.
.
Eclipse, volumen I: Evolución
.
.
.
¡Hola a todos!
Quiero dejar claro que este fanfic comienza inmediatamente después de que Konoha sea atacada por Orochimaru; cuando Naruto vence, no con poco esfuerzo, a Gaara. Comienza justo después del capítulo 80 del anime, y a partir de ahí diverge de la historia original que se desarrolla después.
¡Espero que os guste! y... va por Gaara, ¡mi fuente de inspiración!
.
.
Capítulo 1
.
Infancia
.
.
—Temari, ¿tú me matarías? —preguntó un somnoliento Gaara con una voz que apenas alcanzaba a ser audible, pero la habitación estaba en silencio y la pregunta retumbó durante unos segundos en mis oídos antes de que me girara hacia el centro de la habitación, donde mi hermano yacía en su futón.
—Creía que dormías... —la pregunta me había sorprendido tanto que no sabía qué contestarle. Me acerqué lentamente, intentando ganar algo de tiempo para pensar y me arrodillé a su lado.
— ¿Me matarías? —inquirió Gaara.
—Sabes muy bien que no podría matarte Gaara —fue la respuesta más lógica que se me ocurrió.
—Pero... si alguien te ordenara que me asesinases, ¿lo intentarías? —replanteó mientras me lanzaba una significativa mirada a mí: su cada vez más desconcertada hermana.
Entonces miré fijamente a sus siempre ojerosos y cansados ojos y lo que vi me sorprendió aún más si cabía: miedo. ¿Pero miedo a qué? A que le dijera que sí, que intentaría matarlo si me lo ordenaba algún alto cargo de la aldea. No era posible, pero ninguna otra respuesta podía justificar esa angustia en su mirada, esa tristeza infinita...
¿Intentaría matar a Gaara si no me quedara más remedio?
Cierto es que desde mi más tierna infancia he aprendido a temer a mi hermano pequeño.
Al principio los comentarios que los adultos nos hacían a mí y a Kankuro acerca de Gaara me desconcertaban por completo: —no os acerquéis a él, es peligroso...— o —tened cuidado siempre que esté cerca...—, pero no le encontraba sentido a esas palabras. En mi inocencia infantil, lo único que no entendía era por qué no me dejaban jugar con él, por qué no nos dejaban pasar tiempo juntos. Casi siempre se las ingeniaban para mantenernos separados, incluso nuestras habitaciones estaban, y están, en alas diferentes del palacio de arena en el que vivimos. ¿Qué peligro podría entrañar mi querido hermano? Nunca le había visto hacer nada "peligroso" y no era más que un niño como yo y Kankuro, y esas eran razones más que suficientes para desconfiar de lo que los "mayores" decían. Seguro que estaban equivocados.
Así que como buena niña intrépida que era, me propuse una misión que le comuniqué secretamente a Kankuro, porque tener un compinche lo haría todo aún más divertido y, por supuesto, porque Gaara también era su hermano.
A Kankuro le encantó la idea, así que pasamos a la fase B: elaborar un plan.
Como buenos aprendices de ninja que éramos por aquellos entonces, ya habíamos aprendido las reglas más básicas del espionaje, así que durante una semana nos dedicamos a recopilar información, más concretamente, en qué lugar del palacio estaba su habitación, lo que conllevó un notable esfuerzo, ya que éste era enorme y estaba celosamente vigilado por gran cantidad de ninjas del ANBU.
Al octavo día nos infiltramos cuidadosamente en su habitación y le dejamos una nota a Gaara en un lugar en el que estábamos seguros de que la iba a encontrar: bajo las mantas de su futón. Al levantarlas para acostarse, ¡ZAS! aparecería el papelito cuidadosamente doblado en el que le pedíamos que se encontrara con nosotros después de comer en un patio bastante solitario del palacio, porque nos hacía mucha ilusión verle y poder jugar con él.
Así fue como muy orgullosos de, la que para nosotros, había sido nuestra primera misión y bastante arriesgada, por cierto, esperamos ansiosos a que llegara la tarde del día siguiente.
Sobre las cuatro de la tarde Kankuro y yo abandonamos sigilosamente nuestro cuarto de juegos, y nos dirigimos eufóricos al patio que habíamos elegido para el encuentro. La tarde estaba soleada para ser invierno, lo cual nos hacía sentir aún más contentos y, de repente, a lo lejos, divisamos una sombra. ¡Era Gaara! Corrimos hacia él para pararnos a sólo un escaso metro de donde se encontraba. Él nos iba mirando por turnos, primero a uno, después al otro, con un aire entre incrédulo y dudoso al mismo tiempo. Parecía que quería decir algo, pero como no lo hacía, finalmente, sin poder aguantar más hablé yo.
— ¡Has venido! Me da muchísima alegría, de verdad —este comentario pareció hacerle reaccionar, ya que respondió— ¿Por qué queréis verme? nadie quiere verme nunca, nadie me quiere cerca, todo el mundo me odia... — de repente sus ojos se habían tornado tan tristes...
—Porque eres mi hermano, por eso quiero verte —respondí, tratando de reconfortarlo.
— ¿Hermano? —preguntó con aire pensativo, como si estuviera intentando descomponer cada sílaba, cada, letra, cada sonido para tratar de descubrir en ese mismo momento lo que esa palabra significaba.
—Sí, hermano. Eso significa que somos familia y que siempre estaremos juntos, no importa lo que pase.
—Porque eres nuestro hermano —reforzó Kankuro, haciendo énfasis en "nuestro".
— ¿De verdad? ¿no importa lo que pase? —insistió.
—De verdad —respondí. Kankuro asintió, apoyando mi afirmación.
— ¿Lo prometéis?
—Lo prometemos —dijimos los dos al unísono.
Los ojos de Gaara se abrieron de par en par, reluciendo al sol. La tristeza dejó paso a una súbita ilusión, una infinita gratitud.
Recordaré ese momento toda mi vida pues la mirada de Gaara, este mismo Gaara desesperado y angustiado que reposa a mi lado en este momento, rebosaba felicidad a la vez que inocencia, tanta inocencia... y, de repente, sucedió algo aún más inesperado, sus labios se curvaron poco a poco hacia arriba, hasta formar una amplia sonrisa llena de satisfacción y alegría. Fue la primera vez en mi vida que le vi sonreír una sonrisa de verdad, no la típica mueca que le había visto hacer las pocas veces que nos habían dejado jugar juntos antes de ese día.
Desprendieron tanta belleza sus ojos en aquella ocasión y expresó tanto alivio su sonrisa que por eso siento una punzada en el corazón cada vez que veo esa expresión maliciosa en su cara, esa mirada de psicópata, esa sonrisa viciosa...
Por donde iba, ah sí. A partir de ese día quedábamos todas las tardes en ese mismo patio jugábamos durante un rato, no demasiado para que no nos descubrieran, pero aún así era maravilloso. Saltar, reír, gritar, discutir, correr por el mero hecho de que estábamos haciéndolo los tres juntos.
Al principio, Gaara se mostraba un poco reticente, a pesar de estar inmensamente feliz de vernos —su mirada lo trasmitía claramente—. Supongo que no estaba acostumbrado a tratar con otros niños, y por eso le resultaba un poco duro abrirse y confiar totalmente en nosotros, pero en cuando hubieron pasado unos días eso dejo de ser un problema.
Nunca he visto más feliz a Gaara en toda mi vida que en aquellos días que pasamos juntos jugando en el patio de la Duna Ondeante. Sus ojos fueron luminosos, sinceros y cálidos durante aquellas semanas, ni tristes y desolados como antes, ni desagradables y desquiciados como después...
Desafortunadamente, por más que tuvimos cuidado para que no descubrieran nuestras pequeñas escapadas, un día cuando íbamos a salir del cuarto de juegos para acudir a nuestra cita diaria llegó uno de nuestros tutores y nos dijo que nuestro padre, el Kazekage, había dispuesto que esa hora de juego de las que disponíamos después de comer, ya no era necesaria, puesto que ya éramos lo suficientemente mayores para concentrar toda nuestra energía y esfuerzo en llegar a convertirnos en ninjas poderosos, valerosos y admirados para ser el ejemplo a seguir por todos: los mejores ninjas de la Aldea Oculta de la Arena, el orgullo del Kazekage.
Nos sentimos tan impotentes, no podíamos hacer nada para avisar a Gaara de la nueva situación, porque, de repente, estábamos constantemente vigilados, tanto Kankuro como yo, lo cual reforzó mi sospecha de que no era casualidad que el Kazekage hubiera elegido precisamente aquel momento para hacernos entrenar más; debía haber sido informado de nuestras correrías. Debimos despistarnos algún día y ser descubiertos sin ni siquiera darnos cuenta... al fin y al cabo éramos sólo dos niños contra un grupo ninja de elite escoltando el palacio permanentemente...
Me partía el corazón pensar que mi hermano nos esperaba tarde tras tarde en aquel desolado patio, él sólo, creyendo que le ignorábamos, que nos habíamos cansado de él o ¿a él también le habían asignado entrenamientos, al igual que a nosotros, y creía que nos estaba fallando? Necesitaba averiguarlo, tenía que hablar con él.
Pues así seguimos durante unas dos semanas hasta una noche en la que nos hicimos los dormidos y cuando consideramos que ya era suficientemente tarde como para que todo el mundo durmiera nos escapamos de nuestro cuartos para ir directamente al de Gaara.
Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando lo encontramos vacío. Decidimos esperar por si aparecía. Cualquiera que fuera el lugar donde hubiese ido no podía tardar mucho en volver, ya que era bastante tarde.
Esperamos y esperamos, de repente me percaté de que la cortina se movía, me acerqué un poco. La ventana estaba abierta y por ella entraba una agradable brisa. Aparté la vaporosa cortina y me apoyé en el marco de la ventana, dejando que aquel suave viento refrescara mi adormilado rostro, mi mirada perdida en el infinito poco a poco fue enfocando algo, algo curioso que no sabía que estuviera allí.
Todo mi aletargamiento se disipó de repente. Mis ojos se abrieron como platos al ver claramente en la oscuridad de la noche, tan solo iluminada por la creciente luna, unos escalones estrechos adosados a la fachada que conducían a lo que parecía ser una pequeña azotea encima de la habitación de Gaara. Salté impulsivamente por la ventana ante la asombrada cara de mi hermano que creía que iba a caer al vacío.
Su reacción cuando me vio de pie al otro lado fue una mezcla entre incrédula y aliviada. Se acercó inmediatamente y al ver los escalones sobre los que yo me apoyaba, saltó también a la fachada del edificio, quedando detrás de mí. Ambos empezamos a subir lentamente teniendo cuidado de no perder el equilibrio en esos diminutos escalones, ya que una caída desde esa altura habría sido fatal.
Cuando estábamos a mitad de camino empezamos a escuchar ruido como de personas hablando. Para cuando conseguimos llegar arriba, lo que se oían eran gritos de terror y lo que vimos nos dejó petrificados. Nos sobrecogió de tal manera que ni siquiera fuimos capaces de agarrarnos a la barandilla que rodeaba la azotea para ponernos a salvo del peligro que suponía seguir sobre aquellos pequeños escalones:
Gaara se iba acercando lentamente a dos hombres encapuchados, con su brazo derecho estirado y la mano en constante tensión, la arena ya había cubierto casi por completo sus cuerpos y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, giró la muñeca y todo hubo acabado para aquellas dos personas. Arena y sangre mezcladas volaron por los aires, provocando una espesa lluvia que enrarecía el ambiente. Más tarde descubriría que esa era una de las más mortíferas técnicas de mi hermano pequeño: el Ataúd del Desierto.
Entonces se volvió con aire satisfecho, pero al vernos allí su expresión cambió drásticamente. Sus ojos eran fríos y estáticos, y su mirada, condenadamente desagradable, no se despegaba de nosotros. Parecía estar maquinando algo mientras comenzaba a andar hacia nosotros con una sonrisa malévola en los labios.
—Parece que voy a tener aún más diversión está noche... —dijo Gaara entre dientes al llegar justo enfrente de nosotros.
No nos hizo falta nada más para deshacernos del terror que nos paralizaba, y salir corriendo escaleras abajo como alma que lleva el diablo. No paramos hasta llegar a mi habitación. Caímos rendidos al suelo, jadeando en busca del aire que nuestros pulmones reclamaban. Cuando nos recuperamos nos miramos fijamente y nos acostamos los dos en mi cama. No queríamos estar solos. Sentimos tanto miedo, su mirada desprendía tanto odio que creímos que íbamos a morir allí mismo. No dormí en toda la noche, ni en las que siguieron...
Aquella noche descubrimos a que se referían los mayores cuando nos advertían acerca del peligro que entrañaba Gaara, descubrimos porqué le tenían tanto miedo. A partir de entonces, Kankuro y yo en nuestro tácito y silencioso pacto de terror agradecimos día tras día lo que antes habíamos maldecido: que nos mantuvieran apartados de nuestro hermano menor, la pequeña, pero más letal arma de la Aldea Oculta de la Arena.
Y así el tiempo fue pasando, fuimos creciendo y repentinamente sucedió algo inesperado.
Hace tres años cuando Gaara, Kankuro y yo teníamos nueve, diez y once años respectivamente; los miembros del Consejo decidieron hacernos trabajar a los tres juntos en las diferentes misiones que surgieran en beneficio de la Aldea.
La noticia no nos sentó demasiado bien ni a Kankuro ni a mí. Yo ya llevaba dos años como Genin haciendo misiones con mis dos compañeros con los que me llevaba muy bien, complementábamos muy bien nuestras habilidades. Ese mismo año íbamos a presentarnos por primera vez al examen a Chuunin, y estábamos entrenando muchísimo. Kankuro se había graduado el año anterior y también se encontraba muy a gusto con su grupo, y Gaara, pues él dejo de ir a la Academia con seis años, porque era demasiado agresivo y violento para dejarle solo con los demás niños aprendices de ninja que asistían a las clases. Así que acababan de graduarlo en la Academia, porque ese año había cumplido nueve años y esa era la edad oficial en la Aldea para convertirse en Genin, aunque tanto por sus habilidades, sus técnicas y su nivel estuviera cualificado para ser ya un Chuunin o incluso un Jounin.
A pesar de ser un genio para su edad, su inestabilidad psicológica preocupaba enormemente a todo los altos cargos de la Aldea, en especial al Kazekage, por eso trataban de demorar lo más posible su ascenso en la escala ninja y, también por eso, nos quiso a nosotros para que formáramos equipo con él.
Creía que si lo reunía con los hermanos a los que rara vez había permitido ver se pondría contento y bajaría, durante un tiempo, sus niveles de hostilidad. Poco sabía que Gaara tenía más motivos para odiarnos a nosotros que a muchos de los que ya había asesinado despiadadamente, y que nosotros no estábamos ansiosos por conocer a nuestro hermano, sino todo lo contrario, aterrados de tener que pasar todo nuestro tiempo con él.
Quizá, sí que lo sabía.
Fuera como fuese, por mucho que nos quejamos e intentamos cambiar esta resolución, fue en vano. Su excusa era sólida: querían a los tres Genins más fuertes y diestros de la Aldea juntos en el mismo equipo, pero en el fondo lo que quería era dos personas de confianza para vigilarlo, y… consiguieron su objetivo.
El tiempo nos enseñó a apartarnos de su camino cuando se acercaba una inevitable masacre provocada por su sed de sangre, aprendimos a descifrar sus raros cambios de humor, simplemente, por la manera en la que miraba que, siendo siempre desagradable, tenía ciertos matices que hacían ver cual era su nivel de peligrosidad en cada momento y, en consecuencia, si se podía uno atrever a hablarle o no. Aprendimos a ser su sombra y a no incordiarle en nada para mantenernos con vida, aunque ha habido muchos momentos de tensión en los que he temido por la vida de Kankuro y por la mía propia.
Unos meses después de ponernos a trabajar juntos, nuestro propio padre nos contó la historia de la encarnación de arena que le habían hecho a Gaara antes de nacer. Le odié aún más en ese momento por llevarse al nacer a nuestra madre, a la que apenas podía recordar, pero al mismo tiempo descubrimos que lo que habitaba en su interior era una bestia, un demonio legendario llamado Shukaku y comprendimos que de esa cosa era de donde provenía toda esa sed de muerte y sangre y esa inestabilidad que hacía de él un perturbado mental.
Llegué a sentir, incluso algo de lástima por él, pero aunque alguna vez deseé con toda mi alma poder acercarme a él y mostrarle algo de comprensión, el temor que despertaba en mi interior era demasiado...
— ¿Lo intentarías Temari? —surgió de nuevo la voz de Gaara, interrumpiendo mis pensamientos. Me sobresalté un poco al oírle y me pregunté cuánto tiempo habría estado perdida en mis cavilaciones, pero de repente sentía que tenía muy clara en mi mente la respuesta a su pregunta.
—Claro que no Gaara —. No intentaría matar a mi hermano por nada del mundo, ni aunque mi propio padre me lo pidiera. No podría hacerlo.
— ¿De verdad? —preguntó un poco incrédulo.
—De verdad.
— ¿Por qué?
—Porque eres mi hermano.
—Voy a por otra manta, estás tiritando. Ahora mismo vuelvo —. Me levanté rápidamente y salí de la habitación.
.
.
«Porque eres mi hermano, porque eres mi hermano, porque eres hermano», esa afirmación sin mucho sentido para él resonó en su mente una y otra vez.
¿Por qué esas palabras dichas por Temari parecían querer recordarle algo que seguramente había olvidado mucho tiempo atrás?
.
.
.
.
Continuará...
.
.
.
.
Como dice Holofernes,una maravillosa escritora de fanfics, con toda la razón del mundo: "Un fanfic con reviews, es un fanfic feliz"
Hacedle caso y haced a este facfic muy, muy feliz, tanto como él puede haceros felices a vosotros al leerlo ;p
Jejejeje
Un saludo
-Lunatea-
.
.
.
.
DISCLAIMER (válido también para todos los capítulos posteriores)
Los personajes, nombres, lugares, ect. utilizados en este fanfiction no son de mi propiedad, sino de Kishimoto Masashi, maravilloso creador de Naruto. Sin embargo, la ficción desarrollada en esta historia sí me pertenece, y dada la gran cantidad de tiempo y esfuerzo que he invertido en intentar crear algo coherente y que pudiera resultar interesante, lo menos que puedo decir es que me siento orgullosa y contenta de que poco a poco este fic vaya tomando forma. Así que, por favor, no me demandéis, porque lo único que hago es tomar prestado el mundo de Naruto y/a sus personajes.
A. Delrod 2004 ©
.
Reeditado el 10/08/08
