La había matado. Había matado a Isabella Swan.
¡Mierda!
Mientras corría, mis pensamientos iban y venían. Era un mounstro, y nunca tendría que haber fingido lo contrario. Le había robado la vida a una adolescente de 17 años. No merecía vivir. Ya nunca me sentiría intimidado con sus preguntas, ni podría protegerla.
Nunca más sentiría su exquisito olor. La culpa me traía oleadas de sufrimiento.
Mi mente me hacia recordar a cada momento el sabor de su sangre, y de su sonrisa rota.
Le había pedido perdón y me había sonreído. Ese era el peor recuerdo.
No su sangre, no su olor. Su sonrisa.
Sus ojos que internamente suplicaban que no siguiera.
Pero, hubo algo, un brillo que vi en sus ojos, que me hace estar mas tranquilo.
Con eso, me demostraba, a pesar de todo, Que me había perdonaba.
Eso no iba a redimirlo, pero sellaba una herida en lo más profundo de mi corazón.
Cada pensamiento, era una oleada que me hundía, cada vez más, dentro de mí. Y nunca luche por salir a la superficie.
Nunca.
