Tres años antes
— ¿Mamá...?— tenía menos de diez minutos antes de dar mi presentación en el último encuentro del torneo amistoso de invierno pero sin embargo aquél momento se había convertido en una jodida pesadilla —Escúchame por favor... la presentación puedo posponerla para el próximo año pero déjame estar allí con él, de verdad necesito estar con papá... eh, sí... no... espera, yo... papá...— podía sentir como mis ojos se llenaban de agobiantes lágrimas y las manos, al igual que el resto de mi cuerpo, temblaba desastrosamente, aparte de tener unas inmensas ganas de vomitar pero el poder oír a papá hablarme del otro lado de la línea fue lo suficientemente grandioso como para mantenerme firme solo por él —¿Quieres que patine... por ti? Papá, por favor, no empieces, yo... está bien, sí, lo sé, gracias papá y recuerda que también te amo...— la llamada se cortó y sin despegar la vista del suelo guardé mi teléfono.
Hacía un año y medio que a papá le habían diagnosticado cáncer de páncreas luego de que presenciara los primeros síntomas en el trabajo y más tarde en casa, aun así manteníamos demasiadas esperanzas de que él pudiera salir de todo eso. Pero pareció que el mundo prefirió conspirar en contra mía y decidió que torturarme con el rápido avance de la enfermedad hasta el punto de hacerla terminal sobre el organismo de mi padre.
¿Podría haber hecho algo adecuadamente bien si hubiese estado allí ó simplemente me hubiese dejado ahogar en el mar de la profunda melancolía? ¿Podría haber hecho algo si quitarme toda la energía fuera lo necesario?
—Seung— alcé la vista y en escasos de segundos pude apreciar el dulce gesto de mi entrenadora sobre mi ya destrozada persona —Lamento demasiado por lo que estás pasando— dijo en un silencioso susurro —He hablado con los jurados sobre esto y me han dicho que lo mejor que podrías hacer sería que volvieras para tu casa, que más tarde se encargarían de tu trabajo— fruncí el ceño mientras me la quitaba de encima y le negué miles de veces con la cabeza, no iba a vencerme así de fácil y más si estaba en juego el pedido de papá de por medio — ¿Seung? —.
Preste atención al anuncio sobre Nuuro Ramtjav, un patinador profesional de nacionalidad noruega que más de una vez había competido conmigo, quien había finalizado con su presentación. Suspiré comenzando a quitarme la chaqueta negra y los pantalones de chándal que llevaba puesto hasta dejar expuesto mi esbelto y delgado cuerpo que estaba cubierto por aquél traje llamativo con plumas de diversos colores; percibí el jadeo de sorpresa de mi entrenadora y como esta, a continuación, me tomaba delicadamente de los hombros.
— Seung, no estás obligado a participar del torneo; sabes que ya les he informado sobre tu situación y entienden perfectamente lo que te está ocurriendo pero por favor no te sientas obligado a hacer esto— sus ojos brillaban de tal manera que me sentí embriagado por su particularidad y de la justa medida en su manejo de palabras, aún así le quité sus manos de mis hombros y decidido comencé a caminar hacia la pista sin dejar de hablarle.
—No me siento obligado a hacer lo que más me gusta, lo que mi padre quiso que hiciera porque sabía cuan enamorado estaba del hielo. Y sí, aquí es donde me quedo porque a él le debo el favor más grande que pudo haber hecho en mi vida: el haberme apoyado continuamente en la toma de mis decisiones sin afectar mi salud y felicidad; gracias a él yo hoy estoy aquí siendo aquello que más de una vez soñé ser— apreté mis puños y con orgullo seguí avanzando en el camino hasta presenciar de a poco el bullicio del tumultuoso publico que me recibía con gran entusiasmo.
Frené ante la puerta de la pista de hielo, me di la vuelta y le sonreí a mi entrenadora.
—Lo harás bien— afirmó Min-so con una cálida sonrisa —Lo harás por él— volví a centrarme en mi objetivo principal; abrí la puerta, suspiré con los ojos cerrados antes de poner el primer pie sobre el frío suelo del hielo recién pulido y nuevo.
— Seung-Gil Lee, el coreano de veinte años tomó la decisión de hacer igual su presentación a pesar del problema personal por el cual está atravesando; eso llamaría yo como un verdadero acto de valentía y amor hacia el deporte y hacia su propia vida— el sonido del lugar prontamente fue apagándose hasta oír la misma nada retumbando a mis costados, a mi alrededor y acaparando con los sentidos de mi cuerpo.
Tomé una bocanada de aire y comencé a moverme en base a lo que estaba marcado en mi programa. No obstante mi mente empezó a nublarse, el público y el personal que administraba el torneo se fueron desvaneciendo como si de polvo se tratasen y a la distancia pude presenciar la vivida imagen de mi padre acercándose con una carismática sonrisa en su cara.
»— ¡Vamos pequeño, demuéstrale a papá que puedes patinar mejor que él!— parecía hablarle al yo pequeño que estaba a mi derecha e ignoraba mi imponente presencia — ¡Eso Seung, eso es, pequeño! — me tomó entre sus brazos y llenó mi rostro con sus húmedos besos mientras yo me reía con tanta inocencia que hacia estrujar mi palpitante corazón —Recuerda que algún día serás tan bueno como yo, tan así que te veré actuar en el Grand Prix y estaré gritando como un loco que tú eres mi pequeño niño, ¿sí?, papá siempre estará orgulloso de ti— la imagen comenzó a desintegrarse, corrí más rápido hacia donde mi padre se encontraba y cuando tuve la oportunidad de tocarle el brazo de inmediato percibí el frío hielo acariciando la piel que mi traje había dejado expuesta.
— Seung-Gil Lee parece no haberse percatado del tropiezo que dio, como si su cabeza no estuviera aquí—preferí omitirlo y así seguir con lo mío, demostrándoles que no todo estaba perdido en mí —Veremos si puede atinarle a su cuádruple Loop sin ninguna falla—.
Tú puedes, pensé antes de impulsarme hacia arriba pero antes de dar un perfecto aterrizaje con las volteretas incluidas, una segunda imagen opacó mis pensamientos.
»— ¡¿Qué?! ¡No, Seung no seguirá yendo a esas clases de patinaje, Yon, la cuota es demasiada cara y apenas podemos mantenernos acá en la casa!— mamá le había gritado a papá en una de sus tantas disputas económicas de las cuales me veía acostumbrado a escuchar — ¡No podremos hacerlo!—.
—Pero Soon, cariño, piensa en un momento lo benefactor que es esto para él, de verdad adora ir a sus clases y demostrarme en sus tiempos libres lo rápido que progresa... sabes que por él haría cualquier cosa— apenas me había asomado por la puerta de la cocina; papá estaba sentado en la mesa sin dejar de sonreír en algún momento y mi mamá tan cansada por su trabajo pero que aún así logró entender el pedido de mi papá—Piensa que algún día seremos invitados especiales a los más grandes torneos del país y del mundo entero... ¡Hasta verlo en el Grand Prix! Y sabrás que él siempre estará agradecido con nosotros— mamá suspiró y cedió ante la ternura que mi papá podía expresar en cada palabra que de su boca saliese.
Devuelta había caído en mi característico salto pero aún así no me rendí y seguí patinando.
—Los tropiezos impiden que Seung-Gil Lee pueda desplazarse con mas efectividad lo que hará es que reciba un puntaje muy bajo y quede eliminado del torneo— debía mantenerme en mi eje, saber cuando debía atinarle a mi objetivo y calcular el peso de mi caída al hielo.
De a poco fui retomando la gracia de mis movimientos; iba de un lado hacia el otro, oscilando mis brazos y piernas como si se tratase de la misma brisa marina, formando en conjunto la coreografía por el cual había entrenado hacía mucho tiempo; la naciente pero ardiente euforia comenzaba a llenarse en mis venas a cada nuevo paso que daba hacia adelante, cada nuevo giro, cada mirada, cada sonrisa, cada pequeña parte que hacía único al goce del atrevimiento de mi cuerpo frente a los ojos del público critico y los aficionados.
Pero de nuevo estaba allí, tirado en el hielo intentando recomponer mi respiración y despejar la nube de mis pensamientos pasados.
»Cuando la puerta de mi habitación se había abierto, inmediatamente traté de jugar a hacer el dormido porque sabía muy bien que se trataba de papá.
—Sé que no estás durmiendo de verdad, hijo— entre risas me levanté y senté en la cama juntando mis delgadas y pequeñas piernas. Papá nunca dejaba de sonreír ni por más horrible que hubiera sido su día y aún así tomo asiento a mi costado —Lamento si tuviste que presenciar todo eso abajo pero con mamá llegamos al acuerdo de que seguirás asistiendo a tus clases siempre y cuando puedas ayudarnos a nosotros a mantener en pie esta vieja casa, ¿okay?— sus rasgados ojos oscuros, ese lunar sobre su mejilla izquierda y el despeinado y grasos cabello negro le daban ese toque de obrero persistente y trabajador del cual siempre me sentí inspirado y motivado en perseguir mis sueños.
—Lo que sea por ti y mamá lo haré— asintió con la cabeza y cuando menos lo esperé estaba siendo prisionero de sus cosquillas — ¡P-para papá! — le pedía con lágrimas en los ojos y mi infantil risa inundando el silencio de la sombría habitación donde viví hasta nuestra mudanza — ¡Y-ya para, m-me haces r-reír mucho! — cuando paró pude notar la intensidad del brillo de sus ojos y sin pensarlo más lo abracé como si aquél fuera el ultimo día que lo tuviera conmigo —Te amo, papá, gracias por todo—.
—Y yo a ti mi pequeño Seung, sabes que papá siempre estará orgulloso de ti esté o no contigo viviendo...— y simplemente desapareció de mi campo de visión.
Golpeé el hielo con ambos puños y el silencio de la gente amarrándome al vacío donde no quería volver a caer. Mis mejillas estaban húmedas, me ardían los ojos y el interior de mi pecho y las punzadas en mi cabeza prometían no parar en ningún segundo.
Miré a lo lejos como Min-So Park, mi entrenadora, junto a Phichit y Leo trataban de acercarse hacia donde me encontraba pero en un acto involuntario mío me fui de la pista, tropezándome con mis propios patines y por lo resbaloso que estaba el piso; ya fuera del hielo empujé a las personas que en mi camino se interponía hasta llegar al baño y encerrarme en uno de los cubículos a seguir llorando.
¿Podía mi mente ser tan masoquista conmigo mismo? ¿Tan cruel y despiadada? ¿De verdad podía llegar a ser la mente propia del humano tan hija de puta como lo era la mía conmigo?
Estaba completamente solo y con la idea de que mi papá, la persona que me inspiró a seguir peleando por lo que más quería, la que me había hecho dar mis primeros pasos sobre la pequeña laguna congelada que estaba en el patio trasero de nuestra casa, la que me había llenado más de sonrisas y limpiado aquellas lagrimas heridas, la persona que más admiraba y amaba estaba a punto de ser eterna en un mundo donde el sufrimiento nunca más existiría.
—Él aún no ha muerto, él aún no ha muerto, él aún no ha...— y en aquél instante pude sentir como la cálida sensación de la chimenea de mi antiguo hogar contrastaba con el gélido clima del baño en donde me encontraba solo o eso creí en el minuto donde pude perderme una vez más en el vacío del que había caído pero que no era tan oscuro como lo había conocido.
Era un vacío que explotaba en colores e imploraba para que una nueva vida estuviese sumergida en ella.
Pude haber reaccionado porque él era un simple extraño pero hace mucho que no sentía la misma satisfacción de un abrazo como en aquél que ese compañero de torneo me había dado; sus gruesos brazos rodearon mi pequeña anatomía, sus dedos acariciaban la parte baja de mi espalda y por mera inercia me sujeté de su cuello y cabeza, hundiendo mis manos en su corta cabellera castaña y aspirando la fragancia que emanaba de su pecho.
Bruno Volpini fue el único que se atrevió a cruzar la barrera que construí para todos aquellos que quisieran aguantarme pero que en el fondo no sabían cómo hacerlo. Pero él, un profesional argentino de veinticinco años de edad, con una larga trayectoria y comparado reiteradas veces con el mismísimo Victor Nikiforov o Christophe Giacometti... él había tenido el coraje suficiente para envolverme entres sus brazos y repetirme mil veces que yo no estaba solo.
Pero luego del torneo nunca más supe de él.
