Hola a todos. Han pasado unos cuantos meses desde que subí mi primera historia. Ahora les traigo otra nueva que acabo de escribir. Este fic tiene una historia graciosa, verán, lo he escrito por lo menos 4 veces. Anteriormente la pareja era Neji-Ten, pero después de escribir por tercera ocasión después de perder el archivo por razones desconocidas, decidí hacerlo un SasuSaku.
Espero que les guste, es un poco largo, por lo tanto decidí subirlo en dos parte y un epílogo. No se preocupen el fic está terminado, solamente que mi trabajo no me permite dedicarle tanto tiempo, ni a la escritura, ni al formato del texto. Espero subir el siguiente para el próximo sábado.
Saludos.
Caminaba con lentitud, por el sendero que la llevaría a su destino, recorriendo, paso a paso, los metros que le restaban para llegar al final de la tan familiar calle. Sentimientos encontrados la embargaban. Días, tenía días de esa manera, sin poder quitarse la pesadez del pecho, sintiéndose ahogada e infeliz. Miró hacia el cielo: gris y blanco en una perfecta mezcla que denotaba lo que ella misma sentía en ese momento, los colores en los pasaba su vida. El cielo la acompañaba en su sentir, se dijo a sí misma. El frío le mordía la piel, su cálido aliento se condensaba en un halo blanco. Si hubiera sabido que haría tanto frío, por supuesto, habría usado ropa diferente. El jean de mezclilla no era lo suficientemente grueso y la blusa manga larga era demasiado delgada.
Un escalofrío le recorrió la espalda, sin lugar a dudas la temperatura descendía cada vez más. Tal vez, pensó, era la hora en la que caminaba fuera en el frío o, quizá, la madre naturaleza reducía la temperatura para que igualará todo lo que sentía por dentro: Frío, mucho frío, un montón de escarcha se agrupaba dentro de ella, en todo su ser. Quizá, tener tanto frío, no estaba tan relacionado con una mañana de febrero, ya no tan invernal como enero o diciembre, sino, más bien, con todo eso que la congelaba interiormente.
Suspiró, por enésima vez en lo que iba de la mañana. Miró hacia el piso, sus huellas quedaban marcadas por la leve capa de nieve, todavía visible en el suelo. Un manto blanco se extendía por todo el sitio. ¿A quién se le ocurre salir, en un día nevado, con jeans y una blusa manga larga delgada? Solamente a ella.
Una sonrisa triste se colgó de sus labios. Tristeza, soledad, angustia, dolor. Sentimientos con los que estaba completamente familiarizada desde hace algún tiempo. Tantas cosas habían corrompido su mundo, desvanecido por completo toda la felicidad y alegría que, en algún tiempo no muy lejano, eran parte de su ser.
Haber perdido a sus padres, en aquel feo accidente, era un golpe duro que todavía no se desvanecía de su cuerpo. El dolor había sido tan inmenso, era tan inmenso que, jamás, podía asegurarse a sí misma, podría erradicarlo por completo… las cicatrices curaban de forma lenta y dolorosa, imperceptiblemente, demasiado lento para su gusto.
Los ojos se le llenaron de lágrimas que no se permitió derramar. Ya había llorado lo suficiente, se había prometido a sí misma no hacerlo más y, como siempre, se fallaba de nuevo. Como tantas otras veces antes, como cada día y todos los días. Como aquella promesa de olvidarlo.
Olvidarlo. ¿Cómo olvidar a quien se mantiene a tu lado, todos los días, prácticamente a todas horas? Imposible. Esa palabra definía, con exactitud, todo lo que aquel acto significaba. Muchas veces trató, sin resultado alguno. No puede, no ha podido, y no podrá. Él es el dueño absoluto de su corazón, de su alma, de su todo… ¿Cómo arrancarte el alma para poder olvidar? ¿Era, siquiera, posible, lograrlo? No lo sabía, pero creí poder lograrlo. Aunque, sabía, era una mentira estructurada para tratar de consolarse.
Sus ojos, su sonrisa, su boca, su mirada, su cabello, su hermoso y varonil rostro, su aterciopelada voz, todo él, la mantenía cautiva hasta el punto de lo irreal. Sacar ese sentimiento, tan profundamente arraigado en su alma, era, definitivamente, imposible. Lo veía todos los días, hablaba con él todos los días, no podía borrarlo tan fácilmente de su vida.
Todos los días, por la mañana, antes de salir de su solo y silencioso departamento, se prometía olvidar, tratar de sacarlo de las fibras de su ser, arrancarse el sentimiento, todas las sensaciones que eran provocadas al estar junto a él. Pero, lastimosamente para ella, en cada intento él hacía algo que lograba acrecentar, al doble, todo el amor y el cariño del que era dueño.
Una ráfaga helada de viento, la sacó de sus pensamientos mientras la ponía a temblar, de nuevo. Maldijo por lo bajo, por ser tan descuidada y no prestarle atención a los pronósticos del clima. Que tonta de sí el salir a caminar, desde las seis de la mañana, con tan poca ropa, cuando el frío se presentaba tan crudo.
Volteó a ver hacia la izquierda, el pequeño bosque de la ciudad, antes pintado de verde y una variedad de cafés, ahora estaba blanco y gris. Los árboles, frondosos, soportaban con orgullo y valentía las ráfagas heladas y fuertes de viento. No como ella. Su cuerpo temblaba bajo la blusa, sus brazos, piernas y cuero cabelludo estaban completamente erizados.
Los ojos le brillaron con reconocimiento cuando, en la distancia, pudo verlo esperando por ella. A pesar de ser tan temprano, y de que sus clases empezaban a las 7 de la mañana, él estaba esperando, en el mismo sitio de siempre, como en muchas otras ocasiones. Su corazón se derritió y su sonrisa se volvió cálida y sincera, cuando se acercó a él y recibió su seco saludo.
Así era él. Siempre había sido así: seco, frío, mal encarado, sobreprotector, tierno, engreído, malhumorado, cariñoso, arrogante, orgulloso… podría continuar con la lista, pensó mientras le devolvía el saludo con una gran sonrisa, pero no tenía sentido, era demasiado extensa para poder terminarla en un solo día.
Siguieron caminando, en un agradable silencio, avanzando más lento de lo común para poder permanecer el mayor tiempo posible en su compañía, solamente los dos. Sonaba egoísta pero le encantaba tenerlo solo para ella, aunque solamente estuviera a su lado, sin hablar, aunque no respondiera las preguntas que ella le hacía. Le daba igual. No hacía falta, no para ella, su presencia era tan fuerte que se volvía imposible no prestarle atención.
La situación en la que vivía no le permitía estar al lado de él por mucho tiempo. Él siendo tan popular y perseguido por tantas mujeres les impedía mantenerse juntos. Ella, como siempre, se mantenía aparte, recluida del resto, sin hablar mucho, no más que una más en el aula. Esa actitud la había adoptado cuando sus padres murieron. Antes, recordaba a la perfección, siempre fue alegra, vivaz, espontánea y feliz, ahora, desgraciadamente, su vida era todo lo contrario a lo que fue en aquella época. La realidad no podía cambiarse, ni tampoco se podía huir de ella, gustaba de vivir en el realismo, en el día a día y, sin lugar a dudas, la realidad, la vida, es sumamente cruel. Brutalmente cruel y dolorosa.
Nada se podía hacer. Las personas no vuelven a la vida porque uno lo desee o lo quiera, aunque muchas veces deseó que todo fuera una broma cruel, una pesadilla de la cual despertaría y todo volvería a la normalidad. Error garrafal. Una esperanza completamente inútil.
Sacudió la cabeza con fuerza, tratando de difuminar las malas memorias de su cerebro. Fue inútil, las caras de sus padres aparecieron justo en frente de todos los demás pensamientos. Dolía. Toda era una herida muy fresca, demasiado fresca como para remover tan profundamente. Hay cosas, verdaderamente, que uno no quiere recordar pero, como los masoquistas que somos, recordamos aquello que hiere para saber que fue realidad, no una simple ilusión, para sentirse viva de nuevo.
Una ráfaga más fuerte de viento helado golpeó su frágil figura, provocando que sus hombros temblaran y sus dientes castañearan sin poder evitarlo. Sintió más frío que en la primera ocasión. Se abrazó a sí misma tratando de darse un poco de calor. Siguió caminando sin darse cuenta que él ya no la seguía. Paró, para verlo y saber qué le pasaba.
Estaba parado, a unos cuantos pasos detrás de ella, viéndola intensamente con su profunda mirada de ojos azabaches. Sintió como si, con ese simple vistazo, pudiera leerle el alma, conocer todos secretos, haciéndola sentir incomoda. Siempre existía cierta distancia entre ellos, aunque la mayor parte del tiempo estaban en el mismo espacio físico. Sin embargo, cuando la miraba de esa forma, desaparecía esa brecha, no más distancia ni hielo, todo era íntimo y cálido.
— ¿Por qué no usaste abrigo el día de hoy? —
Su voz, aterciopelada y gruesa, provocó un montón de sensaciones en su interior. A pesar de que la estaba regañando, sin el más mínimo remordimiento, su sentir era completamente lo contrario. Si bien su voz no cargaba más que frialdad y arrogancia, su interior se llenó de mariposas. Malditas mariposas que no se iban mientras estaba en su presencia, cuando escuchaba su voz, cuando él la tocaba, cuando, simplemente, la volteaba a ver.
— Salí tan rápido esta mañana que no me acordé de tomarlo, lo siento. — Contestó en un hilo de voz.
— Molestia. — Fue lo único que obtuvo de parte de él.
Después de eso, cuando el silencio cayó sobre ellos otra vez, sintió algo cálido siendo colocado en sus hombros, el aire frío dejó de tener efecto en ella. Él le colocó su abrigo. Aspiró con fuerza, perdiéndose entre el exquisito aroma de colonia y el propio aroma corporal del ojinegro. Sus mejillas ardieron y agachó un poco la cabeza, para disimularlo. Afortunadamente, él no se dio cuenta.
Se lo colocó correctamente: metió los brazos dentro de las mangas y cerró un poco el zipper. Su calor corporal todavía estaba presente y el embriagante aroma se hizo más denso, penetrando en sus pulmones agradablemente. Sonrió con las mejillas aun sonrojadas, mientras continuaban hacia su destino.
Las calles seguían pasando, el gris y el blanco por todas partes a donde mirara. Quería, rogaba, que ese momento durara eternamente, permanecer a su lado todo el tiempo que le fuera posible, pero, como en los cuentos de hadas, Cenicienta solamente tiene unas cuantas horas para estar con su príncipe justo antes de perderlo ante los azares del destino.
A veces se sentía de esa forma. Como si ambos fueran de mundos completamente distintos, siendo tan opuestos, eran tan parecidos que parecía risible la cuestión completa. Marte y Júpiter chocan, se conocen, son diferentes pero ambos son planetas a final de cuentas. Pero, esa similitud, esa característica que los hace iguales, también los hace diferentes y aplica distancia a su relación.
La aterciopelada voz de su compañero la sacó de la ensoñación de nuevo. Una pregunta que ni siquiera escuchó y por la cual se vio en la necesidad de pedir que fuera repetida él, enojado por su falta de atención, no volvió a repetirla, solamente calló y siguió a su lado haciéndola sentir incomoda y tonta, aún más.
Por fin, minutos más tardes, alcanzó a divisar aquello que no quería: El título de la entrada principal de la universidad. Las enormes letras negras en fondo azul celeste, le dieron la bienvenida. Si, desafortunadamente a Cenicienta le quedaba muy poco tiempo.
Como lo anticipó minutos antes, la campana de la universidad evidenció que la primera clase estaba por empezar. Rápidamente, sus pies tragaron los metros restantes hacia el salón, a pesar de su reticencia a llegar.
Muchos saludos, dirigidos al azabache, se escucharon por todo el lugar. Miradas celosas y comentarios venenosos dirigidos a ella por portar la chamarra del capitán del equipo de futbol. Se sintió victoriosa, por el simple hecho de portarla, aunque ellos no fueran más que amigos.
Amigos. Esa palabra le dolía más que cualquier insulto dirigido a su persona. No quería ser su amiga, le fastidiaba ser su amiga, pero sabía de antemano que la relación entre ellos jamás iba a cambiar.
Sasuke, para Sakura, era tan inalcanzable como las estrellas, aunque esto sonara muy cliché. Su sitio, sabía, era como amiga, confidente y nada más. Deseaba cambiar todo ello pero no quería arriesgar la relación que ya tenían. Perder su amistad por querer ganar su corazón, por confesarle sus sentimientos, no valía la pena cuando conocía la respuesta a ellos: Sasuke jamás le prestaba atención, no como mujer.
Suspiró, el aroma de Sasuke la envolvió y calmó sus nervios. Caminó sintiendo las mismas miradas resentidas de siempre. Agachó la cabeza un poco, tratando de evitarlas pero era una tarea imposible no escuchar los comentarios venenosos y mal intencionados de todas las mujeres que adoraban a Sasuke pero no recibían ni una sola mirada de su parte.
Era un alivio tenerlo de su lado. Si había alguien importante en la vida de Sakura ese era Sasuke. Gracias a él había podido superar la depresión en que se vio sumergida cuando ocurrió la terrible desgracia que, aun en la actualidad, a pesar de los años que habían pasado, la atormentaba en las noches cubriendo su hogar de desolación y tristeza.
Una casa vacía, fría, desprovista de todas las sonrisas y hermosos momentos. Su vida se vio reducida a la soledad, a la tristeza, al llanto nocturno hasta tener los ojos hinchados y no poder contener el sueño. Dormir y tener pesadillas en lugar de sueños. Así era su vida ahora.
Contadas eran las ocasiones en las cuales su cerebro y cuerpo podían obtener descanso. Y, en esas veces, Sasuke era quien la reconfortaba. Caer dormida en la calidez de sus brazos, rodeada de su esencia, arrullada por su voz. Extrañaba eso. Pero más extrañaba esos momentos en los que él se comportaba tan tiernamente, cuidándola con esmero, ayudando a su herido corazón a poder curarse, provocando un agradable letargo en su cuerpo induciéndolo a descansar.
Si no recordaba mal, tres meses era el tiempo exacto en el que no había dormido a plenitud. Tres meses de distancia entre ella y Sasuke, con poca comunicación, pocas visitas, con poco entendimiento. Se sentía desprotegida, desamparada por completo. Él era su piedra, el cimiento que la mantenía cuerda, que obligaba a la cordura a no irse al lado oscuro, el que la ayuda a olvidar lo desagradable y cruel que la vida puede llegar a ser y tenía tres meses exactos sin todo eso.
Loca. Se estaba volviendo loca. Cada día, sus sentimientos por él crecían, aumentaban de manera vertiginosa, tanto que ya no podía contenerlos más. Tenía… debía… quería... decirle el secreto tan bien guardado. Gritarle su amor, besarlo y ser abrazado con amor, no con cariño. Ser estrujada entre sus fuertes brazos, acariciar su cuerpo y perderse en la cumbre del placer.
Sus fantasías se rompieron al sentirse chocar contra un muro caliente y duro: la espalda de Sasuke. Por ir tan distraída no notó que Sasuke se había detenido frente a ella y, como tonta, se estrelló contra él.
Un pequeño y avergonzado lo siento, escapó de los carnosos labios de la pelirosa. No hubo respuesta de parte de él, la miró directamente a los ojos, sonriendo arrogante al mirar el sonrojo en sus mejillas de porcelana. Era una vista demasiado agradable para Sasuke. Le encantaba observar las reacciones que su presencia causaba en Sakura.
Un chillido lo sacó del trance que Sakura le provocaba. Una de las porristas, fanática de Sasuke y su auto-proclamada Fan #1, se acercó a ellos. Empujó a Sakura para acercarse a él, provocando que perdiera el equilibrio y casi golpeara su hombro contra la pared.
Rápidamente, Sasuke envolvió su brazo derecho en la pequeña cintura de la pelirosa y la jaló contra su cuerpo impidiendo el accidente por ocurrir. Colérico, miró fríamente a la rubia quien empujó a Sakura y con una mirada llena de odio la hizo retroceder temblorosa.
Odiaba eso. Verdaderamente era un fastidio total tener que enfrentarse a todas esas locas que proclamaban amarlo incondicionalmente y lo único que les importaba era el dinero que su familia tenía y su fama como capitán del equipo de futbol. Pero, ni hablar, el mundo es así. El interés es uno de los principales problemas que su amado siempre había tenido para encontrar pareja.
Para Sakura era completamente extraño que Sasuke jamás hubiera tenido una novia. Tal vez se debía al hecho de que las mujeres lo tenían tan asediado, vuelto loco y completamente malhumorado. Creía ella que era el principal problema, es verdad que a la mayoría de los hombres les agradaría este hecho, pero Sasuke era diferente, "Es diferente", pensó Sakura con una sonrisa surcando sus labios. Sin lugar a dudas esa era una de las cualidades que más le gustaban de Sasuke. Lástima que, a pesar de tenerlo tan cerca, estaba tan lejos. Jamás podría alcanzarlo. Sasuke, para Sakura, era como uno de esos sueños que uno tiene en la infancia: el querer tocar la luna con los dedos, el pensar que, un día, al ser mayor, podría tocar las estrellas con las palmas de tus manos; si, en definitiva, completamente ridículo e infantil. Así era ella. Porque, si era sincera consigo misma, todavía, a pesar de los años juntos y de conocer la enorme distancia que existe entre ellos, no pierde la esperanza, se aferra a ella con todas sus fuerzas. Eso es uno de los legados que le dejó su madre, sabias palabras que quedaron grabadas en su cerebro y nunca jamás podría olvidarlas: "La esperanza es lo último que muere". La suya moría lentamente, como mueren las estrellas y sin que nadie note su desaparición. Ya casi estaba extinta.
Siguió caminando, ahondando en sus pensamientos cuando un repentino dolor en el brazo le hizo voltear a la derecha. Una fúrica pelirroja la miraba directamente con ojos como de navajas, si las miradas mataran Sakura habría caído en el piso en un charco de su propia sangre mientras la vida se le apagaba lentamente.
— ¿Qué se supone que haces con la chamarra de Sasuke? ¿Acaso le rogaste para que accediera a prestártela? — Espetó riendo burlonamente. — Así fue, ¿Verdad? — Volvió a preguntar con más furia
Sakura la miró como si tuviera tres cabezas, sabía la razón de su enojo, pero ella no era la culpable. Frente a ella estaba Karin Amamiya, la líder de porristas y acosadora de Sasuke. Karin era hermosa, Sakura siempre lo había pensado: Pecho grande, cintura estrecha, caderas grandes, pelirroja, ojos azules. El sueño de todo hombre y Sasuke, simplemente, no le prestaba atención alguna.
Al no recibir respuesta, apretó el brazo de la pelirosa con mayor fuerza, haciendo que Sakura gimiera adolorida. La loca pelirroja tenía bastante fuerza y Sakura solamente quería librarse de ella. Esta no era la primera ocasión en que ocurría algo como esto. Cada vez que la veía con Sasuke, cuando él pasaba tiempo con Sakura, cuando Sasuke ignoraba a Karin por irse con ella, la loca trataba de maltratarla físicamente, aunque jamás lograba mucho.
Enojada por la actitud de la loca, Sakura jaló su brazo al lado opuesto para desprenderse del desalmado agarre, lográndolo, pero no sin salir lastimada. Ignoró el dolor, lo urgente era deshacerse de la pelirroja a como diera lugar.
—Mira, no sé cuál es tu maldito problema, pero tampoco me interesa. Si lo que quieres es a Sasuke, se quedó atrás con uno de sus amigos, no entiendo que quieres de mí. — dijo fríamente, descolocando un poco a Karin. —Ya me tienes harta con tus quejas y lloriqueos, yo no tengo la culpa que Sasuke te considere tan desagradable que no pueda estar cerca de ti. ¿Te gustaría saber la razón del porqué él no se te acerca? Simplemente le fastidias, le das asco. Date a respetar, como esperas que los hombres quieran una relación seria contigo cuando te la pasas de ofrecida. A Sasuke le molesta eso. ¿Acaso no lo entiendes? Sé que no lo entiendes, tu cerebro es demasiado pequeño para comprenderlo. — Puntualizó furiosamente.
Karin estaba estupefacta. Y Sakura sonrió orgullosa por este hecho. Era la primera vez, en mucho tiempo, que le decía a alguien algo tan hiriente y, aunque no le gustaba hacer sentir mal a los demás, en esta ocasión se lo permitió. Karin ya la tenía harta, exasperada por completo y, también, se lo merecía. No era la primera, y estaba segura, ni la última vez que vendría enojada hacia Sakura para desquitar su frustración, ahora ya no se lo permitiría. La pondría en su lugar cuantas veces fueran necesarias hasta que su pequeño cerebro comprendiera que entre ella y Sasuke no había más que amistad. Aunque le dolía reconocerlo, era la pura verdad.
Karin tenía los ojos llenos de lágrimas no derramadas, producto de las palabras de la pelirosa, furia ciega reflejada en sus pupilas. Sakura parpadeó y pudo ver como Karin alzaba la mano izquierda con la meta de abofetearla. Sakura cerró sus ojos, ahora sí esperando el golpe que nunca llegó. Pasados unos segundos los abrió de nuevo, parpadeó varias veces no creyendo lo que observaba:
Sasuke sujetaba con fuerza el brazo de Karin, previniendo la ocurrencia de lo que Sakura había anticipado segundos antes.
Su voz grave y melodiosa se alzó entre el silencio y le dio a conocer su opinión a la pelirroja que, más indignada por haber sido detenida, jalaba y jalaba el brazo para quitar el apretado y doloroso agarre de Sasuke.
— ¿Qué se supone que ibas a hacer Karin? ¿Cuál es tu problema con Sakura? Si tienes algún problema con ella, lo tienes conmigo, así que dime ¿Cuál es tu maldito problema? —Preguntó con voz baja y peligrosa, dando a entender que su actitud no le gustaba nada.
La pelirroja parecía aterrada por la furia de Sasuke. No se movía, Sakura percibió que le temblaban las piernas. La pelirosa conocía perfectamente esos arranques, en más de una ocasión había sido testigo de ellos e incluso había sido el blanco de ello. No eran buenos recuerdos pero le habían enseñado a no molestarlo más de lo común. Si bien Sasuke nunca se comportaba violento, salvo en esas ocasiones en las que ella lo llevaba al máximo de su paciencia, aunque nunca la golpeó si sintió esa cruel y fría mirada clavarle puñales en el corazón.
Sasuke siempre se disculpaba después de esos episodios, sin embargo su corazón no se curaba del todo, pequeños pedazos se caían y no volvían, pero, desafortunadamente, no apagaban su amor por él. Tal vez era masoquista y no lo dudaba, ¿Quién, en su sano juicio, permanecería al lado de su fuente de dolor? Muchas personas, se dijo tratando de excusarse, buscando una forma de sentirse mejor, pero no, el alivio nunca llegaba, solamente el dolor de saberse tonta y estúpida por esperar algo que, probablemente, jamás pasaría.
Tocó la espalda de Sasuke, sintiéndola tensa bajo su palma, le susurró "cálmate" y vio como sus hombros se relajaban. Volteó a verla directamente a los ojos, buscando erradicar el enojo por completo. Sakura tenía ese efecto sobre él, lograba darle paz y calma con tan solo un vistazo a sus hermosos y profundos ojos color esmeralda.
Con un bufido soltó a la temblorosa porrista para darle la espalda segundos después, tomó a sakura de la mano y la hizo seguirle hacia el salón de clases. Ya iban tarde pero eso no le importaba. Solamente quería estrechar a Sakura entre sus brazos para sentirla bien, para llenarse del agradable calor que su cuerpo era capaz de proveerle. Ella era la única mujer que le hacía sentir algo, por más extraño que eso sonara. No podía evitarlo, cuando la tenía en su presencia incluso llegaba a sonreír o reír.
Las expresiones eran raras en su rostro, era un hombre sumamente inexpresivo, razón por la cual le apodaban "príncipe de hielo", pero era una fachada, una mentira creída hasta por sí mismo, los sentimientos eran una debilidad que le habían costado muchas tragedias años atrás, por eso no quería sentir más. Irónico como es que, a pesar de su insistencia en la erradicación de los sentimientos de cara, cuerpo y mente, no lo lograba estando cerca de Sakura. Lo más curioso, sin lugar a dudas, era que no le molestaba. No le importaba mostrarle facetas que otras personas jamás habían tenido, ni tendrían, el privilegio de conocer.
Sentir la pequeña y tibia mano de Sakura en la suya tan grande y helada era… reconfortante. Algo en ella lo incitaba a sentirse a gusto y bien, desinhibido hasta el punto de mostrarle su verdadero yo, sin miedos ni temores a ser lastimado como muchas otras veces en el pasado.
Miedo. Era una de las razones por las cuales no mostraba sus sentimientos: miedo al dolor y a ser lastimado de nueva cuenta, no confiaba en nadie, no podía ni quería hacerlo. Solamente ella tenía todo eso que las demás jamás podrían. Su entera confianza y lealtad, ese sentimiento de sobreprotección que surgía en su pecho cada vez que la miraba, esa sensación de posesividad sobre ella. Estaba mal, lo sabía de antemano. Ella no era un objeto y mucho menos eran pareja como para poder marcarla como suya, pero deseaba con fuerza que así fuera.
Si Sakura se mantenía soltera era por su culpa. Lo admitía, era su culpa. Él mantenía a raya a todo aquel que sintiera cualquier tipo de atracción hacia su querida pelirosa. No soportaba la idea de Sakura saliendo con alguien que no fuese él, tomándose de la mano con otro, regalándole esa dulce y hermosa sonrisa que era solamente suya. No quería que esas bellas esmeraldas vieran a alguien más, no quería que nadie tuviera el derecho de estar cerca de ella, de tocarla, de besarla, de acariciar su cabello o su cuerpo. Si, sonaba irracionalmente posesivo pero, no podía evitarlo, sus sentimientos por ella eran tan fuertes que, en muchas ocasiones, se preguntaba cuan profundos serían.
Bueno, hasta aquí la primera parte. Los comentarios son bien recibidos, acepto la crítica constructiva y cualquier duda, pregunta, o comentario que quieran dejar.
Espero que les haya gustado y nos leemos el sábado en la siguiente y última parte.
El epílogo estaría arriba el domingo o lunes a mas tardar.
Saludos!
Karly666-chan
