¡Hola!
Primer fic que publico y debo aclarar que lo hice sólo para reivindicar la idea de un fic que intenté leer hace unos meses con temática HiccStrid, que en lo personal la idea me encantó pero la historia no se desarrollo de manera Coherente y atractiva (?) de igual manera espero yo poder hacerlo un poco mejor.
Los personajes no son míos, ellos pertenecen a Cressida Cowell y Dreamworks animation studios.
Sin más espero que les guste.
Berk era el pueblo donde nací. Es lo único que sé. Mi padre me lo recuerda con nostalgia cada vez que puede. Sin embargo Berk ya no existe, ahora es llamada villa Deranged. Después de la invasión de los Berserkers, el asesinato masivo de las personas de mi tribu y la toma del mando por parte de Dagur, el desquiciado. Estoico el Basto, el antiguo líder tuvo que huir para así poder rescatar lo único que quedaba de nuestra aldea, yo, Astrid Hofferson. Sí, Estoico después de luchar con todas sus fuerzas, de ver como asesinaban a su familia y amigos, él me tomó de los brazos de mi madre fallecida y logró rescatarme de una muerte segura, convirtiéndose en mi padre.
Han pasado 18 años, mi padre vive añorando el pasado sin decirlo. Finge ser feliz pero sé que, no tan en el fondo, se siente culpable por haber huido, por no morir junto a sus compatriotas, su esposa e hijo. Aunque viva atormentado, le agradezco, es mi héroe por él sigo viva. Por eso juré que me vengaría y le regresaría a mi padre todo lo que nos fue arrebatado por Dagur, así sea lo último que yo haga en esta vida.
Astrid y Estoico, vivían en una isla lejos de la capital, si bien era territorio de Dagur el Desquiciado, era de las pocas islas que aún después de 18 años seguían siendo pacíficas. Mientras todos cumplieran con las exigencias de la capital no habría ningún problema, trato que cumplían al pie de la letra. En el pueblo se dedicaban a la caza de dragones. Con eso subsistían y podían vivir pacíficamente.
Astrid se dedicaba a las labores de cacería, ya que su padre era lo suficiente mayor para poder hacerlas. No le importaba ya que ella no era precisamente una chica delicada, al contrario, prefería hacerlas para así evitarle riesgos a su ya cansado padre. Astrid siempre había sido enérgica y fuerte, incluso más que algunos de los jóvenes del lugar. Todo el tiempo estaba dispuesta a ayudar a quien pudiera, sin contar su belleza natural: Tez ligeramente bronceada por las horas al sol, cabello rubio el cuál siempre mantenía trenzado, un cuerpo bien definido y un rostro rudo y angelical que era coronado con esas orbes azules que no dudaban en retar al más fuerte del lugar. A pesar de ser mujer desempeñaba muy bien su papel de caza dragones. Esas cualidades la hacían un partido codiciado, por lo que tenía a muchos admiradores a su espalda. Pero eso no le importaba a ella, estaba más ocupada en otras cosas que creía más importantes. Durante las noches ideaba un plan tras otro para poder acercarse a Dagur, sin embargo ninguna parecía viable, el hecho de tener que dejar sólo a Estoico en ese lugar la hacía frenarse. Él era su padre y la idea de abandonarlo no era una opción pero, si quería lograr su cometido tenía que hacerlo.
Mientras encontraba una solución se mantenía concentrada en sus labores. Ese día había decidido ir sola al bosque donde usualmente cazaba. No pretendía cazar sin embargo, por precaución llevaba consigo su hacha. Caminaba tranquila hacia ese claro que se había convertido en su escondite secreto. Conforme iba llegando al lugar, algo no cuadraba en el ambiente, tomó su arma y con sigilo se acercó. Entre las ramas pudo apreciar a un dragón negro que jamás había visto. Por costumbre quiso atacarlo mas su instinto le dijo que era mejor dejarlo sólo y cazarlo en otro momento. Se disponía a regresar por donde vino pero, tropezó con una roca, cosa que alertó al lagarto gigante y de inmediato estuvo frente a frente con la chica. Astrid no pudo reaccionar rápido, el dragón la miraba amenazante. Por un instante sintió que moriría.
- ¡CHIMUELO!
Escuchó de repente. Sin esperarlo el dragón se alejó de ella para sentarse como un obediente can. Mientras observaba, pudo apreciar a un joven que apareció detrás del dragón y se dirigía a ayudarla. Cuando estuvo de pie lo escudriño perpleja: Tez blanca, parecía que casi no salía al sol, cabellos rebeldes de color castaño, ojos verdes que se miraban compasivos e ingenuos. No parecía ser muy fuerte, su cuerpo no mostraba mucha masa corporal. Una cosa llamó su atención, la ausencia de parte de su pierna izquierda, en lugar de ella tenía una prótesis de metal que distaba de parecerse a esas patas de madera que usaban en la aldea.
-Disculpa a mi dragón, Chimuelo aún desconfía de los humanos –pidió el chico.
-¿tu… dragón?
Fue lo único que pudo articular. El chico soltó una risa por lo bajo y le indicó a su dragón que fuera a jugar un momento. Sin previo aviso Astrid cayó de rodillas al suelo de nueva cuenta, estaba temblando, la impresión le había robado las fuerzas. Rápido se acercó el dueño del dragón para auxiliarla de nueva cuenta. El rostro Astrid expresaba duda. Aunque no tardó mucho en volver a ser la misma chica ruda y se alejó bruscamente del chico haciendo que el dragón se pusiera a la defensiva otra vez.
-Tranquila, tranquila… Sé que es extraño pero él no es agresivo –Aclaró- Es mi mejor amigo, se llama Chimuelo, es un Furia Nocturna. Yo soy Hiccup. Sólo pasábamos por aquí, vinimos a explorar nada más…
-Yo soy Astrid –pudo articular luego de una explicación interminable de parte de el- ¿De dónde vienes? ¿Sabes qué esta isla se caracteriza por abastecer pieles de dragón a la capital?
-No lo sabía –pudo ver Astrid con gracia como perdía el color Hiccup.
-No te preocupes por hoy nadie salió a cazar y este prado no es conocido por sus blancos atractivos.
-¿Cómo lo sabes?
-Yo soy una cazadora –dijo apenada- pero no te preocupes no le haré nada a tu dragón.
Hiccup la vio con desconfianza por unos instantes para luego sacar un pañuelo de dentro de una bolsa y proceder a acercarse a la rubia. Con mucho cuidado limpió la mejilla de Astrid. Por un momento ella se sorprendió, su rostro comenzó a teñirse carmesí por la cercanía.
-Tienes un rasguño en la mejilla –le sonrió Hiccup- No deberías cazar dragones –la reprendió- Son seres fascinantes e inteligentes. Les debemos respeto y admiración.
-No es que lo haga por gusto –resopló- mi padre ya es algo viejo así que esta es la forma de cubrir con sus deberes sin exponerlo a peligros.
-Que noble pero no deberían hacerlo –suspiró derrotado- Astrid debo irme, me queda un largo recorrido de aquí a casa. Te regalo el pañuelo.
-Cuando vuelvas… -intervino rápido- pregunta por mí en el pueblo me gustaría… ¿podrías mostrarme a tu dragón con más calma cuando vuelvas?
Hiccup sólo asintió, llamó a Chimuelo, se montó en él y despegó sin más. Astrid vio maravillada como ese par se perdía entre las nubes y la distancia. Su corazón latía desbocado. Observó el pañuelo en su mano, sin notarlo una pequeña sonrisa se formó en su rostro. Esa noche al volver a casa, por primera vez en años, no pensó en Dagur y su venganza, su mente estaba ocupada con cierto ojiverde y su dragón.
¡Es todo por hoy!
