnante. O no, se dijo furioso, cuando oyó la risa musical de Cersei. Se quedó allí plantado, entorpeciendo el paso a los sirvientes a los que no veía y haciendo que uno de ellos se tropezara con una bandeja llena de platos y armara un estruendo. En ese momento, Cersei volvió la cabeza, sobresaltada, y su cara se iluminó al ver a Jaime. La muchacha dijo algo a Marbrand, que la besó en la mano y se marchó a hablar con otros caballeros. Cersei se dirigió entonces hacia Jaime.

Para cuando la tuvo delante, Addam Marbrand había desaparecido de su mente, y todo en lo que llenaba el cerebro del muchacho era luz y calidez. Comprobó que ambos habían crecido, puesto que sus ojos se encontraron a la misma altura. Los de ella eran verdes con vetas doradas y le observaban con una mirada felina que hizo sonreír a Jaime.

—Estás feísima.

—Claro, me parezco a ti.

Esa respuesta rápida y mordaz, acompañada de una sonrisa de oreja a oreja, hizo darse cuenta a Jaime de cuánto la había echado de menos.