¡Ohayo-! Pensando en mis usuales tonterías, se me ocurrió una idea para un buen fanfiction; que resulta ser éste. Es GerIta, y también tendrá Spamano. Hay algunos personajes 2P!, pero quiero que conste que aquí serán como un tipo de clones psicópatas. Está rated M por futuro Lemmon… :D

Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen. Son de Himaruya-sensei, el Dios del nuevo mundo (Uy, no. Ése es Kira).

Advertencias: Lemmon *w*, yaoi, algo de violencia (keep calm que no es un rapefic). Aparte de eso, que nuestros niños queridos; los países, ahora son humanos. Sí; pueden morir – pero no me voy a cargar a ninguno, tranquis :).

Enjoy!

POV Feliciano

Veee… No me puedo creer que esto realmente haya pasado.

Tranquilamente, íbamos Lud y yo por la calle, paseando como solemos hacer. A unos cuantos metros, pudimos divisar una escena extraña; y nos acercamos a ver qué pasaba.

Había muy poca gente en la calle, y al ver lo sucedido, la poca gente que había empezó a correr despavorida. Qué bien, ningún testigo para ayudarnos.

Antes de estar demasiado cerca, ya podíamos suponer de qué se trataba todo aquello: dos hombres estaban apuñalando brutalmente a otro.

Pero no eran dos hombres cualquiera, no, qué va.

Eran idénticos a nosotros dos. La única diferencia que puedo recordar, es que el que se parecía a mí llevaba un gorro algo extraño, y su expresión era muy diferente a la mía. Era como de… mala persona (me gusta pensar que yo no lo soy, y siendo objetivos, creo que soy bastante bueno). El hombre que se parecía a Lud, iba vestido más urbano, y tenía un par de cicatrices en la cara, aparte de una expresión cruel.

Mi querido Ludwig, mostrando su gran sentido de la justicia, fue a detenerlos. No me pude quedar atrás, y fui a ayudarlo.

Recuerdo la magnitud de los puñetazos que llegó mi alemán a asestar a esos dos: nunca lo había visto pegar tan fuerte.

A la que llegué, conseguí arrebatarle un cuchillo que tenía empuñado al hombre que se parecía a mí, y, aún no teniendo yo demasiada fuerza, intenté ayudar. Di algún corte que otro, pero no fue demasiado intenso, y no logró crear heridas graves.

En un momento de despiste nuestro, nuestros oponentes se miraron fugazmente a los ojos, y salieron corriendo.

Y madre mía, cómo corrían. Intentamos alcanzarlos, pero, pasados unos cuantos metros, nos ganaban en mucho terreno. No había nada que hacer.

Así que volvimos con el cuerpo del chico que había sido apuñalado, y, tristemente, recibimos su último aliento.

Se nos había muerto el hombre por el cual, aún sin saberlo entonces, muy posiblemente hemos entregado el tiempo restante de nuestras dos vidas a "la justicia".

¿Y por qué?, preguntaréis.

Supongo que ya podéis imaginar lo que pensó la policía cuando vio la escena.

Teníamos a un cadáver acuchillado en el suelo, la ropa manchada de sangre y, en mi caso, una navaja con la hoja ensangrentada en la mano.

Casi instantáneamente, nos esposaron a los dos con las manos en la espalda.

-Por favor, señor policía, déjenos explicar esto… -suplicaba lastimosamente mi Lud.

-No hay nada que explicar.

-Pero… ¡tenemos derecho a hablar! –defendí yo.

-Lo que queráis decir, se lo decís al puto juez, ¿de acuerdo?

Nos estaban acarreando hacia el furgón, mientras nosotros intentábamos escapar de sus brazos. Ludwig es muy fuerte, pero con los brazos en la espalda y cinco hombres sujetándolo, ya me dirás cómo nos iba a ayudar.

Curioso: lo que había empezado como un paseo feliz de pareja; había terminado en un furgón policial, penados por un delito que ni siquiera había estado cometido por nosotros.

Nos dejaron tirados en la parte trasera, y después de cerrarnos las puertas a la libertad con candado –figurada y literalmente- , dos de ellos subieron en la parte del conductor. Los demás se repartieron por otros coches.

Por suerte, no nos habían puesto mordaza, y así, nos habían dado la posibilidad de hablar entre nosotros.

Aún así… No hablamos nada, porque arranqué a llorar desconsoladamente. Simplemente, no lo pude evitar.

Ludwig se me acercó con ganas de abrazarme; pero lo mucho que pudo hacer fue entrelazar sus piernas con las mías.

-Tranquilo. Tranquilo. Tranquilo –me susurraba al oído-. Todo va a estar bien, la justicia siempre vence.

Posé mi cabeza sobre uno de sus hombros, y continué llorando ruidosamente.

Y así pasamos el rato de la excursioncita, semi-abrazados y llorando –porque mi Ludwig también terminó rindiéndose al lloro, pero no lo hacía tan ruidosamente como yo. Supongo que yo siempre gimo armando más jaleo, en cualquier contexto-.

Cuando llegamos a la comisaría, los dos teníamos los ojos rojos, de haber estado llorando. Supongo que se fijarían, pero… igual un asesino también se arrepiente de sus actos, porque no hicieron caso a nuestros gestos tristes. Nos pidieron el nombre y nos obligaron a mostrarles documentación, y después de eso, nos siguieron tratando como a verdaderos delincuentes; sin ningún tipo de respeto. Como si estuvieran hablando con un tipo de ratas callejeras.

-Por favor, señor policía, déjenos excusarnos.

-Rubito, déjate de tonterías. Tú y tu amigo estabais encima del cadáver, con la ropa manchada de sangre y él –refiriéndose a mí- con una navaja empuñada. ¿De verdad crees que cualquier mentira va a colar con nosotros? Joder, que somos profesionales.

-Si tan profesionales sois, deberíais dejarnos explicar lo ocurrido; ¿no? –replico. Realmente, nunca habría llegado a pensar que el sistema está tan mal.

-¿Te callas? –me responde ofendiéndome, dándole otro mordisco a su donut con glaseado rosa.

-¿Y dónde quedan los modales?

-Puto rubiales… ¿os creéis que con vuestras caras de niños buenos vais a conseguir liarnos? Pues no.

-Señor, le pido que escuche nuestra versión de los hechos –Ludwig ha llegado al punto de la desesperación, como casi nunca le pasa- estábamos paseando por la calle, cuando vimos que algo extraño pasaba unos metros más allá. Nos acercamos para ver qué era, y vimos a dos hombres muy parecidos a nosotros apuñalando al hombre que habéis encontrado muerto. Fuimos corriendo para detener a los asesinos, y Feli… digo él –me señala con la cabeza- le robó la navaja al chico que la llevaba, el que se parecía a él, pero después de un rato de batalla, nos despistamos y ellos salieron corrien-

-¡Basta ya de tanta tontería! ¡Que no cuela, cojones!

Y después de un rato de discusión con el que no llegamos a nada (ese maldito tozudo no daba brazo a torcer), nos llevaron a la prisión preventiva, a esperar a ser juzgados.

Y aquí estamos ahora. Llevamos ya unos días, en esta maldita celda, veinticuatro horas diarias. Suerte que nos han dado una compartida, y nos dos individuales.

Nos han dicho que iremos al juzgado pasado mañana.

Espero que esa gente sea más decente que la que nos atendió el otro día.

Aquí no hay nada que hacer, no podemos entretenernos de ninguna manera.

Cuando estábamos en libertad nos gustaba cocinar juntos (resultó ser que los spaguetti con trocitos de Wurst por medio están riquísimos), pero eso aquí no lo podemos hacer.

Básicamente, nos gustaba hacer las cosas típicas que hacen las parejas, y nos sigue gustando, sólo que ahora ni tan sólo podemos hacer una de ellas. Bueno, sí, hay una que podemos seguir haciendo.

Sexo… Nos pasamos todo el rato vigilados, pero por la noche, cuando apagan las luces para que los demás presos duerman, creo que os podéis imaginar cómo pasamos el rato en que no tenemos sueño.

Es lo único que no han podido quitarnos. Cierto que es mucho más cómodo en una cama, o si te apuras en la ducha, o en una pared –pero de las de casa-, o en la mesa del comedor, etc… En verdad, lo único que necesitamos para hacerlo (aún en malas condiciones, sin lubricante ni juguetitos ni nada de nada) son nuestros dos cuerpos, y eso no nos lo quitan; básicamente porque no pueden.

Nuestro único entretenimiento. No es que no me guste, ojo, que me encanta, pero… también echo en falta lo demás.

Y la pregunta es: ¿Qué hacemos por el día?

Supongo que poco más que él se sienta en la única silla que tenemos, y yo me siento encima suyo, cara a cara con él, y abrazados hablamos de cualquier cosa que se nos pasa por la cabeza. Puesto que estamos realmente enamorados el uno del otro, no se nos terminan los temas de conversación. De tanto en cuanto se nos escapa algún beso.

Los demás ya nos habrán tildado de gays, pero; ¿A quién le importa? Sí, lo somos, y a mucha honra.

-¿En qué piensas, Feli? –me despierta él de mis cavilaciones.

-Sólo estaba haciendo un repaso mental sobre lo que nos ha ocurrido.

-¿Sí? ¿Y has ideado algún plan para que nos concedan la merecida libertad?

-No… No se me ocurre nada, lo siento mucho.

-No te preocupes, mi trocito de pizza –jeje, así me llama muchas veces cariñosamente-. Porque a mí sí que se me ha ocurrido algo parecido.

-¿De verdad?

-Es sólo una posibilidad, pero… yo creo que nuestros hermanos nos podrían ayudar.

-Igual sí, pero… ¿Cómo? Nos han quitado los móviles, nos han dejado incomunicados del mundo de allí fuera.

-Tú piensa que Gilbert nos tiene mucho aprecio a los dos, y que Lovino te quiere mucho, aunque a mí más bien me detesta –este último comentario lo dice por lo bajo.

-¡Oye! Tampoco le caes tan mal, tontito.

-¿Tú crees?

-¿No recuerdas lo que hizo aquella vez que le dijimos que nos íbamos a vivir juntos? Te dijo que cuidaras de mí, pero no se quejó de que me fuera a vivir contigo. Ve… tienes que pensar que él es así, un refunfuñón de cuidado. Incluso con Antonio; que yo sé que lo quiere un montón, se comporta de una manera parecida –aunque estoy seguro de que en la cama mi hermanito es toda una fiera.

-Igual sí… de todas formas, va a querer rescatarte. Y ellos dos saben que nosotros no cometeríamos nunca un delito tan cruel. Nos conocen, saben que somos buena gente. Aparte, mañana nos dan nuestra primera hora de visita. Supongo que les habrán informado sobre nuestra –mira al suelo con desdén y dice:- genial estancia en este hotel de cinco estrellas –justo para estos días que estamos entre rejas, teníamos planeado ir a Japón de viajecito de pareja, y habíamos reservado un hotel genial. Pero… no ha podido ser.

-Ay… cariño… ya reservaremos para otra vez, ¿de acuerdo? –le digo intentando animarlo. Cuando después de tanto miramiento, hicimos las transacciones y reservamos la habitación y el avión, él estaba verdaderamente ilusionado.

-Supongo… ¿Me das un beso?

-¡Eso ni se pregunta, Lud! –le cojo la cabeza con las dos manos y le planto el beso más largo del día. Al terminar, le miro a los ojos sonriendo y se me escapa:- Espero que estés preparado para el super-round que celebraremos esta noche… -y con el tono más seductor que puedo poner, añado:- ¡Ves preparando el arma, sargento!

-Me cautiva tu optimismo.

Al decir eso, me sonríe. He conseguido ponerlo algo contento. Le abrazo la cabeza entre los brazos, y esta vez soy yo el que le dice:

-Tranquilo. Tranquilo. Tranquilo. La justicia siempre vence –y le doy un tierno beso en la frente-. Volviendo al tema… ¿recuerdas cuando pusieron a fratello y a Antonio en prisión por tráfico ilegal de tomates? Lo primero que hicieron los policías fue llamarme y decirme dónde estaban. Así que no te preocupes: nuestros hermanos ya lo sabrán. Estoy seguro de que vendrán en la hora de visita.

¿Y qué os ha parecido? Van a haber bastantes capítulos, algunos más largos, otros más cortos… ¡Dadle una oportunidad! Y recordad que pronto, Lemmon.