Disclaimer: Shingeki no Kyojin pertenece a Hajime Isayama.

Soy nueva en el fandom, he permanecido escondida leyendo fics desde hace tiempo, hasta que yo también he querido aportar un granito de arena. Espero que os guste. :)


Gris.

Aquel sería el único y triste color que recordaría antes de sentenciar los cortos y escasos quince años de vida que había experimentado. Jamás conocería mundo más allá de las inmensas y sobrecogedoras murallas que encerraban a toda una población, la fría piedra que simbolizaba sus cadenas que sujetarían su cuerpo lejos de la libertad. Oh, cuánto habría deseado haber nacido por segunda vez y ser un pájaro para poder desplegar sus alas, abrir horizontes, alejarse del dolor y resguardarse en la tranquilidad.

Pero la vida jamás fue creada para cumplir cada uno de tus deseos. No estaba hecha para la gente que ansiaba ser eterna, no establecía moldes ajustados para los que no podían levantarse después de caer contra el suelo. La vida era una fruta de tentación apetitosa, pero en cuanto la probases, su ácido te cubriría cada una de tus papilas gustativas para recordarte que la realidad estaba ahí, y quizás, no alcanzaba al agrado de todos.

Triste. Que un joven como él tuviese tan en claro aquellos pensamientos, demostraba la cruda situación en la que ahora mismo no solo él, sino el resto de personas, se veían obligadas a vivir. Cuando la guerra convertía al ser humano en su propio enemigo, potenciaba el lado más oscuro de sus iguales y tomaban decisiones a sangre fría, ya no había ninguna esperanza. Sin embargo, la tendría. Aunque sólo fuese una pequeña llama amenazada de convertirse en ceniza, conseguiría reunir el valor necesario para convertirla en el más ardiente fuego.

Las consecuencias habían sido desencadenadas por evidentes diferencias políticas y territoriales. Tres murallas dividían las extensas tierras: María, Rose, y por último, Sina. En su interior, cada una tenía en su posesión un reino, donde sus dirigentes gobernaban y guiaban a su pueblo hacia promesas futuras y bienestar social. Sin embargo, era más la existencia de palabras y menos acciones que fuesen totalmente acertadas, puesto que al final, siempre serían los inocentes quienes perdían el último aliento que demostraría la huella de que una vez, habían intentado sobrevivir.

Cuando estalló la primera guerra, cayó Rose. La afianzada protección y la seguridad quedaron reducidas a escombros, y los que allí vivían, no tuvieron oportunidad de defenderse. Sus descendientes no tuvieron oportunidad de ser recibidos por el calor de sus madres, ni de poder disfrutar de lo acogedor que llegaba a resultar estar bajo el techo de un hogar o de refugiarse entre sus mantas cuando el invierno les daba la bienvenida. Esto sucedió incluso antes de que los actuales herederos al trono de María y Sina, nacieran. Seguramente, ni sus padres, los reyes, habían llegado a ese mundo tan cruel. Se remontaba mucho, mucho tiempo atrás.

Ahora, Rose sólo era el vestigio de una tierra muerta. Muerta en el sentido de que ningún ciudadano se encontraba allí. Animales salvajes, y ruinas, poco más podrías descubrir. Acabaría convirtiéndose también, en el próximo campo de la batalla que estaría a punto de estallar entre María y Sina, todo por su afán de ser el único reino.

El más fuerte es quien termina comiéndose al más débil. Ley de leyes, natural e incapaz de ir en contra de ella. Esto lo entendía a la perfección, a pesar de lo muy en desacuerdo que pudiese estar. Él también sería comido.

Lo supo cuando ese día llegó. Reunieron a todos los jóvenes en la plaza mayor, de doce años hasta diecisiete. La ironía era palpable con tan sólo pensarlo: sólo convocaban cada año a las personas que aún no habían cumplido la mayoría de edad. Desconocía por qué razón se regía esta costumbre, pero era una obligación, no tenían la opción de decidir. Tampoco sus padres podían permitirse el lujo de oponerse, sus hijos eran ofrecidos para el bien del reino, y eso les suponía el máximo de los honores, aunque no fuese en realidad lo que sus corazones sentían.

No todos los jóvenes eran elegidos. Nombraban a un listado realizado y escrito por el puño y letra del consejero real. Una vez completado aquel pergamino, el resto tenían el alivio de regresas a sus hogares, sanos y salvos. ¿Por qué? Sencillo. Eran llamados para convertirse en soldados y acudir a la guerra. Se debía por las bajas ocasionadas en el ejército, algo que ya no era de extrañar.

En ese instante, mientras escuchaba los nombres y apellidos de chicos y chicas que alguna vez había jugado con ellos tiempo atrás, contenía la respiración. No había excepciones para salvar al reino, incluso las mujeres eran llamadas para enfrentarse a la muerte y perder la vida en el intento, su sufrimiento no era importante cuando los tiempos que venían eran oscuros y muy, muy turbios para el futuro que se proponían a alcanzar. A cada nombre que uno de los soldados suficientemente cualificados mencionaba con voz grave y autoritaria, lágrimas de madres y desesperación de padres inundaban sus oídos.

Su madre estaba entre ellos, él era consciente. Podía sentir perfectamente su mirada, a pesar de estar detrás de todo el grupo, pegada a las paredes de las casas, junto a otras vecinas, uniendo las pálidas manos, llevándoselas a los labios con el fin de que sus ruegos fuesen atendidos por un Dios que nunca había presenciado. Con su cabello rubio, tan hermoso, y sus ojos azules bajo unas ojeras provocadas por el desvelo de la noche anterior. La angustia engullía su alma por cada segundo que pasaba.

Todo iba a salir bien, se dijo. Ni él ni ella iban a ser nombrados. En ningún año habían sido pronunciados sus nombres, y esta vez no era diferente. Era atrevido pensar así, pero si no lo hacía ¿quién lo haría en su lugar? ¿Quién calmaría el corazón de su atormentada madre? ¿Quién sería el valiente de su familia, si su padre ya no estaba? Pero la casualidad no existía.

-¡Christa Renz!

El grito ahogado de su madre invadió su sentido auditivo, seguido de las lamentaciones de las mujeres que la acompañaban. Sus ojos se dirigieron a la nombrada, cuyo cuerpo temblaba entero por el destino que se le había asignado. Tan frágil, tan pura, sus labios entreabiertos por la impresión, sus piernas inmovilizadas por el miedo, su mirada que creó un contacto visual con él, la última mirada que tendrían aquel día.

La mirada de su hermana.

-¡Christa Renz!

No tardaría en salir la impaciencia del soldado si ella no acudía. Rompió el contacto en cuanto agachó la cabeza, asustada, cubriéndose los ojos y encogiéndose sus delgados y débiles hombros. Ella no estaba preparada. Y nunca lo iba a estar, porque él no quería perderla. Por más que el reino mandase sobre qué rumbo debía tomar la vida de cada uno de aquellos adolescentes, él no dejaría que decidiera el de su hermana. Por eso, reaccionó rápido, pese a que siempre analizaba la situación y buscaba solucionas beneficiosas para ambas partes, esta vez tocaba no pensar y alzar su voz por instinto.

-¡Me ofrezco en su lugar!

Silencio, aunque murmullos inundaron de inmediato la plaza. El soldado pareció contrariarse, en toda la historia jamás una persona se había ofrecido para ocupar el puesto de otra, y mucho menos para morir en la guerra. Observó la lista que portaba en sus manos, también llamó a dos compañeros, susurrando y debatiendo qué hacer. Él no iba a ser nombrado aquel año, porque si hubiese estado en el pergamino, le habrían dicho que aquella proposición era imposible. Por lo que, cuando vio el claro asentimiento de cabeza de aquel adulto, sólo pudo tragar en seco.

-¡Grite su nombre y apellido, futuro soldado!

-¡Armin Arlert!

¿Dónde consiguió la valentía para gritar su nombre sin que su voz sonara rota?

Tras haber respondido, comenzó a avanzar, extrañamente, sus piernas respondían como si fuese un autómata. No quería, no sentía el deseo de ir, pero ellas iban, como si ya hubiesen estado preparadas. Como si su subconsciente dejase de lado su pánico y obtuviese el poder de su cuerpo. Unos pasos corriendo tras él. Apenas se dio la vuelta, solo giró un poco la cabeza por encima del hombro. Christa lloraba, siendo detenida por chicas de su edad que tampoco habían sido nombradas, la madre de ambos también se aproximaba hacia ella, bañada en lágrimas. Alzaba el brazo hacia él, tratando de alcanzarle.

-¡Armin!- gritaba, desesperada.-¡Armin, no vayas!

-Christa…- él también quería llorar. Hubiera ido a los brazos de su media hermana, puesto que sólo compartían madre, aunque la sentía como tal a pesar de todo. Él se había encargado de cuidarla, de enseñarle todo lo que sabía. Pero no. Una sonrisa, aunque no realmente sentida, adornó sus labios.- Volveré con vida, Christa. Te lo prometo.

-¡Armin!

Ahora, sólo le quedaba mantenerla. El era un simple adolescente, quizás no cambiaría nada, ni la situación, ni la sociedad, pero sí podía cambiar su destino. Porque al fin y al cabo…

…era dueño de sí mismo.


Muralla María. Una sola persona del reino, era completamente consciente de la elección que hoy se estaba realizando en uno de los pueblos. Petra Ral, hija del rey. Un día gris se presentaba tras los cristales de sus aposentos, pero la escasa luminosidad del exterior había sido suficiente para que sus ojos almendrados despertasen, sus pestañas largas y negras abriéndose en el acto, observando la ventana como si fuera capaz de ver cómo hoy, un número de jóvenes se entregarían a una cruel misión por cumplir. Su padre no cesaba de repetirle al ver su triste rostro, que todo era por el bien del pueblo, que deberían de sentirse agradecidos. Pero ella, no sabía hasta qué punto eso era así. Se sobresaltó al escuchar leves toques en la puerta.

-Adelante.

Cuando se abrió, tras ella se dejó entrever a un muchacho joven, de unos quince años. Una sonrisa invadió los finos labios de la princesa, siempre que su presencia inundaba la habitación, una paz se instalaba en su alma, era difícil de explicar. Unos ojos que rozaban el color de la aguamarina, brillante y lleno de inocencia, la recibieron. Aquel individuo no era nada más ni nada menos, que su propio criado, aunque Petra odiaba llamarlo por ese sustantivo, prefería considerarlo como su confidente.

Evidenciando la diferencia de edad que ambos tenían el uno con el otro, lo cierto era que casi parecían hermanos, aunque no físicamente, si de forma psicológica. Se trataban con ternura y cariño, a pesar de las innumerables ocasiones en las que él, se reprendía por tomarse tantas confianzas, pero Petra alegaba con total seguridad, que aquello era una tontería si ella misma se lo permitía, al menos siendo en privado, como ahora. Aún así, Eren nunca perdía la educación y cierta cordialidad.

Y era normal, puesto que la princesa había sido su salvadora. Le debía prácticamente la vida. Había sido en una fecha de invierno, unos malhechores habían acabado con la vida de sus padres, y él terminó desamparado en la helada nieve, buscando sus propios métodos de supervivencia. Nadie notificó su ausencia, y mucho menos la de los señores Jaeger, ya que vivían lejos del pueblo, casi en las montañas.

En una actividad de la princesa, acompañada de su consejero, Auruo Bossard, le había insistido en salir al exterior para disfrutar de la nieve. Ignorando sus constantes quejas mientras cabalgaban en su caballo, Petra pudo distinguir a un niño de unos ocho años de edad, intentado cubrirse a duras penas cerca de las raíces de un árbol, escondiéndose en su tronco. Ella ordenó casi instantáneamente que detuvieran el corcel, bajándose del animal para correr en su ayuda. No era adecuado para una princesa, pero Petra odiaba las normas establecidas por la realeza.

El niño en un principio la miró con desconfianza al ver que se aproximaba, y los ojos de la joven se sorprendieron cuando comprobó que portaba un cuchillo en una de sus temblorosas manos, amenazándola. Y aunque el peligro era patente, Petra no retrocedió. Siguió avanzando, quitándose su capa mientras, y al llegar frente al pequeño, que estuvo a punto de arremeter contra ella, se detuvo al sentir el calor de una capucha cubriendo su cabeza y la capa rodeando su cuerpo. Sus ojos, que poseían una mezcla del verde y el azul, como si fuera un hermoso río en la primavera, la miraron, y ella sólo pudo sonreír.

Entonces, lloró, abrazándose a la princesa.

Auruo no pudo negarse a la petición de Petra cuando esta le dirigió una mirada completamente decidida. Ella acogería a ese niño. Sin temer que su padre la castigase, valdría la pena. Sería su nuevo amigo y compañero, y a cambio, dispondría de sus servicios…

…y de su más férrea lealtad.

Y ahora, tras años, ahí seguía, acudiendo a su habitación para aconsejarla, cuidarla, y ayudarla en todo lo que necesitase. La protegería aunque ese no fuese su deber principal. Daría su vida por ella. Cabello castaño y piel morena, eran tan distintos, mientras ella, pálida y de cabellos claros, rozaban parte de su suave mandíbula y el inicio de su cuello, del color de la madera cuando esclarecía.

-Buenos días, princesa.

-Buenos días, Eren.- respondió, aunque no tardó en entornar los ojos.-¿Cuántas veces tendré que decírtelo? En privado puedes llamarme por mi nombre. ¡Nadie está vigilando! Así que actúa con naturalidad, por favor.

Él exhaló un suspiro. Petra no se había percatado antes, Eren portaba en sus brazos una bandeja de plata con su desayuno. Con cuidado, avanzó para depositarlo en una mesita que poseía, donde solían haber libros o cartas para no caer tan rápido ante el sueño. Iba a permanecer de pie, pero Petra, como era habitual en su carácter, se lo impidió. De hecho, se apartó un poco en sus sábanas para dejarle un sitio a las orillas de la cama, palmeando el colchón para que tomara asiento.

No tuvo más remedio que corresponder su capricho. Se sentó, aunque incómodo por si alguien entraba, pero lo dudaba puesto que a esas horas tempranas de la mañana, los demás estaban desempeñando sus trabajos y tareas correspondientes. Petra no tocó su desayuno, en cambio volvió a dirigir su mirada al exterior. Eren ya sabía lo que le preocupaba.

-¿Ha sido hoy la nueva selección?- preguntó en un murmullo quedo.

-Sí. Chicos y chicas de tu edad, o incluso más jóvenes, pasarán a convertirse en soldados. Y mientras yo, he estado protegida por estas cuatro paredes.- la amargura era evidente en su voz.-¿Por qué, Eren? ¿Acaso su vida no vale lo mismo que la mía? ¿No deberían estar protegidos por mi padre?

-No es vuestra culpa, si os atrevéis a pensar eso.- tranquilizó Eren, mirándola directamente para que supiera que no sólo quería reconfortarla. No tenía intenciones de engañarla, ya que Petra era inteligente, sabía de la realidad.-Y tampoco es culpa de vuestro padre. Es el curso de la vida misma. Unos nacen para proteger a su pueblo, para luchar por él… no podemos escapar de la muerte. A todos nos llega, sólo que más tarde o más temprano. Mi muerte pudo haber llegado en aquel invierno, pero la vida quiso que siguiera viviendo, porque aún tengo que hacer algo antes de marcharme. Aún no lo sé, pero el tiempo lo dirá. Lo mismo es para los soldados. Si mueren antes, a pesar de que sea triste, morirán habiendo completado una misión en este mundo tan cruel.

El tacto de otra piel diferente a la suya, rodeó su mano derecha, acogiéndole en el pequeño abrazo de unos dedos como la porcelana, la mano de Petra que se entrelazaba con la suya, sin apartar la mirada de la ventana, encogiendo sus piernas mientras apoyaba parte del rostro en sus rodillas.

-Siempre consigues decir las palabras exactas para todo. Muchas gracias por seguir aquí, conmigo.- apretó su mano antes de dejarla y coger la bandeja.- ¡Bien! Veamos qué nos ha preparado el cocinero.

Sabiendo que aún Petra seguía pensando en esa situación tan injusta, cogió fuerzas para saborear el desayuno y que le agradeciese de su parte a los criados que se encargaban de la cocina, que trabajan muy duro junto al fuego. Mientras tanto, Eren se levantó para abrir la cómoda de la princesa y elegir la vestimenta que le tocaba ponerse hoy, debido a que tenía que dar una apariencia perfecta y radiante.

Escogió un vestido de tonos azules bordado con un amarillo en el corsé y en los bordes que se asemejaba al dorado, por lo que resaltaría su color de pelo y ojos. Cuando hubo terminado, dejó intimidad para que se vistiese a gusto, aunque a los segundos, Petra le suplicaba por ayuda para atarse el vestido desde atrás, debido a los numerosos cordones que este poseía. Siempre acababan riéndose por las quejas de las princesas, que fingía asfixiarse por cada cordón que estiraba, diciendo que ese era el peor método de tortura que una mujer noble podría recibir, pero Eren tenía mucho cuidado por si acaso.

Adecentando su cabello y colocándole una diadema sencilla para que no se le interpusiera algunos mechones en los ojos, Petra pareció recordar algo, y su sonrisa tan radiante le provocó a Eren decir:

-Así debéis sonreír todos los días, Petra. Todo hombre caería rendido ante usted.

-Me avergüenzas.- agradeció ella, riendo.-Estaba pensando justamente en una persona.

-¿Sería mucho atrevimiento preguntar de quién se trata?

-No le conocerás, puesto que apenas has sabido mucho de la Legión. No suele estar por el castillo, porque debe cumplir expediciones y descubrir qué trama el enemigo, pero cada vez que se realiza las nuevas selecciones, permanece un tiempo aquí para instruirlos.

-¿Tan importante es?- estaba sorprendido.

-Es el soldado más fuerte de la humanidad.- respondió, pudo ver que Petra parecía estar soñando despierta, o quizás eran imaginaciones suyas.- Se llama Rivaille.

-Ciertamente, tenía usted razón. Nunca he oído hablar de él, aunque sí de la Legión.- dijo, en parte apenado por su ignorancia.

-No te preocupes. Eren, él es… es un hombre al que muchos envidiarían. Estoy segura de que así debe de ser. Tiene una fortaleza que yo siempre he querido tener, es amable, considerado, un buen líder entregado a sus hombres…

-Pocas personas quedan con esas características, mi señora.- concordó Eren, estaba impresionado. ¿Cómo no sabía de una persona así? ¡Sería un honor conocerle!

-Estoy segura de que hoy vendrá. Te lo presentaré.

-¡N-no es necesario! Me basta saber que existe alguien así y sepa tratarla como yo la trato a usted.

-De eso no hay duda, Eren.- al terminar con su cabello, ella abandonó la silla, girándose hacia él y depositando un beso en su mejilla.-Voy a reunirme con mi padre. Nos veremos en la tarde. ¡No trabajes en exceso!

Y cuando se hubo marchado, Eren sólo pudo encogerse de hombros y negarse con la cabeza, sonriendo. La princesa nunca tendría remedio.


No había vuelta atrás. Su decisión ya había sido elegida, pese a que todavía se reproducía en su mente cada grito, cada lágrima, y cada palabra desesperada pronunciada por Christa, en un intento imposible de mantenerle a su lado, de mantenerle con vida. Pero, con el peso de una promesa sobre sus espaldas, Armin estaba siendo dirigido hacia las puertas del reino escondido tras las murallas, un lugar cuya presencia jamás imaginó ni en sus terribles pesadillas, pisar. No podía discernir qué era lo que más le infundía respeto, si la muralla María en todo su esplendor, o en el castillo que se alzaba frente a sus ojos, que perfectamente podría ser más grande que todos los hogares de un pueblo unidos.

Los orbes azules del joven se desviaban de vez en cuando al resto, los que serían sus futuros compañeros de batalla. Una chica que le duplicaba en altura, se mostraba seria pero confiada de sí misma, o eso creía ver Amin en el brillo de su mirada oscura, al igual que su piel tostada y cabello castaño. Le sacaría máximo dos cabezas a Christa, cuyo recuerdo seguía permanente en su memoria, y probablemente, sería así hasta el último de sus días. También había chicos de su edad o incluso de dos años mayor que él, unos parecían temblar ante lo que se avecinaba y otros guardaban la compostura.

¿Y él? ¿Cómo se vería él en aquellos instantes? Esperaba que su miedo no fuera palpable a través de sus ojos, puesto que Armin siempre había pensado desde pequeño, que la mirada era el espejo del alma, y aunque él no lo reconociera como tal, tenía una capacidad innata para ello. Reconocía los sentimientos mejor escondidos de la persona, no importaba cuán alta pudieran ser sus barreras, había nacido con esa cualidad. Lo que no sabría, era que en su nuevo destino, le traería más de un problema.

Entraron al castillo, cuyo interior se abría en un amplio campo de tierra, poseyendo un aspecto adecuado donde se podría establecer un entrenamiento. Pudo descubrir las caballerizas, no muy lejos de su posición, cruzaban en una esquina. En cuanto fueron llegando uno tras otro, los ordenaron situarse en filas. Contuvo el oxígeno en sus pulmones cuando uno de los soldados, gritó:

-¡Saluden, futuros soldados!

Tuvo que fijarse bien en el gesto de aquel soldado, efectuando con cierta torpeza el saludo. Brazo izquierdo tras la espalda, puño derecho en el corazón, piernas rectas, alzamiento de cabeza, ninguna expresión en el rostro, sólo predisposición ante cualquier situación. Un hombre dio aparición frente todo aquel grupo de jóvenes que enfrentaban con miedo a su destino. Keith Shadis, con demasiadas experiencias tras él y una personalidad difícil de soportar. Su rostro infundía respeto. Mientras le presentaban como el instructor de la nueva selección, este iniciaba un camino frente a cada uno de los que serían sus discípulos, gritando los nombres y apellidos para recibir una afirmativa, algunos con voz ahogada, y otros sin mostrar demasiada intimidación.

Se sobresaltó cuando gritó su propio nombre y tuvo que enderezarse casi de inmediato, respondiendo y que estaría dispuesto a entregarse a la causa que lo esperaba fuera de las murallas. El instructor Shadis no añadió nada más, pero Armin era completamente ajeno a los pensamientos que se cruzaron en la mente del hombre. Había visto en aquel joven una valentía escondida.

Tras poner los objetivos en claro y el entrenamiento que comenzaría mañana en la madrugada, les dieron el permiso para retirarse. Debía buscar la habitación que sería asignada para él, y esperaba tener al menos un compañero agradable, aunque Armin nunca había tenido ningún tipo de problema con las personas de su edad, excepto los que se reían a su costa por tener ideales tan utópicos y pensar que algún día, podría escapar de aquella muralla y del destino que la vida le había reservado.

Ese día no sólo lo recordaría como aquella mañana gris en la que se había sacrificado por su hermana y había formulado una promesa inquebrantable. También sería el día en el que un rayo de luz se interpuso en su camino, dejándole desarmado por primera vez, aunque en ese preciso instante no lo supiera. Una vez entró en la estructura de piedra donde el resto de soldados se hacían paso, caminando en los pasillos cuyas tablas de madera crujían bajo sus pies, simplemente buscando su puerta asignada, iba centrado más en ello que en las personas que se cruzaban delante, por lo que chocó abruptamente. Iba a musitar unas disculpas, pero la voz grave que le recibió no se lo permitió:

-¡Mira por dónde vas, novato!

Se atrevió a alzar la mirada. Unos ojos tan diferentes a los suyos, que extrañamente le recordaron al otoño, le miraban con desdén y molestia. A su lado, otro chico le acompañaba, mientras le daba leves palmadas en la espalda.

-¡Vamos Jean!- dijo en un tono jovial el desconocido.-No pierdas tus fuerzas con los principiantes, vamos a por la cena.

Armin sólo pudo bajar la cabeza en señal de disculpa, aunque sintió que no había sido suficiente para la persona con la que había iniciado una conversación con tan mal pie. Él se encogió de hombros, alejándose de ellos, pero aún sentía una mirada irritada sobre él, y en cuanto se hubo alejado, la nuca le ardía, como si miles de cuchillos estuvieran fijos en su persona.

Sería el inicio de su perdición.