Y le odie.
Le odie por abandonarme.
Le odie por dejarme atrás.
Le odie porque era la única cosa buena que me había sucedido en la vida.
Le odie por haberme mostrado el cielo y después dejarme caer, sin anestesia, sin paracaídas.
Le odie casi tanto como le amaba como aún le amo.
Le odie porque antes de ella no hubo nada y para mi desgracia después de ella tampoco.
Le odie porque había prometido que siempre estaríamos juntas y simplemente me abandonó.
Le odie por haberse ido sin mirar atrás.
Le odie porque nunca más volveré a confiar en alguien como confiaba en ella.
Pero la verdad es que por más que quise odiarla no pude, por más razones que tenía para odiarle al final siempre terminé amándola.
Amándola tanto, de tal manera que entendía las razones para irse.
Y dolía, dolía ver su rostro en ellas, ver sus gestos en ellas, dolía ver la manera en que le veía dormir cada noche a través de ellas.
Entendí que no soportaba estar al lado de alguien que tenía tanto con que lidiar.
Alguien que venía con mucho equipaje.
Entendí que para ella fui una bomba de la que tuvo que alejarse antes de que explotara.
Y quise dejar de aferrarme, pero incluso después de no verla por mucho tiempo, me aferraba a su recuerdo, a la esperanza de algún día volver a verle.
Volver a verle, porque quise que se quedara, que se quedará por muchos años, por no decir para siempre.
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