Disclaimer: Ike y Marth le pertenecen a Nintendo y a sus respectivos creadores.

DESPUÉS DE TI

Acaricio tus cabellos mientras te sonrío viéndote dormir. Sé que no puedes darme lo que espero de ti, pero no te preocupes. No estoy enojado ni molesto contigo, simplemente me dolió tu respuesta, ayer en el campo de entrenamiento. Suspiro. Tu cabello azul, aunque se parece al mío, se asemeja más al aguamarina, y lo beso una, dos, tres veces, sabiendo que no vas a despertar. No te preocupes, todo será muy rápido. No sentirás ningún dolor y pronto estarás en paz contigo mismo eternamente. Me siento a tu lado y me acerco a tus labios, que dejan salir el aire que respiras, las últimas bocanadas que tendrás el placer de aspirar.

—Habría sido fácil, tan fácil...si tan sólo hubieras dicho otra cosa —te digo, mientras te beso. Con una mano tapo suavemente tu nariz, y con la otra sujeto tus manos. ¿No has oído muchas veces que el amor mata? Te demostraré que lo puede hacer, y no será doloroso...

Veo que te remueves en tu cama, tratando de respirar, y que abres los ojos. Al verme, te asustas, sé que te has asustado, intentas escapar, intentas soltarte, pero eres más débil que yo. Tus ojos ahora me suplican que te suelte, no quieres morir, pero es demasiado tarde. No debiste haber dicho no. Sabías que eso acarrearía unas consecuencias, como toda acción. Me separo de ti para tomar aire, sin soltarte, y entonces boqueas como un pez fuera del agua:

—Por favor... —suplicas, y yo cierro los ojos. Lo siento, no hay vuelta atrás—. No...

Sin contestarte, vuelvo a besarte y veo que tu cara adquiere un color azulado. Sólo un poco más, sólo un poco más y todo habrá terminado. Empiezas a llorar, pero eso ya no me afecta. Tus lágrimas ahora son para mí banales y vacías. Entonces, te agitas furiosamente, con las fuerzas que te quedan, para liberarte e intentar escapar a tu destino, pero no puedes. Nadie puede burlar a los hados. Y yo soy tu sino ahora. Tus movimientos se van haciendo cada vez más lentos, y ya son apenas espasmos musculares instintivos.

—Tú has tenido la culpa, tú, y sólo tú...mi pequeño príncipe rebelde.

Caes en mis brazos y yo te abrazo y te vuelvo a colocar en tu cama, besándote suavemente en la mejilla. Te arropo con las sábanas, y veo que tu cara refleja tranquilidad, y paz. Agradéceme esto, lejos de hacerte daño, te he ayudado a liberarte de todo lo que te corroía por dentro. Ahora vivirás en paz, pienso. Saco entonces una daga de mi casaca, y susurró, mirándote:

—Y yo te acompañaré.