Capitulo Uno.

Era una hermosa tarde en Umbría, en el pueblo de Asís, una joven monja, de veinte años, cabellera rubia como el sol pero corta debido a su vocación, de ojos azules y piel blanca. Vestida con un hábito negro y blanco, perteneciente a la Orden de Hermanas Clarisas. La joven religiosa había salido a orar en la tranquilidad del bosque.

Con cuidado de no engancharse su hábito la hermosa muchacha se arrodillo frente a un hermoso lago de puras aguas y cerró sus ojos. Una vida complicada la azotaba, muchos secretos y dones que Dios le había dado la hacían diferente del resto de la humanidad y una enorme carga pesaba sobre sus delicados hombros. Dios, sus ángeles y sus santos eran sus verdaderos amigos. Sus oraciones siempre eran escuchadas y siempre se sentía protegida.

La meditación era su fuerte, su espiritualidad sobresalía en sus demás hermanas. Su vocación era ayudar a las personas, sin distinción alguna. Por eso era la hija predilecta de la Madre Superiora del convento, llamada Clara, al igual que ella.

La joven monja, ordenada hacia unos días, escucho un ruido sobre la serena agua, alguien o algo se había estrellado y había caído dentro del lago.

La hermosa religiosa, abrió sus ojos sorpresivamente y vio como un joven, de cabellera negra y larga, atada con una coleta roja, de contextura delgada pero maciza y de piel blanca, se encontraba inconciente sobre el agua. La chica, se apresuro dentro del lago y tomo entre sus brazos a aquel joven, que no pasaría lo veinte años de edad.

A la religiosa llamada Clara, le sorprendió de sobre manera aquella vestimenta en aquel joven que estaba sacando del agua. Una capa negra, con nubes rojas. Y una especie de banda, con un símbolo tachado en su frente. El joven estaba inconciente y bañado en sangre. Muchas heridas lastimaban su perfecto cuerpo y la fiebre lo mantenía inconciente.

La hermana Clara tomo entre sus brazos al joven y limpio la sangre del rostro del muchacho, con un pedazo de su hábito. Con dulzura y delicadeza, las refinadas manos de la monja, limpiaban el rostro herido y cansado de aquel joven.

-¿Estás bien? ¿Puedes oírme? –pregunto con una voz angelical.

Pero no obtuvo respuesta. El joven permanecía inconciente debido a la altísima fiebre.

En ese momento, un hombre de unos cuarenta años, vestido con un habito color café, de piel trigueña y ojos verdes, con barba y una mirada serena y amable, apareció.

-Hermana Clara ¿Qué sucede aquí? –pregunto preocupado mientras se acercaba hacia la joven monja. El monje, usaba guantes y para caminar se ayudaba de un bastón.

-¡Hermano Francesco! ¡Venga rápido! Encontré a este joven en el agua. Y no me responde. Tiene fiebre y parece estar herido. –comento preocupada la joven religiosa.

El monje se arrodillo con dificultad junto a ella y observo al muchacho.

-Es tan solo un muchacho. Y esta muy herido. Llevémoslo al convento mis monjes se harán cargo de el. –opino el Hermano Francesco.

-Yo quiero curar sus heridas. Quiero asegurarme de que este bien. ¿Me da permiso de entrar al convento de Hermanos Franciscanos? –pregunto inocentemente.

El monje la miro seriamente pero finalmente asintió con una amable sonrisa.

-Está bien tu lo encontraste. –respondió amablemente.

-¿Cómo lo llevaremos? Yo no tengo fuerzas y usted esta enfermo Hermano Francesco. –comento preocupada la joven religiosa.

El monje franciscano sonrío divertido y con una amable expresión en su rostro dijo:

-Tranquila mi niña. Dios proveerá.

Al decir esto. Dos monjes más se acercaron al lugar en busca del Hermano Francesco, líder de los monjes franciscanos.

-Hermano Francesco al fin lo encontramos. –suspiro aliviado un monje de treinta años, alto, de contextura robusta y fuerte. Su nombre León.

-Estábamos preocupados por usted. No debe salir solo Hermano Francesco, primero debe recuperarse por completo. –opino preocupado el Hermano Juan. Un joven monje, de alto de contextura delgada y una expresión infantil en su rostro, a pesar de ya tener treinta años.

El Hermano Francesco se dio media vuelta y les sonrío a sus discípulos que llegaban a donde estaban. Al ver a la Hermana Clara de rodillas y sobre su falda un joven inconciente y herido, los monjes soltaron una exclamación de asombro.

-¿Qué ha pasado? –pregunto preocupado el Hermano Juan.

-Encontré a este joven en las aguas. Debemos ayudarlo. –respondió preocupada la joven religiosa.

-La Hermana Clara es especialista en medicina. Llevemos al muchacho al convento y que ella lo cure. –opino el hermano León.

-Bien dicho. –asintió el Hermano Francesco.

-Muy bien. Entonces llevemos al tieso. –dijo el Hermano León.

El fuerte monje tomo al inconciente muchacho entre sus brazos al mismo tiempo que el Hermano Juan ayudaba a ponerse de pie a la hermana Clara. Ella tomo del brazo cariñosamente al monje Francesco para ayudarlo a caminar y juntos emprendieron el viaje hasta el Monasterio.

La hermana Clara había sido rescatada por el Hermano Francesco en uno de sus tantos viajes. La joven, tan solo era una adolescente cuando intentaron asesinarla. Asustada corrió sin rumbo y chocó con el amable y alegre monje quien la protegió y se la llevo a Asís con el y además la puso bajo la custodia de su gran amiga la Madre Superiora del convento de Clarisas, llamada Clara. Ambos entrañables amigos protegían a la chica de sus asesinos.

La vida de esta joven había sido dura, tuvo que cambiar su nombre y su forma de vivir. Pero la Superiora del Convento la trataba como a una hija y el Hermano Francesco iba todos los días a verla y su dulzura y jocosidad eran admirados por ella. Por eso al cambiarse el nombre, lo hizo por alguien a quien le debía su vida y admiraba, Clara, como su nueva madre.

Los monjes se apresuraron al convento y dejaron sobre una confortable cama al desconocido muchacho. La joven monja, acompañada del Hermano León, quito las ropas del muchacho y comenzó a limpiar sus heridas. Después de haberlo curado, le Hermano León cambio las ropas del muchacho por un hábito color café como el de ellos. Pasadas unas horas la joven acolita comento:

-No ha despertado. Estoy preocupada la fiebre no ha bajado. –dijo la Hermana Clara al mismo tiempo que ponía un paño con agua sobre la frente del enfermo.

El mayor de los monjes sonrío amablemente y apoyo cariñosamente su mano sobre el hombro de su protegida.

-Tranquila mi querida niña. Estará bien. Confiemos en que el Señor lo asista. –dijo con dulzura Francesco.

-Hermano Francesco. Estoy preocupada por el. –comento tristemente la joven religiosa.

-Pero debes regresar. La Madre Clara se enfadara si no regresas antes del anochecer. –opino seriamente el Hermano Juan.

La joven religiosa bajo su cabeza apenada y entonces el Hermano Francesco sonrío alegremente y con tranquilidad.

-Yo lo cuidare y te mantendré informada sobre el muchacho. –dijo amablemente.

Los ojos azules de la hermosa joven se iluminaron y sonrío tiernamente.

-Muchas gracias Hermano Francesco. –dijo mientras se ponía de pie.

-Por nada. Ahora yo te acompañare hacia el convento. Ustedes dos cuiden del muchacho o llamen al Hermano Junípero para lo cuide. –ordeno el franciscano.

-Si, claro. –obedecieron los monjes, ya que el Hermano Francesco era el líder.

La muchacha se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación.

-Cuiden bien al joven. Volveré mañana. Buenas noches. –sonrío dulcemente.

-Buenas noches Hermana Clara. –saludaron al unísono los monjes.

La joven religiosa sonrío y siguió su camino hacia fuera del monasterio, acompañada del Hermano Francesco. Junto caminaron hacia el convento de Hermanas Clarisas, que no se encontraba muy lejos del lugar.

Al llegar la muchacha agradeció la compañía del amable monje. Quien para ella, era como un padre. Sin embargo, los días pasaron, las heridas se curaron, pero el muchacho no despertaba. La joven iba a verlo todos los días, pero el muchacho parecía estar sumido en un profundo sueño.

Fue al séptimo día que el muchacho desconocido recién abrió sus ojos.

La hermana Clara se encontraba sentada a su lado, limpiando el rostro del joven con un paño húmedo; y a su lado se encontraba el Hermano Junípero, monje de confianza del monje Francesco, el más joven de ellos.

Lentamente el joven desconocido abrió sus ojos negros y profundos y se encontró con los dulces y hermosos orbes azules de la monja. El muchacho débilmente estiro su mano hacia la joven y ella la tomo con ternura y lo ayudo a sentarse en la cama. Con dificultad articulo las siguientes palabras:

-¿Quién eres? –susurro con dificultad.

-Soy la Hermana Clara. Tranquilo aquí estás a salvo. –respondió sonriente la monja.

El muchacho de ojos oscuros solo miro confundido a su alrededor y a las personas que estaban en la habitación.

-No te preocupes, estás dentro del monasterio de los monjes franciscanos. Mi nombre es Junípero. –dijo amablemente el monje.

-¿Quién eres tú? –pregunto curiosa la joven mientras que con dulzura limpiaba el sudor del rostro del muchacho sin nombre.

Un fuerte dolor de cabeza ataco al muchacho quien se tomo entre sus dos manos su cabeza y emitió un leve quejido.

-¿Estás bien? –pregunto preocupada la joven.

-Si. –respondió débilmente el muchacho. –Itachi Uchiha. –dijo de repente.

Los dos jóvenes acólitos se miraron sorprendidos los dos.

-¿Qué? –pregunto el Hermano Junípero.

-Mi nombre. Es Itachi Uchiha. –respondió el joven. Antes los dos atónitos jóvenes.