Nota de la Autora: Nada de esto me pertenece, pues los personajes son de Masashi Kishimoto, a mi solo me atribuyo la trama.

Advertencias: Ninguna en especial, más adelante a lo mejor.

Dedicación: Especial dedicación a todos aquellos que me han leído alguna vez, a los que puede que comiencen ahora. A Soulness, por todas esas tardes escuchándome hablar.


Verano.

Cálido sol que despunta sus rayos a todas partes, capaz de iluminar hasta los más oscuros corazones.

Puro y leal. Roto y abandonado, marchito. Verano sin lluvia que abrasa con todo lo que se le pone por delante.

Sol con nombre y apellidos, con ojos azules y sonrisa zorruna. Hambre de mundo y de ramen.

Uzumaki Naruto para aquellos que le aman y que le odian.

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Perdió a sus padres siendo aún un bebé y nunca estuvo seguro de que era el amor paternal, nunca supo que era tener una familia. De orfanato a casa de acogida, de casa de acogida a orfanato, un círculo vicioso del que no podía escapar.

Con solo cinco años ya había estado en más casas y había roto más narices de las que sus regordetes dedos de infante podían contar. Guardaba tanta ira y tanta frustración en su pequeño corazón que había veces en las que soñaba que un monstruo horrible y temible habitaba dentro de él. Decidió que todas las acciones malas que hacía eran culpa de Él, del Monstruo que le acosaba día y noche.

No se preocupó nunca más de oír los gritos de los niños, no se quejó por los golpes que recibía por parte de los cuidadores cuando él se tomaba la justicia por su mano. No decía nada, porque en su infantil mente, él no había tenido nada que ver. Había sido el Monstruo, él era el causante de todo. De la tristeza. De los lloros. De la sangre.

De la soledad.

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Con diez años haya donde iba ya conocían su nombre por lo que pronto dejó de ir a casas de acogida y se mantuvo en el orfanato día y noche, absolutamente solo y sin ningún amigo que le dijera que tarde o temprano alguien le querría.

-Sí, es él. Es Uzumaki, sí, el niño que nadie quiere acoger- susurraban los posibles candidatos a padre que iban al orfanato. No le escogerían, nadie querría al niño del cabello limón. Nadie iba a ver dentro de él, no iban a consolarle ni a abrazarle. No le preguntarían si estaba bien, si se sentía solo. No harían nada, no moverían ni un dedo y le dejarían allí, solo y desamparado sin nadie que le enseñara a vivir, sin nadie que le demostrara que hasta el peor de los monstruos podía ser amado.

Su mirada pura, azul como el cielo, se ensombreció mientras se alejaba del despacho del director. No miró atrás en ningún momento, convencido de que nadie se daría cuenta de su ausencia, nadie haría nada por impedirlo y por supuesto, nadie iría tras él para prometerle que todo iría mejor, que al día siguiente saldría el sol y que a lo mejor habría alguien que se apiadara de su desquebrajada alma.

Arrastrando los pies llegó al columpio y en silencio se sentó en él, comenzando a balancearse suavemente, sin prisas, con la mirada clavada en el suelo y con el corazón un poco más roto. No había nadie en el patio de juegos, todos los niños estarían en sus pulcras habitaciones, con sus mejores galas, con sus más radiantes sonrisas ("Llévame contigo" dirían sus labios) y con sus ojos rebosantes de alegría y de suplica ("No me dejes aquí") como perros abandonados en la calle.

Levantó la mirada del suelo y echó el cuello hacia atrás, para que el abrasador sol de verano iluminara sus azulados ojos. Sonrió ampliamente y se balanceó con más entusiasmo, con más fuerza, reteniendo las lágrimas, dejando que el monstruo se acomodara tranquilamente en su alma. Con la vana esperanza de que alguien le salvara de si mismo.

Cuando estuvo lo suficientemente alto, cuando dejó de sentir el amargo sabor de la derrota en los labios, cuando la congoja desapareció de su corazón, cuando el Monstruo tomó el control de la situación saltó, con los brazos y las piernas extendidas. Con un grito de auxilió quemando su garganta y con una amplia sonrisa en el rostro.

-Está loco- dijeron algunos visitantes mientras le observaban revolcarse en la arena, sin dejar de reír en ningún momento. Loco no. Destrozado por todos ellos, por los niños, por sus padres muertos, por la vida.

Tenía diez años y un camino muy largo por delante, pero ya comenzaba a darse por vencido.

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Trece años y la misma sonrisa, el mismo lugar y las mismas ganas de llorar que hace tres años. Era verano y el sol brillaba con fuerza y tendido en la arena del patio de juegos dejó que los rayos del astro rey calentaran su rostro, que mostraba alguna que otra magulladura. No era extraño ver en él ese tipo de heridas, obtenía lo que daba. Si alguien le hablaba mal él respondía, si alguien se burlaba de él, Naruto simplemente dejaba que sus manos actuaran por si solas.

Comenzaban a cansarse de él, de sus múltiples peleas, de sus travesuras. Pero no conseguían que nadie se interesara por Naruto lo suficiente como para adoptarlo, por lo que él continuaba allí verano tras verano, con el corazón más marchito y con una sensación de cansancio constante.

-Basura…-susurró entre dientes mientras ponía sobre sus ojos su brazo izquierdo, el derecho descansaba debajo de su nuca, sirviéndole de apoyo.- Basura- volvió a susurrar, esta vez algo más fuerte, más como una suplica. ("Por favor sacadme de aquí") Pero nadie le escuchaba, todos estaba dentro, los niños con sus nuevos padres, los padres con sus nuevos hijos y el director con menos problemas. Sin embargo, él, Naruto, seguía ahí. Él, el verdadero problema del orfanato.

Oh, pero con el tiempo había cambiado. Alegre y despreocupado ya no tenía en cuenta que nadie quisiera llevarle a casa. No le importaba en lo más mínimo, en el futuro él se encargaría de demostrarles su error. Les haría ver que él no era escoria, que valía mucho más de lo que la gente veía a plena vista. Dibujó una sonrisa sincera en el rostro mientras escuchaba atentamente el relajante y bullicioso sonido que emitían los grillos.

Más humano que monstruo Naruto esperaba su turno.

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Y su turno llegó una cálida tarde de verano. Le faltaba poco para cumplir los diecisiete años y sentado en el mismo columpio de siempre vio como se acercaba a él un hombre maduro, con una inquietante cicatriz en su ojo izquierdo. De pasos lánguidos y desgarbados y con un soberbio traje oscuro en el que la corbata de color rojo desentonaba.

-Uzumaki Naruto, ¿cierto?- preguntó a la par que se paraba delante de él, mirándole con su ojo sano con cierto interés, como si él fuera capaz de leer su interior, de ver el miedo, la soledad y la desesperanza que se obligaba a ocultar con radiantes sonrisas.

-¡Ese soy yo!- exclamó mientras se levantaba de un salto con una gran y amplia sonrisa en su zorruno rostro. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón naranja mientras miraba al extraño hombre. Éste, ante tal escrutinio sonrió de lado, levemente, una sonrisa apenas perceptible.

-Soy Hatake Kakashi. Tu nuevo tutor. ¿Qué tal si dejas de mentir?- inquirió mientras se acercaba a él y posaba sobre su coronilla una cálida y agradable mano.

Naruto miró el pecho del hombre sorprendido y angustiado. ¿Por qué ahora? Quiso decirle. ¿Por qué a mi? Quiso preguntarle ¿Por qué has tardado tanto? Quiso recriminarle. Pero no pudo, pues las lágrimas que tanto tiempo llevaba reteniendo desbordaron sus ojos azules y sin poder evitarlo se agarró a las solapas del traje de aquel hombre y dejó que las saladas lágrimas mancharan sus mejillas. Kakashi no dijo nada, sino que se mantuvo allí, impasible.

Naruto descubrió cuan cálido era un hogar en ese preciso momento.


Nota de la Autora: Muchas gracias por leer el primer capítulo de este mini-fic, pues solo contará de cinco capítulos, contando con este. Agradeceré reviews de todo tipo, ya sea con amenazas, halagos, suplicas para que deje de escribir, etc.

Besos, Sighs.

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