Prólogo
Todo comenzó cuando Rin Matsuoka había cumplido los ocho años.
Con los cabellos alborotados por la brisa, Rin corrió duna abajo cuando pudo divisar el mar por primera vez. Gou, su hermana menor de seis años, corrió a pasos torpes siguiéndole de cerca, mientras sus padres caminaban sonrientes detrás de ellos, vigilando que no se hicieran daño.
—¡Rin! ¡Hermanito, espérame!— gritaba la pelirroja, saltando las piedras que se interponían en su camino y dando pasos dudosos cuando la tierra se había vuelto arena. Rin se devolvió en sus pasos y la tomó de la mano para ayudarla a correr sobre el terreno denso. Ambos sonreían felices al escuchar las olas del mar.
—¡Mira, Gou!— gritó el mayor cuando vio que la ola más grande reventaba estrepitosamente y hacía a los bañadores perderse un instante. Gou chilló con miedo al ver a todas las personas siento tragadas por el mar, pero volvió a sonreír cuando éstas volvieron a aparecer después de que la ola hubiese llegado a la orilla.
—Rin, ¿estás contento?— preguntó su madre cuando los dos mayores llegaron junto a sus hijos. Rin asintió eufóricamente antes de volver su vista al hermoso paisaje—Que bueno, mañana podremos venir a disfrutar de la playa, ¿sí? Ahora vamos a la hostal.
—¡¿Eeeeh?!— chillaron los dos pequeños—¡¿Por qué mañana?! Podemos ir ahora— refunfuñó el mayor de los dos, cruzándose de brazos y mirando insistentemente a su papá, quien siempre cumplía sus caprichos. Gou hacía berrinche tironeando la falda de su madre, con las lágrimas a punto de caer de sus grandes ojos.
—Pronto anochecerá, la marea tiende a subir por la noche y se vuelve muy peligroso. Es mejor que vayamos temprano en la mañana para disfrutarla todo el día, ¿sí?— Rin no se veía muy convencido, pero su padre siempre tenía razón—Mira, ya todos se están yendo— ambos niños miraron hacia la playa y vieron como todas las personas guardaban sus cosas y llamaban a los pocos bañistas que estaban aún en el mar.
—Hmp—chistó el mayor, tomando la mano de Gou y adelantándose por la arena hasta un conjunto de cabañas— Es por aquí, ¿no?—gruñó el pequeño, haciendo reír a sus padres, quienes asintieron y les siguieron de cerca para guiarlos en su enfurecido camino.
La mañana había llegado y la familia Matsuoka se preparaba para su primer día en la playa.
Rin ayudaba a su pequeña hermana a inflar los flotadores que la ayudarían a mantenerse a salvo dentro del agua, mientras su madre preparaba los sándwiches para el almuerzo. Su padre había salido unos minutos antes para preparar el lugar, poniendo el parasol y la toalla donde se ubicarían, además de comprar bebidas.
—¿Están listos?— preguntó la mujer, sonriéndole a sus dos pequeños. Rin gritó un gran sí y su hermana sólo asintió efusivamente, un poco nerviosa por ser la primera vez dentro del mar— Bien, entonces nos vamos. Su padre debe estar aburrido esperándonos.
Rin no escuchó más y salió corriendo por la puerta trasera para llegar rápidamente al sendero que lo llevaría más rápido a la playa. Gou le siguió tomada de la mano de su madre y ambas caminaron lentamente por la colina, conversando de trivialidades y de lo hermosas que estaban las flores silvestres.
Una vez llegaron a su puesto, Rin corrió hacia el mar y se sumergió en las aguas apenas sintió que había espacio. El agua estaba helada, pero eso poco le importó y nadó dando unas ligeras brazadas para entrar en calor. Gou miraba asombrada desde la orilla, donde las olas reventaban y mojaban sus pies, chillaba cada que el agua le tocaba y junto a un niño que había aparecido de la nada se pusieron a jugar con las olas.
A la hora de almuerzo los cuatro Matsuoka se reunieron en las toallas a comer. Rin brillaba con una energía desbordante, reía y chillaba por todo, contándole a su hermana lo mucho que difería la piscina del mar, ella solo lo escuchaba atentamente, comiendo su sándwich de queso.
—¿Puedo ir a las rocas?—preguntó entonces a su padre. El hombre dudó un poco y miró a su mujer, quien le sonrió asintiendo.
—Sí, pero vamos a ir juntos, ¿está bien?—un pequeño puchero se coló en los labios del menor, pero asintió de todas formas y sonrió.
—Mientras nosotras vamos a jugar con la arena, ¿verdad, Gou-chan?—cuestionó la mujer, acariciando la cabeza de su hija y acomodándole el pelo detrás de las orejas. Gou asintió con una sonrisa, aún masticando el pan.
—Bien, no se hable más… ¿nos vamos, Rin?—el aludido saltó de su asiento y comenzó a correr hasta los roqueríos, su padre le siguió entre risotadas—¡Hey, espera a tu padre!—gritó, pero el niño seguía corriendo, haciendo caso omiso a su progenitor.
—¡Apura, papá!—y el hombre volvió a reír.
Caminaron por un sendero al lado de los roqueríos, evitando las primeras grandes rocas afiladas que el papá consideró peligrosas escalar. Juntos llegaron a un sector libre, donde había una pequeña isla de arena, y bajaron hasta las rocas y sus pozones de agua que se iban llenando y vaciando según la intensidad de las olas. Entre exploraciones fueron encontrando diversos crustáceos y animales marinos que llamaban la atención del menor, quién fue juntando una serie de caracoles para mostrárselos a su padre.
—¡Mira, mira, mira! Éste tiene el caparazón en espiral blanco y negro y este es café, ¡este parece un corazón! ¿no te lo parece?—chillaba Rin cada que encontraba algo nuevo. El hombre lo miraba sentado en una gran roca y le explicaba lo que no entendía, como que ese enorme bicho de brillantes colores era una estrella de mar—¡Oii! ¡Mira esto! ¿Qué es?—preguntó, mostrándoselo de lejos.
—No alcanzo a ver, ven acá—pidió su papá y él obedeció—Veamos, ¿qué es esto?
Ambos se quedaron mirando un extraño bulto que parecía una cápsula rugosa. Tenía un color azulado verdoso y brillaba en ciertas partes, tenía el tamaño de una linterna de mano, un poco más grande que una palma y se podía ver un poco de su interior a contra luz.
—Esto parece una crisálida, como la de las mariposas, ¿no te parece?—preguntó el hombre, levantando la cápsula hacia el sol para mirarla mejor—Mira, brilla como gemas en algunas partes y aquí… hay una cola—explicó, Rin se apoyó en sus hombros tras la espalda para mirar mejor. En efecto, a contra luz se veía una especie de cola de pez, demasiado larga para ser normal.
—¡Mira, ahí hay más!— señaló el menor hacia el pozón. El hombre miró y vio un montón de las mismas cápsulas, pero todas ellas estaba rotas o abiertas en algún extremo, al parecer la que tenía en sus manos era la única que no había salido.
—Déjala donde estaba, Rin. Al parecer estas cosas son nuevas y están naciendo. Sea lo que sea hay que dejar que se desarrollen como es debido—Rin, un poco dudoso, asintió y dejó la cápsula en el mismo lugar donde la había encontrado—Se está haciendo tarde, mejor volvamos. Nadas un poco antes de que anochezca, ¿sí?
El pelirrojo miró la crisálida de nuevo y asintió. Su padre había dejado la piedra y estaba caminando por el sendero, pero él quería quedarse un poco más a observar esa extraña cosa. No sabía si había sido por el movimiento ondulante del agua, pero Rin juró ver que la cápsula se movía hasta esconderse bajo una roca donde desapareció, iba a buscarla de nuevo cuando su padre le llamó:—¡Rin, vámonos!
—Ya voy.
Bajo la roca una pequeña criatura de cola verde esmeralda nadaba alrededor de la cápsula que había sido arrojada al mar. Con sus pequeñas y escamosas manos daba vuelta la crisálida para encontrar el lado donde se había abierto una fisura o, al menos, debería haberse abierto una.
—¿Cuándo piensas salir, Haru?—gruñó la criatura cuando se cansó de buscar. La cápsula estaba ya un poco rugosa por el tiempo en que se había demorado en salir y a estas alturas el pequeño temía que su saco se rompiera de viejo y matara a su mejor amigo—Ni siquiera al ser sacado del agua te dignas a salir, ¡tu padre va a estar furioso!—reclamaba, golpeando el saco y finalmente sentándose sobre éste—¡Sal pronto, Haru!
Pero el saco no se rompió.
Al final de la semana, cuando las vacaciones se habían acabado para la familia Matsuoka, Rin volvió a los roqueríos para despedirse del mar… y también para ver si había habido un cambio con la extraña cosa que había encontrado hace cuatro días con su papá.
Buscó y buscó, pero no le hallaba. Vio como las demás cápsulas habían sido víctimas de los golpes del mar y estaban medio deshechas en la misma poza de agua. Escaló un par de rocas y buscó bajo estas hasta que al final le encontró.
La cápsula aún no se abría, pero estaba mucho más rugosa, parecía reseca y estaba muy débil, puesto que comenzó a descamarse cuando Rin la tomó entre sus manos. La levantó contraluz y vio que en su interior seguía esa extraña cola y una especie de líquido viscoso, puesto que tenía burbujas. La dejó sobre una roca húmeda y sacó su cámara fotográfica para retatarla, puesto que estaba claro que no podría llevársela a casa para mostrársela a sus amigos en la escuela. Sacó un montón de fotos en distintos ángulos y luego volvió a tomarla en sus manos, se sentó con ella en las manos y la miró intensamente por varios minutos.
Después de examinarla mucho la volvió a poner contraluz y vio como la cola se movía unos milímetros—¡Hey, llevas mucho tiempo ahí, ¿eh?! ¡Todas tus hermanas salieron hace mucho ya! ¿qué estás esperando? No puedes morir… ¡cosa!—chillaba el niño, balanceando un poco la cápsula y viendo como el animal dentro adquiría más movimiento—¡Vamos, tú puedes salir de ahí! ¡Ve con tus hermanas y haz nuevos amigos!
De un momento a otro la cápsula se rompió, soltando una enorme cantidad de líquido viscoso que cayó por las manos y antebrazos del pelirrojo— ¡Iugh!—chilló, pero calló cuando vio a la criatura que tenía en sus manos: un pequeño niño, con cola de pez. Rin se quedó petrificado cuando la criatura se apoyó en sus manos con sus pequeños y blanquecinos brazos y movió su larga cola aguamarina—¿Q-Qué es esto?—farfulló, mirando esos ojos azules, tan pequeños y tan bonitos.
La criatura lo miraba con una cara difícil de descifrar. Parecía aburrido, pero sorprendido o algo por el estilo, su estoico rostro no reflejaba ninguna emoción, pero todo se contenía en sus expresivos ojos. Rin, en un acto de autocontrol, dejó al pequeño ser en el agua, aprovechando de limpiarse y lo miró desde las alturas, aún sin poder creerse que algo tan extraño le estuviera sucediendo en ese preciso momento. El pequeño pez seguía mirándolo aún dentro del agua y no se movía para nada, prendado a sus ojos con una mirada tan penetrante que intimidó al humano.
—¡Rin, nos vamos!—gritó su madre desde la parte más alta del sendero. El pelirrojo gritó en respuesta y miró por última vez a la criatura. Vio como este movía los labios y pudo leer, a pesar de la distancia, que decía su nombre: —Rin— y sin más el pelirrojo corrió sendero arriba hasta el auto donde lo esperaban y volvió a la ciudad con sus padres y hermana, con la esperanza de nunca volver a recordar esa extraña cosa con cola de pez.
