Hubo una vez…

Bajo el cielo donde te conocí, hace muchos años, entendí que esto debería ser un designio. Amante de los libros como era; nunca pensé en que la vida fuera más complicada que aquellas historias que leía con la esperanza de poder burlar a la vida y la experiencia de la crueldad del hombre.

El azul del cielo reflejado en el mar se parecía a mis ojos y las aves que los sobrevolaban a los tuyos.

Nunca fui afecta a las escrituras, más bien las veía como historias nacidas de visiones de profetas, de hombres. Sin embargo, debido a mi condición de nobleza, de niña las aprendí una a una. Ya adulta, gustaba de recitar los pasajes más fantasiosos como historias de mis libros de ficción.

Ese día frente al mar, mientras mi escudero descansaba sobre las piedras, yo contaba los granos de arena y dibujaba formas con los dedos que desvanecía el agua salada. No tenía canciones para este día cuando dejaba atrás mi cruzada y regresaba a un castillo en medio de la nieve, donde esperaba encontrar sólo recuerdos de lo que fue y de quién yo fui.

Por eso me dedique a canturrear las escrituras.

Tomando aquello del pasaje y dejando lo otro, haciendo de los ángeles payasos y rearmando con mofa el mensaje del creador. Deseando que alguien pasara por ahí y al escucharme me diera el castigo divino por mi blasfemia.

"Pobre cordero, tan inocente y mancillado, con besos rompes el séptimo sello y en el cielo se hace el silencio. Los ángeles lloran mientras el los sacude y las trompetas desangran sus oídos…"

Frente a mí, con la piel en tono mortecino, con la sonrisa parecida a la mueca sardónica en los labios y vestido de con una larga capucha negra con discretos adornos en oro; vi frente a mí al Diablo, que desnudaba mi alma con los ojos. Naturalmente lo reconocí enseguida y sonreí; avergonzada, le di la espalda mientras me acercaba a mis cosas tiradas entre las piedras. Me incliné mientras lo sentí acercarse a mí, por detrás, hasta que nuestras caderas rozaron y sus dedos intentaron tocar mis ropas. Entonces me senté en el piso.

Sobre una enorme piedra lisa, mi tablero de ajedrez esperaba la siguiente movida. Una a una, reacomode las piezas, olvidando con ello la partida necia que simplemente no terminaba con mi escudero cojo y que había causado tal disgusto, que nos habíamos dado un descanso antes de que nos matáramos mutuamente. Seguro él apreciaría mi decisión.

-¿Quién es usted?

- La Oscura Muerte – me dijo mientras ocultaba su sonrisa, quizás avergonzado del teatro de hacernos a los desentendidos.

- ¡Oh! – le dije fingiendo asombro – ¿acaso has regresado por mí al fin?

-Siempre he caminado, contigo. A tu lado.

-Sobre, entre, hacia, para, a un lado…dentro de mí….

- Supongo que estás lista ya para que te guíe al paraíso.

-Mi cuerpo claramente lo está, mira estoy temblando… - y entonces levanté mi capa y haciendo a lado mis ropas desnudé mi seno. Tenía la piel de gallina.

-¿De miedo? – sonrió él mientras recorría el seno descubierto con los ojos.

-Excitación. – le respondí mientras me cubrí de un movimiento rápido. Sus ojos oscuros volvieron a los míos con lentitud, mientras se lamía los labios, como un lobo, vi su lengua negra y sus dientes manchados en putrefacción.

Vi las piedras moverse bajo sus pies, pero no había ruido. De pie se inclinó hacia mí, y abrió sus alas de águila. Lo sentí acercarse hasta que su aliento me acarició la piel de los labios y pude sentir mis entrañas apretarse.

- Un momento – le dije mientras mi labio superior, acarició como una pluma el suyo.

- Todos dicen eso – me dijo fastidiado – mi tiempo es caro, cariño, tick tock.

- Todo tiene el mismo precio contigo – le respondí, me divertía ver en su semblante decepción mezclada con tedio. – y el mismo final. ¿No estás harto de lo mismo?

La muerte me frunció los hombros y por un instante, me quitó los ojos clavados en los míos y miró las piedras a mis pies. Ocultando mi sonrisa, extendí mi capa y me senté. Un viejo necio, pensé.

- ¿Juegas? Le dije mientras extendí el brazo señalando para ofrecerle el piso.

- ¿Cómo lo sabes?

- Eres famoso por ello. ¿No es así? "Todos saben eso" – le dije fingiendo la voz de un payaso que había conocido hacía mucho tiempo atrás. A la Muerte no le agrado mucho el chiste, pero de cualquier manera se sentó.

- Sabes, no hay muchas oportunidades para las mujeres en este mundo para ser reconocidas. Por eso nadie sabe que bajo esta armadura se esconde una princesa y una excelente jugadora de ajedrez. La mejor del reino si me permites un momento de banalidad.

- Nadie es mejor que yo en este juego – me dijo mientras una risa escandalosa le salió de lo profundo de las costillas.

- Probemos – le dije mientras me mordía el labio.

Algo debió ver en mis ojos, que me sonrió con timidez de niño, y casi pude ver sus mejillas cambiar a un tono morado. La Muerte extendió la mano y le di un manotazo que me ganó una puñalada con la mirada.

– debemos hacer un acuerdo. Un contrato. – le dije.

- Mi palabra es mejor que cualquier papel – me respondió ofendido, mientras se acariciaba la mano huesuda donde yo lo había tocado.

- Como quieras. – le dije fingiendo indiferencia. Hasta este punto había logrado entretenerlopara que olvidara a que había venido, naturalmente hacerlo exasperar no era tan buena idea. Después de todo era la muerte y podía tomarme cuando quisiese. En lo profundo sabía que me arrepentiría de no haberlo hecho firmar con su sangre su promesa. – Mi única condición es que no podrás tocarme mientras yo no pierda. Si logro conquistarlo, ganarle esta jugada, entonces usted me liberará.

La muerte me sonrió con los ojos, mientras tomando del tablero al rey negro, me lo ofreció. Yo lo tomé rozando sus dedos, y tras mi espalda lo guarde en mi mano izquierda, acariciado por mi dedo anular. Cuando puse de nuevo ambas manos al frente ocultando al rey en mi puño, vi a la muerte, como un niño indeciso frotar el pulgar y el índice, dudando.

-Reyes, reinas, pastoras o princesas, no hay diferencia. – dijo finalmente.

Naturalmente la muerte eligió mi mano izquierda.

Con la lengua entre los dientes, la muerte sonrió.

-¿apropiado?- le pregunté, curiosa.

- Predecible. – me contestó con los ojos prendados en el tablero y mi primera movida de este juego entre la Muerte y yo.