¡Hooooola! Aquí estoy de nuevo y os traigo el primer capítulo del Dramione del que he hablado en alguno de los oneshots anteriores. Va a ser un minific aunque aun no sé cuántos capítulos va a tener, podrían ser cuatro o siete, aun no estoy segura; sea como sea, el final ya está medio escrito, así que será lo que me extienda en llegar hasta él, dependerá lo que me enrolle jajaja.

Se trata de un Dramione situado después de la batalla final cuando tanto Draco como Hermione regresan a Hogwarts a terminar sus estudios. No diré nada más porque prefiero que lo vayáis descubriendo sobre la marcha y porque no sabría resumirlo sin desvelar demasiado la historia, aunque de verdad espero que os guste. Es bastante oscuro, al menos en comparación con lo que he escrito, y estoy intentando plasmarlo tal y como lo tengo en la cabeza aunque a veces eso es difícil.

No quiero enrollarme más, así que os dejo leyendo y nos vemos al final del capítulo. ¡Disfrutad!

Disclaimer: Todo lo que podáis reconocer pertenece a J.K. Rowling.


CAPÍTULO 1: Las cicatrices que no se cerraron

La primera vez que Hermione pudo ver de cerca la marca tenebrosa, aquella calavera de cuya boca escapaba una serpiente, tatuada en el antebrazo izquierdo de Draco Malfoy, e incluso rozarla con la yema de sus dedos, no fue hasta más de cinco semanas después de haber empezado a acostarse con él.

El slytherin yacía dormido a su lado. Su pelo rubio caía por su frente de forma desordenada —la punta de algunos mechones le rozaban las pestañas, también rubias, casi blancas, haciéndolas temblar levemente— y su pecho subía y bajaba rítmicamente, con la profundidad propia que confería a su respiración el sueño. Aunque, desde luego, la respiración de Draco no era la de alguien que dormía plácidamente, de una forma apacible y serena. Hermione estaba casi segura de que la respiración de Draco era la propia de alguien que no dormía con la conciencia tranquila, la de alguien que no había soñado más que pesadillas durante los últimos meses.

Habían empezado a acostarse varias semanas después de haber vuelto a Hogwarts a completar el séptimo curso que los dos tenían pendiente. La guerra había terminado varios meses atrás y, aunque debido a los méritos de guerra —heroína de guerra la habían llamado—, el Ministerio le había hecho una oferta, al igual que a Harry y a Ron, para que no tuviese que realizar sus EXTASIS, Hermione no había aceptado.

Harry y Ron sí habían aceptado la oferta de inmediato. Ninguno de los dos quería volver al colegio después de la batalla final. Pero Hermione no se sentía con las fuerzas necesarias para tener que enfrentarse al mundo real tan pronto. Los meses que habían pasado persiguiendo los horrocrux por media Inglaterra y la posterior lucha en Hogwarts habían hecho una gran mella en ella. Había sido un viaje lleno de obstáculos y se sentía agotada y exhausta, se sentía triste para seguir con la vida como se suponía que debería seguirla ahora. Porque, sí, era muy posible que hubiesen ganado la guerra y hubiesen librado al mundo mágico del yugo del peor tirano conocido de los últimos siglos, pero aun así Hermione no sentía que hubiese ganado nada.

Hermione no sabía qué era perder una guerra, pero creía firmemente que tenía que ser muy parecido a haberla ganado. Porque con la guerra había perdido todo lo que ella amaba. Perdió a su familia, perdió su casa, su colegio, muchos amigos, sus cosas. Porque las cosas son importantes. Los objetos pequeños, los regalos, tu vestido preferido, los recuerdos de un viaje o de un día especial... Todas esas cosas también se echan de menos, parece increíble, pero es así. Puede que no prestes atención a nada de eso en el día a día, pero cuando dejas de ver tus cosas encima de la mesilla de noche, es como si se desvaneciera tu memoria, como si tu personalidad se desintegrara, como si dejaras de ser tú, para ser una persona cualquiera, de ésas que te cruzas por la calle todos los días.

Había ganado una guerra pero había perdido todo lo demás. Con la guerra perdió la ciudad en la que había nacido, el país en el que había vivido, la época de la que formaba parte, el mundo al que pertenecía, todo se derrumbó, todo, y, cuando miraba a su alrededor, Hermione no era capaz de reconocer nada, porque ya nada era suyo.

Ahora sus padres estaban internados en el hospital mágico de San Mundo. Cuando fue a buscarles a Australia, el lugar elegido por la Orden del Fénix para esconderles, solo hacía dos días que habían derrotado a Voldemort y el recuerdo de aquella noche en la que todo Hogwarts luchó a brazo partido por el destino del mundo mágico seguía candente en su memoria. Se había enfrentado a cientos de peligros, a criaturas mágicas de todo tipo que no tenían reparos en matarla, a mortífagos sin piedad, a maldiciones imperdonables, a la muerte. Y, en cambio, cuando Hermione vio los ojos de sus padres por primera vez después de meses sin ser reconocida, sintió que nada de lo que había vivido había sido peor que eso.

Sabía que les había borrado la memoria y que no sabían quién era ella, que no eran capaces de reconocerla porque para sus padres ella era, sencillamente, una desconocida. Pero, aun así, Hermione guardaba la esperanza de que algo dentro de ellos se activase cuando la viesen, que hubiese una alarma que empezase a sonar muy fuerte dentro de sus cabezas para decirles que ella no era una desconocida, que era su hija. Esperaba cualquier cosa menos esa expresión tranquila y despreocupada que tuvieron cuando la vieron.

Hermione quiso decirles quién era ella, explicarles lo que se había visto obligada a hacer para mantenerles a salvo, abrazarles y decirles que lo sentía y que todo lo que había hecho había sido porque les quería. Pero no hizo ninguna de esas cosas que se moría por hacer. Si lo hiciese dudaba mucho que la fuesen a creer. Lo más probable era que pensasen que estaba desequilibrada y acabasen llamando a la policía.

Con la ayuda de dos aurores que la Orden había dispuesto para que la acompañasen a traer de vuelta a sus padres, Hermione los llevó directamente a San Mungo gracias a un traslador conectado con el hospital después de haberlos dejado inconscientes con un sencillo hechizo aturdidor. Ni Harry ni Ron la habían acompañado. Necesitaba hacer eso ella sola.

Tanto el señor Granger como su esposa estaban siendo atendidos por algunos de los mejores medimagos de la comunidad mágica, quienes les estaban sometiendo a un complicado tratamiento que, con suerte, mucha suerte, les devolvería parte de la memoria que Hermione les había arrebatado. Pero ella sabía que no importaba lo buenos que fuesen los medimagos que estaban ayudando a sus padres ni tampoco importaba lo sofisticados que fuesen los tratamientos que les estaban aplicando, porque nunca podría recuperar a sus padres.

Ninguno de los dos podría tener de nuevo su memoria intacta, solo retazos de ella, y por ello Hermione nunca volvería a tener a sus padres con ella. Tendría a dos personas parecidas a ellos pero ninguna de esas dos personas serían sus padres. No los padres con los que ella había crecido, no los padres que todos los domingos soleados de invierno la llevaban a patinar sobre hielo a un lago que quedaba cerca de su casa, no los padres que después de recibir la carta de Hogwarts la siguieron mirando con el mismo amor y cariño, con orgullo. Nunca más tendría a sus padres de nuevo con ella porque jamás podrían restaurarles la memoria por completo y eso era algo que Hermione no podría perdonarse mientras estuviese viva.

Hermione había pasado cada mañana en el hospital desde que sus padres habían sido ingresados para poder estar con ellos. Iba a primera hora de la mañana y no se marchaba hasta que las enfermeras prácticamente la echaban de allí porque era la hora de la comida. Cada día acudía a San Mungo con la esperanza de que cuando entrase por la puerta de su habitación encontrase en sus ojos una señal que le dijese que esta vez la reconocían. Pero ese reconocimiento nunca llegaba.

Al empezar de nuevo el colegio, Hermione, como era lógico, no había podido seguir acudiendo a ver a sus padres todos los días. En cambio, había conseguido un permiso especial de la directora McGonagall para poder ir a pasar el tercer sábado de cada mes al hospital con ellos.

Para Hermione el haber vuelto al colegio había supuesto un gran alivio, una liberación al no tener que seguir yendo al hospital día tras día solo para ver que sus padres seguían sin recordarla, aunque eso también le hacía sentir infinitamente culpable.

Quizá por eso había decidido volver a Hogwarts. Quizá porque la perspectiva de pasar todo el año acudiendo al hospital a diario era más de lo que podía soportar. Quizá porque era aun peor la perspectiva de volver sola a su casa cada noche; a esa casa grande y vacía que ahora le parecía de todo menos su casa. Quizá había vuelto al colegio porque necesitaba sentir otra vez que pertenecía a algo, que formaba parte de algo, que tenía un hogar.

Además... estaba lo suyo con Ron. O, mejor dicho, lo no suyo con Ron.

Hermione había estado colada por Ron durante años y, después del beso que se habían dado en mitad de la batalla final, sabía que Ron sentía lo mismo por ella. Pero aunque se querían, después de la derrota de Voldemort, ninguno de los dos fue capaz de llevar la relación adelante. Las heridas de la guerra aun seguían abiertas, supurando, doliendo demasiado.

La muerte de Fred estaba demasiado reciente y Ron estaba sumido en la más absoluta tristeza. Se pasaba prácticamente todo el día en su cuarto, sin hacer otra cosa que estar sentado en su cama con la mirada perdida, ni siquiera quería bajar a la cocina para comer —se limitaba a comer lo que alguien, su madre en la mayoría de los casos, le subía en una bandeja—. Y Hermione pasaba todo su tiempo encerrada entre las cuatro paredes de la habitación de hospital donde estaban sus padres. Las cosas eran complicadas, no era el mejor momento para iniciar nada, y decidieron que su amistad era demasiado importante como para estropearse por una relación que había empezado de la peor manera posible y que tenía un futuro incierto.

Quizá también necesitaba volver a Hogwarts para alejarse de todo y de todos, para tener tiempo para sí misma y saber qué iba a hacer con su vida, para reparar aquello que estaba roto y necesitaba reconstruir antes de salir al mundo real.

Necesitaba volver a tener una razón para levantarse por la mañana. Había vivido sin ganas desde que había terminado la guerra. Se levantaba de la cama cada mañana y volvía a ella cada noche sin esperar nada, creyendo que el presente estaba hueco, y el futuro igual de vacío, que sólo podía estudiar, comer, digerir y dormir, siempre lo mismo, cada día de cada mes de cada año, hasta el día de su muerte. Aunque Hermione sabía que no todo era tan negro como ella lo veía ahora, que en algún momento la luz volvería a abrirse paso entre la oscuridad, que su corazón volvería a palpitar sin que le doliese en cada latido. Y también sabía que si su caída había sido tan brutal, si se había hecho tanto daño, había sido porque cuando se estrelló contra el suelo venía de muy arriba. De muy, muy arriba.

Hermione, a pesar de todo, había sido de las que habían tenido suerte.

Pero eso no la consolaba. No era un consuelo pensar que había tenido suerte antes de que aquella absurda y maldita guerra empezase porque a ella le dolía aquí y ahora.

¿Cómo era posible que la gente pudiese seguir adelante después de todo el horror, la barbarie y el sufrimiento que había presenciado? No lo entendía. No entendía cómo toda la gente que había vivido algunos de los peores horrores que nadie se pueda imaginar, hombres y mujeres que habían sido torturados —igual que ella lo había sido—, personas que tuvieron que ver cómo se moría gente que amaba y quemaban sus casas, podían volver a correr para llegar a la hora, a hablar del tiempo, a ir de compras y a celebrar cumpleaños. Pero, sobre todo, por encima de todas las cosas, no podía comprender cómo el mundo se atrevía a seguir girando.

Todas las personas a las que conocía habían perdido a alguien, y puede que no todas esas personas fuesen seres queridos, pero eran personas que habían conocido, con las que habían hablado, con las que en algún momento de sus vidas habían compartido algo, y ahora estaban muertas. Y Hermione pensó que cuando una persona estaba sin vida en el suelo dejaba de importar a qué bando había pertenecido mientras aun respiraba. Porque en ese momento solo era otro hijo que una madre había perdido y nadie, ni siquiera una mortífaga, debería sufrir un dolor así.

Con el corazón agrietado, Hermione se giró entre los brazos de Draco, que la tenían completamente aprisionada, y pegó su espalda desnuda contra el pecho del chico, quedando casi boca abajo, con sus rodillas pegadas al pecho y su sien apoyada sobre el antebrazo del slytherin.

Draco y Hermione nunca habían dormido juntos antes. Llevaban acostándose algunas semanas pero hasta aquel día ninguno de los dos se había quedado con el otro después de haberse corrido. Normalmente, en cuanto Draco salía del interior de Hermione, se colocaba a su lado tumbado boca arriba y, tras recuperar la respiración, se levantaba de la cama, se vestía con tranquilidad y, despidiéndose en silencio, se marchaba de la Sala de los Menesteres. Pero no había sido así esa noche.

Lo supo casi en cuanto le vio aparecer. Algo había pasado. Sus ojos grises parecían ahora el mercurio más opaco que había visto en su vida y su mandíbula estaba tan tensa que por un momento pensó que se rompería los dientes de lo fuerte que los apretaba. En cuanto le vio doblar la esquina del pasillo donde se reunían antes de entrar en la Sala de los Menesteres, Hermione se enderezó nerviosa al verle en este estado. No podría decir qué era lo que le había pasado pero sabía que era algo que le dolía.

Por eso, cuando él la besó con esa violencia que casi la mareó, no protestó, como tampoco protestó cuando sus brazos la apretaron con tanta fuerza que parecía que estaba a punto de romperla en dos. Le estaba diciendo a gritos que la necesitaba y ella no iba a ponerle una mano en el pecho y alejarle. Sabía por lo que estaba pasando.

Hermione dejó que durante varios minutos la besase con esa fiereza que casi la estaba desgarrando por dentro, pero después empezó a dulcificar el beso que Draco había empezado. Llevó sus manos hasta las mejillas del rubio y hundió sus dedos suavemente en su piel, tratando de transmitirle calma a través de sus caricias. Poco a poco se fue separando de los labios de Draco y apoyó su frente en la suya abriendo sus ojos con lentitud, pudiendo apreciar que los ojos del chico permanecían cerrados. Alzándose sobre las puntas de sus pies, Hermione besó sus párpados y después le cogió de la mano antes de adentrarse en la sala que acababa de abrirse en la pared.

Una vez dentro, sin esperar a que la pared de piedra se terminase de cerrar, Draco tomó la cara de Hermione entre sus manos y se lanzó sobre sus labios sin esperar ni un segundo más. Toda la dulzura que la chica había vertido dentro de él parecía haber sido absorbida porque Draco volvió a emplear la misma desesperación para besarla. Era un beso dominante, exigente, angustioso. Un beso que pedía y no daba nada, porque no tenía nada que dar. Hermione casi sintió ganas de llorar al sentir el dolor que le estaba transmitiendo Draco en ese beso y tuvo que aferrarse a sus hombros para no trastabillar cuando la arrastró hacia la cama.

Con unas manos que trataban de no ser temblorosas, Draco desabrochó la túnica de Hermione y la deslizó por sus brazos hasta que ésta cayó al suelo con un ruido sordo y suave, apenas perceptible. De hecho, la gryffindor ni siquiera se había dado cuenta de ese pequeño detalle hasta que los dedos del rubio empezaron a desabotonar su camisa, blanca, holgada, y sintió el frío de la habitación impregnarse en cada poro de su piel. Ella no tardó tampoco en alzar sus manos y empezar a deshacerse de la ropa del chico.

Draco y Hermione se dejaron caer sobre la cama, él sobre ella, aprisionándola bajo su cuerpo, en una borrachera de besos impacientes y caricias necesitadas, mientras sus manos se volvían torpes y parecía que lo que hacían para deshacerse de su ropa no era suficiente.

La oscuridad lo inundaba todo a excepción del pequeño fuego que crepitaba en la chimenea que estaba situada en la pared noroeste de la Sala de los Menesteres y que permitía ver a Hermione el gesto contraído de la cara de Draco, aun preocupado por lo que solo Merlín sabía que le había ocurrido. Hermione estaba preocupada. Había algo en la forma de besarla, de tocarla, de acariciarla casi como si en realidad quisiera arañarla, que no hacía más que hacer sonar aun más fuerte la alarma que estaba dentro de su cabeza. Y Draco parecía saberlo, porque entonces la besaba más fieramente, y aun con más violencia, queriendo hacerle olvidar cualquier cosa que no fuesen sus besos, y sus manos, y sus cuerpos.

Las manos pequeñas y delicadas de Hermione rodaron por encima de la fina tela de la camisa del slytherin hasta llegar al ras de sus pantalones. Bordeó con sus dedos su cadera de forma sutil y pausada hasta llegar a la hebilla de su cinturón y lo desabrochó con una rapidez que contrastó con la lentitud con la que había llegado hasta él. Después deslizó sus dedos dentro del pantalón del chico y, cuando le sintió estremecerse tras rozar su piel con la yema de sus dedos, sacó su camisa. Coló sus manos bajo la prenda de seda que aun cubría su torso y hundió sus dedos en su carne a medida que ascendía por su abdomen.

Draco recorría el cuerpo de Hermione con tosquedad, de forma bruta, desesperada, apropiándose de todo cuanto tocaba y declarándolo suyo, apretando su carne en un intento desesperado por sentirla mucho más cerca, necesitando ser parte de ella, porque cuando era parte de ella lo malo parecía, simplemente, menos malo. Sus labios abandonaron los de la chica y descendieron por su cuello llenándolo de unos besos tan ligeros que parecían el aleteo de una mariposa, contrastando con la posesividad que burbujeaba en sus manos. El olor a almizcle y almendras, dulce, que desprendía el cuerpo de la gryffindor embriaga los sentidos de Draco, haciéndole imposible pensar en otra cosa que no fuese besar a Hermione, acariciarla, tocarla y absorber todo cuanto pudiese de ella. Se deshizo de su falda con agilidad, no pudiendo evitar que se le escapase una pequeña sonrisa contra su piel cuando ella alzó las caderas para que se la pudiese quitar bien, y la tiró sobre la alfombra de vivos colores que cubría el suelo de piedra.

Abandonó el cuello de Hermione para volver a sus labios y los devoró, como quien bebe un gran vaso de agua fresca después de una larga caminata bajo un sol ardiente, lamiendo con su lengua, mordiendo con sus dientes su labio inferior y tirando de él. Pero las ansias que sentía Draco por Hermione le impidieron alargar mucho el beso y pronto volvió a descender hasta su pecho, aun cubierto por su sujetador blanco, para llenarlo de besos. Un gemido escapó de los labios de la castaña cuando una de las manos del chico tomó uno de sus pechos con su mano, abarcándolo por completo, y lo apretó haciéndola gemir por las sensaciones provocadas.

Tirando de Hermione, Draco se incorporó levemente con ella entre sus brazos hasta que ambos quedaron sentados, uno frente al otro y con las piernas enredadas, abarcando el cuerpo del otro con ellas, abrazados, pegados, bañados en sudor. Se volvieron a besar presos de una fuerza tan poderosa que les quemaba por dentro. Hermione se abrió pasó dentro de la boca de Draco con su lengua y la enredó con ella, jugando, peleando, sintiendo como él también quería la autoridad que ella había asumido en ese beso. Rompieron el beso y Draco descendió por el cuello de Hermione, besándolo, lamiéndolo, mordiéndolo, dejándole marcas, mientras sus manos se encargaban de desabrochar el sujetador de la chica. Se apartó durante un breve instante para poder deshacerse de una de las últimas prendas de Hermione y lo tiró al suelo con la misma poca delicadeza con la que se había deshecho del resto de su ropa.

A Hermione la cabeza le daba vueltas y ni siquiera se atrevía a abrir los ojos por miedo a que la habitación empezase a girar a su alrededor. Antes de que se pudiese dar cuenta, Draco había conducido sus manos a su espalda y la ayudó a tumbarse sobre la cama hasta que quedó totalmente extendida con el cuerpo del chico sobre el suyo. El calor que éste emanaba abrasaba la piel de Hermione y aumentaba su deseo, un deseo que crecía a cada segundo que él tardaba en terminar de quitarle la ropa.

Las manos del rubio volaron de nuevo hacia sus piernas, apretándolas con fuerza, dejando pequeñas marcas rojizas en forma de dedos sobre su piel, y subió por la cara interna de sus muslos hasta encontrarse con la tela de algodón de las bragas de Hermione. Atrapó con sus dedos el borde de éstas y las bajó, alejándose de ella por primera vez desde que se habían encontrado, para poder quitárselas. Se quedó así, de pie junto al borde de la cama, mirándola, escrutando todo su cuerpo desnudo, viendo su pecho subir y bajar agitado, y Draco pensó que era la cosa más bonita que había visto en su vida.

Pero ese pequeño momento, casi suspendido en el tiempo, duró apenas una fracción de segundo. Hermione le miraba desde la cama con los labios entreabiertos, invitándole a volver con ella, y se apoyaba ligeramente sobre sus antebrazos esperando el momento en el que Draco por fin regresase a la cama. Cuando reaccionó, el rubio se deshizo de sus pantalones con rapidez y, un segundo después, deslizó sus calzoncillos por sus piernas hasta que al llegar a sus tobillos los hizo a un lado, quedando así completamente desnudo.

En menos de lo que se tarda en parpadear, Draco se tendió sobre ella, acomodándose sobre su cuerpo, colocándose entre sus piernas, encajando su pelvis con la suya, y, antes de que Hermione pudiese reaccionar, se adentró en ella con tanta fuerza que todo su cuerpo se arqueó formando un gran arco con su espalda. La gryffindor enredó una de sus piernas alrededor de la cadera del rubio y le apretó más contra ella, sintiendo que el tenerle dentro de ella no era suficiente, nunca era suficiente cuando la tristeza la inundaba y amenazaba con ahogarla.

Draco nunca había sido especialmente tierno, suave o cuidadoso cuando se acostaban pero la violencia con que la que entraba y salía de su cuerpo esta vez la hacía sentir vulnerable. Pero, al mismo tiempo, la forma que el rubio tenía de tocarla, como queriendo asegurarse de que seguía allí, que no se desintegraba ni tenía la intención de desaparecer, de dejarle, porque sería más de lo que podía soportar, la protegía de esa vulnerabilidad.

Sus cuerpos se conocían, se reconocían, se ensamblaban y encajaban, perfectamente, casi como si hubiesen sido hechos a medida. Hermione clavó sus uñas en la espalda del chico y se aferró un poco más a él, acoplándose al ritmo que Draco marcaba, a ciegas, sin condiciones ni preguntas. Podía sentir su sangre convertida en lava fundida burbujeando en el interior de sus venas y extendiéndose por todo su cuerpo. La necesidad que sentían por el otro era abrumadora y lo único que los dos querían era más, más, porque lo que tenían hasta ahora seguía sin ser suficiente.

Y, entonces, sucedió. Draco llegó entró en ella una última vez y Hermione sintió como si un millón de estrellas se agolpasen de pronto en su vientre. Se arqueó contra el cuerpo del rubio y, acto seguido, escondió su cara en el hueco de su cuello. El slytherin se dejó caer sobre el cuerpo de Hermione y, esta vez, se quedó así, quieto, aun dentro de ella, hundiendo los dedos en su carne, sin tener la menor intención de apartarse.

Hacía ya un rato que habían recuperado el aliento pero Draco seguía sin moverse. No quería salir del cuerpo de Hermione, no quería dejar de aplastar su cuerpo con el suyo, no quería que su aliento dejase de poner el vello de su cuello de punta. Quería permanecer así todo el tiempo que fuese posible. Todo parecía mejor cuando estaba con Hermione, aunque eso fuese algo que el slytherin se guardaría para sí, porque eso no interesaba a nadie más, ni siquiera a la chica sobre la que estaba tendido.

No fue hasta mucho después cuando Draco se apartó y se dejó caer junto al cuerpo de Hermione. Pero esta vez no se levantó y empezó a buscar su ropa para vestirse. Esta vez se giró y rodeó el cuerpo de la chica para acercarla más a él, dejándola atrapada y casi inmóvil entre sus brazos. Hermione no se atrevía a decir una sola palabra ni a preguntarle nada, a pesar de que se moría de ganas por hacerlo. Quería saber qué era lo que le había pasado durante ese día para que ahora no es que solo no se marchase de allí sino que no la dejase marchar a ella tampoco.

Poco a poco, escuchó que la respiración de Draco se iba ralentizando hasta quedarse dormido. Se quedó observando su rostro en silencio. Hasta ese momento no había tenido la oportunidad de mirarle tan de cerca —las veces en las que se besaban y hacían el amor no contaban— y ahora que le veía a tan solo unos pocos centímetros de distancia se daba cuenta de lo mucho que la guerra le había cambiado. Era poseedor de una belleza notable, casi aristocrática, pero ya no destilaba el mismo aire de superioridad y egocentrismo como sucedía antaño. Ahora el rostro que ella admiraba estaba surcado por un dolor y una culpa que no creía que fuesen a desaparecer en mucho, mucho tiempo. Y, al mismo tiempo, nunca se había sentido tan cerca de él como entonces.

Al girar, Hermione quedó atrapada bajo el cuerpo de Draco, que se había prácticamente acomodado sobre ella de forma instintiva al sentir que se movía. Podía sentir su respiración contra la piel de su cuello, haciéndola erizar involuntariamente, y también la fuerza con la que él la abrazaba. Fue entonces cuando se topó cara a cara con la marca tenebrosa, con ese oscuro tatuaje que había condenado a todo aquel que lo llevase.

Jamás había visto una tan de cerca y, teniendo en cuenta las muchas que había visto, era cuanto menos curioso que nunca se hubiese detenido a observarla de verdad. No era muy distinta a todos esos tatuajes que muchos muggles llevaban y que solía ver por la calle cuando no estaba en el colegio. Parecía, a simple vista, dibujada sobre su piel con tinta negra. Durante un tiempo había estado convencida de que aquel tatuaje emanaba semejante maldad que solo era necesario estar a una distancia prudente de un mortífago para que lo bueno que había en ti dudase de si permanecer dentro de tu cuerpo o desaparecer para siempre. Sin embargo, ahora que tenía una a menos de cinco centímetros de distancia no le parecía tan horrible. Quizá tenía que ver con que el brazo sobre el que estaba tatuada la marca perteneciese a Draco Malfoy.

Con la sensación de que estaba a punto de infringir una ley no escrita, Hermione deslizó levemente su brazo hasta que su mano quedó a la altura de la muñeca del chico. Alzó sus delgados dedos, sintiendo su corazón acelerarse y la adrenalina corriendo por sus venas, y rozó la marca que ahora solo era un oscuro recuerdo de un pasado que todo el mundo quería olvidar. Era suave, igual que la piel de Draco. De no haber sabido que era ahí donde estaba tatuada la marca, Hermione no habría podido adivinarlo, porque no existía la diferencia.

Hasta que algo llamó su atención. Porque no toda la extensión del tatuaje era suave y lisa como le había parecido en un primer momento. Hermione advirtió bajo sus dedos pequeños relieves que provocaron que su cuerpo se tensase por completo. No podría decir que eran cortes o heridas ni nada parecido. Era como... como el pan después de que su abuela lo raspase para conseguir pan rallado. Abrió mucho los ojos, alarmada, al darse cuenta de lo que Draco habría hecho para conseguir provocarse eso.

Continuó acariciando el antebrazo izquierdo de Draco con sus dedos de forma suave y dulce, con el corazón encogido, queriendo poder hacer desaparecer, poder curar, esa piel machacada en su intento por borrar el tatuaje.

Pero, entonces, una mano atrapó su muñeca y la inmovilizó.

—No la toques.

La voz de Draco sonaba autoritaria y firme, aunque Hermione creyó percibir un pequeño destello de vulnerabilidad en ella. La gryffindor se quedó quieta sintiendo la tensión agarrotar todos los músculos de su cuerpo al darse cuenta que al tocar la marca tenebrosa de su brazo había cruzado la linea que los dos habían trazado para evitar que aquello fuese algo más que un consuelo que ninguno de ellos admitiría necesitar.

—No vuelvas a tocarla, ¿me has oído? —espetó Draco de forma contenida— No lo hagas más.

—¿Por qué no? —preguntó Hermione con un hilo de voz sin poder controlar las palabras en su boca.

Pudo sentir el cuerpo de Draco tensarse contra su espalda y sus brazos rodearla con un poco más fuerza que antes y quiso girarse entre sus brazos para poder mirarle a los ojos, pero estaba inmovilizada; él no se sentía capaz de mirarla sin perder la poca dignidad que le quedaba.

—Porque no —contestó Draco como última respuesta queriendo hacerla entender que daba la discusión por zanjada.

Hermione no es que se esperase una respuesta distinta a la que acababa de escuchar de los labios del chico pero aun así no pudo evitar sentirse decepcionada. El slytherin era un chico de pocas palabras y el tema de la marca tenebrosa era un tema realmente delicado, no iba a hablar de ello. Y si iba a hablar de eso con alguien, no iba a ser precisamente con ella.

Permanecieron en silencio durante un rato y pudo notar que la tensión del cuerpo de Draco desaparecía poco a poco hasta quedar relajado contra el suyo. Pero ella no se sentía tranquila. No podía dejar de pensar en aquel relieve que tenía una parte de la marca de su brazo y lo desesperado que se tenía que haber sentido Draco para creer que conseguiría borrar la marca. La magia empleada para dibujar aquel tatuaje sobre la piel era tan poderosa, tan oscura, que no importaba los hechizos que hicieses o las pociones que te aplicases o bebieses para hacerla desaparecer; era imposible.

De pronto, algo más pareció oprimir el corazón de Hermione, y tuvo que preguntar.

—¿Te dolió?

El rubio estaba despierto, con los ojos abiertos, pero después de lo tajante que había sido hacía unos pocos minutos no creía volver a escuchar la voz de Hermione, al menos no en lo que quedaba de noche. Pero entonces tuvo que hacer esa pregunta. Y decidió que no podía seguir enfadada con ella incluso aunque le hubiese tocado la marca. Recordó que cuando se la hizo, y también después, sus amigos le preguntaron por ella, le preguntaron por el ritual, le preguntaron por la persona que se la había hecho, le preguntaron por lo que se sentía cuando Voldemort les llamaba. Pero ninguno de ellos preguntó si le había dolido, si le habían hecho daño, ninguno había preguntado por él.

—Sí, me dolió —murmuró Draco con voz apagada estrechándola un poco más contra su pecho—. Me dolió mucho.

Cuando la voz del slytherin se coló por sus oídos, Hermione se permitió cerrar los ojos y reprimió las ganas que tenía de echarse a llorar. Se dio cuenta de que no importaba a qué bando hubiese pertenecido durante la guerra porque él tampoco había podido elegir. Su destino se había decidido desde antes de que pudiese recordar, sin contar con él, sin preguntarle. Tampoco es que lo hubiese tenido precisamente fácil.

Los labios de Hermione se posaron suavemente sobre la marca tenebrosa y dejó sobre su piel maltratada un beso, tan suave y tan breve que Draco ni siquiera estaba seguro de si había sido real o solo fruto de su imaginación. Pero le había gustado la sensación de su boca tibia y suave sobre la aspereza de su piel y, especialmente, le había gustado el calor que se había extendido por su pecho. No solo no se había sentido asqueada al ver su tatuaje sino que se había preocupado por él, por si le había dolido, y le había dado un pequeño beso en la marca tenebrosa que él ni siquiera quería saber que existía. Cada vez era más difícil para él recordar que aquello solo eran cuatro polvos.

—Cuéntame algo —pidió Draco contra la piel del cuello de la castaña.

—¿El qué? —preguntó Hermione con voz cálida.

—Me da igual, lo que tú quieras, cualquier cosa.

A Draco le gustaba la voz de Hermione y eso era algo que le hacía gracia. Antes detestaba esa voz de sabelotodo que no hacía otra cosa que corregir y regañar a todo el mundo, le ponía de los nervios, y ahora era el único sonido del mundo que conseguía hacerle sentir tranquilo, hacerle sentir mejor. Le daba exactamente igual qué le fuese a contar, solo quería que su voz le cubriese por completo y aliviase todo su dolor.

—Hace unos años, cuando era pequeña, había un lago cerca de nuestra casa. Siempre íbamos allí en verano. Nadábamos, pescábamos, navegábamos en un bote—rememoró Hermione con voz suave mientras tomaba la mano de Draco y entrelazaba sus dedos con los suyos—. Lo echo de menos.

—¿Y qué pasó con él?

—Un mes de noviembre, una bandada de patos se posó sobre el lago y, hacía tanto frío, era un invierno tan frío, que el agua se heló en segundos.

—¿Los patos se murieron?

—No, no, qué va —respondió Hermione esbozando una pequeña sonrisa al llegar a su parte favorita de la historia—. Se fueron volando y se llevaron el lago con ellos. Me han dicho que ahora está en algún lugar de Cornualles.

Draco frunció el ceño al darse cuenta de que lo que le acababa de decir Hermione no tenía ni pies ni cabeza. Era imposible que unos patos, por muchos que fuesen, pudiesen llevarse un lago a cuestas desde donde quisiese que viviese la castaña hasta Cornualles. Alzo levemente la cabeza para poder vislumbrar parte del rostro de la chica y entonces pudo ver su sonrisa. Hermione se giró levemente para poder mirar a Draco a la cara y, al ver su cara de desconcierto, no pudo evitar echarse a reír. El slytherin fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que le acababa de contar no era otra cosa que una broma. Y, puede que a él no le gustasen las bromas, pero si a cambio él iba a poder escucharla reír, podía hacer todas las que quisiera.

—No es verdad —reconoció Hermione aun con una carcajada en la garganta.

—No me digas —dijo Draco con tono sarcástico aunque no de reproche, y ella lo sabía.

—Mi padre siempre me contaba esa historia cuando era pequeña. Me encantaba —murmuró la gryffindor sumida entre los recuerdos en los que solo eran su padre y ella—. Daba igual todas las veces que me lo contase, siempre me hacía gracia y me reía. No importaba las veces que escuchase la historia.

—¿Te llevabas bien con él? —preguntó Draco jugando distraídamente con los dedos de Hermione que estaban entrelazados con los suyos.

—Sí, nos llevábamos bien. Éramos... éramos amigos.

Draco percibió el deje de tristeza que ahora destilaba la voz de Hermione y sintió una punzada extraña en la boca del estómago. Nunca habían hablado de sus padres. En realidad, nunca habían hablado de nada. Durante los años que estuvieron en Hogwarts antes de la guerra todas las conversaciones que habían tenido ni siquiera se podían llamar así; lo que hacían era discutir e insultarse, al menos en el caso de Draco. Ahora, desde que el nuevo curso había empezado, se habían acercado y habían compartido cosas que nunca pensaron que llegarían a compartir.

En cierto modo, envidiaba a Hermione. Ella sentía melancolía y eso solo puede sentirse cuando hay algo bueno que recordar, pero al menos lo has tenido. Es mucho peor no sentir melancolía, porque eso significa que no tienes nada bueno que echar de menos, y eso sí que es una putada. Él nunca se había llevado bien con su padre. Su padre solo era su padre. Lucius, desde luego, no había sido un padre cariñoso, no había sido un padre al que se podía recurrir en busca de consejo ni tampoco alguien en quien confiar, muchísimo menos era un amigo. Había crecido con un padre que había marcado las distancias desde que era un bebé, haciéndole saber que su único deber como padre era educarle bajo unos paradigmas muy estrictos y hacerle saber que él tendría que hacer lo mismo con sus hijos. Y, hace un par de años, le obligó a tatuarse esa horrible marca en el brazo para formar parte del pequeño grupo de mortífagos más allegados al Señor Oscuro. Su relación no había sido precisamente buena.

Aunque... eso no significaba que no quisiese a su padre, porque daba igual las cosas que hubiesen pasado entre ellos, seguía siendo su padre, y mucho menos significaba que estuviese de acuerdo con lo que había pasado hoy. ¿Cómo podía haber tomado esa decisión? ¿Cómo había podido hacerlo sin ni siquiera tenerlos en cuenta? ¿Cómo era posible que su madre no hubiese dicho una sola palabra para impedirlo?

—Mi padre ha pedido que adelanten su ejecución —sentenció Draco, simple y llanamente, dejó caer la bomba y esperó.

Hermione se tensó por completo y sintió todos sus músculos agarrotarse bajo su piel. ¿Qué era lo que Draco acababa de decir? ¿Era posible que hubiese escuchado bien? Se giró por completo entre los brazos de él y se incorporó levemente hasta quedar apoyada sobre su antebrazo.

—¿Cómo que...? ¿Cómo que ha pedido...? —ni siquiera pudo terminar la pregunta.

—Ha dicho que Azkaban es horrible, mucho peor de lo que te puedas imaginar, y, que antes que estar así durante los próximos diez años hasta que le den el beso del dementor, prefiere que lo hagan ya. Porque no hay ninguna posibilidad de apelar ni de conseguir que revoquen la sentencia, así que dice que no tiene sentido esperar.

El silencio cayó como una losa sobre la Sala de los Menesteres. Draco tenía la mirada clavada en el techo de la habitación y Hermione tenía sus ojos fijos en la cara del rubio. Parecía querer distanciarse del tema, como si no fuese con él, pero ella sabía que le importaba mucho más de lo que él admitiría nunca. Abrió la boca para decir algo que ni siquiera sabía qué era pero entonces Draco volvió a hablar.

—Y mi madre está de acuerdo. Es acojonante —farfulló Draco tensándose bajos las sábanas y construyendo un muro invisible entre los dos—. Se ha puesto de su parte. Como siempre. Da igual lo que él decida porque ella siempre dice que sí a todo. No tiene personalidad. ¿Cómo puede ser tan...? Es... Es, ¡joder! Soy el único en esta puta familia de locos con dos dedos de frente.

Draco seguía con los ojos fijos en el techo sin atreverse a mirar a la chica que estaba justo a su lado. No quería ver su lástima. Pero si se hubiese girado para mirarla, se hubiese dado cuenta de que no era lástima lo que reflejaba su mirada, sino algo que emanaba de ella con tanta fuerza que ninguno de los dos se atrevería a ponerle nombre si se hubiesen dado cuenta.

Hermione, por su parte, seguía apoyada sobre su antebrazo sin quitarle los ojos de encima a Draco. Quería decirle algo. Trataba de buscar las palabras adecuadas, palabras que le hiciesen sentir mejor. Pero nada. No era capaz de encontrar esas dichosas palabras, porque, en el fondo, sabía que nada de lo que le dijese le haría sentir mejor.

—Me siento... Me siento como se sienten mis amigos cuando intentan decirme algo —dijo Hermione pudiendo articular por fin dos palabras seguidas.

—No nada pasa —murmuró Draco sin dejar de mirar el techo.

—Eso les digo yo —sonrió Hermione de forma triste.

Y aquellas cuatro palabras conmovieron más a Draco que cualquier lo siento que pudiera haberle dicho. Hermione no iba a usar palabras manidas ni expresiones hechas. Quería decirle algo propio, algo suyo, algo que le perteneciera y que fuese capaz de describir lo que sentía en ese momento, pero era algo demasiado grande para poder expresarse. Así que con ese par de frases le dio a entender todo lo que en realidad quería decirle.

La abrazó con más fuerza y la acopló perfectamente a su cuerpo queriendo estar todo lo cerca de ella que fuera posible. Hundió si cara entre su pelo y se sintió reconfortado por el olor que penetraba por su nariz y se extendía por su interior. Solo quería quedarse así, abrazándola, todo el tiempo que fuese posible.

—Cuéntame uno de tus cuentos increíbles...

Hermione se acurrucó contra el cálido cuerpo de Draco y apoyó su mejilla sobre su pecho. mientras sus dedos se perdían por su vientre entre caricias y roces suaves.

—Am... Había una vez... —empezó Hermione sin saber aun qué historia contarle y entonces se acordó de otra de las que su padre solía contarle sobre unas ostras— Viven millones de ostras, en el fondo del mar. Bien, pues, un día, Dios pasaba por allí, vio una y dijo "Quiero que esta ostra sea diferente". ¿Y sabes lo que hizo? Le puso dentro un granito de arena. Y, adivina qué fue capaz de hacer esa ostra.

—¿Qué? —preguntó Draco prestando atención a la historia y solo queriendo que ella siguiese hablando mientras él enredaba sus dedos en su pelo.

—Pudo hacer una preciosa perla —contestó Hermione dando por terminada la historia.

Draco se puso a pensar en la historia que había contado Hermione y una duda, de repente, le asaltó.

—¿Y si ese tal Dios se equivocara? —preguntó Draco sin saber quién era aquel hombre que había querido que aquella ostra de la historia de Hermione fuese diferente.

—Bueno, tengo entendido que nunca comete errores —dijo Hermione fijando sus ojos en los dedos que acariciaban el vientre del chico, suyos, y dejó escapar una pequeña sonrisa al darse cuenta de que los magos no eran personas religiosas y que, en ocasiones, los que no habían tenido contacto con el mundo muggle no sabían quién era Dios.

Al menos ha hecho que estemos juntos.

Y, así, abrazados, sin decir nada más, poco a poco, se fueron quedando dormidos.

Era la noche de Navidad.


¿Y bieeeeeeeeeeeeeeeeen? ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¿No ha sido así? Sea como sea, agradecería muchísimo que me dejaseis vuestra opinión diciéndome todo lo que pensáis sobre el capítulo y el principio de la historia. Me interesa mucho para poder seguir escribiendo y cuantos más reviews haya, antes actualizaré porque los reviews dan mucha energía e inspiración.

En este primer capítulo de este minific quería establecer la relación que mantienen Draco y Hermione y, al mismo tiempo, mostrar que algo ha desencadenado un cambio entre ellos, y también me interesaba mostrar un poco el ambiente que hay después de la guerra. Aunque, recordad, esto solo ha sido una introducción y lo bueno está por llegar.

Respecto al título os diré que tiene que ver con algo que va a pasar al final y se entenderá perfectamente su significado, me ha parecido el más apropiado.

¡Nos vemos en el próximo capítulo! Y recordad que si hacéis clic en "Review this chapter" aumentan las posibilidades de que Draco os arrastre hasta la Sala de los Menesteres y lo que surja.

Un beso y un achuchón,

Rose.