Una pequeña viñeta a pedido de Winnie Contreras en el juego de la reacción, en la comunidad de NCIS de LJ.
NCIS no me pertenece, le pertenece total y exclusivamente a D. Bellisario.
Las imágenes que emanaban del televisor le atenazaban la garganta. El noticiero matutino mostraba toda la destrucción que un solo hombre había causado. El edificio, que solamente unas horas atrás había sido uno de los lugares más seguros dentro de los Estados Unidos, había sido reducido a escombros.
Una empalagosa voz femenina, repetía uno a uno los nombres de las personas que habían quedado atrapadas en aquel montón de fierro retorcido y pedazos dispersos de ladrillo y cemento. Cuando una serie de nombres conocidos fueron mencionados con parsimoniosa lentitud, el estómago de Leila dio un vuelco y su mirada se perdió, observando al vacio.
— ¿También están muertos como papá y el abuelito Mike? —la vocecita compungida de Amira sacó a Leila de su ensimismamiento, sin embargo ella se preguntaba lo mismo.
Amira, aún llevaba el pijama rosado chillón lleno de calaveritas que le había regalado Abby y la muñeca que su padrino le había comprado un par de años atrás, colgaba inerte de la mano de la niña.
—No lo sé —respondió la madre, intentando que su voz no demostrara la agonía que la atenazaba por dentro. Mientras tomaba a la pequeña en brazos y la apretaba contra su pecho.
—La señorita Emmerson dice que es bueno rezar, que cuando lo hacemos, Dios nos concede milagros.
Leila observó el rostro esperanzado e inocente de su hija. La muñeca que hasta hace unos segundos era sostenida por cinco pequeños deditos, ahora descansaba a su lado en el sofá, las manitas pequeñas se habían juntando en señal de oración y una vocecita dulce pronunciaba una plegaria al cielo.
Su madre la escuchó en silencio, mientras apretaba a la pequeña un poco más fuerte contra su pecho y le acariciaba los oscuros cabellos rizados. Fuera donde fueran, la muerte siempre las acosaba, alcanzando a quienes más querían.
Leila repitió algunos versos del Corán en silencio y una plegaria a un Dios que no conocía, mientras una lágrima rodaba en silencio por su mejilla. Rogando que esta vez alguien desde allá arriba la escuchara, que esta vez ellos no hubieran muerto.
