Los personajes son de Stephenie Meyer. La trama es de Nina Coombs. Yo solo junto ambas cosas, para dar a conocer la historia por estos rumbos.
Summary: ¡No tengas nunca una aventura amorosa con tu jefe! Esa era la primera regla laboral que Bella Swan había aprendido. Sin embargo, desde el principio el as del rodeo, Edward Masen, demostró claramente que la amaba… y no porque su rancho necesitara desesperadamente una veterinaria. Ella juró que no cedería, que lo obligaría a tratarla como a una profesional. Pero no podía negar que la persistencia del rudo vaquero debilitaría todos sus buenos propósitos…
Love So Fearful
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Bella Swan se echó su nuevo Stetson hacia atrás, sobre su largo cabello castaño rojizo, y contempló su imagen en el espejo del probador. La nueva camisa a cuadros que le caía a lo largo del cuerpo ya no le daba un aspecto tan serio, pero de ese modo conseguiría al menos no llegar al rancho con el aspecto de una estúpida chica de ciudad. Había tenido suerte al conseguir ese trabajo, mucha suerte, se dijo a sí misma. El venir al Oeste había sido toda una aventura y ahora iba a iniciar su trabajo como veterinaria residente en el Rocking D, en las afueras de Miles City, Montana.
Tras haberse graduado en la facultad de Veterinaria, había trabajado en varias clínicas de animales domésticos de Cleveland, Ohio, pero Bella era una verdadera chica de campo, nacida y criada en una granja, y lo que más le gustaban eran los caballos. Y no era nada sorprendente que los caballos no aparecieran por los hospitales de animales domésticos de las ciudades. La granja fue vendida tras la muerte de sus padres y el dinero obtenido apenas alcanzó para liquidar las deudas. No tenía nada que la atara en Ohio, ni en ninguna parte. Así que, llena de esperanzas, solicitó el trabajo en Montana. Tenía que admitir que fue toda una sorpresa el conseguirlo. Pero la perspectiva de trabajar como veterinaria en un rancho lleno de caballos le sonaba a música celestial.
Los ojos de Bella –del color café chocolate– se deslizaros sobre el resto de su figura, con los vaqueros adaptándose graciosamente alrededor de sus caderas y las nuevas botas enfundadas en sus pequeños pies. Puede que no fuera muy alta, pensó, pero su 1,62 de estatura podía ser resistente. Eso lo había demostrado en más de una ocasión.
Se apretó un poco más el cinturón alrededor de su delgada cintura y recogió el montón de ropa que había llevado hasta entonces.
–Éstas me parecen bien –le dijo al empleado, a quien ya antes le había preguntado qué solía llevar por allí la gente. Y, con una sonrisa, añadió–: Si le quita las etiquetas, me las llevaré puestas.
En realidad, y aparte de las botas, sus ropas nuevas no se diferenciaban mucho de las que acababa de recoger. El ir de compras le había dado la oportunidad de relajarse un poco antes de entrevistarse con su nuevo jefe. Le había explicado muy claramente como llegar al Rocking D, y Bella no esperaba tener problemas para encontrarlo.
Recogió sus paquetes y, dirigiendo una nueva sonrisa al empleado, se encaminó hacia la calle. El sol estaba alto en un cielo azul brillante y Bella cerró los ojos ante la luminosidad, asombrada como todas las personas procedentes del Este, para quienes los cielos grises son algo habitual. Se estremeció enérgicamente y se dirigió hacia la calle lateral donde había aparcado el coche. Sus pasos se apresuraron al darse cuenta de que había pasado en la tienda más tiempo del calculado. No deseaba iniciar su estancia en aquella ciudad con una multa de tráfico.
Dio la vuelta a la esquina casi corriendo y tropezó con un duro pecho masculino.
–Tómatelo con calma, jovencito –dijo lentamente el enorme vaquero cuyas rudas manos la sostuvieron por los hombros.
Durante un instante, Bella permaneció quieta, consiente del agradable olor a cuero y caballos que emanaba del hombre. Después, elevó su mirada y se encontró con un par de relampagueantes ojos esmeraldas en un vigoroso rostro bronceado. La sonrisa que él le dirigió adquirió un matiz de disculpa cuando sus ojos recorrieron su cuerpo.
–Lo siento, señorita. Desde luego, no es usted un jovencito.
Los ojos del hombre la miraban con apreciación y Bella se puso rígida. Suponía que los vaqueros no eran diferentes a otros hombres. Y los hombres la habían encontrado atractiva durante los años que fue a la facultad, pero invariablemente habían sido de dos clases: los que deseaban correrse una juerga agradable –darse un revolcón, como podría haber dicho este vaquero–, y los que, adoptando una actitud formal, esperaban que abandonara su carrera. Hasta el momento, Bella no había encontrado ninguno capaz de valorar aquello por lo que tanto había luchado. Así que tampoco tenía la intención de enamorarse de alguien tan egoísta. Deseaba el amor, desde luego, pero un amor duradero y rico, no la clase que limitaba y aprisionaba. Estos pensamientos cruzaron rápidamente por su mente mientras contemplaba los atractivos ojos del hombre.
–Perdone –se disculpó, con el tono más frío que pudo encontrar, mientras se apartaba.
Pero él no se desanimó. –¿Por qué? al fin y al cabo, me interpuse en su camino. Dígame, usted es nueva en la ciudad, ¿verdad?
–Si
La respuesta surgió sin haberla podido controlar e instantáneamente se enojó consigo misma. Tenía que hacer un trabajo, y eso no incluía flirtear con el primer vaquero que se encontrara por la calle.
–¿Cómo se llama? –le preguntó, acariciándola con su profunda voz, admirándola ahora claramente con la mirada.
Echando fuego por los ojos, Bella le rodeó, apretando con fuerza el paquete. No le gustaba aquel hombre. Era descaradamente masculino, la clase de hombre al que persiguen las mujeres. Sin duda, esperaba que ella se arrojara a sus pies, pensó malhumoradamente mientras se alejaba, haciendo sonar los tacones de sus nuevas botas sobre el pavimento.
–¡Eh, espere! –La llamó, con un acento divertido en su voz–. No se marche.
Pero Bella le ignoró y, afortunadamente, él no la siguió. Apretó los labios con gesto severo mientras subía a su pequeño Volkswagen de color crema con el que había atravesado el país. Si él hubiera intentado algo, habría mostrado una actitud amable y apenada, se dijo a sí misma.
Arrojó el paquete sobre el asiento de atrás e hizo un esfuerzo por respirar lenta y profundamente. El corazón le latía con violencia, y sentía el cuerpo recorrido por un repentino calor que no era provocado por el sol. ¿Cómo era posible que un hombre como aquél la afectara tanto, cuando siempre había despreciado a los de su tipo? Cerró los ojos por un instante, deseando contemplar un frío lago azul, lo que constituía su procedimiento habitual para calmarse. Pero, en esta ocasión, no funcionó. En vez del lago que solía imaginar, apareció en su mente la imagen del vaquero. A pesar de que le había visto una sola vez, aquella imagen era sorprendentemente completa. Coronaba el rudo rostro bronceado una mata de revuelto pelo cobrizo rizos sobresalían por debajo de un maltrecho y polvoriento Stetson. Tenía la nariz bien delineada y el mentón firme. Y ahora que Bella recordaba sus facciones, reparó en que una cicatriz le cruzaba la frente en diagonal. Una camisa a cuadros, algo húmeda, cubría el pecho contra el que tan bruscamente había tropezado, y Bella frunció el ceño al recordar el crespo vello cobrizo que sobresalía por encima del botón superior. La imagen de la parte inferior del vaquero era menos nítida, pero durante el breve contacto con su abdomen, las manos de la mujer sólo duro músculo masculino, y la sangre le afluyó al rostro al recordar el choque de los muslos varoniles con los suyos durante el encontronazo.
Bella abrió los ojos con un sobresalto y agitó la cabeza, malhumorada. Aquello era ridículo. Sería mucho mejor que pensara en su nuevo trabajo. Sin duda, Montana rebosaba de vaqueros viriles, y se acostumbraría a ellos. Se concentró en las instrucciones para llegar a su destino.
Una media hora más tarde, el pequeño 'escarabajo' pasaba bajo el gran letrero de madera que indicaba el comienzo del Rocking D. Mientras el vehículo avanzaba traqueteando más allá de la reja metálica de protección para el ganado, Bella se dijo que hasta entonces todo le había salido bien. Condujo lentamente por el sendero, que presentaba algunos baches, y pronto el rancho empezó a desplegarse ante ella. Contempló un rebaño que pasaba en la pradera cercana, y pensó que las instalaciones y el terreno tenían una considerable extensión. Sabía ya que se trataba de un rancho en plena explotación, con un ganado del que tendría que cuidar, pero ella anhelaba sobre todo ocuparse de los caballos, los fuertes, macizos y amistosos caballos.
Los caballos la habían acompañado en sus años juveniles, y para ella eran mejores amigos que los perros. En aquel rancho iba a cuidar de muchos: el anuncio decía claramente que los caballos ocuparían la parte principal de su trabajo. En los carnosos labios de Bella se dibujó una sonrisa. ¡Estaba deseando verlos!
Siguió el sendero irregular, pasando por delante de la casa, bastante anticuada pero de aspecto acogedor, hasta llegar a los establos. El lugar parecía deteriorado por la intemperie, pero Bella consideró que aquello era muy natural. Después de todo, se trataba de un rancho en explotación y no de un lugar de recreo.
Detuvo el vehículo y enderezó los hombros. No era el momento adecuado de sufrir un ataque de nervios, se dijo irónicamente. Hasta entonces no había sido consiente de su nerviosismo. Después de todo, no era probable que el señor Masen permitiera a nadie hacer semejante viaje si no tenía intención de aceptarle a su servicio.
Abrió la portezuela y bajó del coche, colocándose con más firmeza su Stetson nuevo en la cabeza. Ahora tenía que encontrar al señor Masen. Se dirigió a la puerta de lo que parecía ser un cuarto de arreos, preguntándose que aspecto tendría su nuevo jefe.
–¿Hay alguien aquí? –preguntó, mientras golpeaba la puerta con los nudillos.
–Entre –replicó una voz áspera.
Bella abrió la puerta y entró en la estancia. Acostumbrada a la brillante luz del exterior, no pudo ver nada en aquel interior sombrío. Parpadeó rápidamente, tratando de adaptar su visión a la oscuridad.
–Dígame, señorita –la voz áspera pareció ablandarse levemente–, ¿busca a alguien?
Bella asintió. Ahora podía distinguir al hombre ya entrado en años que estaba sentado en un rincón.
–Sí, busco al dueño.
–El jefe aún no ha vuelto –dijo el anciano, cuya mirada recorría a la mujer de la cabeza a los pies–. ¿Sabía que iba a venir usted?
–Sí –respondió Bella, preguntándose si todos los hombres del Oeste miraban a las mujeres de una manera tan francamente apreciativa–. Pero desconocía la hora exacta de mi llegada.
El hombre alzó una mano morena y curtida por el trabajo para rascarse la cabeza.
–Eso no parece propio del jefe. Le gusta que vengan pronto.
Bella se ruborizó.
–Me temo que sufre usted algún error –le dijo en tono tenso–. Soy Bella Swan, la nueva veterinaria.
–¿Cómo? –El viejo vaquero se puso de pie y la miró con fijeza–. ¡No me diga! ¡Usted no puede ser eso!
Bella refrenó la irritación que sentía.
–Por favor, señor…
–Seth Clearwater –dijo él–. Llámeme Seth
–Por favor, señor Clearwater, le aseguro que soy Bella Swan, la nueva veterinaria. El señor Masen esperaba mi llegada dentro de una semana. Mire. –Abrió su bolso–. Tengo esta carta.
–No necesito eso –replicó Seth, lanzando una bocanada de humo de tabaco a una mosca desprevenida–. Se como se llama y conozco sus datos. –la mirada de sus ojos negros reflejaba astucia–. Yo mismo colaboré en su elección, pero no esperaba que fuera una muñeca de porcelana. Pensé que sería una fornida moza irlandesa.
La irritación de Bella se desvaneció.
–Soy irlandesa, en efecto señor Clearwater. Y a pesar de mi constitución menuda, estoy plenamente capacitada. –Le dirigió una sonrisa afectuosa y añadió–: Ya sabe que las cosas buenas van en envases pequeños.
Una sonrisa maliciosa iluminó el rostro arrugado de Seth.
–Ya ha convencido usted a este viejo irlandés. Nunca pude resistirme a una moza guapa. Y tiene buenas credenciales, que las he visto. –Meneó la cabeza–. Pero que me aspen si no parece usted delicada. Por su aspecto se diría que podría romperse con solo que un hombre le pusiera un dedo encima.
Bella se echó a reír.
–Le aseguro, Seth, que soy dura como los clavos. Ya verá.
Seth asintió.
–El que me preocupa ahora es el jefe. No estaba muy decidido a contratar a una mujer- –su curtido rostro se contrajo en una mueca–. La verdad es que estaba en contra. Fui yo quien le persuadió. –Exhaló un suspiro–. Y ahora van a caer sobre mí sus maldiciones.
–Eso es una tontería –dijo Bella, deseando que el jefe estuviera allí–. ¿Qué importa mi talla?
–Mire, los caballos son grandes. Usted sabe montar, ¿verdad?
Bella soltó una risa clara y vibrante.
–Desde los cinco años, Seth. Los caballos fueron mi primer amor. Por eso solicité este trabajo.
–Naturalmente –dijo Seth, cogiendo un viejo Stetson y ajustándoselo a la cabeza–. Solo que… parece demasiado delicada, incluso con esa ropa. ¿Dónde están sus cosas? Será mejor que la acomode antes de que regrese Edward.
–Tengo el coche ahí afuera –replicó Bella–. No cree usted que me rechazará, ¿verdad? –le preguntó con ansiedad mientras le seguía al exterior–. Verá, he hecho un largo viaje desde Ohio.
Seth se encogió de hombros.
–No puedo prometerle nada cuando el jefe está de por medio. Pero es un hombre justo.
Bella le dirigió una fría mirada mientras abría la portezuela de su coche.
–¡Vaya consuelo! –exclamó.
Sacó una maleta y la dejó en el suelo. Seth soltó una risita.
–Permítame darle un pequeño consejo, señorita. No le hable al jefe con ese tono altanero, porque pronto le bajará los humos.
–¡No me diga!
Bella empezaba a dudar seriamente de que hubiera obrado con prudencia al aceptar aquel empleo, pero siguió sacando su equipaje del coche.
–El jefe es un poco quisquilloso de vez en cuando –dijo Seth jovialmente, mientras recogía el equipaje–. Pero tiene sus razones para ello. Ser un capeón mundial como jinete de potros cerriles no es moco de pavo, ¿sabe? Morder el polvo no es como caer en un lecho de plumas. Así se rompen los huesos.
Bella suspiró y siguió al hombre a través del patio, con una maleta en cada mano. Tendría que conseguir trabajo con un hombre que era imposible de complacer.
–Este va a ser su consultorio –dijo Seth, tras abrir la puerta de otra dependencia–. Ahora está algo sucio.
A Bella se le cayeron las maletas de las manos. ¡Algo sucio! La habitación estaba llena de telarañas, como una escena de una película de terror, y el polvo acumulado en el suelo debía tener por lo menos dos centímetros de espesor.
–Tenía la intención de limpiarlo –dijo Seth en tono de disculpa–, pero he estado ocupado –dio unos pasos, dejando las huellas de sus botas en el polvo–. Ahí hay otra habitación. –indicó una puerta abierta–. Había pensado que la moza dormiría aquí. –La miró y volvió a menear la cabeza–. Como le he dicho creía que sería una mozarrona no demasiado fina.
–No se preocupe –replicó Bella, procurando dar la impresión de que aquello era lo que había esperado. Seth dejó la maleta encima del camastro, levantando una nube de polvo que hizo toser a Bella. Cuando pudo detenerse le preguntó–: ¿Cuándo dispondré de una escoba, un cubo y un cepillo de fregar?
–Le conseguiré todo eso –dijo Seth–. Ahora mismo.
–Y será mejor que no traiga nada más –le gritó Bella cuando el viejo ya se alejaba–, al menos hasta que esté limpio.
Se quitó su Stetson nuevo y miró a su alrededor. No había un solo lugar limpio en la estancia donde pudiera dejarlo. Lanzando otro suspiro, regresó al cuarto de los arreos y colgó el sombrero en un clavo de la pared. Luego se arremangó y se puso a trabajar.
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Dos horas más tarde Bella se enderezó fatigosamente. La camisa recién estrenada se le pegaba a la espalda. Las habitaciones eran cálidas y estaban poco ventiladas. Ni siquiera los dos ventanucos que al fin había logrado abrir al coste de una uña rota dejaban pasar mucho aire. El cabello, húmedo de sudor, se le pegaba al cuello. Tenía la sensación de que se había bañado con los tejanos puestos y las botas nuevas le hacían daño. Aquella clase de trabajo no entraba en absoluto en el trato que habían hecho. Se enjuagó el sudor de la frente, dejando otro manchón de mugre en la mejilla.
Por fin el futuro consultorio quedó en unas condiciones aceptables. Entonces se dispuso a emprenderla con el dormitorio. Sacaría el colchón al aire libre, para que le diera el sol. Por muy cansada que estuviera, le sería imposible dormir en aquel sucio jergón. Con un suspiro de fatiga, bajó las maletas al suelo. Tendría que pedirle a Seth ropa limpia de cama. Sin duda, dormir sin sábanas no era una condición del empleo.
Revisó un momento el repugnante colchón. Ni siquiera el polvo ocultaba varios agujeros en la tela. Después de los comentarios de Seth, no tenía intención de pedirle ayuda al viejo. Cogió el jergón por un extremo y lo enrolló. Aunque era delgado y apelmazado, su volumen era aun excesivo para que ella pudiera abarcarlo con los brazos. Con un gruñido de exasperación, lo dejó caer de nuevo contra los muebles chirriantes. Tendría que arrastrarlo al exterior. No había otra manera de hacerlo, ni había razón para esperar a más tarde. Lo cogió por un extremo y lo arrojó al suelo.
Gracias a Dios, había encontrado un baño rudimentario en un cuartucho junto al llamado dormitorio. No era más que un lavabo, con la pica agrietada, y una ducha con el pie de estaño, pero al menos podría lavarse allí. Le parecía que nunca acabaría de restregarse el polvo y la suciedad.
A fuerza de muchas maniobras, por fin logró salir al exterior arrastrando el colchón. Con una sorda exclamación de fastidio, miró a su alrededor. Debía de haber algún lugar limpio allí. Entonces reparó en el Volkswagen, que había lavado el día anterior. ¡Pondría el colchón sobre el techo! Recorrió con el a rastras la distancia que la separaba del coche. Le costó muchos esfuerzos y jadeos, pero al fin logró subir el miserable jergón por el capo del vehículo y retrocedió, con las manos en las caderas, descansando unos instantes antes de volver a la batalla contra el polvo.
Bella no tendía a maldecir, pero la visión de aquel asqueroso cochón, que a la luz del sol parecía todavía peor, la exasperó. ¿Quién podía esperar que nadie, hombre o mujer, viviera en medio de aquella suciedad? Soltó una maldición y giró sobre sus talones. Le esperaba el resto de la mugre… y estaba decidida a vencerla.
–¡Oh! –Bella chocó de nuevo contra un pecho masculino, y no necesitó el olor de los caballos y del cuero para saber que era el mismo vaquero que había visto en la ciudad. La fatiga le había agotado la paciencia, por lo que retrocedió un paso y le miró furiosa–: ¿Qué hace usted aquí?
El vaquero tenía el ceño fruncido.
–Eso es exactamente lo que quiero preguntarle a usted.
–No es asunto suyo –replicó ella–. Resulta que trabajo aquí.
–¿Desde cuando?
–Desde que el señor Masen me contrató.
–El señor Masen –repitió el hombre, enarcando una ceja–. Así que el señor Masen la contrató para trabajar aquí.
Bella asintió.
–Eso es precisamente lo que he dicho. Ahora, si se aparta de mi camino volveré al trabajo.
–¿Qué clase de trabajo? ¿Es usted una señora de la limpieza?
A Bella no le pasó desapercibido el tono jocoso en la voz del vaquero.
–No señor, soy la nueva veterinaria del Rocking D –dijo ella vivamente.
–¿Mi nueva qué? –gritó el hombre, cuyos ojos esmeraldas le dirigían una mirada glacial y perforadora.
A Bella le tocó el turno de mirarle a su vez.
–¿Ha… ha dicho su…?
–Así es. Soy Edward Masen. Y usted es en realidad…
–Bella Swan. Lo siento, señor Masen. No tenía idea de quien era. Pensé… –sonrió desconsolada y deseó que él no la mirase de aquella manera–. Estoy acalorada y cansada. Y me temo que también malhumorada.
El vaquero asintió.
–¿Qué está haciendo con eso?
–Aireo mi colchón –dijo Bella con calma–. Acabo de limpiar la habitación. –Edward Masen se la quedó mirando un largo momento, y ella se preguntó si la habría oído –. Señor Masen…
–Me llamo Edward –dijo él distraídamente–. Pero esto no era para usted. Le dije a Seth que contratar a una mujer sería un error, pero el viejo chiflado se aferró a la idea. Dijo que animaría al lugar, que sería bueno para la moral.
El genio de Bella, que nunca podía dominar bien, amenazó con exaltarse de nuevo.
–Soy veterinaria, señor Masen, no un objeto decorativo. Si quiere animar el lugar –añadió en un tono tajante–, sería mejor que contratara a otra persona. Yo voy a estar ocupada tratando a los caballos.
–No serán los míos –replicó él.
–¿Qué quiere decir con eso? –le preguntó, deseando encontrarse de nuevo en Ohio, donde la gente se comportaba con decencia.
–Lo que he dicho. Usted no es más que un tapón.
Como aquel hombre la miraba desde su 1,85 de estatura, Bella difícilmente podía refutar aquello, pero intentó replicar por dignidad.
–Mi estatura no tiene nada que ver con la eficacia en el trabajo. Lo aceptaré si no me pide que coja a los caballos en brazos.
Su sarcasmo causó poca impresión en el vaquero, aunque vio que éste alzaba momentáneamente una negra ceja.
–Claro que no, pero este trabajo exige energía.
–Tengo toda la necesaria –le aseguró Bella.
–¿Usted? –Su mirada expresaba claramente incredulidad–. Parece como si no hubiera levantado un dedo en toda su vida.
Como acababa de pasar largo rato limpiando una habitación que no era adecuada siquiera para albergar a un cerdo, y como sabía que estaba sucia y llena de polvo, su genio estalló.
–Me tiene sin cuidado lo que le parezca –dijo, alzando la voz. Aquel hombre la ponía furiosa–. ¡Puedo hacer el trabajo tan bien como cualquier hombre!
El vaquero se echó sus Stetson atrás, y un rizo de pelo cobrizo cayó sobre la frente.
–Tal vez pueda usted manejar a las yeguas, y hasta algún novillo enfermo de vez en cuando. Pero acabo de adquirir un nuevo semental, Diablo se llama, y el nombre no puede ser más adecuado. Es el diablo más traicionero que he visto jamás. Pero lo domaré.
–¿Cómo se comporta ese caballo? –le preguntó Bella, frunciendo el ceño.
Edward meneó la cabeza.
–Debe estar loca, muchacha. ¿Qué cómo se comporta? Se lo diré. No le basta con derribar a los vaqueros, lo que es natural que hagan los caballos salvajes, sino que ese bruto loco cree que es un toro e intenta pisotearlos. Ni siquiera lo quieren en los rodeos, y las empresas ganaderas lo consideran demasiado malo para quedárselo. Pero tiene una estampa magnífica. Por eso lo compré. Tengo la intención de domarlo. –su mirada se endureció y añadió–: Y lo domaré.
–¿Sabe algo sobre los antecedentes del animal? Por ejemplo, ¿cuándo empezó a comportarse así?
Edward se encogió de hombros.
–¿Quién demonios lo sabe? Voy a criarlo, no a casarme con él.
–Probablemente le han tratado mal –dijo Bella, siguiendo la misma línea del pensamiento–. Un poco de amabilidad podría hacerle cambiar por completo.
Edward Masen soltó un bufido.
–¡Un poco de amabilidad! Está usted loca. Lo que ese caballo necesita es mano dura, auténtica disciplina.
Bella solo podía mirarle enfurecida.
–Muy propio de un hombre… arreglarlo todo con la fuerza, hacer que todo el mundo se rinda.
Edward asintió.
–Los hombres somos más fuertes que las mujeres, y más listos que los caballos.
Bella apenas pudo reprimir una exclamación de disgusto, y la sonrisa del vaquero le dijo que la había oído.
–Los animales no son como las personas –replicó ella–. En general tienen una buena razón para comportarse como lo hacen.
Él no se molestó en replicar, mientras la examinaba una vez más, pensativo.
–De acuerdo, puede quedarse. Pero durante un mes estará a prueba.
El júbilo de Bella se disipó pronto. ¡A prueba! Pero entonces el sentido común pasó a primer término, junto con su testarudez irlandesa. No era de la clase de personas que se rinden. Edward Masen lo descubriría.
–Y deseo que quede clara una cosa –añadió él, con expresión seria–. No quiero que ponga en práctica ninguna de sus teorías sobre la amabilidad. No deberá acercarse al semental a menos que esté realmente enfermo. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –dijo ella con desgana, pero sabiendo que debía decirlo. Se sentía completamente debilitada, abrumada por el calor, y se enjuagó la frente con una mano sucia–. Y ahora, si me permite continuar con la limpieza…
Edward Masen agitó de nuevo la cabeza.
–¿Dónde están sus cosas?
–Parte en el coche y parte ahí dentro… en mi habitación.
Pronunció la última palabra con un estremecimiento de repugnancia.
–No va a dormir ahí –dijo él con brusquedad–. Olvídelo. Ocupará uno de los dormitorios de la casa. –Ceñudo, empujó el colchón y abrió la portezuela del coche–. Le mostraré su habitación y luego enviaré a alguien para que recoja el resto de su equipaje. Espere a que coja a ese Seth por mi cuenta. Le daré a ese viejo demonio un buen tirón de orejas.
Bella pensó en protestar, pero cuando se imaginó pasar la noche en aquel pequeño y horrible cuarto, decidió guardar silencio. Cogió dos maletas y siguió al vaquero por el sendero que conducía a la casa.
La habitación que le dio era clara y soleada, con grandes ventanas y un baño adjunto. Bella trató de reprimir un suspiro de alivio al verlo.
–Gracias, señor Masen –le dijo con verdadera sinceridad.
–Prefiero que me llame Edward –dijo él–. Aquí no somos muy formales. Comerá también en la casa. La señora Weber es una excelente cocinera. Sólo tiene que decirle lo que desea.
–Eso no es necesario –empezó a decir Bella–. Puedo cocinar yo misma.
Él sonrió de un modo inexorable.
–No cocinará en los dominios de la señora Weber. Es la mejor cocinera del condado, se marchará con más rapidez de la que emplea una serpiente cascabel para atacar. –Alzó un dedo en un gesto de advertencia–. Y usted también se irá. ¿Comprendido?
Bella asintió.
–Comprendido, señor Masen.
–Edward –le recordó él. Consultó su reloj–. Ahora he de apresurarme. He de reunirme con alguien para cenar. La veré mañana por la mañana. Pídale a la señora Weber cualquier cosa que necesite.
–Gracias –replicó Bella mientras le veía cruzar la habitación. Sus largas y musculosas piernas tensaban los polvorientos tejanos en que estaban enfundadas.
Así que aquél era Edward Masen, su nuevo jefe, se dijo Bella mientras abría una maleta y sacaba una muda de ropa. No podía haber encontrado a un hombre más atractivo e irritante a la vez.
He aquí el primer cap! Espero les guste la historia, ami en lo personal cuando lo leí me gustó. Ya saben, si les gusta no duden en dejar sus reviews para así saber si subir el siguiente cap.
Beatiful Blush
