Notas de la Autora:
Hola! Les presento este fic, mi primer intento en el fandom de Lost, que al principio pensaba ser angsty y terminó siendo feliz y esperanzador, porque bueno... a Benry en verdad le hace falta un poco de felicidad en su vida.
Este es el inicio de una serie de drabbles por venir, con Ben, nuestro querido "Hombre detrás de la cortina" como personaje principal.
Disclaimer: Lost no me pertenece, :). Y no me hago rica con esto. (Ojála)
Las estrellas en el cielo
son solo migas de pan
que nos dejan nuestros sueños
para encontrar
el camino, y no perdernos
hacia la Tierra de Oz,
donde habita la ilusión.
"Hoy te toca ser feliz"-Mago de Oz
"1) Camino"
Había nacido como un asesino. Y eso siempre lo había tenido claro. Y si era infeliz, si su padre era infeliz, era por su culpa, también. No existían dudas con respecto a eso. Los días pasaban, el sol salía, los ruidos tropicales de aquel extraño sitio al que todavía no entendía del todo lo hacían querer correr, correr sin mirar atrás, correr sin saber a dónde. Sólo correr.
No podía decir que se quejase. Aunque acababan de llegar aquello era mejor que cualquier otra cosa a la que Ben estuviese acostumbrado. Eran las luces, los colores, los olores. Era el sol inclemente, las caricias del viento, la lluvia que mojaba su piel de un momento para otro. Eran las risas escondidas, el peligro inminente, la certeza de que ahora todo pasaba por una razón, el escape de tener una familia, de tener un hogar. Era todo aquello lo que lo hacía sentirse vivo por una vez en su vida.
No se suponía que debía de ser así. No tenía el derecho cuando su madre estaba muerta. Y se odiaba a sí mismo por ello. ¿Por qué las cosas tenían que ser así? Se lo preguntaba cada día, y estaba seguro de que su padre también. ¿Por qué no podía reír, ni respirar, ni vivir sin sentirse culpable? ¿Por qué tenía que ser él la causa? ¿Por qué era un asesino por un crimen que ni siquiera recordaba haber cometido?
Los días pasaban, los meses seguían y cada cumpleaños lloraba. Por lo que había hecho. Por lo que se había perdido. Por lo que sabía que jamás sucedería. No se suponía que debía de ser así tampoco. Los cumpleaños eran días especiales, para estar felices. Se lo había dicho Annie alguna vez, se lo había dicho con sus hoyuelos en las mejillas, su risa cantarina y su vida por delante.
Pero Annie se había ido, tan rápido como había venido.
-¿Alguna vez has leído el Mago de Oz?-Recordaba a su amiga preguntándole poco después de haberla conocido, con aquel brillo inusual en los ojos que sólo la verdadera felicidad parecía dar. Ben había negado con la cabeza porque nunca lo había leído. Aún así, si lo hubiese hecho, tampoco se lo hubiese dicho. Había descubierto que no había cosa mejor en la vida que oír a Annie hablar de sueños, misterios e historias bajo aquel intrépido cielo azul que invitaba al descanso, sobre aquel césped verde recién cortado que les hacía picar la piel y junto a aquellos miles de insectos que les hacían cosquillas por entre la ropa.
-Trata de una niña.-Había explicado Annie en voz somnolienta y Ben había escuchado con atención a aquella serenata de dicha bajo el sol de la eterna primavera.
-¿Una niña?-Había dicho, sólo para incitarla a hablar.
-Una niña que llega a un mundo mágico.-Había concluido, mientras se le cerraban los ojos, dispuesta a ceder su mente al mundo de los sueños, donde encontraría cosas muchísimo más grandes que lo que jamás llegaría a vivir.
Ben había seguido su ejemplo. Y con su mano entre las suyas había dormido con la mayor placidez del mundo, sabiendo que jamás habría nada más grande que aquello, y con la certeza infantil, más una esperanza, de que aquello era irrompible.
"Este lugar también es mágico" Annie le había dicho una vez, como si fuese un secreto, Ben había actuado sorprendido, pero suponía que siempre lo había sabido. Un cosquilleo, un nudo en el estómago, un susurro en el viento. Ya lo sabía. Ya se había dado cuenta. Había esperado que Annie volvería, había deseado, había murmurado a la tierra de aquella isla indómita, había llorado sobre la hierba, implorando a las nubes, gritado a los valles y montañas de tierra fértil y misteriosa. Había querido magia para traerla de vuelta. Para traerlas de vuelta. Para no haber nacido nunca. Para que la vida no existiese a su alrededor. Para que su padre lo observase. Para que su padre lo quisiese. Para que todas aquellas heridas sanasen, y para que nunca más volviesen.
Había deseado conocerla. Verla por una vez en su vida, no sonriendo desde una foto, no de niña sonriente. Había deseado un abrazo, caricias, cuentos bajo la luna y las estrellas. Había deseado a su madre de vuelta. Había deseado que hubiese sido ella quien lo enseñase a leer y no la conserje de su anterior edificio. Había deseado sostener un poco de aquella vida que había perdido y que jamás sería. Lo había deseado con toda su alma, con todo el candor que una ilusión de la infancia podía causar.
Y lo había visto suceder.
Y entonces allí la vio por primera vez. Allí entre la selva de aquel lugar inhóspito, allí bajo los árboles mágicos de aquella isla de sueños había conocido a su madre. Por lo menos durante un segundo. Allí la había sentido. Allí la había conocido. Allí había conseguido todo lo que nunca había esperado conseguir, allí había tenido todo lo que su padre nunca le había dado. Allí se había dado cuenta de lo que podía llegar a obtener, del camino de baldosas amarillas que se extendía frente a él, del trecho que lo separaría de él mismo, que lo alejaría de la soledad, del odio, de la tristeza. Y allí se dio cuenta, de que jamás nada volvería a ser lo mismo.
Tal vez había nacido como un asesino, tal vez no había mucho que hacer para cambiarlo ahora. Pero todo había cambiado, y él sabía que jamás volvería a ser igual. Benjamin Linus se había adentrado en la selva paso por paso, oyendo la hojarasca charrasquear, sintiendo la brisa marina del mar que nunca había conocido, había pisado las baldosas una por una, sintiendo en el alma un esbozo de cada una de las cosas que tal vez podría llegar a tener. Amor, alegría, valor, risas, sueños. Y siguió sin mirar atrás, hacia su propia ciudad Esmeralda, hasta el país donde sabía que todo quedaría olvidado, donde en vez de ser un asesino, podría llegar a ser un creador de vida, un mago, un dador de alegrías y hacedor de milagros. Y por una vez, se dio cuenta que ya no había vuelta atrás.
