No puedo decir que esta obra me pertenece al cien por ciento, los personajes han sido tomadas de la serie Once Upon a Time y puestos en un escenario diferente con un poco de imaginación.
Quiero agradecer a mi gran amigo Emanu chan por proporcionar el titulo. Arigatou para ti también, si, tú que te has tomado el tiempo de leer un poco de mi alocada imaginación. Arigatou mil veces.
Parte primera
Desde la primera vez en la que la vi sentí la necesidad de volver a escribir sobre el amor, de sentirlo y vivirlo. Después de todo, todos necesitamos un poco de ese extraño e inentendible sentimiento. Lo que me parecía tonto era pensar en alguien que ni siquiera conocía. Ni siquiera sabía su nombre, pero la imagen de su cabello oscuro, sus ojos marrones y aquella triste sonrisa, habían quedado implantadas en mi memoria.
Después de observarla varios minutos nuestras miradas se encontraron y sentí una leve punzada en el corazón. Ella sonrió y desapareció entre la multitud. La necesidad de seguirla me había invadido, pero ¿Qué le diría, si la alcanzara? No nos conocíamos, solo era una desconocida para ella y ella para mí.
Quite la mirada del vaso de cerveza que había pedido y observe detenidamente a mi alrededor. El bar del hotel Kifisia se encontraba atestado de soldados del ejército británico. Todos vestían de caqui pero era notorio que no todos eran ingleses, muchos hablaban en idiomas diferentes. Después de un momento me di cuenta que era la única norteamericana allí.
La segunda guerra mundial estaba en su apogeo y surgían rumores de que los alemanes se apoderarían de Grecia dentro de poco. Al parecer a nadie allí le importaba, todos reían y bebían como si nada estuviera ocurriendo afuera. Observe el reloj de pulso. Faltaba media hora para la cita con el viejo abogado de mi abuelo y en dos horas más estaría tomando mi vuelo hacia Londres y de allí a San Francisco. Todo seguiría siendo como era. Vería a mi hijo Henry, pelearía con el editor como de costumbre y compartiría mis anécdotas del viaje con los demás en la editorial.
Solo era cuestión de tiempo para terminar con aquello que desde hace tiempo había estado postergando.
Por el momento decidí escribir algo para matar el tiempo. En una de las páginas de mi agenda escribí.
Lo leí una y otra vez. Arranque la página. Después de doblarla la metí en uno de los bolsillos de mi camisa. Una vez más volví a mirar el bar. Los soldados habían dejado de hablar, unos salían apresurados del lugar y otros seguían bebiendo, pero esta vez en silencio. Mire por la ventana que estaba a mi lado.
Me pregunto si algún día leerás lo que escribo.
De repente aquella frase de alguien vino a mi memoria:
"Solo el escritor sabe para quien escribe, mientras que el lector recuerda a quien más extraña"…
1
El taxi se detuvo frente a la hermosa mansión. Emma pagó al conductor, le agradeció y cruzó la calle.
Dos grandes estatuas de tigre custodiaban la entrada, seguido un hermoso jardín y dos estatuas más, esta vez eran dos enormes aves de aspecto mitológico. Se detuvo frente a la fuente y observó una rosa chinesis. Cerró los ojos y trató de sentir su aroma. Al poco rato continuó su marcha hasta llegar a la puerta. El sonido del timbre resonó dentro de la mansión. En seguida un anciano acudió al llamado. Este la guió hasta llegar al despacho del viejo abogado. No era tan viejo como pensaba. Eso la tomo por sorpresa.
Archie Hopper levantó la mirada de su imponente escritorio y sonrió al ver a Emma entrar en su despacho. La niña que había conocido años antes, ahora era toda una mujer. Alta y fuerte, de cabellos rubios y facciones duras. La camisa de cuadros que llevaba le daba un aspecto encantador a su delgado cuerpo y las botas un porte imponente. Sus ojos grises se encontraron con los de Archie.
–Tan puntual como siempre –Le indicó que sentara mientras buscaba una carpeta en la gran cantidad de papeles que tenía a un lado del escritorio–. Podría traernos un poco de té a la señorita Swan y mí, por favor –indicó al anciano que tras la orden desapareció silenciosamente del despacho.
Emma tomó la carpeta y la revisó detenidamente. Su abuelo le había dejado una gran fortuna, suficiente como para dejar de luchar contra los editores y publicar ella misma sus novelas.
–No pensé que fuera tanto –dijo sorprendida.
–Su abuelo quiso darle una sorpresa a usted y a su madre Margaret.
–No pude conocerlo, pero estoy agradecida.
El anciano mayordomo entro al despacho y coloco las tazas de té sobre una pequeña mesa junto a una de las ventanas del despacho. Se retiró y ambos se dirigieron a tomar el té.
Archie sirvió el té en ambas tazas, y antes de dar un sorbo al suyo reflexionó un instante antes de hablar.
–Señorita Swan, me pregunto si podría hacerme un favor.
–Desde luego Archie, sabe usted que lo haría encantada.
–Debó enviar algo de suma importancia a un viejo amigo en Londres. En otras circunstancias lo enviaría por correo, pero ya sabe usted el desorden que hay en mi país.
–Soy consciente de ello.
Archie sacó un pequeño sobre blanco de uno de los bolsillos de su saco y lo entregó a Emma. Tenía el nombre a quien iba dirigido y una dirección que pertenecía a Londres.
–Estoy totalmente agradecido por aceptar.
Emma sonrió.
–No hay porque agradecer. Lo hago con mucho gusto. Mi madre siempre habla de usted, le envía sus saludos.
–Dele mis saludos también –Archie la miró tristemente. Ojala todo saliera como lo había planeado y la vida de Emma no corriera peligro.
–Así lo hare. En cuanto a su encargo, lo cuidare con mi vida si es posible.
–Le estaré agradecido.
Archie se levantó del sillón de cuero y caminó hacia el teléfono que estaba sobre el escritorio. Marcó un número y se comunicó con el banco. Colocó el auricular y se volvió a Emma.
–Al parecer el banco está teniendo cierto retraso para transferir los bienes a su cuenta. Lamento este inconveniente.
– ¿Cree que tarden mucho tiempo? –interrogó Emma mientras se levantaba–. Tengo un billete para el avión que sale mañana en la mañana.
–Trabajare en este asunto lo más rápido posible ¿Podrá regresar dentro de tres hora?, nos daría tiempo suficiente para arreglar el inconveniente y usted pueda firmar los documentos que confirman que ha recibido la herencia.
–Sí. Volveré a las ocho.
–Le pido disculpas por el inconveniente.
Ambos se dirigieron a la salida del despacho. Archie se despidió de Emma y pronto regresó a su escritorio. Había intentado ocultar sus nervios con mucho esfuerzo. Un hombre de aspecto misterioso salió de entre las sombras.
– ¿Cree que sea seguro que ella tenga esa lista?
–No es que tengamos muchas opciones –contestó Archie mientras se servía un coñac.
–Tienes razón. Los alemanes deben tener espías en todos lados. Fue un milagro haber salidos ilesos la última vez.
Archie asintió y se tiro sobre el sillón de cuero. Observó a su viejo amigo. Tomó un trago y volvió su vista hacia la ventana.
–Solo me preocupa Emma, si algo llega a sucederle, Margaret jamás me perdonaría –dijo Archie tras observar algunos soldados moverse a lo largo de la calle.
–No lo creo. La rubia parece bastante lista y fuerte –hizo una pausa y miro en dirección donde Archie mantenía su atención y continuó–. Solo es una precaución. Ya verá usted. Mañana estaremos en Londres, tomando un trago y olvidándonos del asunto.
Archie sonrió de mala gana, algo le decía que no sería así. Que había cometido un error en dar esa lista a Emma. Quito la vista de la ventana y se dirigió a su escritorio. Se sentó y esperó lo que tenía que pasar. Era inevitable, era la guerra y ahora Emma estaba metida en el asunto.
–Lo lamento Emma –susurró y abrió una de las gavetas del escritorio quedando al descubierto un pequeño revolver. Ahora solo quedaba esperar.
Sus ojos marrones miraban el horizonte. Era ya de tarde y el cielo de Grecia se tornaba de un color rojizo. En realidad odiaba Grecia, si por ella fuera estaría en Paris o quizá en San Francisco. Anteriormente había logrado escapar y ocultarse en Estados Unidos, sin embargo de una manera u otra el General Gold había logrado encontrarla y traerla de vuelta por medio del capitán Garfio. Cuanto los odiaba, cuando tuviera la oportunidad les arrancaría el corazón a ambos.
Todo lo anterior se desvaneció al recordar aquella rubia de San Francisco. Estaba segura de que Garfio la seguía, sin embargo no pudo evitar detenerse ante la mirada de aquella mujer. El sentimiento cálido y hermoso que solo puede provocar una sola persona volvió a ella ese día, pero amar era un lujo en tiempo de guerra. Su prometido había muerto en los campos de concentración y su madre corría el mismo riesgo sino seguía las instrucciones de aquellos malditos alemanes.
Incluso era tonto pensar en alguien que no conocía, ahora las separaba un inmenso océano. Era imposible volver a verla. Aquello la tranquilizó. Volverla a ver era una esperanza que se abrigaba en el fondo de su corazón, pero que a la vez representaba peligro. El amor no hace más que debilitar y hacer cometer locuras. Si no fuera por amor, ya Gold y Garfio formarían parte de su colección de corazones. Estaba su madre de por medio y el amor que le tenía le recordaba que no podía hacerlo, no mientras su vida estuviera en manos de esos dos nazis.
–Señorita Mill, veo que está usted muy tranquila hoy –Gold la observa esperando una reacción, pero no pasa nada.
Regina seguía observando el cielo de Grecia. Debía aceptar que era hermoso, en otras circunstancias hubiera salido y recorrido el lugar.
En el callejón debajo de su ventana logró distinguir la patética figura del andrajoso de Neal Cassidy, que caminaba por aquella mohosa vereda. Se perdió de su vista al entrar a la casa. En pocos minutos lo escuchó subir las escaleras y llamar a la puerta. Aun mantenía su vista en la ventana. Neal no era alguien que le importara, pero si interfería en sus planes también le arrancaría el corazón.
Gold dio la orden de que entrara. Neal abrió la puerta y miró dentro de la habitación. Observo largo rato a Regina y luego se dirigió al General Gold. Se sentó frente a su escritorio. Gold lo miró irritado.
Al parecer Neal nunca se cambiaba de ropa, seguí con el mismo saco gris y andrajoso con el que había ido dos días antes. Y aquella patética barba, cuanto lo detestaba.
–Y bien, que noticias me tiene
–Los tres están bajo vigilancia. Archie y su amigo siguen en la mansión. Graham Humbert ha salido esta mañana y se mantiene en el aeropuerto de Tatoi. Al parecer planean salir esta noche hacia Londres. Nos lo ha confirmado el anciano mayordomo que trabaja con Archie.
Gold cerró los ojos un momento y repaso su plan. Satisfecho se levanto de su incomoda silla y la observó con desprecio. Se dirigió hacia la ventana donde se encontraba Regina y encendió un cigarrillo. Esta lo miró indiferente y se aparto de él.
– ¿Y la lista? –interrogó Gold.
–Al parecer su amigo la ha ido a buscar, pero no ha salido hasta el momento. Asumimos que aun sigue en su poder. También tenemos información de que los británicos no piensan hacer ningún movimiento por ahora.
–Perfecto, ahora nos corresponde a nosotros dar el golpe. Esos tres gusanos no podrán escapar esta vez. Maten a esos dos, tráigame la lista y a Ghaham lo quiero vivo. Hay algunas preguntas que deseo hacerle.
Neal asintió, se levantó de su silla y se dirigió hacia la puerta.
–Una cosa más –miró a Regina.
–Hable entonces
–El mayordomo también nos informo de la llegada de una norteamericana.
– ¿Una norteamericana?
–Hicimos una pequeña investigación. Al parecer ha visitado a Archie esta tarde. La chica es una escritora de San Francisco llamada Emma Swan y ha venido por una herencia de su abuelo. Archie se está encargando de los trámites.
El corazón de Regina comenzó a latir aceleradamente y sus mejillas se ruborizaron. A duras penas pudo evitar que ambos notaran su nerviosismo.
– ¿Eso es todo? –preguntó indiferente el general.
– Sí, señor.
–Entonces manténgala vigilada. De dar problemas mátenla.
El corazón de Regina pareció detenerse. Si era la misma rubia que vio en San Francisco estaría perdida. Lo que menos necesitaba en este momento era otra persona a quien proteger.
Lo que ella ignoró en ese momento es que los papeles no eran como ella pensaba. El destino se había encargado de traer a Emma Swan para protegerla a ella. A Regina Mills, que había prometido no amar nunca más.
Continuara…
